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21/7/10

Carlo Maria Giulini y Johannes Brahms (IV)



La Cuarta es la Sinfonía más hermética de Brahms. Su lenguaje austero sin concesiones, su ambigüedad entre la aspereza más implacable de toda su producción y los momentos de reposo sublime y la abstracción acerada del lenguaje suponen la culminación del viaje brahmsiano hacia la sustancia expresiva de la música.

Este final de viaje supone que la Cuarta exige una concentración extraordinaria en el discurso y una adustez expresiva casi espartana. Giulini y su orquesta exhiben el timbre cálido y terso (bellísimo) que caracteriza al ciclo, pero en este caso uno echa de menos la "punta" de los violines de Toscanini, quizá máximo creador de la Sinfonía. Tampoco las maderas (2:13) exhiben esa sonoridad penetrante que tanto potenciaba el maestrissimo. Hay un respeto demasiado reverencial por el legato que suaviza cuanto existe de turbador en el tejido polifónico y cierta relajación contemplativa en el discurso (no así en la estructura vertical) que no se percibe en ningún compás de las tres anteriores Sinfonías: ¿quizá producto del alejamiento temporal de esta grabación (siete años) de aquéllas?. A este respecto es ilustrativa la inofensiva intervención (3:27) de metales y percusión en la última idea expuesta. Todo muy ordenado pero sin garra y con una cuerda grave que no muerde. Se echa de menos esa decisión arriesgada que se escuchaba en el Finale de la Tercera, con unos metales ásperos e incluso un poco despegados del cuerpo de la orquesta. En cambio la ejecución por parte de las cuerdas del pasaje imitativo (5:05) del desarrollo vuelve a mostrar la fuerza de la máxima precisión en los pasajes contrapuntísticos. Según el discurso se remansa desde 6:36 Giulini se encuentra más cómodo: las maderas se tiñen de nostalgia y la breve meditación nos prepara para lo que ha de seguir. La reexposición muestra al fin un fraseo más incisivo e incluso los vientos (9:13, 10:52 y 11:06) tienen la justa prominencia. Hay verdadero fuego en la preparación de la coda: al fin se abandona el distanciamiento respecto del desasosiego que reside en el corazón de la partitura. Incluso las intervenciones de la percusión en 11:45 y 12:24 hacen recordar a Toscanini. La cuerda desprende llamaradas desde 12:00. Esta consecución de un mayor dramatismo se consigue mediante el trabajo con los timbres, la articulación del fraseo y una presión horizontal implacable, sin aceleraciones ni ralentizaciones, manteniendo un tempo base que transmite la sensación de no poder ser otro.

16/3/10

Carlo Maria Giulini y Johannes Brahms (III)


El presente registro no sólo es la culminación del ciclo, sino una piedra miliar de la interpretación de Brahms. La Tercera Sinfonía es la más esquiva de la serie y su ambigüedad expresiva ha confundido a numerosos directores, incluyendo a Furtwängler (quien declaró no haberla comprendido hasta el final de su vida). Su progreso desde la luz hacia la sombra es un verdadero enigma que ha inducido a errores de planteamiento, tanto exagerando los contrastes como pretendiendo uniformizarlos. Libre de prejuicios y ajeno a cualquier intento de adaptar la música a subjetivismos, Giulini es fiel a la letra y de esta forma llega hasta el espíritu. Esto es particularmente cierto en el Allegro con brio. Más que en ningún otro caso en la serie, su dirección desprecia un timbre orquestal denso o resonante y sigue el ejemplo toscaniniano de una orquesta dominada por unos violines y maderas que alumbran la partitura con una luz cegadora. Los vientos exponen sin ampulosidades el tema introductorio (1), pero con un pequeño efecto de crescendo al final, acumulando así una energía que se libera con la entrada del tutti, de una fuerza arrasadora. Tutti compacto y poderoso, con una sección de cuerda que deslumbra por el slancio de unos violines insuperables, que frasean destacando los ángulos de la melodía (atención al ataque de 00:09) pero siempre cantando legato. A pesar del brillo incandescente que extrae de la melodía, Giulini consigue que se escuche con nitidez el bajo (el motivo la-fa-la). En la primera transición sobresalen las maderas, preparando así la entrada del segundo tema, donde los solistas tienen una prominencia aun más destacable (01:27). Los violines atacan con un brío electrizante (02:53) el tercer tema, iniciando a continuación un desarrollo que no sólo roba el aliento por su energía: todas las secciones tienen densidad pero distintas intensidades, creando una arquitectura admirable. No puede dejar de elogiarse la belleza romántica de la llamada de la trompa y profundidad de las voces graves que preparan el retorno de la idea principal. La ripresa incluso supera en grandeza y energía a la exposición. El comienzo de la coda es grandioso (08:06), sin necesidad del rallentando en los metales que aparece en otros casos: la sensación es de un impulso irresistible en los violines, con maderas galvanizadas, memorables. Tras un crescendo estremecedor, cuando parecía que la orquesta no podía desplegar más poderío, la música se remansa (8:50) como una llama que se estabiliza y pacifica con mágica facilidad. Aún hay tiempo de una última demostración de fuerza (09:58) pero ya serena, confiada, antes del cierre a media voz. Si esta Tercera es una cumbre, el Allegro con brio es su punto más inaccesible e imponente. Ni siquiera el propio Giulini repetirá el milagro décadas después con la Filarmónica de Viena.

