15/10/07
Esperpento en el Teatro Real (Boris Godunov, 12 de octubre de 2007)
La primera función de mi temporada ha sido Boris Godunov de Modest Mussorgski. Existen distintas ediciones de la ópera debido a las revisiones del autor, los vaivenes ideológicos de Rusia y la mano crítica de Rimski-Korsakov, como explica perfectamente nuestro amigo Iurodivi aquí. La producción del Teatro de La Monnaie de Bruselas, la Opéra National du Rhin y el propio Real ya suscitaba reservas, pues opta por la orquestación original (1869), lo que excluía fortalezas de la partitura de 1872, pero incorporando la escena de San Basilio (?).
Sin embargo ni las peores previsiones fueron lo bastante negativas.
Producción cutre, de simbolismo absurdo, se desarrolla en un escenario sacado de una representación escolar. El vestuario es pobre y vulgar. Resultado vergonzante. La presencia de una mosca gigante en la escena de San Basilio rozó el esperpento. Suponemos que quería simbolizar la peste, pero en mi opinión suscitaba reflexiones más groseras sobre las cosas que suelen atraer a las moscas y más si son de esa envergadura.
En el aspecto musical, nada que compensara el despropósito visual. Dirección anónima de López-Cobos, inerte en lo dramático, situada en un plano ajeno a los cantantes, como si no fuera con ella el desarrollo de la ópera (pero sin perjudicarlos, por lo menos). Algún momento lírico bien acompañado en el relato de Pimen y la muerte de Boris. Aburrimiento mortal en la Escena de la Coronación, imperdonable aunque la orquestación original sea menos vistosa que la de Rimski. Tampoco los colores populares de la partitura tuvieron vida. Orquesta floja, cuerda exangüe y sin relieve, maderas irregulares. Mejor (mucho mejor) los coros, forzados por cierto a una acción absurda en el epílogo.
Varlaam y Pimen contaron con buenos profesionales, conocedores de sus papeles y vocalmente sólidos (Matorin y Kotcherga ) Shuiski y Grigori flojos, sobre todo el segundo, irrelevante del todo. El primero (Rügamer) aún le daba cierto sentido al papel. Nada que resaltar de Fiodor, la nodriza, Yenia (su escena es lo más flojo de la ópera) y Chelkakov.
Ramey, voz de bajo cantante de agilidad, en principio carece de la rotundidad necesaria para un papel que exige la arrogancia del barítono dramático en el agudo y graves de verdadero bajo. Empezó muy mal, con la voz deshecha en la Coronación, a merced de un vibrato incontrolado que fue dominando según cantaba. Hubo de omitir algunas subidas al agudo (hay escritos dos sol3 en su Monólogo). En la escena de las alucinaciones y la agonía impresionó como actor y la propiedad del acento, pero Boris tiene mucho que cantar, una escritura que pide más matices y una voz más fresca e imperiosa, pero capaz de deshacerse en medias voces alucinadas. Sólo con el indudable dominio del semideclamado no basta.
Para rematar el asunto, había un individuo (fila 12, butaca 20 de paraíso, para ser exactos) de mediana edad tosiendo con enorme desparpajo, todo lo cual me hizo plantearme la huida en el intermedio. Por fortuna no acudió a la segunda parte.
Una función, la verdad, que debió ser protestada sin piedad. Al final, entre los moderados aplausos, yo no pude reprimir algún abucheo al regista (algo que no había hecho nunca). También reclamé con sonoras carcajadas la presencia de la mosca para los saludos.
El Real no se merece semejante espectáculo, con toda seguridad clasificable como eutrotrash.
Ficha del desaguisado: http://www.teatro-real.com/Programación/Detalle/?posicion1=1689
Para compensar estos sinsabores, propongo la audición del Monólogo de Boris en la versión cinematográfica de los cuerpos del Bolshoï, actualmente en Vai. Alexander Pirogov, con un timbre de color ligeramente engolado, es un Boris más tremebundo que reflexivo, pero su febril caracterización transmite el agotamiento moral del personaje. La voz, amplia, resonante, es de un poderío arrasador.
Nicolai Ghiaurov, uno de mis cantantes imprescindibles, fue el último gran Boris, y en cierta forma el último gran cantante eslavo. Escuchamos su escena final, en una de las representaciones de la Ópera de Viena con producción de Otto Schenk. Podemos admirar la estupenda colocación (a la italiana) de la voz, la pasta resonante del centro, esa emisión mórbida y fluida y la vibrante luminosidad del agudo. Ghiaurov rechazó las aproximaciones "realistas" a Boris y siempre se adhirió al canto, bien que la situación exija alguna inflexión declamada. Impresionante su "¡Aún soy Zar!" y la regia presencia escénica.
Volvemos a la versión filmada para disfrutar de la escena de San Basilio. El iurodivi es Ivan Koslovski, uno de los principales tenores de la compañía del Bolshoï en los años 40. Cantante de escuela italiana, su timbre claro, algo blanquecino, y la inmaculada emisión prestan una inocencia insensata al personaje, óptimamente cantado.
12/10/07
Luciano Pavarotti VII: Apogeo vocal y triunfo (2/3)
Ya establecido en La Scala, acepta seguir interviniendo en la producción milanesa de "I Capuleti e i Montecchi", que personalmente detestaba por cantar el papel de tenor villano. Para Pavarotti la voz de tenor es la de la bondad y fue desagradable para él asumir la condición de antagonista y por añadidura, segundo tenor. Vapuleada por la crítica debido a la revisión anacrónica del papel de Romeo ejecutada por el joven Abbado, tras exhibirse en Utrecht, Roma, Edimburgo y Montreal, se entierra para siempre en 1968 en Milán. Repite triunfo con Tonio en Londres (1967), lo que permite que la Decca realice grabación de La Fille. La Scala le pide el papel en italiano que canta con aplauso unánime, extendiéndose aun más la fama de sus facilísimos do agudos. Sin duda confiado por el éxito en esta empresa, continúa incorporando papeles cada vez más extremos: en 1968 debuta con éxito Arturo de I Puritani en la patria de Bellini, Catania. Mención aparte merece el asalto al gran mercado de Estados Unidos. Debuta en San Francisco en noviembre de 1967, teatro que convertirá en favorito para probar sus nuevos papeles. Por supuesto, el papel para la ocasión es Rodolfo y Mirella Freni es su Mimì. Retorna en 1968 con un Edgardo que provocó un “incendio” en el público (según Arthur Bloomfield, crítico local) Todo parece preparado para el asalto a la Metropolitan Opera House. El 23 de noviembre de 1968 llega la oportunidad con La Bohème en compañía de Mirella Freni. Sin embargo se interpone una gripe asiática, canta la primera función con buenas críticas (1) y ha de abandonar la segunda tras el primer acto. La decepción es tremenda y regresa a su casa en Módena ni siquiera avisar a su familia. Sin embargo tiene la satisfacción haberse consolidado en su patria. En Italia Pavarotti y Freni ya son la pareja del momento. Durante la temporada 68-69 de La Scala aparecen en tres producciones con La Bohème, Manon y de nuevo La Figlia del Reggimento . El mayor triunfo curiosamente llega con la ópera de Massenet cantada en italiano. Nuevas representaciones de I Puritani en Bolonia, son aclamadas en 1969 (“Ambos reverdecieron los laureles de los años de oro del melodrama”, en palabras de Celletti) Aquel mismo año la Rai graba la ópera bajo la dirección de Muti, con resultados menos notables en el caso de Pavarotti.
