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10/3/13

El acento verdiano: "Testimone del vostro valor, ammirarne le prove saprò! "

Dado que es el año Verdi, intentaremos dedicarle una serie de entradas a los aspectos que han creado el mito vocal del cantante verdiano, fuente inagotable de fascinación, confusión y polémicas. Para aclarar aquello que se suele llamar acento verdiano,  se propone una breve escucha comparada de un momento tenoril particularlemente atractivo. Durante el tercer Acto de "La Forza del Destino" aparece una frase que en su concicisón sirve para definir la escritura del tenor verdiano. Tras el acartonado dúo "Amici in vita e morte", Verdi le regala a Don Alvaro una de las grandes intervenciones de la ópera: fiera, noble y viril: "Testimone del vostro valor, ammirarne le prove saprò!". Las circunstancias han hecho de Álvaro amigo de Carlos de Vargas, que ha jurado matarlo. Antes de descender al campo de batalla, ambos intercambian juramentos de amistad y se profesan mutua admiración. El barítono también tiene una frase excelente, Con voi scendere al campo d'onor, emularne l'esempio potrò, pero la escritura del tenor es aun más espectacular. Es un pasaje de bravura, de los que deben estremecer al oyente, como por ejemplo encontramos más tarde en "Al chiostro, all'eremo", que sigue al duetto "Voi che si largue cure" (sobre la que posiblemente se proponga una nueva escucha).
 
 
 
Se trata de una frase que comienza sobre el do central, salta a un arrogante lab (una blanca) y sigue con un caracoleo por el pasaje para rebotar hasta el sib, la nota aguda verdiana por excelencia.
 
Además de superar la dificultad técnica estricta, se requiere una forma especial de morder la palabras, de escandirlas, en definitiva de darles énfasis y un carácter, reflejando así la situación dramática. Esto es lo que suele llamarse acento y es la mayor dificultad de cantar Verdi, puesto que la energía que debe darse a la emisión nunca debe suponer esfuerzo, ni la claridad de la declamación rotura del legato.

http://open.spotify.com/track/4cHMc2R8IB8IbGNElEEA0M

Como espectáculo, Franco Corelli parece imbatible. Al igual que en la mayor parte de los ejemplos escogidos, incorpora una pausa razonable entre ("valor" y "ammirarne") y prepara el sib enlazándolo al intervalo sol-lab anterior. Entre las virtudes: arrojo, seguridad y un gigantesco y squillante sib, pero en la segunda mitad de la frase el acento, el énfasis, se desinfla un poco. Lógicamente, el alarde desequilibra el conjunto.

http://open.spotify.com/track/1ZXrxGCj0EIGeK86bceNDg

Por su parte, el joven Josep Carreras (hacia 00:50) ya se movía en el límite entre lo cantando y lo gritado. No hace pausas, pero el salto al lab suena forzado y aunque le sobran slancio y caudal, el sonido es más bien fibroso. El énfasis y la energía se cobran forzaduras en su voz lírica.

http://open.spotify.com/track/2uKW49tJBW4Gy6ES9YyBeZ

Nítido, vigoroso y squillante, Richard Tucker parece un poco comedido para sus modos habituales. Hace la pausa y toma el sib con un curioso efecto arcada.

http://open.spotify.com/track/4kPLnw6KxnjZIb8mb6KiNU

No es sorprendente que Plácido Domingo (2:40), estando además bajo la guía de Muti, respete lo escrito y cante toda la frase sin pausas. Maduro pero fresco de voz, todo marcha bien hasta el sib, tomado con evidente esfuerzo y más bien pobre.

http://open.spotify.com/track/0byvJgB4Z0gLPED1rC9eum

Incluso en una de sus grandes veladas Carlo Bergonzi (hacia 00:40) pasa un poco de puntillas por la frase. Los agudos son discretos por metal y duración. Lo que suena antes es el presunto barítono John Shaw.
 
 
Años más tarde (Liceo, 1971) el mismo Bergonzi muestra mayor vigor y acentos más fieros, bien que no pueda competir en cuanto a squillo con Corelli o Masini. Sin embargo es ejemplar la sabiduría con que afronta el sib y aún conserva energía para acentuar las siguientes palabras ("le prove saprò"), apoyándose en consonantes sonoras y vibrantes. Tiene también interés el fraseo de su compañero, el barítono Herlea.

http://open.spotify.com/track/32gUjlS4Cc1ABv3eK672Rd

No hace una elección sabia Mario del Monaco (00:20), que comienza con arrojo y virilidad, pero introduce la pausa a destiempo y ataca directamente el sib, normalmente su mejor nota, pero aquí más bien abierta.

http://open.spotify.com/track/46RsnMzxvZA6rEMZOnG5HR

Caso aparte es Galliano Masini, cantante cuyos timbre broncíneo y modos aguerridos imitaron tanto del Monaco como Corelli. Hace la pausa lógica entre el lab de "valor" y "ammirarne". Slancio, nobleza, squillo a raudales y tensión hasta el final: Masini jamás estuvo mejor que en este registro, estableciendo un paradigma de tenor verdiano. También es el mejor acompañado, porque no se encontrará ningún barítono más nítido y altisonante que Tagliabue. De todos los escuchados, posiblemente sean los más creíblemente caballerescos.

Agradecemos al forero Rupert de Hentzau su aportación bergonziana a la cata.

15/6/10

Escuchas intempestivas: "Un ballo in maschera" (II), Bailes en el MET y La Scala


Las presentes grabaciones permiten establecer una interesante comparación entre el "estado del arte" verdiano en los dos mayores teatros del mundo durante los años cincuenta. Además se tendrá en cuenta la reciente audición del registro de 1940.