La idea de los clarinetes que abre el Andante se enuncia con la habitual riqueza de matices y claroscuros que exhibe la familia de maderas de la Philharmonia. La sección central muestra un equilibrio camerístico entre cuerda y vientos, que susurran con el intervalo que genera todo el episodio con un sutil distanciamiento totalmente brahmsiano. Esta serenidad olímpica culmina en 6:26, cuando los violines desarrollan su amplia melodía, tantas veces exageradamente resaltada.

El Poco Allegretto arroja una sombra de incurable melancolía en una partitura hasta este momento optimista y exuberante. Giulini huye de cualquier tipo de énfasis, tanto en la exposición como en la emotiva e inolvidable ripresa a cargo de los violines: de nuevo la intimidad más profunda sólo es entrevista. El fraseo puede compararse por su ausencia de artificio y conmovedor legato al de los liederistas alemanes de los años treinta (Janssen, Schlusnus, Hüsch). Merece la pena atender a la ternura con que las cuerdas se entrelazan a media voz (00:53) o su extática veladura al detenerse en el pianissimo de 3:21. No menos poesía demuestran los pasajes de trompa, oboe y clarinete en la segunda parte.

El Allegro sorprende un poco por la moderación del tempo escogido, que además se mantiene constante, sin aceleraciones más o menos efectistas (al respecto, escúchese la entrada del motivo de 00:53 o el sobrecogedor desarrollo). Se consigue así reforzar la sensación obsesiva de esta música. De nuevo estamos ante un Brahms alejado de arrebatos o grandes gestos heroicos. Se trata de una lucha a nivel espiritual. Los ff de los metales (el primero en 02:15) exhiben una aspereza infrecuente en el ciclo: no se trata de simple volumen, sino de una cualidad expresiva buscada en los timbres. El aspecto tímbrico también es tratado con maestría en el desarrollo, con la dramática reaparición del intervalo escuchado en el Andante, esta vez saltando entre las voces graves y las agudas (el trabajo de los vientos es soberbio). En la coda (Un poco sostenuto) las maderas tienen nuevamente mucha prominencia (07:00), arrojando una luz trémula al principio, finalmente catártica (08:20) para que la Sinfonía pueda concluir reconciliándose con la trémula reminiscencia del primer movimiento.

Disfrutadla.


(1) El motivo fa-la-fa asociado al lema que Brahms había elegido como broma privada hacia su amigo Joachim ("Libre pero feliz" - "Frei aber Froh").

5/2/10

Carlo Maria Giulini y Johannes Brahms (II)


La Segunda comienza, por así expresarlo, con el mismo sentimiento de comunión con la Naturaleza que presidía el final de la Primera. La introducción, con sus llamadas de las trompas, establece un clima de cálido amanecer. La transición al Allegro non troppo es perfecta: el diálogo de violines y maderas se anima y la nítida figuración del bajo en 1:43 asegura la construcción del pasaje. Las ideas se suceden con una parsimonia llena de confiada vitalidad. La preparación de la recapitulación, tras un vibrante desarrollo en la cuerda, es grandiosa (7:09) con frases telúricas de los metales (8:06) que, como siempre, están integrados en la gran voz de la orquesta El retorno de la tercera idea (11:12) nos muestra como en esta ocasión la claridad de las voces y la acentuación de los ritmos, que en la Primera sugerían conflicto, aquí son un elemento de feliz coincidencia. La coda incluye una nueva aportación espléndida de las trompas.