En este año de 1968 se produce el primer encuentro con Herbert Breslin, que comienza haciéndose cargo de su publicidad. En un año se convierte en su representante y se encarga de revitalizar su carrera americana.
La temporada 1969-70 comienza por primera vez en América con una Bohème en San Francisco junto a Dorothy Kirsten. Según la crónica de Arthur Bloomfield, recogida una década más tarde por la revista Time, durante la función del 1 de octubre se produjo un importante terremoto justo mientras Pavarotti cantaba “Che gelida manina”. Con toda calma, tras un pequeño intercambio con el apuntador, concluyó la página sin perder el compás, dejando al público clavado a los asientos a pesar de la amenaza de tumulto por el pánico (2). También en el War Memorial Opera House recupera su excelso Nemorino tras casi tres años. Únicas dos apariciones en un teatro mexicano con La Bohéme y Lucia , ésta su primera actuación junto a Beverly Sills. Regresa a Italia debutando Oronte de I lombardi en Roma, papel que no volverá a asumir. Coincide con Renata Scotto, soprano con la que en el futuro la relación se agriará. La temporada 69-70 de La Scala se abre con una reedición de la Manon protagonizada por Mirella Freni. Hay un paréntesis de unos meses dedicado al estudio y las grabaciones y termina la temporada con dos funciones de La Bohéme junto a Freni en el Teatro de la Zarzuela. En el volumen dedicado por la Asociación de Amigos de la Ópera de Madrid al vigésimo quinto aniversario de su fundación, se recuerda así aquella Bohéme: “Fue la noche del milagro lírico”
En estos años el número de actuaciones por temporada oscilaron entre las 33 de la 1968-69 y las 54 (49 en escena) de la 1966-67.
La temporada 70-71 comienza en España, apareciendo por primera vez junto a Freni en Oviedo y Bilbao, que entonces hermanaban sus temporadas líricas para ofrecer un nivel estelar. La función de Manon ovetense hubo de suspenderse tras el Acto I por indisposición (una cistitis) de Freni. En reunión con el alcalde de la ciudad se acordó ofrecer la Escena de San Sulpicio como compensación tras la recita de L’Elisir d’Amore: se evitaba así la devolución del importe de las entradas a los espectadores y los cantantes percibían sus emolumentos íntegros. La velada concluyó en apoteosis muy avanzada la madrugada. Tras un Réquiem verdiano en Roma (del que hay grabación audiovisual) vuelve al MET con Lucia y La Traviata, ésta en compañía de Sutherland tras más de tres años sin coincidir sobre un escenario. Es revelador anotar que como Edgardo el MET alternó esa temporada a Domingo, Sándor Kónya, Aragall y Richard Tucker; como Alfredo se escuchó también a Bergonzi, Kraus, Aragall y Domingo.
Fin de año en La Scala como Nemorino. Comienza 1971 en el Liceu con excelentes funciones de Lucia di Lammermoor y La Bohème, en este caso fue además la primera colaboración con Montserrat Caballé. Regreso al MET con La Bohème, esta vez obteniendo un sonoro éxito (existe grabación en la que detiene la recita con “Che gelida manina”) La temporada finaliza con Rigoletto en el Covent Garden, donde la crítica se sigue resistiendo como analizaremos, y en Catania. Se inicia la cuenta atrás para la explosión de fama.
(1) Douglas Watt en the New York Daily News, refirió: “Rodolfos aceptables son comunes, pero los extraordinarios escasean (…) No sólo posee una voz de tenor de metal brillante y entonación perfecta, también es un intérprete exuberante (…) "Pavarotti simplemente atravesó la habitación y tomó la mano de Mimì con seguridad. Es indicativo de su acercamiento al papel. Con suerte, su personalidad iluminará más de un rincón oscuro del MET". Destacó además la ausencia de tiempo para ensayar y que hubiera estado afectado por una laringitis.
Peter G. Davis en The New York Times: “Mr. Pavarotti triunfó principalmente por la belleza de su voz, un instrumento brillante, liberado, con un buen metal squillante en el agudo que se hace cálido en un centro homogéneo y esmaltado. Un tenor que puede emitir el do agudo con tal abandono, resolver delicadas medias voces y atacar las frases de Puccini con ese fervor va a ganarse a cualquier audiencia, y Pavarotti la tuvo comiendo en su mano. Como actor cantante Pavarotti no es el peor, pero su presencia escénica es generalmente rígida y poco convincente, dejando algo que desear.”
(2) La anécdota recuerda una referida por Rodolfo Celletti sobre una función romana de La Bohème en la que Beniamino Gigli, al descontrolarse el fuego de la estufa en el Acto I, siguió cantando mientras lo apagaba tranquilamente con un extintor. Ambas nos hablan de técnicas vocales incorporadas como algo automático.
Audiciones propuestas:
La Figlia del Reggimento supuso en 1968 un importante desafío para Pavarotti, pero mucho más para Mirella Freni, ausente de La Scala desde el sabotaje a su Traviata por parte de los viudos de Maria Callas (1964) y en crisis vocal debido a una reciente enfermedad digestiva que le impedía desarrollar la respiración profunda precisa para el canto. Freni, madurada como artista más temprano que su hermano de lactancia, había sido una fuente de apoyo importante en los años de formación de Pavarotti, por lo que éste se consideró en la obligación de ayudarla a superar aquellas horas bajas. para ello consiguió convencer a Freni de que adoptara el método de Joan Sutherland en la espiración del aire, una especie de apoyo mixto que posteriormente explicó como inspirado en el llanto de los bebés (!) Los resultados fueron espectaculares, en particular en los trinos y sobreagudos, fundamentales para afrontar el papel de Maria (se cantó la versión italianizada con recitativos) El éxito de ambos fue indudable y La Scala volvió a programar La Figlia la siguiente temporada. Escogemos tres fragmentos de la representación del 11 de febrero de 1969. En el dúo del Acto I apreciamos como el idioma libera totalmente a los cantantes, comunicativos sin límites también en los recitativos (recordemos su facilidad para el canto conversacional pucciniano) Evidentemente se escucha un Tonio mucho más robusto de lo que sería filológicamente correcto, además fraseado de forma romántica, pero hay que rendirse al squillo argentino, la cordialidad del timbre, los filados acariciadores. Los ataques al do agudo de "Qual destin, qual favor" son seguros y plenos. "Per viver vicin" casi resulta arrogante para el personaje, con la pastosidad resplandeciente del centro, los lujosos smorzandi, el metal del agudo.