En 1957 no podía haberse imaginado otro reparto en Milán para "Un Ballo in maschera", aunque en realidad ya había pasado el mejor momento de la pareja protagonista. Ésta es la primera prevención que suscita Giuseppe di Stefano, por entonces ya en parábola descendente. El timbre conservaba parte de su atractivo en la franja central, pero el canto ya estaba limitado al rango mezzoforte y en la zona de pasaje la emisión se empañaba. "La rivedrà nell'estasi" se despacha con un fraseo más bien vulgar y en la cadencia dispara un sib penoso. En todo caso la partitura no le pone en grandes aprietos vocales hasta el cantabile "Ma se m'è forza perderti", donde desdeña la expresión íntima y aristocrática de la página y se entrega a un canto plano, siempre en voz plena y forzado. Hacen su aparición todos los vicios que pronto iban a convertirse en norma: los jadeos al final de las frases, los ataques a squarciagola y la enojosa dicción duplicada de las consonantes para dar énfasis ("Come sse ffossse l'ultima"). En definitiva el típico canto que intenta ser seductor por medio de una entrega superficial y previsible, pretendidamente "verosímil". Sigue desconcertando el éxito de estos modos entre el público y aun más que se perpetuaran en cantantes como Carreras, Domingo o el Pavarotti maduro. En esta línea aborda, es de suponer que desatado completamente, "Sì, rivederti Amelia" abriendo la emisión a más no poder para obtener el máximo volumen posible: la consecuencia lógica es que el sonido se desparrama, en"E nella tua beltà" se va hacia la garganta y finalmente los agudos son dignos de una exhibición de mal gusto en Sanremo. Cualquier parangón con Tucker - lleno de slancio pero siempre controlado - es sonrojante. En general la comparación con el americano mostrará además que di Stefano ignora numerosos signos de expresión; en la Barcarola basta escuchar el pasaje "staccato e leggerissimo", pulcramente respetado por el primero mientras el italiano no es ni ligero ni canta en staccato. En el caso de "É scherzo od è follia" la liberalidad de Pippo para medir las notas y los silencios ronda la desvergüenza y la licencia de la risa acaba por convertirse en remedo. Sin embargo se ha de reconocer que al comienzo de "Ah! Perchè qui" hay nobleza en el fraseo y que en la escena de la muerte se muestra contenido y atenúa la emisión de forma plausible (aunque la belleza seráfica de Björling ya no esté a su alcance). El intérprete seguía suscitando simpatía, pese a todo hay algo de inefablemente mediterráneo en su forma de cantar los melismas de la Barcarola y en los números cómicos tiene una chispa vedada al sueco. El problema es la falta de seriedad artística de quien se antepone al personaje, aunque su personalidad extrovertida se adapte al mismo en buena parte de la ópera, ofreciendo una visión parcial del mismo y por añadidura salpicada de momentos de mal canto.

Por su parte el Riccardo de Richard Tucker es el más enérgico que se recuerda en la segunda mitad de S. XX, pero bajo la guía de Mitropoulos alcanzó además los matices y claroscuros que distinguen a una gran creación. T. retrata un personaje intensamente pasional pero que en público se desenvuelve con despreocupación y un sentido del humor electrizante. Su cancán es frenético y sonriente, sobre todo a partir de "Dunque signori aspettovi", donde poco hay que objetar en cuanto a articulación y ligereza. Siguiendo esta línea bienhumorada, y al contrario que Björling, hace suya la tradición italiana (que conocía mucho mejor que su colega sueco) e incorpora hábilmente una risilla a "Scherzo od è follia". Por supuesto el resultado en lo musical es mucho más rigoroso que en di Stefano y nos pone ante un Riccardo con el que es imposible no simpatizar. El timbre, se dirá, no tiene la belleza que exhibían ambos tenores citados; bellezas que el oyente de inmediato identifica como un rasgo tanto moral como físico del personaje. Admitiendo esto, y con las debidas reservas, puesto que a Verdi raras veces le preocupó este punto, a cambio Tucker se revela como una vocalidad más adecuada. Tómese la Barcarola, en la que sólo podría pedírsele un poco más de elegancia en las notas de adorno y mayor contención en algún ppp: por lo demás es una ejecución de un brío irresistible. Esta pieza, en apariencia sencilla, define al tenor verdiano por la mezcla de bravura y ligereza que precisa. No hay una nota en la que la voz de Tucker no suene timbrada, intensa de vibraciones y redonda. Incluso toma el intervalo descendente desde el lab3 al do grave, esa broma que Verdi gastó a los intérpretes de Riccardo valiéndose de las capacidades de Gaetano Fraschini. Esto nos habla de una emisión de apoyo modélico y colocación nítida, que también le permitía ser más elegante y exihibir un legato mucho más pulcro que di Stefano en "La rivedrà nell'estasi" (su cadencia tampoco es elegantísima, pero el sib es estupendo). Es posible que a algunos oyentes su modo de acentuar les resulte enfático o que encuentren dudosos algunos sollozos y golpes de glotis. Sin embargo debe precisarse que estos recursos no son los típicos trucos de quien fuerza, no puede sostener la línea o ha de cortar bruscamente el sonido. A este respecto debe escucharse su gran escena y el duettone con Amelia. En el aria, al contrario que en di Stefano, las expansiones, fáciles y timbradísimas, siempre conservan la línea y tienen el contraste de la contención. Así resulta estremecedor en "Chiusa la tua memoria nell'intimo del cor" y las frases que siguen al estupendo ascenso al sib agudo (cruz de tantos tenores). Tampoco cabe comparación en cuanto a "Sí, rivederti, Amelia": Tucker en efecto se desmelena, pero como sólo saben hacerlo los grandes. Cuentan que el la natural que emitía en ese "Anco una volta l'anima" sonaba largamente en los oídos del público todavía después de haber salido de escena. Aun en grabación este pasaje catártico, tan significativo armónicamente, conmociona y deja un efecto perdurable. Así, el personaje que se deleitaba en la melancolía de un amor imposible en "La rivedrà nellèstasi" termina por entregarse al éxtasis en la renuncia precisamente. Ésta es la clave para relativizar los excesos de énfasis en algunos momentos (por ejemplo al final de cada estrofa de la Barcarola): existen pero con un sentido dramático musical. Así era Tucker. Lo fundamental es que están integrados en el canto y aún no se habían convertido en un recurso estandarizado como en años sucesivos. Otra cuestión que se le suele reprochar es la dicción, en este caso buena con la excepción del Trío (donde di Stefano le aventaja también en slancio). Cambia algunas palabras, como de costumbre, y tiene un olvido llamativo al comienzo de "Teco io stò" (algo mucho menos habitual en un músico de su talla) Por último hay que reconocer que en "Ella è pura" la voz de Tucker parece un poco ingrata y aunque es en todo momento noble no canta con abandono, resultando algo avaro de sfumature.