El maravilloso comienzo del Adagio non troppo no sería lo mismo sin el expresivo pasaje de los chelos “a media voz” en 0:35. En 1:15 las voces agudas toman la conmovedora cantinela, pero sin adelantar las luminosas intervenciones que llegarán en 2:49 y 3.57, con esa inconfundible línea expresiva brahmsiana en los violines. En 4:32 una transición se resuelve de forma diáfana con el diseño del bajo tomando más presencia, de esta forma impulsando el discurso: de nuevo arquitectura y narración magistralmente aliadas. En 6:18 el sotto voce de los violines nos lleva de la mano hacia el corazón del movimiento, uno de esos susurros del alma que parecen demasiado bellos para ser explicados (6:48). Tras la catarsis de 7:44 (de una construcción admirable) sobreviene la melancolía, pues en 9:20 los timbales extienden una inquietante zona de sombra. Música de inacabables claroscuros, ambiguamente serena: Brahms en estado puro.

Las maderas canturrean el Andantino con un afortunado tempo de paseo. El episodio bailable de la cuerda es robusto pero el contraste no se acentúa demasiado. En 4:40 aparece la expresiva frase de los violines pero se mantiene la transparencia camerística.

Aunque un acercamiento exuberante al Allegro con spirito pueda tener más atractivo, uno debe admirar como Giulini es coherente con su visión de Brahms hasta sus últimas consecuencias. El director plantea este Final como un divertimento cuyas claves se reservan para uno mismo, no llegándose a expresar en voz alta hasta el final: a este respecto el sotto voce inicial es muy elocuente. Se excluyen por tanto las concesiones al gesto extrovertido y desenfrenado, sobre todo en los tutti. Hay que aclarar que no faltan energía y verdadero “spirito” en la dirección, con un vigoroso desarrollo de la cuerda en 3:54 o un fulminante ataque de la ripresa en 05:54. Además, el correspondiente pasaje reflexivo que culmina en 5:10, otras veces ignorado, aquí se expone con mimo. Como retroalimentada por el propio discurso, la recapitulación gana más y más energía (7:44 en adelante) para preparar la coda. En 8:38 un súbito accelerando del bajo impulsa la carrera final de las cuerdas, que enlazan y sostienen las festivas aportaciones de los metales.

Sólo queda desearos una feliz audición.

Sinfonían nº 2 en Re, Op. 73. (Orquesta Philharmonia de Londres)

2/10/09

Carlo Maria Giulini y Johannes Brahms (I)


Carlo Maria Giulini no quiso documentar en disco su relación con ningún otro compositor como en el caso de Johannes Brahms. Dos integrales sinfónicas separadas casi treinta años, grabaciones de las Sinfonías Primera, Segunda y Cuarta, tres registros de las "Variaciones Haydn" y los Conciertos para piano y violín, además del "Réquiem Alemán" y las Oberturas.

A principios de los sesenta, llegado a su primera madurez creativa, Giulini firmó uno de los grandes trabajos de su vida. Esta integral sinfónica con la Philharmonia Orchestra demostró una afinidad extraordinaria con el mundo expresivo y sonoro de Brahms. Esta cercanía se basó primeramente en el sonido extraído de la magnífica orquesta británica, que reproducía el complejo entramado polifónico basándose en el predominio de las voces intermedias, sobre un bajo sólido pero no redundante, que siempre identificó a Giulini. El tapiz así creado, de colorido otoñal, cálido y sin asomo de exhibicionismo, es como un reflejo de la introversión brahmsiana. El director de Barletta comprende que los metales en la orquesta de Brahms son una prolongación de las maderas, no un bloque que oponer a la cuerda en el estilo romántico tardío. También la percusión muestra este equilibrio raíz clásica, puesto que aunque presente, se reservan sus intervenciones más contundentes para subrayar los verdaderos clímax, pero sin ser nunca explosivas.

Naturalmente con estos mimbres no se podía esperar un cataclisma en el "Un poco sostenuto" de la Primera, ni una explosión de exuberancia en el Finale de la Segunda o el "Allegro con brio" de la Tercera ya que Giulini es fiel ante todo al equilibrio (de nuevo esta palabra): el discurso respira y las transiciones se suceden sin impulsivos usos del rubato o arrebatos de inspiración más o menos auténticos.