De una de las funciones de su primer Arturo de I Puritani, escuchamos una amplia selección (28-03-1968). Uno asocia el resto del reparto más bien a una función de Il Trovatore, pero cumple con mayor corrección de la esperada: Tucci es una Elvira excesivamente rotunda, Protti un Riccardo de noble acento pero estilo dudoso y el joven Raimondi encarna a Giorgio. Uno no puede más que sorprenderse ante el arrojo y la seguridad exhibidas por un debutante en papel tan extremo. Es más que probable que el joven tomara como modelos a Gianni Raimondi, siempre una referencia en cuanto a la cobertura del sonido, y a Giuseppe di Stefano por el romanticismo del fraseo. Por fortuna prevalecen el ejemplo técnico de Raimondi y el calor del acento del siciliano. No obstante desde “A te, o cara” se percibe la diferencia principal con ambos tenores, que es la absoluta – para la extrema tesitura – relajación en la emisión, mórbida, ligera y sin embargo de un timbre pleno. No encontramos el preciosismo de un Alfredo Kraus, su equlibrado juego de intensidades, pues Pavarotti (como en el registro Decca) canta con voz demasiado plena esta página. Bello do sostenido, de un squillo nitidísimo y enorme solvencia de alientos en las largas frases que concluyen la página. Si en su aria de salida encontramos el acento amoroso del tenor belcantista, en el dúo con Riccardo aparece el imperioso tenor romántico. Suficientes agilidades y fulgurante paso por el agudo, además de la incisiva dicción, le permiten no resultar ligero al lado del potente Aldo Protti. Por si fueran pocas, las monstruosas dificultades del último Acto deben afrontarse tras una larga pausa. De nuevo hay que elogiar la nitidez de la dicción y el metal del timbre exhibidos en la Canción del Trovador, página que en esta voz anticipa el Trovador verdiano. En el dúo con Elvira el dominio técnico del cantante permite que el intérprete se entregue totalmente en matices como “Che provai lontan da te” o “T’amo d’inmenso amor”, donde las purísimas medias voces expresan el paroxismo del sentimiento aun más que los vibrantes ataques al agudo. Al igual que en “Vieni, vieni fra queste braccia” (cantado medio tono bajo) Pavarotti se lanza sin aprensión contra las dificultades de “Credeasi misera”, fraseando con amplitud heroica y cantando un estupendo re bemol (en lugar del fa sobreagudo escrito) aunque parece algo precipitado el do4 posterior. Nuevamente deja constancia de que su seguridad vocal le permite ocuparse enteramente de la interpretación y concluye con un diminuendo (“di crudeltà”).
Escuchamos L’Elisir d’Amore, en una función del War Memorial de San Francisco de 1969. Un Nemorino quizá demasiado exuberante para algunos gustos, pero habría sido absurdo esperar el introvertido personaje pintado por Schipa en una personalidad tímbrica como Pavarotti. Un campesino robusto, lleno de ardor apenas contenido y sobre todo arrolladoramente “tenor” desde su cavatina de salida. Seducen la espontaneidad y la sencillez de “Essa legge, studia, impara”, el filado en el sol agudo con que inicia el da capo, la deslumbrante cadencia. Una presencia vocal así inevitablemente anula a la ligera Reri Grist en “Adina, perdona”, donde apenas puede comprenderse que la adinerada campesinita rechace a alguien que canta con ese abandono “Un poter che non sa dir” o “A te sol io vedo”. Naturalmente el gran Sesto Bruscantini (1919-2003) tenía recursos canoros y dramáticos para no verse abrumado por un Nemorino tan refulgente. La dialéctica del dúo "Ardir! Ha forse il cielo" entre ambos es riquísima, "Obbligato, ah, sì obbligato" frenéticamente divertido (con las risas del público como prueba) y nuestro tenor supera como si nada la cabaletta ("Veramente, amica stella", escrita enteramente en el paso) Está exuberante en la escena del Elixir, con una voz comunicativa que contiene una sonrisa, provocando carcajadas generales. Un inesperado Wixell le da prestancia al sargento Belcore, como siempre con menor calidad vocal que buen gusto. Frasea con intención y gracia, la voz entonces se mantenía flexible y también consigue sobreponerse ante el despliegue del tenor en "Cinque scudi": entre otras joyas, la spavalderia de "Ai perigli della guerra", rematado con un "Sol un giorno trionfar" insuperable, su espectacular "Dulcamara volo tosto a ricercar!" o la puntatura con que cierra la página. La culminación de la velada, por si todo lo anterior hubiera sido poco, llega con “Una furtiva lagrima”, de la que deja Pavarotti una de las dos o tres grandes versiones que existen. La nitidísima dicción, el metal deslumbrante, el juego de intensidades (etéreo filado en "Lo vedo") el finísimo legato, son perlas de un resplandor vocal irrepetible. Alucinante messa di voce, prueba de maestría técnica, para concluir una página gloriosa.
La Manon milanesa de 1968 se inició con polémica por parte del director previsto, Georges Prêtre, a quien no se avisó que, según la costumbre, la ópera se representaría en italiano. A poco del comienzo de los ensayos, los cantantes tenían aprendidos los papeles en su lengua materna y el director francés abandonó airado la producción echando pestes de la pereza de los cantantes italianos para los idiomas. El estupendo Peter Maag acudió al rescate y las funciones fueron un éxito, repetido la temporada siguiente. De nuevo la dupla Freni-Pavarotti demuestra su capacidad para encarnar parejas de enamorados, lo cual hace lamentar que nunca se produjera el encuentro en Romeo et Juliette o Faust, aunque fuese en italiano. La exuberancia de los timbres y la espontaneidad de los cantantes italianizan esta Manon aun más que el idioma, por lo que no gustará a los amantes de la fidelidad estilística. (Además se suprimió una escena del Acto III, integrándose la Gavotta en la escena del salón de juego) Sin embargo no se puede discutir la belleza del empaste de ambas voces, el lirismo encendido de los dúos, la valentía en todas sus intervenciones. Ambos intérpretes se encuentran cómodos en la sentimentalidad larmoyant de Massenet y son idóneos para sus respectivos papeles. Desde el exultante encuentro de los amantes ("A Parigi andrem") hasta la bellísima despedida del Acto V, con los arrebatadores unísonos en el agudo, la compenetración entre Freni y Pavarotti es total, pero destaca la incendiaria escena de San Sulpicio (clímax de la propia ópera) Aunque el tenor domina el comienzo del diálogo con sus timbradísimos ascensos al si bemol, Freni se adueña del escenario en su "La tua non è la mano"; la sensualidad de frases como "Non ha per me più baci la tua bocca"es irresistible, la intérprete parece poseída por la embriagadora música, llegando al borde del incidente vocal ("Deh, mi guarda"); el público incluso rompe a aplaudir en el transcurso del dúo. Ante tal vendaval Pavarotti mantiene el tipo y muestra verdadero scatto romántico en su "Io vivo del tuo amor! Respiro sol per te! Ah, vien, Manon, io t'amo!"Ambos cantan un radiante si bemol para concluir. La escena del Hotel Transylvanie, tan criticada habitualmente, resplandece primero con el maravilloso trío "Manon, sfinge fatale". Aquí Pavarotti es el héroe romántico encarnado en timbre y slancio, es uno de esos ejemplos donde asombra la homogeneidad del colorido en toda la tesitura, la imposible fusión de brillo metálico y dulzura, el abandono de "Ah! folle che tu sei, o quanto t'amo!", la dicción cincelada en diamante. El concertato final es arrasador, ambas voces se elevan con punzante belleza por encima de coro y orquesta.