En realidad se puede resumir diciendo que Tucker es un Riccardo aristocrático, un hombre racional en el que la pasión, como amor que hace sufrir, es un afecto del espíritu que se consigue domeñar mientras que di Stefano es un ser inmaduro arrastrado por su sensualidad. Esta contraposición entre lo romántico verdiano y lo verista es más clara evidentemente durante el dúo del segundo Acto. Di Stefano es moroso y sensual en "Non sai tu che se l'anima mia". Además del terciopelo del timbre en la franja central, explota esos ataques suyos con un pequeño efecto de suspiro. Sin embargo en "Quante volte dal cielo implorai, la pietà che tu chiedi da me" y el siguiente sib la emisión se descompone y de repente estamos ante la expresión visceral del Osaka de "Iris". Por su lado Tucker resulta más confesional con un sonido recogido, aunque levemente gutural, y emite esas frases perfectamente ligadas y con sendos reguladores tras los pasos por el la agudo. Si se sigue atentamente "La mia vita, l'universo..." se aprecia que di Stefano no respeta de la misma forma los signos de <>. En la primera exclamación "M'ami Amelia" ambos son convincentes. En Tucker hay además dos sonoros golpes de glotis en la más radical tradición pertiliana que suenan como una sacudida. Sin embargo la columna de aire se mantiene estable, más que en di Stefano, como demuestra el hecho de que aplica además un regulador forte-piano. Esta forma de pasar de la emisión plena a la recogida es la clave para que la fuerza expresiva de Verdi sea siempre señorial. A pesar de que el americano emite un sib más en regla, es difícil decidir quién es más arrebatador en el pasaje a piacere que culmina en "Estinto tutto" (fuori di sè indica Verdi). Ambos se muestran seguros en el descenso previo al do# ("...Nell mio seno"). Ninguno de los dos observa con rigor el "a mezzavoce dolcicissimo" con que debe atacarse "O qual soave brivido", pero Tucker es más distinguido y respeta mejor la inquieta escritura. Con el siciliano uno tiene la impresión de que Riccardo está en plena seducción de Amelia, cuando la situación es muy otra. En el clímax no parecen tener problemas con la espesa orquestación, pero di Stefano evidentemente fuerza más. En los últimos compases añade una puntatura de mal gusto (y deslucida) doblando el si agudo de la soprano. Mientras en el MET el dúo se cerró de forma algo insatisfactoria, con Milanov preparando su do y Tucker ateniéndose a lo escrito, en La Scala di Stefano acompañó a Callas meritoriamente. Incluso en la página donde di Stefano contaría con le ventaja de tener una voz y un temperamento más "amorosos", es el americano quien resulta más profundo.

Los años no pasaron en balde y Zinka Milanov ya no es la soprano del registro de 1940. Sin embargo la tesitura de Amelia le era favorable y no se escucha ni de lejos el naufragio del "Ernani" del siguiente año. De hecho hasta cierto punto uno puede pensar que comparativamente, teniendo en cuenta la diferencia de edad, su estado vocal es mejor que el de Callas. Desde el punto de vista dramático las cosas no han cambiado mucho y M. se muestra tan hierática en algunos puntos que resulta increíble que pueda suscitar algo parecido al amor en un Ricardo en sus cabales. Sin embargo Mitropulos consigue arrancarle pasajes de raro lirismo, como el da capo de "Morrò, ma prima in grazia" o el ataque de "Consentimi, o Signore", donde explota la expresividad de su media voz. El dominio de la tesitura en "Ma dall'arido stello" es aún notable, sobre todo en los filados, pero desde el punto de vista expresivo la sección central es más bien anticuada y el grave final cae en la caricatura. El papel era menos favorable para Maria Callas, dada la tesitura central y la ausencia de agilidades. Además Amelia, un personaje burgués sometido sin remedio a las circunstancias, no estaba especialmente cerca de la rebeldía espiritual de la intérprete. Se percibe ya el adelgazamiento del sonido en los registros medio y grave, pero no hay problemas capitales en la emisión (más allá de los connaturales). Con estos precedentes uno sólo puede admirar la construcción del fraseo, la devota fidelidad al legato, el uso expresivo de pequeños portamenti y la valentía temeraria para afrontar los dilatados clímax de Gavazzeni en sus arias y el dúo. Escuchar sus intervenciones en el Trío "Odi tu come fremono" supone entrar en un mundo expresivo diferente al de Milanov. Es cierto que desde "Mai più non vedrà", en el da capo de "Morrò, ma prima in grazia", emplea el recurso fácil al timbre trémulo y el sollozo, bordeando así lo plañidero, pero esta página podría bien contarse entre lo mejor del legado de Callas por los claroscuros de la línea vocal (es más prudente que Milanov en el filado, pero su gama intermedia es mucho más amplia) la expresión ensimismada, la infinita melancolía de la cadencia. No se queda atrás la gran aria del segundo Acto, superada como si las dificultades no existiesen, incluyendo un amplio do agudo ligado de forma magistral. El dúo con di Stefano muestra la fortuna habitual con que ambos se complementaban, pues Callas corresponde el ardor - un tanto demasiado físico - de di Stefano con una expresión doliente e introvertida; en realidad no llega a abandonarse a sus sentimientos amorosos y los grandes gestos expresivos (los "T'amo!") suenan como el desahogo de una mujer acorralada. Exactamente lo que sugiere el texto.