La Primera se expone con toda su tensión entre romanticismo y racionalidad, en el caso de Giulini inclinándose por ésta. El arranque "Un poco sostenuto" no es el estallido demoníaco de otras visiones de la obra, sino una verdadera introducción a un mundo de demonios personales, de sombras, de lucha a nivel espiritual. Inmediatamente se percibe el interés en equilibrar la dramática línea de los violines (tantas veces abrumadora) con el inquietante bajo de la percusión y los contrapuntos de metales y maderas. La sección central (00:45) destaca por la insistente presencia del bajo y conduce con una magnífica transición (percusión desde 1:44) al ff de 2:04, poderoso pero sin estridencias. En el Allegro los intrincados temas tienen acompañamientos nerviosos, concisos, secos. Las líneas ascendentes y descentes de las distintas voces se contraponen con brío mostrando la arquitectura vertical y a su vez narrando, asegurando el discurso. Giulini no exacerba los contrastes y así el tema lírico (04:58) aporta una luz trémula, apenas entrevista. Especial atención, ya en el desarrollo, merece la temible sombra (8:44) que la cuerda grave extiende para introducir el crescendo sobre el motivo beethoveniano de cuatro notas que desencadena la formidable ripresa, sostenida por los implacables timbales. Un momento de reposo se alcanza en la coda, cuando (13:33) los violines van poco a poco evolucionando hacia la luz ambigua del do mayor de la coda.

Timbres cálidos, llenos de sombreados, enuncian el comienzo del Andante sostenuto. El oboe canta su bellísima melodía con sencillez pero elocuentes variaciones de intensidad. Giulini sugiere el balanceo en la cuerda grave y los violines despliegan su gran frase lírica sin énfasis alguno. En la sección intermedia las maderas conversan con claridad camerística. En 4:39 tenemos un momento de rara serenidad y belleza. El canto preside la ripresa de la melodía del oboe por parte de trompa y violín solistas.

El entendimiento por parte de la batuta del tempo del Allegretto brahmsiano es completo. También en la perfecta transición de 1:04 (nótese como varía el diseño del bajo). De nuevo hay que admirar el equilibrio de voces del famoso Trío (por ejemplo, las trompetas de 3:00).

El Finale es el movimiento que asume más abiertamente el heroísmo beethoveniano, siempre un heroísmo del espíritu, y no sólo por la obvia cita de la Novena. La introducción, con predominio de sombras, deja paso a una amplia transición (2:39) que evoca extensiones indeterminadas, espacios abiertos; trompas y flautas expresan con su canto un profundo sentimiento de la Naturaleza, romántico por antonomasia. El tema coral del Allegro non troppo se expone con lirismo por la cuerda grave. Seguidamente el despliegue y desarrollo del mismo muestra la misma claridad polifónica que ya conocemos, con una cuerda vibrante y robusta (como ejemplo, la intervención fugada de 11:51). La recapitulación del motivo de las trompas es grandiosa (12:50), con intervenciones de los violonchelos de expresividad insólita y un enorme crescendo apoyado en los latidos de los timbales. La preparación del final (16:01) de nuevo sugiere la vastedad alpina, que según parece inspiró a Brahms, con frases telúricas del bajo que casi parecen encarnar la voz de la Naturaleza (16:24). Un accelerando impresionantemente controlado lleva hasta el retorno triunfal del himno de los trombones (que se expone sin ralentizaciones melodramáticas). Una potente coda remata este viaje hacia la luz.

Próximamente, la Segunda.

24/10/08

La discografía de Rigoletto (VII)