Previamente se escucharon los dos solos de des Grieux. Página pensada para un canto exquisito que no huya del falsettone, "Chiudo gli occhi" permite calibrar la calidad de las medias voces de un tenor. Pavarotti, en general poco amigo de los sonidos aflautados, accede a los matices pedidos regulando la presión del aire. Deliciosos los dolce en "In fondo al bosco v'è" ("Au fond des bois") o en "Où se mirent les feuillages"(aunque tome el tradicional fiato extra para afrontar este último sol agudo, lo que Celletti ha calificado de superstición de tenor) Si bien de nuevo podría hacerse la objeción de troppa voce en algunos momentos, la ensoñación es culminada con un la natural resplandeciente bien apianado y un acariciador "Manon". La misma voz cegadora apabulla en la difícil "Io son sol", aunque en este caso con más razón se puede hablar de un canto demasiado extrovertido que ignora varios matices, empezando por la primera frase del aria, "Ah! Dispar", que en la partitura se marca piano. Los ataques al si bemol son resueltos con óptimo brillo y cierra la página con un “Vision” atacado a media voz y reforzado con efecto entusiasmante. Un des Grieux pucciniano, pero de la mejor clase.
Inolvidable el dúo del Acto V con frases acariciadoras ("Alza la fronte all'ebbrezza inmensa", "Ognor incantator") y la incandescente fusión de los timbres.
A finales de 1969 la Rai reunió un reparto casi inmejorable en torno a Thomas Schippers. Con las ventajas de la interpretación en vivo y un buen sonido radiofónico surgió una de los grandes registros de La Bohème. No es cuestión de repetir el examen del Rodolfo de Pavarotti, por tanto sólo se incidirá en algunos detalles. Primero de ellos, el desmentido de la absurda teoría, algunas veces repetida, según la cual sin Karajan este Rodolfo poco menos que no existía. Aún faltaban cuatro años para la grabación de Decca y con el Maestro austriaco sólo había cantado una vez el papel al debutar en La Scala. Sin embargo ya están presentes tanto el carácter como los detalles del personaje. Nerviosa, dulce, persuasiva, la voz recorre con facilidad insultante “Che gelida manina”, squillante en el agudo y mórbida en la media voz (“Vi piaccia dir” ya etéreo) El Acto III es particularmente afortunado, quizá galvanizados los solistas por el dramatismo de Schippers. Pocas veces se puede escuchar un fraseo que una la estupenda articulación (scansione) y el impecable legato de “Già un'altra volta credetti morto il mio cor, ma di quegli occhi azzurri allo splendor esso è risorto. Ora il tedio l'assale”. Sentidísimo en su monólogo, lleno de sfumature (“Ma, ho paura”) y penetrantes ascensos al agudo. Tras la radiante “Donde lieta uscì” de Freni, Pavarotti cincela el Cuarteto, con un abandono melancólico al principio, sutilmente sensual según los amantes se reconcilian, como en el bellísimo el filado (lab3) de “Alla stagion de fior” o el poco rallentando del final. El último Acto alcanza momentos de belleza desconsoladora con Freni ya convertida en una Mimì perfecta, si esta palabra puede usarse para describir una interpretación musical. Para un tenor es muy difícil no producir sensación de anticlímax frente a frases como “Ah, come si sta bene qui! Si rinasce, ancor sento la vita qui... No! tu non mi lasci più!” o esa desesperada “Sei il mio amore e tutta la mia vita!”. En el que es quizá su mejor Acto IV registrado, Pavarotti asombra en el arco musical de “O benedetta bocca” y mantiene la emoción al responder en el segundo caso “Ah, Mimì, mia bella Mimì!”. De nuevo hay que incidir en la facilidad de ambos cantantes para el canto conversacional, comunicativo, espontáneo, evocador de la felicidad pasada (¡Ese “Com’è bello e morbido” de la Freni!) Muy efectivo el afanoso fraseo de los últimos compases, como el de un hombre que apenas es capaz de contener el llanto. Brillantísimos y punzantes los ataques al sol# (“Mimì! Mimì!”)
Alfredo es un personaje ingrato para un Primo Tenore: su música es difícil de cantar, menos inspirada que la de Violetta y desde luego ni por asomo posee la relevancia sicológica y dramática de ésta, una de las grandes criaturas verdianas. Por todo ello, con un cometido complejo, el éxito siempre estará por debajo del de la protagonista. En 1970 lo cantó por última vez, sólo tres funciones en el MET, una de ellas junto a Joan Sutherland. Que Pavarotti optara por no recuperar la cabaletta “O mio rimorso” parece una absurda precaución en un tenor que superaba las exigencias de I Puritani, o bien se trataba de un corte invariable del teatro. Es de lamentar que no se llevara La Traviata al estudio en esos momentos, pues el personaje estaba hecho para la voz que se escucha en esta grabación. Alternando sonidos brillantes y otros mórbidos, el joven tenor introduce en el personaje un matiz de urbanidad burguesa muy bienvenida, distinguiéndolo así de su rapaz Duque de Mantua. Esto ya se aprecia en el Brindisi y los tonos púdicamente amorosos de “Un dì, felice”, pero está más destacado en su escena del Acto II. El aria contrasta ataques plenos de squillo (“Dell’universo inmemore”) con otros suaves, en particular los últimos compases, donde se hace justicia a las indicaciones de dolcissimo con un magistral regulador final. “Parigi, o cara” era un especialidad en esos años gracias a las sedosas medias voces, el legato pulidísimo y la dulzura del acento. Merecerá la pena que se escuche la función completa, pues si bien Sutherland carecía del aliento patético del personaje, deja muestras de canto de altísima escuela.
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Enlaces a las óperas completas.
