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6/4/10

"Carmen" en la Deutsche Oper de Berlín, 3 de abril de 2010

Detalle de la feliz sustitución.
En los teatros europeos a veces sucede que la cancelación de un cantante famoso no sólo no supone que la producción pierda interés, sino todo lo contrario. De esta forma se conocía que Vesselina Kasarova se caía del cartel y Elīna Garanča entraba en su lugar.

La ficha de la interpretación se puede ver aquí.

La antigua producción de Pier L. Samaritani, fechada en 1978, es tradicional de principio a fin, lo que equivale a decir que Sevilla es Sevilla, las gitanas, gitanas y el torero, un torero. Por tanto, costumbrismo colorista y afectuoso con la obra, sin estridencias por excesos folklóricos. La única extravagancia se encontró en la última escena, con Frasquita y Mercedes "apareciéndose" ante Carmen como ángeles negros que anuncian la muerte. Mención aparte merece el vestuario de la protagonista en este momento, pues se le destinó una horrible chaquetilla torera. Tampoco el detalle de que Garanča luciera su (magnífica) melena rubia pareció muy pertinente, pues en algunos momentos le daba un aspecto un poco exótico en una producción que derrochaba andalucismo, como de turista finlandesa de farra por una feria. La dirección de escena puede presumir de una buena dirección de actores, teatral y efectiva, basada en una Carmen tremendamente provocativa y un José cada vez más violento y obsesionado.

Garanča domina el papel de Carmen sobre todo desde el punto de vista escénico, en el que su estupenda figura, unas piernas vertiginosas y sus virtudes de actriz son un gancho infalible. Acompaña la voz, atractiva y personal, sin carencias relevantes para afrontar la escritura del personaje. De nuevo se apreció el hermoso timbre, de colorido reconocible, mórbido y dulce en el centro y de conseguida igualdad entre registros. La seguridad técnica de la cantante sólo se empaña un poco en la reproducción de las notas breves ("Près des remparts"), que se destimbran ligeramente, y en la emisión de la zona grave, de sonoridad modesta y cierta tendencia a abrirse ("Habanera" y "Escena de las cartas"). Por otro lado, aunque el extremo superior suena libre y timbrado, en aquellos agudos que ofrecen la oportunidad del calderón, así como en los grandes arcos melódicos, siempre se tiene la sensación de que las usadas eran todas las reservas de aire existentes, como si la dosificación de las mismas no fuera impecable. Los momentos fuertes de su actuación fueron las melodías sensuales y bailables de la gitana, desgranadas con buena dicción (aunque no nitidísima) y línea de finura exquisita. Hay que destacar "Les tingles des sistres", un pasaje en el que la sensualidad de la actuación y la belleza lujuriosa del canto crearon uno de esos momentos mágicos que uno sueña con presenciar en un teatro. La voz acarició los oídos, aterciopelada y cálida, creando claroscuros cautivadores. Después de tres actos a gran altura, sin embargo el personaje tendió a diluirse desde la escena de las cartas. En primer lugar, dicho número le resultó indiscutiblemente incómodo, como si no supiera qué hacer con la baja tesitura y el dramatismo de este arioso. En el quinto Acto tampoco pareció centrarse del todo e incluso un declinante Don José terminó por apropiarse de la escena. La tesitura de nuevo le resultó grave y faltó mordiente en la acentuación, dejando algo que desear por tanto desde el punto de vista trágico. La Carmen de Garanča no es una prostituta sino un ser sensual que no tiene más moral que sus propios placer y libertad y a éstos supedita todos sus actos. El personaje suscita simpatía, desborda sexualidad y en el primer acto tiene incluso gestos obscenos. La escenas de seducción fueron fantásticas y si hubo momentos muy subidos de tono, se correspondieron con la intensidad del canto. Se fija en José, pone en juego sus armas para atraparlo y al darse de cuenta de que no es lo que iba buscando, rompe los lazos con que él pretende atarla. Pero la tragedia no se realizó completamente: faltó un punto de garra para redondear el tránsito de la decepción a la renovación de su voluntad de gozar, que debía ser tanto más arrasadora cuanto opresiva es la relación con José (la violencia física por parte de éste está muy presente en casi toda la producción)