Nueva edición de Decca basada en Sutherland y dos de los elementos más valiosos en sus respectivas cuerdas durante aquella década. Lo cual en el caso de Sherrill Milnes es indicativo de una crisis baritonal que hoy es endémica. Milnes adolece de una emisión cuanto menos extraña, con variaciones en la colocación, el color y la firmeza del sonido. Y una afinación que sin ser errónea deja la sensación desasosegante de duda. El timbre a veces parece voluminoso e hinchado, otras le falta sonoridad y en el grave es endeble (“Lievi quel capo amato...”) Como se ha señalado repetidas veces, esto fue producto de una obsesiva imitación del sonido de Leonard Warren que no acaba aquí, sino que aparece también – mal realizada, se entiende – en un fraseo “caligráfico y minimalista” (Giudici) que pierde de vista el conjunto de la frase musical. Por otro lado, se demuestra que no es una voz de verdadero dramático (como tal, "es una ficción", escribió Celletti) al resultar falto de cuerpo en los momentos de “Pari siamo” que piden “Con forza” (“Dannazione!”, etc) Tampoco tiene fortuna en los pasajes líricos, aunque se ciñe a las dinámicas normalmente, pues su media voz es opaca e inexpresiva. Honesto en cambio en “Cortigiani, vil razza”, pero genérico de caracterización. Lamentables las risotadas del primer Cuadro, que colaboran a borrar del drama al personaje.
Sutherland sigue cantando a un nivel más alto que la mayoría de las Gildas, pero el timbre se ha tornado ligeramente mate y la dicción es menos clara. Mantiene en cambio la seguridad en los trinos, sobreagudos y coloratura. No sólo falta de dramatismo, sino de interés por el texto, su Acto III resulta monótono.
Pavarotti se hallaba en el apogeo vocal tras diez años de carrera en los que el Duque había sido uno de sus papeles más demandados. Esta relación tan intensa había de durar otros diez años y se basó primeramemte en un timbre cálido, lleno de vibraciones plateadas y la emisión muelle y luminosa en toda la tesitura. Los amplios agudos de nitidez squillante completaban el milagro. Una personalidad sonora así tenía que retratar un Duque exuberante y sensual por fuerza. Brillantísimo por tanto y algo superficial a ratos en las piezas de lucimiento. Sin embargo cincela un “Ella mi fu rapita” espléndido, apoyado en una dicción insuperable, aun más clara en comparación con sus compañeros de reparto. Su fraseo aquí es vívido, con muy eficaces contrastes entre la voz plena timbradísima (“Sull'orma corsa ancora mi spingesse!”) y la sedosa voluptuosidad de “Talor mi credo”. Menos imaginación pone en juego en el aria, aunque la sección central rara vez ha sido más amorosa, así logrando integrar la página en el retrato del personaje (algo que no siempre se consigue) Ha de lamentarse que Bonynge no le sugiriera incluir la cadencia de Verdi. Remata la escena con soltura en la cabaletta, con un amplio re natural sobreagudo incluido. En el Acto III la vivacidad y el humor de sus intervenciones le separan del resto del reparto, con un “Bella figlia dell’amore” irresistible. Sin embargo sus momentos más hermosos son el arrebatador minuetto con la Condesa (escúchese como acentúa “inebria, conquide, distrugge”; "perfecto", según Celletti) y “È il sol dell’anima”, lleno de un abandono casi erótico (¡a pesar del texto!) La belleza de su canto llega al ápice en el pasaje que escala hasta el sib agudo y la acariciadora cadencia, donde ambas voces hacen belcanto puro. En resumen, el punto fuerte de la grabación, un Duque cuya lujuriosa belleza vocal expresa su propia lascivia ("un depredador insaciable", según Giudici).
Aunque se presentaba como un lujo, Talvela no es un Sparafucile enteramente satisfactorio. La voz es estupenda, pero algo pétrea y nasal en la zona alta. Imponente en el segundo Cuadro (pero quizá demasiado) en el Acto III se entrega a declamaciones estentóreas de la peor especie. Por ejemplo es absurdo el acceso de hidrofobia que le sobreviene al discutir con Maddalena (“Al diablo ten va!... ) o en la indescifrable “Entr'esso il tuo Apollo, sgozzato da me, gettar dovrò al fiume...” Tourangeau es una Maddalena de tonos guturales y poca personalidad.
Bonynge ofrece un fondo terso y colorido sobre el que sus cantantes pueden cantar relajadamente; demasiado en el caso de Sutherland, a la que le falta motivación. Por otro lado, su orquesta carece de valores narrativos sobresalientes. En cuanto a las tradiciones tiene poca justificación que en una grabación que tenía la voluntad de recuperar para el belcanto esta ópera siguieran presentes el reb de Gilda en el Cuarteto, el re al final de Terceto o el fa grave que prolonga Talvela en el segundo Cuadro. En cambio, se optó incomprensiblemente por eliminar la cadencia de “Parmi veder le lagrime”. Merece destacarse la magnífica grabación, vívida y brillante, de las mejores de Decca.

Acanta (1977). Rolando Panerai, Margherita Rinaldi, Franco Bonisolli, Bengt Rundgren, Viorica Cortez. Coro de la Staatsoper de Dresde, Orquesta de la Staatskapelle de Dresde. Francesco Molinari-Pradelli.