¡Disfrutadlo!
22/9/07
Jean Sibelius
No hace falta repetir que Sibelius es un favorito de esta casa. Vamos a recordarlo escuchando dos composiciones situadas en los extremos de su vida creativa.
En Saga, Opus 9 (1892, revisada en 1902) es un poema sinfónico de juventud que muestra influencias de Liszt en su romanticismo épico. Fue compuesto por indicación de Kajanus para aprovechar la enorme atención que había conseguido Sibelius con Kullervo. La versión escogida es la de la London Symphony Orchestra dirigida por Sergiu Celibidache (Royal Festival Hall, 21 de septiembre de 1979) Nadie más podría conjugar el minucioso fraseo (esas cuerdas del comienzo) con la férrea planificación a largo plazo. Desde los poderosos pasajes de los metales al misterioso monólogo del clarinete, todo respira un aire mítico.
En Saga
Tapiola Op. 112 (1926) es en muchos aspectos el negativo de la Séptima Sinfonía, como el vacío que quedara en el imaginario molde de aquélla. Tienen en común su carácter hermético y la generación de la forma por medio del material. Pero donde la Séptima era cálida y habitaba bajo la luz del Sol (do mayor), Tapiola conjura vientos gélidos y la noche (si menor).
Extendiéndose a los lejos, los oscuros bosques del Norte,
Antiguos, misteriosos, albergan sueños salvajes;
En ellos habita el poderoso Dios del Bosque,
Y los duendes en la oscuridad urden secretos mágicos.
Así reza el programa proporcionado por Sibelius. Tapiola, el reino de Tapio, los centenarios bosques del Norte, representa todo aquello incomprensible e inabarcable de la Naturaleza en estado salvaje. Si en la Sinfonía gemela esta Naturaleza, aunque misteriosa, era una Madre tierna, aquí ofrece su cara más hostil: aquélla que inspiró los temores reverenciales del hombre primitivo. Los susurros del bosque, el viento inhóspito, la presencia de algo oculto, la indefensión humana ante lo desconocido; son algunas de las sensaciones que produce Tapiola.
Basada en el desarrollo de las ideas expuestas al comienzo, Tapiola alterna episodios que evocan la eterna soledad de aquellas latitudes con otros donde de las sombras surgen amenazadoras voces. Al final, las tenues luces del alba parecen atravesar la espesura en el sencillo canto de los violines. Quizá las analogías con la Séptima sean incluso programáticas: ¿Habría pues que escuchar una tras otra para comprender mejor ambas? El orden de la audición es algo que dependerá de la disposición del oyente... ¿Es la noche la que sigue al día o al contrario?
Escuchamos la versión de Herbert von Karajan. Uno de los mayores defensores de Sibelius durante toda su carrera, además en el adverso ámbito centroeuropeo, Karajan dejó registradas dos excelsas versiones de Tapiola. Escogemos la de 1984 por reivindicar el arte del director austriaco en unos años donde sus actuaciones son blanco de numerosas críticas. La paleta de colores e intensidades de la orquesta berlinesa en sus manos es infinita.
Tapiola.
15/9/07
Maria Callas, su revolución
La voz de la polémica
El resultado fue una voz extensísima que cubría prácticamente tres octavas (lab2-fa#5). Su volumen parece haber sido medio, el agudo era squillante hasta el do5, por encima adquiría una ligereza, sin perder color, propia de una soprano de menor calibre. El grave era sonoro y no dudaba en reforzarlo con sonidos de pecho, al más puro estilo verista. El centro, ya en sus inicios, carecía de resonancias aterciopeladas o cálidas, mostrando una veladura levemente gutural. No puede decirse que fuera un timbre esmaltado, ni mucho menos dulce o acariciador, pues mostraba una cualidad metálica y aristada; sin embargo, resultaba enteramente personal. Es más, a pesar de esta falta de belleza intrínseca, la excepcionalidad de la voz no se podía poner en duda: hacía revivir tiempos pretéritos, los de una vocalità extinguida décadas atrás, la de soprano sfogato o drammatico d'agilità. Voces éstas surgidas en las postrimerías del Barroco como evolución de la contralto para conquistar el registro agudo y que encarnaron desde las heroínas de Mozart (Elettra, Konstanze) hasta las primeras de Verdi (1). Ejemplos paradigmáticos de esta tipología fueron Giuditta Pasta y María Malibrán, dos de las más admiradas intérpretes de Norma, capaces de reproducir trinos, notas picadas y roulades con voces plenas y potentes.
En Callas, John Ardoin cita: "Sin embargo, esta extensión vocal no era normal y costaba sacrificos lograr alcanzarla. Las voces de Malibran y de la Pasta y de otras que intentaron imitar sus éxitos (Cornelie Falcon y la hermana menor de la Malibran, Pauline Viardot) no tenían la igualdad de color ni la homogeneidad tan apreciadas antes en el canto (...) La Pasta se sometía a un curso de estudio vocal severo e intenso para dominar y utilizar su voz. Igualarla era imposible. Había una parte de la escala que difería del resto por su calidad y permanecía hasta el fin "bajo un velo" (...) Siempre había alguna nota fuera de tono, especialmente al principio de sus actuaciones. Sus trémolos amplios y expresivos y sus trinos uniformes y sólidos daban a cada frase un significado totalmente fuera del alcance de otros cantantes más espontáneos... Poseía en alto grado la cualidad musical más esencial: el sentido de la proporción y de la interpretación justas. No consiste en la mera corrección medida por el metrónomo ni en la facultad artística de crear sin artificios sino en ese sentimiento instintivo de dar la medida justa a cada frase, su fuerza exacta que es algo que no se aprende en las lecciones."
La voz de Callas manifestó los mismos problemas que sus ilustres antecesoras, sobre todo en cuanto a la falta de uniformidad, lo que ha llevado incluso a hablar de las "tres voces de Callas". En efecto los cambios de color eran abruptos, tanto al afrontar el agudo como al descender al grave, producto quizá de una proyección hacia la máscara demasiado brusca y de un abuso del sonido de pecho respectivamente. A la larga esto creó un vacío en el centro, cada vez más entubado y descolorido. Es éste el mayor reproche que se hace al sonido de Maria Callas, esa desasosegante ruptura tímbrica, inaceptable para algunos oídos, motivo de encarnizadas discusiones aun hoy; en todo caso una voz que no puede dejar indiferente.