Los cincuenta fueron malos tiempos para el personaje de Renato. Josef Metternich tenía una voz robusta y agudos claros y penetrantes, pero siempre más estentóreos que timbrados. Como intérprete era una auténtica nulidad, puesto que cantaba todo en forte, apenas sabía recitar y su fraseo transmitía la literalidad de un papagayo. Lo peor llega sin embargo cuando intentaba ser expresivo insertando sollozos y retorciendo la emisión en la peor línea veristoide. Su dicción era también deficiente, lo que proporciona momentos humorísticos en "Odi tu come fremono" o el concertante. Ni qué decir tiene que Ettore Bastianini canta incomparablemente mejor, más aun teniendo en cuenta que esa noche lo encontró más motivado que de costumbre. No fue así desde el principio, aunque lo cierto es que "Alla vita che t'arride" es una página que pocos han cantado teniendo en cuenta su clara inspiración donizettiana. B. ofrece una interpretación de sólida rutina, con su estupenda pero monocorde voz plena y dispara el esperable agudo en el cadencia. Ningún uso del rubato ni del claroscuro, que tampoco se sugieren desde el podio. Al comienzo del Trío del segundo Acto, como en general en todos los pasajes de carácter dialogado, se pone en evidencia su monotonía como intérprete. No hay ni pizca de misterio o tensión y llega a parecer que esté anunciándole a Riccardo que se ha servido el desayuno en palacio. Mucho mejor marchan las cosas en su segundo solo: pese al tono "taurino" de su emisión la voz es broncínea, de verdadero barítono dramático. En el recitativo es fiero e incisivo, aunque no distingue en absoluto los tres "Vendicator!" finales. En "Eri tu" sí hay un cambio de intención y color al cantar "Quell'anima, la delizia dell'anima mia" y la transición de la agitación a la nostalgia está bien resuelta en "Dell'amico tuo primo..." al cantar suavemente. El ataque del idílico "O dolcezze perdute" es estupendo por la media voz aterciopelada, poco frecuente en él, e incluso al elevarse la tesitura ("D'un amplesso che l'esser...") se abstiene de la voz plena (aunque la emisión se constriñe). Reproduce correctamente los grupetti, otro de sus problemas habituales. También merecen elogio el legato en el gran ascenso al sol agudo y la contención en las frases finales, con atención a los signos expresivos y la intención de no resultar estentóreo en ese peliagudo fa3 que debería cantarse pianissimo.

Por su parte Simionato aún estaba en forma, aunque se percibe una especie de escalón, de momento ligero, entre el registro medio y el inferior. La voz suena fácil y timbradísima, especialmente en los agudos y según transcurre "Re dell'abisso" también los graves comienzan a adquirir más plenitud. La dicción nitidísima y la acentuación teatral de quien nació para cantar tienen la eficacia habitual en esta artista. La tesitura de contralto penaliza más a Jean Madeira, que fuerza un tanto el registro inferior, a veces abierto y hueco (el último "sospir" en "Della città all'ocaso" es más bien ventrílocuo)

Entre las dos sopranos que cantaron Óscar Eugenia Ratti tenía la voz más agradable, pero los tempi de Gavazzeni no tienen tanta frescura como los que Mitropoulos pone a disposición de Roberta Peters, que además es más precisa en las agilidades.

La dirección de Gavazzeni favorece durante toda la función tiempos lentos y sonoridades voluminosas y densas. Verdi pide en realidad texturas magras y más intensas que sonoras y esta concepción responde más bien a la influencia de las suntuosas orquestaciones veristas: el resultado es que en algunos pasajes se engulle a los cantantes más que acompañarlos. En cuanto a los tempi, la lentitud tiende a ablandar los ritmos, lo cual resulta perjudicial en músicas como el cancán y las danzas de la última escena. El concertante "Ve' se di notte" arranca con una premiosidad realmente desafortunada, perdiéndose completamente el nervioso efecto humorístico que resaltaban tan bien Panizza y Mitropoulos. La página no despega pese a la enérgica presencia de Callas y resulta injustificadamente solemne hasta la pesadez. Tiene, no obstante, detalles de verdadero director de voces como el rallentando involvidable del duettone. Es el griego Mitropulos quien parece comprender mejor el sonido y el fraseo verdianos y aunque hay unos pocos momentos en los que su dramatismo resulta un poco recargado (en la introducción de "Re dell'abisso") su brío implacable, la capacidad para pasar de lo serio a lo humorístico, la mezcla de flexibilidad cantable y ritmos vibrantes obran el milagro. Al gran concertador y motivador se debe también conceder mérito en la actuación de Tucker y en la agudeza de Moscona y los conspiradores en sus intervenciones. Sólo se puede lamentar que la obstinación de Rudolph Bing retrasara la llegada de Callas al MET, privándonos de que se hubiera materializado una colaboración entre los dos monstruos griegos.

Riccardo: Giuseppe Di Stefano
Amelia: Maria Callas.
Renato: Ettore Bastianini
Ulrica: Giulietta Simionato
Oscar: Eugenia Ratti
Silvano: Giuseppe Moresi
Samuel: Antonio Cassinelli
Tom: Marco Stefanoni

Orchestra e Coro della Scala di Milano, 07.12.1957
Gianandrea Gavazzeni

Amelia..................Zinka Milanov
Riccardo................Richard Tucker
Renato..................Josef Metternich
Ulrica..................Jean Madeira
Oscar...................Roberta Peters
Samuel..................Nicola Moscona
Tom.....................Norman Scott
Silvano.................Calvin Marsh
Judge...................James McCracken
Servant.................Charles Anthony

Orchestra and Chorus of the MET
Dimitri Mitropoulos

Ambas grabaciones pueden encontrarse fácilmente en la www.

http://www.todoperaweb.com.ar/musica_256.html

17/4/08

La discografía de Rigoletto (V)

Como se había adelantado en el anterior episodio, llegamos a una etapa complicada en el canto verdiano, sobre todo el correspondiente a sus melodramas tempranos, azotados por el declive técnico y el giro hacia la estética verista.