Después de la recuperación del buen canto perceptible en los años precedentes, esta edición aparece como un grosero retorno a las malas costumbres. Panerai nunca fue un barítono dramático verdiano y por descontado el declive (53 años) no iba a cambiar esto. Los pasajes lírico-patéticos ("Deh, non parlare", "Veglia, o donna", "Miei signori, perdono") ponen en evidencia la falta de un canto correctamente apoyado en el aliento, inhábil por tanto para cumplir con el exigente legato de la melodía: en las frases amplias es incapaz de seguir los signos dinámicos (><) y en cuanto se eleva la tesitura el timbre se opaca y se acentúa el vibrato. En estas circunstancias, dañada la base belcantista del papel, la estilización dramática se destruye (la interpretación de "Pari siamo" es planísima) y Rigoletto queda despojado de su nobleza. Nobleza que tampoco poseía el timbre de Panerai, simpático y comunicativo, pero plebeyo en el fondo. En este sentido, es un epígono de Bastianini, sin la robustez del sienés además. No obstante, en beneficio del florentino, hay que decir que no carga las tintas en su "Invectiva", que está más implicado en la acentuación y que cuando puede cantar en un registro medio deja alguna frase apreciable. Rinaldi tenía una voz de lírica dulce y timbrada, pero el temprano declive (se retiró en 1981) se siente en el agudo abierto y la opacidad de la media voz. La artista es sensible ("V'ho ingannato") y por lo menos su Gilda no es un pájaro mecánico, pero la elevada escritura de "Veglia, o donna" la incomoda y su virtuosismo es discreto en "Caro nome".
Franco Bonisolli fue una de las voces peor aprovechadas de las últimas décadas. Dotado de un timbre de tenor lírico fácil y espontáneo, su empeño en camuflarlo tras un repertorio de trucos para sonar más toscamente viril se pone de manifiesto a lo largo de toda la grabación. Entregado al abombamiento del centro, ignora el correcto paso del sonido, y por tanto nasaliza ("Ella mi fu rapita!") cuando no entuba, contrariamente a su fama los agudos son planos y pobres (véase el la de "È amor che agli angeli"), el legato en las grandes frases y las notas breves lo ponen en dificultades (los golpes de glotis abundan, sobre todo en el aria) y difícilmente puede modular en zonas elevadas. Como ejemplo del fracaso vocal basta escuchar "È il sol dell'anima", que comienza con un canto bastante válido, pero que cuando llega el stringendo ("D'invidia agl'uomini, sarò per te!") lo muestra incapaz de sostener la tesitura si no es al borde del grito. En el tercer acto parece más aceptable, ya que no le falta arrogancia y hay menos problemas. Por decirlo de alguna forma, la Canzona y el Cuarteto sufren un poco menos sus modos casquivanos.
Rundgren y Cortez son una pareja rutinaria, aunque no cantan mal.
La concertación de Molinari-Pradelli vuelve a ser irrelevante. No sugiere matices reseñables a sus cantantes: permite, por ejemplo, que Rigoletto y Sparafucile lleven toda su escena a plena voz (uno se pregunta para qué existe un director). La magnífica orquesta suena siempre al menos en forte, sepultando a los cantantes durante el Trío y rozando lo pueblerino en la stretta de "Sì, vendetta".

Emi (1978) Sherril Milnes, Beverly Sills, Alfredo Kraus, Samuel Ramey, Mignon Dunn. Philharmonia Orchestra, Ambrosian Opera Chorus. Julius Rudel.

Con la voz más plena y sonora que siete años antes, Milnes sigue fiel a su desconcertante fonación. Y a los chuscos resabios del primer Cuadro. Prácticamente idéntico a sí mismo, la acentuación es algo impersonal (pero característica) Con los cortesanos (Acto II) salpica su canturreo de suonacci realmente feos y su invectiva parece ligera, sobre todo por el acompañamiento de Rudel. El principal problema en “Miei signori” y los dúos con Gilda es la heterodoxia de su mezzavoce, sofocada y sus habituales portamenti. Las intenciones son buenas excepto por algún sollozo aquí y allá.
Beverly Sills firma uno de sus peores trabajos para el disco: la voz está desgastadísima, estridente y desagradable en el forte. Aún conserva un notable dominio sobre las dinámicas y en piano el timbre recuerda la pasada dulzura. Los perfectos trinos son lo único que puede salvarse de un “Caro nome” tremendo, su re bemol en “Addio, addio” es para preguntarse por las razones que llevaron a incluirlo y sus intervenciones en el Cuarteto son penosas.
Alfredo Kraus retornaba a los estudios tras una ausencia demasiado larga para firmar un tercer Duque cuyo único objetivo parece haber sido superarse a sí mismo. Con la voz cada vez más refugiada en la máscara, los registros medio y grave han perdido nitidez, volumen y belleza (la "sequedad" de la que se suele hablar). Por el contrario su arte para regular y colorear la emisión en el pasaje y el squillante agudo siguen siendo insuperables. Tanto se regodea Kraus en esta habilidad que se echa de menos que no optara por algún sonido más franco y espontáneo (en la cadencia de la Balada, por ejemplo) Muy distanciado en el primer Cuadro, se anima en el dúo con Gilda aunque su timbre parece empobrecido en la cadencia. En su elemento, cincela con maestría el recitativo de su gran escena, cerrado además en un solo fiato. Su “Parmi veder le lagrime”, lentísima y contemplativa, se fractura del conjunto del drama pero ofrece un canto ligadísimo (“Per te le sfere agli angeli”) y una cadencia magistral, trino incluido, de verdad fiel al dolcissimo prescrito (aunque rompe el sonido al final) De un pulcro virtuosismo en su cabaletta, curiosamente desaparece en las frases de la stretta, hasta emerger con un timbrado re sobreagudo. En el tercer acto sigue cantando impecablemente, pero se echan de menos tanto el atractivo como el slancio arrogante de los años pasados. Parece imposible escuchar frases tan largas y perfectamente moduladas como en el Cuarteto (en “Le mie pene consolar” apiana un sib y lo liga a "Bella figlia") pero siempre tienen más valor técnico que expresivo. Este canto calculado además consigue que el Duque parezca más un galán maduro que un “giovin giocondo”.
Ramey canta magníficamente con una voz mórbida y elegante. Dunn es una Maddalena por lo menos simpática. Buen acompañamiento de Rudel, sin novedades que reseñar, vivaz y colorista, en ocasiones con demasiado volumen. No puede decirse que sea ni idiomático ni original.