La recuperación de Roberto Alagna de la que se ha hablado últimamente pertenece al género de la ciencia ficción. El papel de Don José sin duda permite que el cantante despliegue (y ensanche a toda costa) una franja central amplia y sonora, de verdadero tenor protagonista, que refleja parte de su riquísimo colorido original, ahora ahogado entre tonos guturales. Consecuencias de este engrosamiento central son dos tipos de vibrato que han hecho aparición en su voz, el rápido en la zona de paso (aún discreto) y uno amplio en los finales de frase, que el cantante ya no gestiona con solvencia. Esto se hizo tristemente audible en la zona superior, que Alagna emite abierta y estrangulada, más cerca del grito que del canto. Así, hubo de cortar cada agudo antes de que se rompiera del todo recurriendo al viejo truco del sollozo, un elemento más entre los peores de la tradición verista que pareció asumir en su concepción del personaje. Un José hormonal y acalorado, que sonaba siempre en forte pero no fue capaz de cantar con dulzura el dúo con Micaela, ni respetar los signos expresivos del Aria de la flor, monocorde y vacía de poesía. En la última escena el tenor pretendió llevar al límite de lo tolerable este personaje, desatado en lo escénico (los zarandeos a Carmen fueron contínuos) y sin ningún tipo de mesura vocal, pero el carisma del intérprete y su entrega en cierta forma permitieron que su juego verista tuviera credibilidad. Carisma y entrega, como lo que queda de atractivo en su timbre, son los valores que permitirán a Alagna sobrellevar su ocaso con dignidad en un panorama tenoril que además es desolador.

No podemos dudar que Ryan McKinny carezca de talento en otros campos distintos del canto, por lo cual, según lo escuchado en su actuación como Escamillo, es muy recomendable que se dedique a explorarlos. Hasta una persona poco acostumbrada a juzgar voces de ópera podía darse cuenta de que algo no funcionaba allí en cuanto abrió la boca en la Canción del Toreador, sobre todo en los escasos momentos en que se le escuchaba realmente. El hecho de que un señor sin voz ni técnica como Mr. McKinny pueda pisar un escenario, y el público de un teatro como la Deutsche Oper permanezca impasible ante su actuación, debería suscitar alguna reflexión sobre el límite en que las convenciones y la corrección política terminan por ir en contra de la supervivencia del género.
Michaela Kaune (Micaela) tampoco demostró tener los papeles en regla, aunque sí cantó a un nivel profesional. La emisión está abierta, siempre se percibe esfuerzo y esto impide cualquier modulación.

Los papeles comprimarios estuvieron a un nivel más que aceptable, con unas gitanas graciosas y una pareja de contrabandistas con voces más sólidas que las del presunto Escamillo. El coro cantó estupendamente, mereciendo particular elogio la encantadora sección infantil.

Yves Abel destacó en particular por el trabajo de los timbres de la orquesta y el sentido del ritmo de las danzas, pero le faltó algo de vigor en las escenas dramáticas. El preludio del cuarto acto fue una acuarela encantadora, con unas maderas nostálgicas y estupendas. Al principio del segundo acto supo dar un colorido nocturno y sensual para acompañar el bailecito de Garança.

La velada concluyó con gran éxito de público.

7/6/09

Perlas falsas en Sevilla


Los Pescadores de Perlas
Roberto Alagna, Nadir
Nathalie Manfrino, Leïla
Marc Barrard, Zurga
Nicolas Courjal, Nourabad

Pedro Halffter
Real Orquesta Sinfónica de Sevilla
Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza
(Versión de concierto)
6 de junio de 2009


Cuando Roberto Alagna apareció en la escena internacional, a mediados de los noventa, se estableció rápidamente como el primer tenor lírico en los repertorios italiano y francés. Recuerdo que enseguida me llamó la atención su primer recital grabado para la Emi. Poseedor de una voz extensa, robusta y hermosa, Alagna fue además uno de los últimos tenores en mostrar una técnica por lo menos solvente. Sin embargo, siguiendo el ejemplo de su idolatrado Luciano Pavarotti, pronto se inclinó por incorporar papeles de mayor peso, tanto verdianos como veristas y decidió dirigir su carrera según criterios más publicitarios que musicales. Los problemas comenzaron al estar desprovisto de la seguridad técnica de Pavarotti, ya que su pasaje entre registros en realidad no estaba completamente resuelto. El agudo, al principio amplio y timbrado, empezó a sonar forzado y abierto; el estupendo instrumento, cada vez más engolado y desigual. Durante los últimos años, además de errática, su carrera ha tomado un rumbo incluso hilarante con el abandono de La Scala en plena "Aida" o su estrafalario concierto del Real.