Aceptable con el mayor atractivo en los papeles masculinos. El principal Rigoletto del MET durante casi dos décadas, casi por obligación tras el declive de Tibbett, grabó de nuevo el papel más o menos hacia su apogeo (39 años). Los defectos de Warren son bien conocidos y más evidentes en este registro: emisión sofocada, con un velo gutural que cubría buena parte de su extensión dándole un terciopelo hermoso y personal pero algo monocromático; dicción discreta; alguna ireegularidad en la colocación de la voz que alteraba el legato y a veces comprometía la entonación. Aceptando estas características heterodoxas de su voz, nos encontramos un canto fiel a la partitura, lleno de modulaciones del importante volumen vocal. Warren es consciente de la relevancia de los matices tiernos y patéticos en los dúos con Gilda (excepto en “Veglia, o donna”, donde es incapaz de mantener la dulzura del ataque al elevarse la tesitura) Además cuenta con un timbre sombreado y cálido muy paternal. Espléndido en los monólogos (más genérico en “Pari siamo”, bastante exagerado en la escena previa a la invectiva) con voz anchurosa, resonante, apoyada en un fiato enorme que le permite un fraseo amplio y dramático, culminado en agudos firmes y potentes. Se perciben algunos clisés veristas que no han de empañar la intención de presentar un personaje humano. Rodolfo Celletti ("Il Teatro d'Opera in disco") elogia la prestación vocal en los aspectos líricos, pero echa de menos "el Rigoletto vengador y justiciero". Como ya se señaló, la voz de Warren, por la naturaleza del timbre y del acento, no era exactamente de barítono dramático.
Erna Berger ya no estaba en su mejor momento en 1950: los trinos más bien suenan a trémolos, hay sonidos fijos e hirientes en el sobreagudo y la coloratura no es muy precisa. El personaje apenas está esbozado por lo que al lado del inteligente Warren la impresión es la de una antigualla.
Es casi imposible asociar la voz de Jan Peerce al Duque de Mantua: de timbre oscuro y algo gutural y dicción inconfundiblemente anglófona, su emisión está expuesta a sonidos decididamente feos en el registro central. Sin embargo el instrumento es sólido en toda la gama, el agudo fácil y timbradísimo y canta con corrección un Duca impetuosamente viril.
Estupendo Italo Tajo, con un timbre magnífico, haciendo un mercenario socarrón, de ironía aterradora incluso, que alterna sonidos rotundos y vibrantes con otros ligerísimos (“Sparafucil mi nomino” ejemplar) A su lado, Nan Merriman es algo insípida. Poco que destacar de una dirección que además permite los peores añadidos de la tradición.


Fonitcetra (1953) Giuseppe Taddei, Lina Pagliughi, Ferruccio Tagliavini, Giulio Neri, Inma Colasanti. Orquesta y Coro de la RAI de Turín, Angelo Questa



Debe conocerse sólo por el protagonista. No parece que Rigoletto formara parte del repertorio habitual de Giuseppe Taddei y sin embargo lo que se escucha aquí es un personaje madurado no sólo en lo musical, sino en lo dramático. La voz del barítono genovés era pastosa, cálida y robusta en los registros central y grave, por esas fechas el agudo se abría ligeramente, pero seguía siendo musical e incluso timbrado (resuelve más que bien las puntature de “Pari siamo” y “Sì, vendetta”). Si bien la tesitura le resulta elevada para cantar a media voz en algunos pasajes , sus ataques son todo lo mórbidos que le es posible, enlazando con inteligentes smorzarture al descender a zonas más cómodas. Rara vez se escuchan los recitativos con mayor intención y nitidez, pero sin asomo de exageración (está brillantísimo en el primer Cuadro) Su Acto II es una joya de la discografía: una tremenda realización de la invectiva, conmocionada, trágica, con un fraseo que surge de una herida del alma (sólo con “Cortigiani, vil razza” pone los pelos de punta); desconsoladamente tierno en “Piangi, fanciulla”; vengativo sin ceder al canto hidrofóbico en la cabaletta. En la escena final, el legato, la calidad del timbre y el acento de “Non morir, mio tesoro” son memorables. Un Rigoletto al que sólo separan de los grandes barítonos de entreguerras la falta de agudo squillante y ligereza en las medias voces. Si acaso, lamentar algunos (pocos) golpes de glotis y ataques aspirados en las vocalizaciones. Se antoja tacaño - siempre lo fue con Taddei, seguramente era una manía - el juicio de Celletti (Op. citada): "Muy apreciable por el fraseo variado y expresivo, pero el papel es demasiado fuerte y agudo para sus medios".

Pasando a las malas noticias, Taddei parece un visitante de otro planeta entre el resto del reparto. Pagliughi se encontraba en ese momento de su carrera en una situación vocal incompatible con Gilda. La tesitura le resulta ardua, hasta el punto de bordear el desastre en “Veglia, o donna”, repleto de sonidos inestables y forzados. Su aria recoge un bochornoso catálogo de trampas, con sobreagudos omitidos, vocalizaciones gorjeadas y trinos inexistentes; para colmo ni siquiera respeta la cadencia escrita. Por otro lado el personaje se enraíza en la tradición de Gildas sollozantes.
El Duca de Tagliavini adolece de dos serias rémoras: la sonrojante imitación de Gigli que aparece en varios momentos (“Ah, inseparabile d’amore il Dio” , “Ella mi fu rapita”, el Cuarteto) y el tramposo falsete que ofrece en vez del sonoro mixto del tenor de Recanati. Como resultado de estos abusos la organización vocal de Tagliavini se resentiría pronto, como se puede escuchar en algunos sonidos gangosos del paso y abiertos en el extremo. Es una pena porque la intención del fraseo es buena en cuanto a dinámicas (nunca muy fantasiosas) y su registro central cálido y robusto.
Neri exhibe un timbre grueso y oscurísimo, estentóreo en sus tintes guturales, como si pretendiera hacer de Sparafucile una figura marmórea e infernal, una especie de Inquisidor avant la lettre francamente desubicado. Exageraciones de los años 50.
Questa, con medios orquestales modestos, acompaña e incluso sugiere momentos acertados junto a Taddei.


Decca (1954) Aldo Protti, Hilde Güden, Mario del Monaco, Cesare Siepi, Giulietta Simionato. Orquesta y Coro de la Academia de Santa Cecilia (Roma), Alberto Erede.