DG (1979) Piero Cappuccilli, Ileana Cotrubas, Plácido Domingo, Nicolai Ghiaurov, Elena Obraztsova. Coro de la Staatsoper de Viena, Orquesta Filarmónica de Viena, Carlo Maria Giulini.

Grabación que ocupa los lugares de privilegio en las recensiones habituales, muestra sin embargo rasgos de la decadencia que ha asolado el canto de las óperas de Verdi. Cappuccilli tenía las bases para ser un verdadero barítono verdiano, empezando por el color y el metal genuinos (a diferencia de Milnes) Entregado sin embargo a la búsqueda de la sonoridad cada vez más voluminosa de una voz que ya era robusta, su canto adoleció de vicios veristas que no le permitieron llegar al meollo de Rigoletto durante su carrera. Y que en 1979 habían se habían cobrado cierto desgaste perceptible en un timbre falto de terciopelo en el registro central y en la dureza del agudo, que se empaña esporádicamente. Bajo la guía de Giulini, sin embargo, Cappuccilli consigue completar un retrato coherente en el que se encauzan sus impetuosos modos. Su “Pari siamo” contrasta con eficacia la furia declamatoria (“Vil scellerato, mi facesti voi”) y la reflexión dolorosa (“Altro che ridere”) En los dúos con Gilda, siempre su punto débil, se pliega a las medias voces necesarias (algo mates) y un legato notable, aunque no llega al ensimismamiento lírico quizá por falta de convencimiento, quizá por lejanía estilística. Siempre más cercano a la expresión grandiosa, su “Cortigiani, vil razza” es poderoso pero el agudo se le queda sorprendentemente atrás. Gran parte del atractivo de Cappuccilli en el teatro fueron sus gigionate (exageraciones). Gobernado por Giulini cantó mejor que nunca, pero se puso en evidencia hasta qué punto dependía de aquellos momentos demagógicos y electrizantes para compensar una ligera monotonía expresiva.
Ileana Cotrubas carecía de la dimensión vocal y dramática verdiana. Así de sencillo. El timbre es dulce y de color agradable, pero no tiene ni cuerpo suficiente ni el brillo metálico imprescindible en la zona alta. Sus trinos y notas picadas son discretos en el aria, donde además no parece sobrada de fiato. Si se suma un acento lastimero invariable de principio a fin (¿dónde queda el despertar amoroso de “Caro nome”?) el resultado, además de insuficiente en lo vocal, es de una antigüedad expresiva que roza el ridículo.
Domingo mantenía el Duque en repertorio por aquellos años a pesar de que su vocalismo, nunca especialmente cómodo en el papel, ya manifestaba rasgos incompatibles con sus exigencias. El timbre, resonante y bruñido en el centro, se velaba al ascender por el passaggio, lo cual es constante en la partitura. El catálogo de problemas vocales es amplio: los ascensos al sib de “È il sol dell’anima” parecen extraídos con fórceps, su “Ella mi rapita” le muestra con una emisión dura y nasal (no se puede ni mencionar el enmascaramiento del sonido), no hay una intervención en “Bella figlia dell’amore” que no haga pensar cómo pudo quedar satisfecho con el resultado, la cadencia de la Canzona es incluso embarazosa. Es cierto que aplica una variedad de acentos e intenciones que intentan reflejar el carácter del personaje en cada situación, pero al no corresponderse con verdaderas modulaciones de una voz pesada y gruesa, en muchos casos el resultado es artificial y hasta irritante (la Balada y "Bella figlia dell'amore")
Ghiaurov no parece especialmente implicado en el papel, al que aporta prestancia tímbrica y un fraseo señorial, pero ni pizca de humor o algún pasaje memorable. Tampoco Obraztsova hace algo más que explotar un timbre de llana sensualidad.
Por aquellos años Giulini iniciaba una relación discográfica con la Filarmónica de Viena que daría frutos tan definitivos como su Bruckner o el ciclo Brahms. Aquí hay intervenciones de enorme calidad como la tinta misteriosa que inicia el segundo Cuadro o el Acto III. Incluso un pasaje tantas veces trivial como el canto de los violines al final de “Pari siamo” tiene en este caso una dulzura y una expresividad cautivadoras. Sin embargo, inevitablemente, semejante orquesta posee una sonoridad demasiado suntuosa y potente para asociarla a la sobriedad verdiana. En “Cortigiani, vil razza”, se opta más por el impacto sonoro que por la lacerante intensidad de Kubelík, aparte de que no apremia a Cappuccilli más que a cantar con el máximo volumen. A las puertas de su última etapa creadora, Giulini elige tempi reposados que en conjunto son coherentes pero menos dramáticos, vívidos y narrativos de lo deseable.



