9/9/16

"Falstaff" en La Coruña. Lucidez sin amargura.

http://www.amigosoperacoruna.org/el-milagro-de-falstaff-en-a-coruna/ 
"Falstaff" se ha estrenado en Galicia con una función muy disfrutable, a pesar de haber contado con un protagonista inadecuado y en baja forma. Es ésta una ópera que se sabe que ha funcionado si hace que la audiencia salga del teatro reconciliada con el mundo (nada menos) y algo así podría decirse de la representación del día 3 de septiembre.
Se comenta que Bryn Terfel cantó indispuesto, lo cual siempre merece reconocimiento, dada su condición de gran figura alrededor de la cual se montó el espectáculo. También puede explicar que la presencia sonora de su voz no fuera la esperada y obliga a no cargar las tintas contra este apartado de su actuación. Lo que ni explica ni disculpa es su planteamiento del personaje, en el que la moralidad dudosa se expresa necesariamente con dudosa calidad en el canto: un fraude ya clásico. Terfel se presentó, en eso no hubo sorpresas, con su habitual emisión gruesa y fibrosa, que de entrada tiene poco que ver con la escritura verdiana. Pero además, desde la primera frase, mostró una idea chapucera del legato y una acentuación monocorde cuya única variedad la ponían las inflexiones plebeyas y los falsetes descoloridos. Lo peor de la velada se escuchó durante la escena con Alice: una irreconocible serenata ("Alfin t'ho colto"), un "Quando ero paggio" con unos primeros versos aseados pero concluido a trompicones y un naufragio en la pomposa estrofa "T'immagino fregiata". Aunque Verdi evidentemente se burle de Falstaff en esta escena, le exige que cante bien y de eso hubo poco. El personaje es bastante más que un energúmeno, con más o menos gracia en escena, que vocifera de principio a fin de la ópera. En definitiva, parece poco probable que la esperada mayor abundancia de decibelios hubiesen hecho más interesante su propuesta.
Por el contrario sólo puede calificarse como brillante la Alice de Aihoa Arteta, no sólo por su frescura vocal y el buen canto exhibidos, sino por la coquetería y la sonriente malicia de su acentuación. No esquivó los pasajes más incómodos, que sin ser arduos exigen buena escuela para decir bien el texto, y desplegó un timbre atractivo; un estímulo para cualquier Faslstaff aun mayor que su buena figura en escena. Siempre es un placer escuchar la maravillosa melodía de "Ma il viso tuo su me risplenderà..." en una voz así. En lo que se refiere a gracia e intención no le anduvo a la zaga Marianne Cornetti (Mrs. Quickly), sólida además en la exigente gama grave. Ambas convencieron como las alegres comadres capaces de imaginar y poner en marcha la trama.
En un nivel ligeramente inferior, pero siempre plausible, Juan Jesús Rodríguez fue un contundente Ford y la joven Ruth Iniesta, una virginal y fina Nannetta. Los modos del barítono, un tanto expeditivos, se adaptan bien un personaje que está firmemente anclado al mundo real y requiere más elocuencia de acento que sutileza vocal. Por el contrario, lo que se espera de la señorita Ford son las frases etéreas, de cuento de hadas, que la joven soprano supo emitir tanto en sus sucintos dúos con Fenton como en "Sul fil d'un soffio". Uno se pregunta cómo es posible que una audiencia a la que se le ofrece en el mismo escenario este conjunto de intérpretes que cantan y frasean a la italiana - es decir, como es debido - no perciba que hay algo totalmente equivocado en la propuesta del presunto divo. Será que  la mercadotecnia sigue funcionando. 
Los personajes de carácter cumplieron con lo que se les pide, que es transmitir un arquetipo sin hacer bufonadas. Uno incluso diría que Mikeldi Atxandalabaso (un impecable Bardolfo) mostró una voz más sonora y proyectada que la de Franciso Corujo (Fenton), tenor que sigue en su línea de buenas intenciones pero escasa presencia vocal en el teatro (debido a una emisión más basada en las fosas nasales que en el correcto apoyo).
La puesta en escena de Gustavo Tambascio apenas contaba con elementos en escena y proponía una indiferente situación temporal en el período de entreguerras. La dirección de actores fue fluida y eficaz, bien integrada en el desarrollo musical y con unos cuantos números cómicos para que el protagonista, hombre de teatro con tablas, se luciera (o camuflara sus debilidades). En todo caso se agradeció que finalmente pudiera ponerse en marcha y se descartara la prevista representación concertada (que en esta ópera simplemente no funciona, como se pudo comprobar en Málaga hace unos años).
Ha sido discutida la dirección de Alberto Zedda, tanto por los tempi, como por imprecisiones atribuibles a los pocos ensayos. Incluso se ha hablado equivocadamente de pesantez y excesiva presencia orquestal. Esta opinión no tiene en cuenta el papel que tiene la orquesta en esta ópera, un narrador omnisciente, que no es lo mismo que sólo acompañante o comentarista. Zedda tuvo muy en cuenta esta especial disposición, que constituye la gran novedad de la ópera incluso respecto a "Otello".  Muchos detalles se tuvieron en cuenta con burlona delectación: la tiritera y los estornudos de Falstaff al comienzo del tercer Acto, por ejemplo. Todo ello no desde una perspectiva sinfónica (o wagnerizante) sino netamente italiana: apoyando a los cantantes, comentando y cantando con ellos, en particular en las fugaces expansiones de melodía que el viejo Verdi regala como testamento lírico. Una dirección seguramente un poco parsimoniosa, pero siempre calibrada y atenta al detalle dentro un pulso seguro. Sólo algunos pasajes parecieron un tanto deliberados en cuanto a tempo, en particular toda la escena en que Falstaff es maltratado por el fingido aquelarre. Sin embargo, el resultado no resultó pesante y adquirió un tono litúrgico curioso: el de un bienhumorado exorcismo. Zedda en definitiva no propone la comedia vertiginosa y corrosiva a las que estamos acostumbrados. Está convencido de que la bondad y la sabiduría de Verdi son el único antídoto para que el cínico mensaje final no envenene al oyente y de ahí su visión benevolente y reposada, si se quiere, un tanto dulcificada. No habrá establecido un hito, pero dijo lo que quería decir.
La función recogió un caluroso aplauso de un público muy encopetado y bronceado que braveó a casi todos al final. 

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