El material, extraordinario pero problemático por tanto, fue domado con voluntad férrea, lo que no dejaba de evidenciarse en la rebelde aridez del timbre. Se ha llegado a asegurar que durante las temporadas en que preparaba algún papel estudiaba hasta ocho horas diarias. El esfuerzo le permitió conseguir una emisión dúctil, capaz de plegarse a un juego dinámico y de colores riquísimo, con filados de sugerente eficacia y fulminantes fortissimi. Otro de los factores más criticados en su voz hacía aparición precisamente en los ataques súbitos del canto concitato a la zona alta: un vibrato amplio o tremolo que domeñó con mejores resultados en el canto elegíaco. En el declive el tremolo se hará determinante, incluso poniendo en compromiso la entonación. Sin embargo es absurdo achacar estos aspectos a una técnica deficiente: además de la facilidad para modificar el volumen, Callas exhibía un dominio total del arte de legare e portare il suono, es decir del canto en su faceta más instrumental, enlazando grandes frases y utilizado expresivos portamenti entre las palabras. En el canto de agilidad di forza, trinos y escalas surgían penetrantes y timbradísimos, quizá sin la velocidad de las sopranos coloratura o la perfecta distinción entre notas que alcanzaría posteriormente Sutherland: para privilegiar su contenido expresivo el legato nunca desaparecía del todo. En la coloratura di grazia el sonido además fluía sin esos ribetes agresivos, sonando patético y evocador: los italianos dirían que tenía la lagrima en la voz, una de las pocas virtudes que se reconoce casi unánimemente.
La artista
Con estos recursos, más allá de un tipo vocal, Callas resucitó una forma de afrontar los papeles del belcanto romántico, la mayoría de los cuales había desaparecido del repertorio o sufrían interpretaciones que distorsionaban su esencia al mutilar o emborronar su escritura. Callas les devolvió su grandeza en tres planos complementarios: el interpretativo, mediante un fraseo analítico que explotaba los contrastes dinámicos; el estilístico, expulsando las inflexiones veristas de determinadas sopranos (escúchese la Norma de Cigna); el técnico, reproduciendo con corrección y otorgando contenido expresivo a las fioriture.
Poseía además una sólida formación musical complementada por un instinto infalible: grandes directores han elogiado su perfecta cuadratura (de afinación y ritmo) Asegurada esta base, mientras la voz estuvo bajo control, la intérprete podía dedicarse a construir el fraseo compás a compás, extrayendo fuerza expresiva del portamento, un rinforzando, una filatura o el supremo virtuosismo de la messa di voce. Muchas veces este aspecto del arte de Callas queda en segundo plano ante su talento escénico, olvidando así que la verdadera fuerza del melodrama reside en la actuación vocal. La figura de la actriz cantante, creación del verismo, muchas veces fue una pantalla tras la cual ocultar los problemas canoros de determinadas sopranos, sobre todo en los papeles de escritura florida. Además de restaurar la técnica necesaria para afrontar el género, Callas expurgó la parafernalia que se había usado como complemento del histrionismo escénico inaugurado por Gemma Bellincioni: declamaciones, roturas del legato, aullidos, etc, recursos que nada tienen que ver con la estética de Bellini, Donizetti o Verdi.
A pesar de haber quedado como ejemplares algunas de sus interpretaciones de papeles veristas, el fraseo de Callas componía personajes nobles, estilizados, áulicos en resumen. Ideales por tanto para los arquetipos (Reinas, sacerdotisas, hechiceras) del melodrama temprano, pero más alejados de los personajes cotidianos del verismo. Tampoco la escritura de estos papeles era favorable, pues incidía en la zona central de su voz, ayuna de sensualidad y esmalte, incapaz de competir con la dulzura y opulencia del timbre de Tebaldi. Sin embargo, la incisividad de la dicción, la minuciosidad con que iluminaba cada palabra, ya pasmosas en el recitativo romántico, adquirían en este género una relevancia aun mayor. Familiriazada con el estilo durante sus primeros años en Italia (Tosca, Santuzza) supo captar la espontaneidad y la extroversión necesarias, pero siempre insuflando nobleza decimonónica a los personajes, así sustrayéndolos al efectismo y la vulgaridad (lo que la emparienta con la gran Rosa Ponselle) Restaban para completar el fenómeno la vehemencia del fraseo y la agresividad del timbre, que no desentonaba en la truculencia de algunos argumentos de la Giovane Scuola Italiana. Y el talento de la actriz, capaz de respaldar con el gesto, y la mirada, cada instante de su actuación canora. Callas, genuina actriz cantante, no dejaba de actuar ni cuando permanecía en silencio. Rodolfo Celletti refiere en Le grandi voci que mientras llegaba la voz de Manrico desde fuera del escenario, ella movía las manos como acariciando el rostro del Trovador (en la escena del Miserere)
La herencia: el renacimiento del belcanto
Esta comunión de capacidades vocales y talento escénico unida al carisma de la mujer han sido las bases del tremendo impacto de Maria Callas. Naturalmente estos aspectos, en particular los vocales, están expuestos a discusión. Pocas veces ha sido una voz más denostada, llegando a reproducirse en oyentes actuales el rechazo visceral de aquellos partidarios de Tebaldi que no dejaban pasar una nota dudosa sin manifestar su desaprobación. Incluso su actuación escénica, a través de los pocos documentos audiovisuales existentes, se ha sometido a una intensa revisión. Lo que no admite duda es la repercusión del ejemplo de Callas en la historia del canto del S. XX. Aparecida en el momento oportuno, actuó como catalizador del interés en el melodrama temprano y en recuperar la técnica, el estilo y los modelos sicológicos mediante los cuales únicamente podía hacérsele justicia. Hay que reconocer que en las cuerdas femeninas no estuvo sola y podemos citar a Giulietta Simionato y Ebe Stignani como cantantes que la acompañaron en el retorno a la forma correcta de cantar ese repertorio, con el supremo antecedente de Rosa Ponselle (quien no encontró las condiciones adecuadas). No obstante, era necesaria la personalidad de Callas para poner en marcha esa revisión que alcanzó a las olvidadas heroínas de Donizetti y Bellini, Spontini, Cherubini, el primer Verdi e incluso el Rossini serio (Armida). Este movimiento en cierta forma fue una labor museológica que resucitó repertorios marginados por las estéticas triunfantes del verismo, el tardorromanticismo y el drama musical. Ya en carrera de Callas, aparecieron voces capaces de recoger el testigo y ampliar su radio de acción: Marilyn Horne, Joan Sutherland, Leyla Gencer, Montserrat Caballé, Renata Scotto y Virginia Zeani entre otras, hasta nuestros días con Mariella Devia como última representante. Las cuerdas masculinas tardaron más en reaccionar y nunca lo hicieron con la misma intesidad. Con el auge de intérpretes excepcionales, se alimentó el interés hacia las músicas anteriores al Romanticismo; esta nueva sensibilidad necesariamente había de mirar aun más atrás y no sólo puso en marcha la Rossini renaissance de los años 80, sino el movimiento historicista que ejerce actualmente su hegemonía en el Clasicismo, el Barroco (incluyendo la ópera del Belcanto) y la Música Antigua.