Se agradece al forero jth el haber facilitado la grabación de Panerai. Disfrutad de las audiciones.


26/6/06

Bruckner: 7ª Sinfonía en Mi mayor

Ya que el compañero Siegmund28, de Foroclasico, ha compartido las versiones de Carlo Maria Giulini de las Sinfonías 8ª y 9ª de Anton Bruckner en su Rincón Melómano, completaremos en la Barra Libre la Trilogía con la Séptima.

La Séptima es desde muchos puntos de vista la más redonda del corpus de Bruckner, a falta del Finale de la Novena, y significó el comienzo del reconocimiento del autor, lo que permitió rehabilitar las anteriores sinfonías y allanó el camino al triunfo absoluto de la Octava.

Con su característica mezcla de candor y misticismo, Bruckner confesaba que durante la composición del Adagio le asaltó el presagio de que Wagner se aproximaba a la muerte, lo que ciertamente sucedió (1883): conoció la noticia de su muerte justo antes de componer la coda, que convirtió en canto fúnebre al venerado maestro, dedicatario asimismo de la Tercera Sinfonía.

Pocas veces la música ha alcanzado la serenidad y la pureza del primer tema, un coral en un radiante mi mayor, de la Séptima. Para Bruckner este coral debía de tener un significado que excedía el contexto de la propia Séptima, pues aparece hacia el final de la Novena: una especie de encarnación musical de la fe perfecta. El Adagio incluye las tubas wagnerianas para crear una atmósfera fúnebre; Sehr feierlich und sehr langsam marca Bruckner, ("Muy solemne y muy lento") y alcanza una especie de cima mística cada vez más alta y solitaria según retorna la gran frase de la cuerda grave, una cita del Te Deum (Non confundar in aeternum) Poderosa evocación de la experiencia de la naturaleza, el Scherzo hace uso de la imitación del canto de un gallo. El Finale, según algunos el mejor compuesto por Bruckner hasta entonces, culmina con la grandiosa coda donde según su costumbre se entrelazan en apoteósis los temas de los anteriores movimientos.

Sobre el papel, la Séptima era la Sinfonía bruckneriana más cercana a la sensibilidad de Giulini. A pesar de no haber contado con la unanimidad entusiasta de su versión de la Novena, encontramos en esta Séptima un fervor y una belleza que la convierten en una de las grandes de la fonografía. Escúchese la cantabilidad incandescente del coral del Allegro moderato, con una sección de cuerda de ensueño. Igualmente maravilloso es el Adagio, con la cita del Non confundar llena de pesadumbre y congoja, y nos sumerge en el éxtasis con el canto de los violines vieneses. Giulini usa aquí la versión Nowak de la partitura, que incluye el famoso y polémico golpe de platillos en el clímax de esta catedral sonora, donde se libera toda la tensión acumulada en un gigantesco acorde de do mayor. La nobleza del director italiano impregna la energía del Scherzo y es encomiable la claridad de texturas del Finale, que no va en detrimento de su vigor.

La grabación es de mediados de los 80. La orquesta es la Filarmónica de Viena.

Disfrutadlo.

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