La mala fama que arrastra este registro está justificada: de museo de los horrores, no tanto por las individualidades como por un conjunto que se desmorona a cada compás, dando testimonio de la destrucción del canto operada durante aquellos años. El Rigoletto de Aldo Protti se mueve en la mediocridad verista: superado por la tesitura de los dúos con Gilda, incapaz de modulaciones y corto de fiato. Además – ya sea resultado de una mala situación vocal o de la toma sonora – su timbre aparece pobre, carente de terciopelo en el registro medio o del noble metal que algunos registros en vivo atestiguan poseía. En permanentes dificultades, pues, sólo es capaz de un dramatismo genérico con algunos matices emotivos menores.
Güden sigue apegada a la tradición de sopranos ligeras que realizan las agilidades del papel despojándolas de su función expresiva, canta sin un mínimo fraseo y por añadidura resulta ligerísima en “Tutte le feste” y el Trío. La cadencia de “Caro nome” es una melodía de pájaro mecánico, para colmo con los ridículos añadidos de la tradición. Sólo hay un timbre agradable, con el habitual sonido penetrante germánico, que canta con cierto deje de opereta vienesa.
El Duca que comenzó esta grabación fue Gianni Poggi. Según contaba el propio Protti, descontento con los resultados artísticos y la actitud de Güden, Poggi abandonó el registro correspondiéndole a Mario del Monaco sacar a su compañía del apuro (en un papel que no cantaba desde sus inicios en provincias) Enfrentado a una misión imposible, del Monaco intenta regular el volumen de su voz pero sin conseguir mucho más que el sonido aparezca ligeramente constreñido y mate. Los tempi letárgicos que Erede pone a su disposición para que pueda regular sus fiati, el escaso rango dinámico y el invariable acento prepotente (todo ello ajeno al canto di grazia que exige el papel) terminan por provocar una invencible monotonía. Además, el empaste de timbres y temperamentos con Güden es poco menos que ridículo.
La lástima es haber desaprovechado a dos cantantes de la talla de Siepi y Simionato, además en estado de gracia. Él es un magnífico Sparafucile, de voz amplia y resonante regulada con gusto. Un asesino distinguido. Simionato hace la Maddelena más bella y vivaz de la discografía.
Erede, inexplicable en tantas grabaciones de la Decca, deja uno de sus trabajos más desangelados: lento incluso en la música de danza del primer Cuadro, hasta el aburrimiento en “Questa o quella”, ruidoso en general, incapaz de concertar el Cuarteto (desordenado como pocos, si los hay) o el Trío. Por si esto fuera poco para redondear uno de los peores registros de la ópera, Fernando Corena aparece como Monterone.


HMV (1955) Tito Gobbi, Maria Callas, Giuseppe di Stefano, Nicola Zaccaria, Mariella Lazzarini. Orquesta y Coro del Teatro alla Scala de Milán, Tullio Serafin.

Este registro simboliza la uniformidad estilística en la que había caído el canto en aquella década: un trío protagonista que fue idóneo para la truculenta intriga sexual de Tosca, aplicado al melodrama romántico verdiano con el problema de que dos de los cantantes pretendieron emplear aquellos mismos presupuestos vocales y expresivos. Según Celletti (Op. citada): "Es otro ejemplo del ínfimo nivel al que algunos cantantes canonizados por los 50 llevaron el canto verdiano". Tito Gobbi representa la rotura del equilibrio entre la tradición vocal verdiana y la nueva expresión verista que habían conseguido barítonos como Galeffi, Danise o los epígonos Tibbett y Tagliabue. Con una voz imposible, gobernada por desigualdades tremendas, el juicio vocal es negativo sin discusión, por lo que conviene centrarse en las novedades que incluso hoy sigue ofreciendo su encarnación. Gobbi fue un intérprete analítico, que ponía en primer plano la importancia de la palabra, por lo que rara es la frase inocua o anónima. Además las situaciones del libreto encuentran reflejo en numerosos efectos vocales, como los susurros del dúo con Sparafucile, nocturno y confidencial como pocos de la discografía. No se puede negar tampoco la conciencia lírico-patética en las escenas con Gilda, donde intenta cantar en algo parecido a una mezzavoce; destimbrada, pálida, sin apoyo, por tanto inválida fuera del estudio de grabación, pero eficaz en estas circunstancias. Aun más reservas suscita el tono vulgar y estentóreo - invariable de principio a fin - de los momentos dramáticos, donde además abundan los rasgos vocales embarazosos: el feo vibrato, las opacidades, durezas y el color nasal que invaden su voz por encima del paso, los imposibles intentos de atacar los agudos de “Cortigiani, vil razza” y “Sì, vendetta” (éste, un grotesco lab, no pasa desapercibido ni tras el desasosegante mib sobreagudo de Callas) Por tanto es de justicia reconocer que Gobbi quiso plasmar un personaje, pero el resultado no es un hombre herido y contradictorio, sino un guiñol aspaventoso que en muchos momentos no puede asegurarse si realmente está cantando, ocupado en emitir toda clase de bufidos y jadeos para traducir los sentimientos agresivos y grandiosos. Esta truculencia es totalmente ajena al melodrama italiano y así debe ser recordado, por lo que merece la pena haberse extendido en ello. Celletti se ocupó (Op. citada) de demoler este interpretación señalando el acento exagerado, las inflexiones gritadas o habladas, el uso del birignao tittaruffesco, o sea, el famoso mugido y la incompetencia para modular el sonido debido a una emisión esencialmente abierta en la zona alta.

Maria Callas, por el contrario, fue la protagonista de la restauración del estilo del melodrama temprano, pero realizando una revisión psicológica de los personajes con un ojo en el cercano verismo. Gilda fue uno de los papeles en los que su nueva perspectiva ha sido más discutida. Empezando por su situación vocal en 1955, ya algo comprometida: el tono gutural, las aristas de metal empobrecido en la zona alta y las desigualdades entre registros son rasgos vocales difícilmente aceptables en un ser como Gilda. Callas intenta aligerar y aclarar su emisión (consiguiendo un tono algo artificial que además contrasta con los resabios señalados) y compone su habitual fraseo ligadísimo y sometido a continuos cambios de volumen. Su principal mérito, no puede olvidarse, es haberla rescatado de la tradición de los jilgueros mecánicos (curiosamente impuesta por el verismo, que alejó a las voces grandes de las agilidades) afrontando la escritura con voz plena y potente, otorgándole una personalidad. El problema es que la agresividad de la voz, su maldad tímbrica (por así decirlo) los sonidos feos que en Lady MacBeth o Abigaille formaban parte del retrato vocal, aquí son simplemente defectos (reconociendo que al lado de los de di Stefano y Gobbi pueden pasar desapercibidos, no así en la cadencia de “Caro nome”, de un metal hiriente). Rodolfo Celletti, reconociendo la maestría del legato, no dejó de señalar: "La costumbre a las rudezas vocales de los 50 debió de terminar por dejar insensibles nuestros oídos. De otra forma no se entiende como se pudieron tolerar los verdaderos gritos, y encima oscilantes, emitidos por Callas desde el si natural hacia arriba. Cosas de museo de los horrores"
De di Stefano, ya en decadencia, sólo pueden destacarse aquí y allá algunas frases seductoras en el registro central. Su canto es abiertamente verista en la faceta más vulgar, siempre a plena voz squarciagola, con ataques forzados, desigualdades y roturas del legato. El timbre (pocos años antes adecuado por su sensualidad) evidencia un desgaste acelerado, con sonidos ásperos y opacos en la zona del pasaje, duros y engolados en el extremo; algunos verdaderamente feos como en el dúo con Gilda o el Cuarteto. Quizá de forma inevitable, “Parmi veder le lagrime” – con sus temibles exigencias de legato, homogeneidad entre registros y tesitura – es la página más maltratada por di Stefano (que agradecería sin duda la omisión de la cabaletta) Llega a producir vergüenza ajena por la exposición de su incompetencia para afrontar el papel, recibiendo los juicios más duros del registro por parte de Giudici y Celletti ("Éste no es el Duque de Mantua en sus salones, sino Turiddu en el mercado del vino de Francofonte")