Con esos antecedentes, se cumplieron los peores presagios. A pesar de su afinidad por los papeles franceses, Alagna siempre fue un tenor alla italiana, caracterizado por una expresividad exuberante y un poco superficial. Los únicos rasgos del antiguo estilo francés (Thill, Ansseau, d'Arkor, Villabella) que ha exhibido Alagna son la dicción nítida y la pronunciación genuina (bien que a veces exagerada en ciertas consonantes guturales y la nasalidad de las vocales) Aun con estos presupuestos, se puede cantar Nadir siempre que la técnica y la voz respondan. Lamentablemente el declive de Alagna es más que notorio: la voz sigue teniendo atractivo en el franja central, pero en el resto de la tesitura apenas es ya reconocible. Se ha instalado un tono engolado en el timbre que le impide correr libremente por el teatro y se hace más fuerte al intentar cualquier modulación. Se percibio así al comienzo de "Au fond du temple saint" o "Ton coeur n'a pas compris le mien". En el citado dúo con Zurga, probó primero a emitir los agudos en piano, quedando el sonido mate; en la segunda parte optó por el forte, pero sin obtener mejoras audibles. El descalabro llegó en el aria, que cantó de principio a fin en un falsete sin valor estético alguno. En el repertorio francés fue tradición el empleo de la esquiva voz mixta para obtener el sonido dulce e irreal que exige este hermoso nocturno; desaparecida esta técnica, hay que elegir entre el falsete o la emisión de los agudos en voz plena. Alagna evidentemente ya no está para sostener esta tesitura sino desgarrándose en el peor estilo verista. Una vez elegido el falsete, hay que decir que los puede haber peores o mejores, según la técnica con que se refuerce. En su caso fue irregular, desprovisto de firmeza, por momentos inaudible, heterogéneo. Durante el inexplicable bis del aria, incluso desafinó en el da capo; impresentable para un profesional, en suma. El resto de la ópera, de dificultad asumible, la recorrió con un monótono mezzoforte, en la más anónima rutina, excepto por sus absurdos paseos entrando y saliendo del escenario.

Nathalie Manfrino empezó floja (reprodujo realmente mal la bellísima escala descendente con que acaba el concertante del primer Acto) pero ella sí canta como una profesional seria. Tuvo problemas para conectar el registro superior, por momentos abierto, pero mostró inteligencia al regular los ataques desde el mezzoforte al forte. Finalmente el agudo llegó a adquirir plenitud y brillo, destacando a través de la orquesta y el resto del reparto (con la excepción del que remata del dúo con Zurga, que fue más bien chillado). Además Manfrino sabe recoger la emisión en timbrados pianissimi (en el dúo con Nadir y el da capo de su aria) La voz tiene un color lírico agradable y ciertamente acentuó con gusto, dejando muy en evidencia a sus compañeros. Si en principio suscita cierta hilaridad la presencia de Manfrino, pues al ser cuñada de Alagna puede suponerse que éste la impone en el reparto, en justicia demostró que debe ser ella la que con el tiempo tenga que colocar a su famoso pariente.

Zurga y Nourabad fueron servidos por cantantes gruesos, con la acostumbrada técnica incompleta de las voces graves actuales. Mientras canten en el registro central, todo marcha sin sobresaltos: pero el fraseo es inerte, la pobreza de claroscuros apenas hace justicia a la melodía, no hay caracterización. Cada vez que Barrard tenía que atacar un agudo, dejaba ver una muestra un poco cómica de su escasa preparación, pues doblaba las rodillas y hacía una especie de movimiento de levantador de pesas.

Halffter dirigió muy bien los pasajes con instrumental reducido (las "reminiscencias" del motivo de Leïla) pero en cuanto había que movilizar los tutti, la orquesta sonó deslabazada y sin dirección: no puede ser de otra forma cuando la cuerda no tiene cuerpo ni mordiente. Sólo quedaban los metales a todo volumen y una lentitud extraña en varios pasajes, aunque en general respetó a los cantantes. De éstos, salvo la soprano, obviamente no extrajo nada valioso. Por último, añadir que se optó por la versión breve del final de la ópera, que amputa un pasaje donde Zurga es asesinado por la multitud enfurecida.

El coro se lució con un sonido amplio y compacto, que aprovechando la estupenda acústica llenó la sala. Resultó quizá algo exagerado en el forte, lo cual dio lugar a puntuales asperezas del agudo.

La función obtuvo un gran éxito, realmente excesivo y un poco provinciano en su unanimidad, aunque no tanto como para merecer el bis indicado en "Je crois entendre" (que suponemos pactado con Halffter). El público, huérfano de las referencias apropiadas, paga y aplaude. Sin embargo hay que decir que cuando uno tiene la oportunidad de escuchar a una soprano que canta correctamente debería tener el criterio preciso para darse cuenta de que algo no funciona con el tenor, por mucho que éste sea una estrella. Mención especial merece la claque del paraíso, que seguramente se pegaría una buena cena a la salud de M'sieur Alagna. Sitios no faltan en Sevilla.


Alain Vanzo canta "Je Crois entendre encore"
Beniamino Gigli canta "Mi par di udir ancora"
Nicolai Gedda canta "Je Crois entendre encore"
Alfredo Kraus canta "Je crois entendre encore"