Desafortunadamente, el declive de Maria Callas llegó demasiado pronto para que pudiera extender su revisión a muchos papeles. Las razones del temprano ocaso han sido y seguirán siendo otro motivo de polémica. La mala salud, los desequilibrios emocionales, el adelgazamiento; sin duda se cobraron su precio posiblemente en la base de todo, la respiración (de ahí el temido vibrato amplio). Sin embargo no se puede obviar el inevitable entubamiento del centro, cada vez más destimbrado y lleno de aire, como resultado de la alternancia de papeles de tesitura elevadísima y otros donde había de forzar el registro de pecho. Aunque Callas lanzó un gran mentís contra la separación de voces dramáticas y de agilidad operada por los anteriores 50 años de historia, la pretensión de alternar papeles de soprano spinto italiana, dramática wagneriana (Brünnhilde y Kundry en sus comienzos) y soprano lírica de agilidad terminó por partir en tres su voz, como si de una piel estirada y exigida al límite se tratara. Por otro lado se ha señalado la temeridad de la cantante, que jamás se reservaba nada ni siquiera en los ensayos (siempre a plena voz) y fiel a un plan de estudios tremendo (como se ha comentado más arriba)
Además de la resurrección del belcanto, la influencia de Callas cambió la importancia del trabajo escénico de los cantantes, estableciendo un nuevo modelo de cantante actriz. Si bien esto recordó el valor como conjunto de la representación operística, no ha dejado generar una corriente que ha terminado por justificar a malos cantantes por sus talentos dramáticos. Aunque, evidentemente, no se la puede culpar por ello.
(1) Posteriormente la simplificación de la escritura vocal favoreció una tesitura más central y la eliminación de las fioriture, proceso que aspiraba a voces "realistas" y que fue llevado a cabo en paralelo por Wagner y Verdi y culminado en el verismo. Se separaron así las voces dramáticas de las dotadas para la agilidad.
Norma es el papel que más se identifica con Maria Callas, y con razón pues simboliza el rescate del paradigma vocal al que dedicó su carrera. Norma representa a la vez la cumbre del belcanto y su agotamiento, al abrir la puerta a formas de expresión más dramáticas, impensables por ejemplo en Rossini.
Ella poseía la voz oscura, amplia y penetrante necesaria para superar los momentos más agresivos, pero también la ductilidad y la agilidad de las estilizadas cantilenas.
Aunque posteriormente Sutherland expondrá con claridad diamantina los adornos de la pieza y Caballé amplificará su belleza lunar, “Casta diva” sigue teniendo en la voz de Callas un aura mítica a la que no es ajena la autoridad que emana del recitativo “Sediziose voci”, sostenido admirablemente gracias a una dicción clarísima. Destacan el tono profético de “Morrà pei vizi suoi; Qual consunta morrà. L'ora aspettate, L'ora fatal che compia il gran decreto” o la inflexión “Pace v'intimo”, persuasiva y reveladora de los sentimientos de Norma a un tiempo. En 1952 la voz estaba en plenitud, tanto en las finísimas filature como en el canto a voz desplegada, timbradísima y squillante. Como muestra de su habilidad para colorear las frases, atendemos a “Tempra tu de' cori ardenti”, donde incluso dentro de una sílaba (“ardenti”) hay un estremecimiento de ira y una súplica de paz. (Grabación del Covent Garden)
En 1955 Callas (entonces Meneghini Callas) estaba en la cima de su carrera y sus facultades, lo que tuvo ocasión de demostrar con representaciones de Norma en La Scala y una versión de concierto preservada por la Rai con óptimo sonido. El retrato del personaje adquiere un relieve moral único gracias a un fraseo variadísimo que recurre continuamente a los contrastes entre forte y piano; sonidos ligeros y dulces junto a otros acerados. Se refleja así el conflicto que desgarra a la Sacerdotisa, en particular al referirse a sus hijos, siempre a media voz y con ternura. Incluso en un momento como “Oh, non tremare, o perfido” encontramos el súbito recogimiento de “Pei figli tuoi”. Además de la seguridad de las agilidades, timbradísimas, hay que elogiar la declamación en la zona central, reforzada con la dicción de unas consonantes casi martilleadas, pero sin comprometer el legato. La ferocidad de “Vanne, sì, mi lascia indegno” aún espera rival.
La dicotomía entre la amante celosa y la mujer de elevada ética queda perfectamente expresada en la sublime escena “Dormono entrambi”, quizá lo más grande que compuso nunca Vincenzo Bellini. Si en frases como “I figli uccido” o “Ed io gli svenerò?” se deja oír el acero, el canto tendido “Teneri figli” es una caricia. Nótese el ligero stentando (no escrito) en “pur dianzi delizia mia”, impreciso o no esta vez, un sollozo perfectamente integrado en el canto. Aunque el color efectivamente es diferente en “Muoian per lui. E non sia pena che la sua somigli”, la fractura entre registros aún no era traumática. Espeluznante la exclamación final, llena de horror.
Escuchamos “Mira, o Norma” en la función de La Scala, por juzgar a Stignani, ya desgastada, menos interesante en su fraseo que Simionato (por momentos suena “antiguo” frente al de Callas). Cuidadísimo el canto a media voz, de sonidos flotados, como reflejando el proceso interior provocado por los “molli accenti”.
Merece la pena que se seleccione toda la escena final. El tono autoritario de “In mi man alfin tu sei” (un tanto engolado) parece el último intento de convencerse de que sería posible recuperar el control de la situación, pero pronto los claroscuros del fraseo expresan los estragos de todo lo escuchado hasta el momento. La ternura de “Pel tuo Dio, pei figli”, la crueldad de “Già mi pasco” (de un refinamiento que linda con el sadismo), la sinceridad abriéndose paso en “Vedi, vedi a che son giunta!”. Pocos tenores podrían sobreponerse a una Norma de tal riqueza expresiva. Del Monaco, cuyo Pollione es habitualmente vapuleado por la crítica debido a un ejecución pobre de “Meco all’altar”, resiste el enfrentamiento gracias a una dicción broncínea y la dignidad de la acentuación. Impresionante la confesión de Norma, con un “Son io” que transmite una extenuación moral insoportable. “Qual cor tradisti” es una sublimación del dolor, en la mejor tradición del belcanto, cantada con una contención sólo rota al proferir “Sul rogo istesso che mi divora”, de verdad abrasadora. “Deh, non volerli vittime” encarna lo “sublime trágico” a que aspiraba Bellini. El mundo expresivo donde Maria Meneghini Callas estaba en casa. De nuevo el juego de volúmenes es la base de una interpretación que tiene algo especial, bastante más difícil de definir.