En definitiva, la revisión del trío protagonista resulta devastadora excepto, parcialmente, en el caso de Callas.

Zaccaria, con su discreta voz, hace un Sparafucile inteligentemente fraseado; brillante, irónico y ladino en el dúo con Rigoletto. Lazzarini resulta más limitada.
Serafin aporta el sobrio acompañamiento habitual, de corto vuelo lírico, a veces escaso de matices y más bien demasiado resonante.


Una edición prescindible. Merrill es un honesto y emotivo buffone, a pesar de su raíz verista. Su bello timbre (amplio, resonante) tiene algo de paternal; su potente declamación es efectiva para transmitir la rabia del personaje e impresionar en los momentos altisonantes. Los problemas llegan en la zona de paso (donde su emisión tiende a ser estentórea) y en el canto patético, que pocas veces llega a definir en verdaderas medias voces (“Veglia o donna” en particular le queda incómodo). La franqueza expresiva de sus monólogos resulta simple por carecer de contrastes o claroscuros; aparece entonces cierta monotonía reforzada por la uniformidad dinámica (“Miei signori, perdono”). Resignándose a esta carencia de matices, su actuación vocal es honorable, con agudos potentes y timbrados, en general sin aspiraciones en los adornos ni sollozos que ensucien la línea de canto.
Peters muestra un virtuosismo instrumental sobresaliente pero mecánico, enfocado al lucimiento (hace casi todos los agudos añadidos) y caracterizado por su curioso (cuanto menos) timbre. Su fraseo posee una sentimentalidad fácil (es risible su gritito cuando la apuñalan) y resulta ligero – no menos que su voz – en “Tutte le feste”.
Björling deja uno de esos registros que casi producen la impresión de verle leyendo la partitura a primera vista, sin tener una idea muy clara del significado del texto: la dificultosa dicción, la articulación mejorable y las pausas inoportunas que desmoronan la prosodia son las mismas que en sus primeros registros, como si no hubiera adquirido ninguna experiencia. Menos explicación aun tiene la falta de prudencia que le lleva, ya maduro, a prolongar agudos siempre al volumen máximo cayendo en sonidos más que habitualmente estrechos y duros. Algunos resplandores del pasado oro del timbre no son suficientes para sustraer al tedio.
Tozzi nunca poseyó una voz importante, pero era un cantante eficaz y se distancia del resto con un fraseo matizado. Menos interesante Rota como Magdalena.
Desde el Preludio, Perlea deja claro que su idea de Rigoletto está asociada al estruendo. Cortes y añadidos espurios conviven con petrificada alegría.


Philips (1958) Renato Capecchi, Gianna D'Angelo, Richard Tucker, Ivan Sardi, Miriam Pirazzini. Orquesta y Coro del Teatro di San Carlo di Napoli. Francesco Molinari-Pradelli

A medio camino entre el anquilosamiento y el canto mediocre. Capecchi alterna buenas intenciones en el fraseo con recursos veristas de pésimo gusto. No puede ocultar las dificultades que le opone el papel a un timbre de barítono bufo, opaco en la zona alta, sofocado en la media voz y abombado en el centro hasta el hastío. Tiene buenos momentos en los monólogos, aun con sus limitaciones vocales, pero su actuación en los dúos con Gilda, cuajados de aspiraciones y sollozos, es deficiente. Para colmo la acentuación de su escena "Della vendetta alfin giunge l'istante!" resulta cómica en varios momentos.
Con d'Angelo se recupera la Gilda acrobática y ligerísima, de voz ciertamente bella pero plañidera. Sale bien parada de un "Caro nome" angelical (casi estropeado por el sobreagudo desde fuera de escena) mientras en "Tutte le feste" resulta débil de voz y acento.
Richard Tucker canta muy bien, con los acostumbrados acento incisivo y solvencia canora. El problema principal reside en un timbre poco juvenil y algo endurecido que junto a la limitada variedad dinámica le impide llegar al fondo del encanto del personaje. Su dicción es molesta en más ocasiones de las habituales.
La robusta dirección de M-P es tan discreta como el resto del reparto.


Agradezco a los tertulianos del Foyer Sonnambulo, jth y Onegin por los enlaces a algunas de las grabaciones (nótese que en este caso hay varios por cada ópera) También a Mr. Quint por hacerme notar que había olvidado el registro de Capecchi.