Hay que hacer notar que el mismo año de las representaciones de Norma en La Scala, Callas cantó también La Sonnambula, rememorando así nuevamente a Giuditta Pasta, creadora de ambos papeles. A pesar de la categoría de la Amina de Callas, es notorio que es uno de esos papeles donde su timbre choca frontalmente con el personaje, protagonista inocente de un amable melodrama campesino. Por otro lado Cesare Valletti, digno heredero del fraseo de Schipa, parece un Elvino algo tierno ante la Divina. En efecto ya en el recitativo de su aria hay frases que nos insinúan una Amina más astuta que su rival Lisa (“Ah! qual gioia!”) No obstante la ligereza, siempre con timbre penetrante, de “Come per me sereno” y su cabaletta son encomiables (espectaculares notas picadas y escalas en el da capo, con un descenso al grave más propio de una Norma). Más motivos para el escándalo proporciona “Son geloso del zeffiro errante”. Si bien el empaste entre ambas voces es inesperadamente bueno, la volata de Callas antes de la ripresa del dúo, un tanto demoníaca, contrasta cruelmente con el rechazable falsete de Valletti. Los últimos compases son realmente ensoñadores, pero de nuevo encontramos no sólo troppa voce, sino demasiado acero en el agudo (no escrito) que cierra la página.
En la escena del sonambulismo encontramos a la mejor Callas, con la voz ductilísima, lunar, la lagrima nunca mejor evocada. El recitativo, incomparable, se sitúa en la frontera de la inconsciencia que se supone en el momento. “Ah, non credea mirarti” es desgranado en una media voz que es un hilo de media voz, apenas reforzada en algunos momentos con efecto expresivo lacerante (“Sol durò”). Frases como “Il pianto mio, ah! No, no non può” convierten la amable historia campesina en algo trascendente, el sueño de Adina es de una profunda tristeza en la sublime cadencia. Posteriormente se escucharán sopranos más bellas y virtuosas en “Ah, non giunge”, más convincentes por timbre en los dúos, pero esta aria pertenece a Callas.
En puridad aquel timbre agresivo no era tampoco el de una Lucia, personaje creado para una soprano lírica con agilidades pero no una extensión extrema. Cuando lo adelgazaba y lograba dulcificarlo (dentro de sus límites) alcanzaba momentos tremendamente elegiacos, pero esos ff, esas escalas aceradas, retrataban un personaje demasiado "demoniaco". Sin embargo, la violencia latente de la voz de Callas puede aceptarse teniendo en cuenta que Lucia al perder la razón mata a su esposo la noche de bodas, lo cual tiene connotaciones bastante truculentas. En este sentido el patetismo de su interpretación de "Il dolce suon" fue revolucionaria para el personaje, como ya queda claro en esta grabación mexicana de 1952. Aparte, desde luego, la apabullante seguridad en todos los registros o las columnas de metal vibrante de sus ascensos al mi bemol5.
Tras restituir a Lucia di Lammermoor su entidad dramática, Callas siguió dirigiendo su atención a Donizetti. Con el decidido impulso de Gavazzeni La Scala decidió exhumar Anna Bolena, ópera que fundó la fama del autor en 1830 y que había desaparecido del repertorio. El proceso llegó hasta la Paulina de Pollione; pero en 1960 la decadencia era insuperable. Correspondió por tanto a sus sucesoras llevar a cabo la restauración donizettiana.
"La Callas ha modulado con pericia inigualable las medias voces (alla Benedetti-Michelangeli) y ha concluido triunfalmente una interpretación noble y prestigiosa." Así resumía el cronista Massimo Mila aquella velada de la Bolena en abril de 1957.
Entre los grandes momentos de su actuación destacó sin duda el Finale de Acto I, con la impresionante exclamación “Giudici... ad Anna!!”, llena de una indignación que también iba dirigida al sector tebaldista del loggione, entonces más agresivo que nunca (se escuchan sus protestas en varios momentos de la función) El gran dúo con Seymour adquiere proporciones históricas al contarse con Giulietta Simionato, quizá la mayor mezzosoprano del S. XX. Saltan chispas entre ambas , culminando en la punzante “E la scure a me concessa / più crudel, le neghi il Re”, amenazadora pero sin caer en lo vulgar. La comprensión de Callas de la escena final es absoluta. Ensimismada en la melodía de "Al dolce guidami", un pasado idílico se ofrece como una escapatoria a la terrible realidad presente. El arte de la cantante para el portamento resplandece memorable en la frase "che i nostri mormora sospiri ancor", ligada desde un hilo de voz hasta el forte. La inatacable técnica respiratoria aún le permitió cantar la perfecta messa di voce de “Ah! Un giorno rendimi” y los bellos filados de los últimos compases.La cabaletta “Coppia inicua” es un agotador crescendo emocional que construye en las escalas de “col perdon sul labbro si senda”, penetrantes como puñales, o las tremendas puntature que introduce como variaciones en la repetición. Además de Simionato se cuenta con Gianni Raimondi y Nicola Rossi-Lemeni (éste ya en declive) por lo que la grabación puede ser considerada redonda.
En 1958 dirige su mirada a Il Pirata, primera ópera con gran heroína trágica de Bellini. Desafortunadamente no ha emergido ninguna grabación de las funciones de La Scala, donde la acompañó un Franco Corelli en pleno ascenso. Acudimos por tanto a la versión de concierto neoyorkina de enero de 1959, con un reparto considerablemente inferior. Resulta demoledor escuchar el Gualtiero de Ferraro, voz potente y nutrida en el agudo pero paupérrimo de intención y estilo, al lado de Callas. Porque a pesar de las durezas en la emisión, el apreciable vibrato amplio o los tonos metálicos del agudo, el fraseo seguía siendo variado, la fantasía audaz. En la escena final, el delirio de Imogene, de nuevo resplandece el dominio del recitativo, una progresión sicológica desde la postración del comienzo hasta la evasión lírica del aria “Col sorriso d’innocenza”. Aquí es evidente la lucha de la intérprete por doblegar una voz en rebeldía; aún lo consigue con el la agudo de “Al genitor”, filado con cierta fortuna. A pesar de las desigualdades entre registros, tremendas en “Oh, sole! ti vela / Di tenebre oscure...”, la cabaletta es resuelta con bravura. En el da capo, introduce variaciones que sustituyen el descenso citado al do3, pero no puede evitar cierta guturalidad o una afinación imprecisa en algunas puntature. Para el recuerdo la magnífica “La… Vedete… Il palco funesto”, dirigida en La Scala a Ghiringhelli. Desafortunadísimo el corte introducido en la partitura, pero el documento sigue siendo valioso.
Nunca he sido un gran Callasiano. Entre los cantantes, los hay a los que admiro, los que amo de forma involuntaria y los que admiro y amo. Callas siempre fue de lo que admiro. No creo que llegue nunca a amar su voz, pero tras el tiempo dedicado a esta primera (?) serie de audiciones, creo la admiro más que nunca. Si el tema suscita interés, se dedicará otra entrada a Verdi y el verismo.
10/9/07
Alfredo Kraus: 8 años