Que los disfrutéis (o no)


2/4/08

Noches de Ópera: Il Trovatore

A petición de un gran admirador de Richard Tucker, pongo a vuestra disposición este registro realizado durante una función de Il Trovatore:

Metropolitan Opera House (28-02-1966)

Manrico.................Richard Tucker
Leonora.................Martina Arroyo
Conde de Luna...........Cornell Mac Neil
Azucena.................Nell Rankin
Ferrando................Louis Sgarro
Ines....................Shirley Love
Ruiz....................Charles Anthony
Mensajero...............Hal Roberts
Gitano...................Luis Forero

Director...............George Schick

La grabación fue realizada obviamente desde dentro del propio teatro y tiene una calidad apenas aceptable, con frecuentes oscilaciones.
El reparto cuenta con un cuarteto principal cantado íntegramente por artistas americanos y permite comprobar las debilidades y fortalezas del canto verdiano que se hacía entonces en Nueva York. Vocalmente no existen problemas capitales, sobre todo en los casos de Martina Arroyo y Cornell MacNeil. Arroyo, a quien ya escuchamos como Aida, poseía una sólida y bellísima (de oro puro) voz de genuina spinto. Vocalista excepcional, capaz de cantar espléndidamente los pasajes legato y con pulcritud las agilidades, como intérprete es algo inferior pero resulta expresiva y cálida en las amplias cantinelas. Algo parecido se puede decir de MacNeil, quien exhibe un timbre suntuoso, siempre con esa carusiana combinación de brillo y terciopelo. La imponente sonoridad y la lucidez del agudo son de gran cantante verdiano. Sin embargo su Conde tiene además acentos de nobleza casi inencontrables ya en los barítonos italianos de la época: basta escuchar la dulzura con que ataca "Il balen del suo sorriso". Por su parte Richard Tucker aporta al protagonista su potente voz y la aguda intención del fraseo que siempre le caracterizaron, pero se muestra a menudo verista y aunque aún estaba en forma, resulta demasiado maduro para el personaje. A pesar de la corrección de su canto, la faceta belcantista está ausente. La dicción es mejorable y además se inventa varios pasajes. Es curioso el efecto arcada que se percibe al atacar los agudos (y canta la "Pira" un tono baja). Nell Rankin era un cantante de la casa, honesta y con medios nada desdeñables. Su Azucena está bien cantada y acentuada. El resto del reparto y la dirección se mantienen en la discreción.
En el cuarto archivo contiene dos propinas: Macneil canta dos magistrales arias de "Un Ballo in maschera". Representación de Oviedo en 1974. Atención no sólo a los resonantes agudos, sino al canto piano de "Eri tu".

Disfrutadlo.

15/12/06

Los tenores de los 60 (II)

Gianni Raimondi (1923): En plenitud de sus medios, sorprende la escasa atención que le prestaron las discográficas a Raimondi, pues gozó de un predicamento importante en esta década.  No era para menos, puesto que presumía de una estupenda voz de tenor lírico, amplia y viril. La extensión tocaba fácilmente el do agudo y exhibía verdadero squillo, resultado lógico de una técnica de sombreado y pasaje sin fisuras. Técnicamente Raimondi pareció conformarse con asegurar este registro agudo, clave en su ascenso, pero no profundizó en la modulación y regulación del sonido. El sustento del aire parecía estar pensado exclusivamente para un discreto mezzopiano y también mostraba algunas rigideces para ligar frases amplias. Su dicción era irreprochable.
El intérprete se basaba en efusiones más bien genéricas que evidenciaban su principal problema: la falta de una verdadera personalidad, si no original o inconfundible, al menos reconocible. Esto, rodeado como estaba de personalidades arrasadoras, fue fatal para él. Aunque gozó de reputación de cantante fiable, nunca supo imponer algo más que una voz agraciada y sus agudos. Tampoco pareció sentirse cómodo en el estudio de grabación y sus pocos trabajos discográficos no lo muestran especialmente inspirado. Limitado para construir interpretaciones por su capacidad para el claroscuro, restaban la emotividad honesta, ajena a excesos, la entrega y la cordialidad inmediata del timbre. Mientras estuvo en plena forma destacó en los papeles extremos de la cuerda como el Duca, Fernando y Arturo. Como en los casos de Devereux y Percy faltaba el verdadero estilo belcantista que sólo podía dar la variedad dinámica, pero la corrección de su fonación ya supuso un paso adelante con respecto al canto de los cincuenta. Fue, además, el Rodolfo favorito de Herbert von Karajan, como demuestra que lo escogiera para la filmación de La Bohème con dirección artística de Franco Zeffirelli. Éste fue el punto culminante de su carrera. Con la década, evolucionó hacia cometidos de lírico spinto con igual autoridad, pero cayó a menudo en la rutina, como muestran sus actuaciones en Pollione o Arrigo.
A la sombra de di Stefano durante los cincuenta, parecía haber llegado su oportunidad con el declive de éste. De estos primeros años de la siguiente década datan importantes funciones en La Scala, sobre todo dentro del repertorio de la Giovane Scuola (Pinkerton, Fritz, Rodolfo). El ascenso de Pavarotti fue paralelo al relativo ocaso de Raimondi como primera figura, algo simbolizado por el debut en La Scala del modenés sustituyéndolo como Rodolfo (en aquella ocasión por enfermedad). Desde 1969 hasta 1977 se vinculó a la Ópera de Hamburgo: es una parte de su carrera ciertamente olvidada. Si bien el relativo oscurecimiento del nombre de Raimondi es de lamentar, también hay que reconocer un temprano ocaso de sus medios, evidenciado por la aparición de sonidos duros y los problemas de fiato a finales de los sesenta.


Giuseppe di Stefano (1921): A pesar de su decadencia en los 60, di Stefano se mantuvo en los escenarios gracias al carisma del intérprete, sostenido por sus incondicionales pese a lo poco que quedaba de su voz, seguramente la más amada de la segunda mitad de siglo. En sus inicios el instrumento era fácil, corpóreo y aterciopelado en el centro y dotado de una luminosidad solar en la zona alta. Además, llegó a recordar a los tenores di grazia en el gusto y la morbidezza de la emisión, adornada de medias voces y sonidos mixtos excepcionales (des Grieux, Faust). Sin embargo, nunca tuvo resuelta la emisión por encima del pasaje, de hecho extendía su registro de pecho hasta el do4, abriendo por tanto el sonido de forma antimusical (especialmente en el belcanto) y dañina para la voz. Por otro lado, Di Stefano siempre denostó la emisión con “suono coperto” porque la sentía reñida con la dicción "auténtica" que buscó toda su vida. Ello, unido a una naturaleza pasional, que le impulsó a cantar papeles de spinto y a buscar efectos veristas, precipitó su desgaste (“Total, que cantó bien 7 años”, apuntaba Rodolfo Celletti) y le hizo caer muchas veces en la vulgaridad: para principios de los 60, di Stefano era un tenor permanentemente esforzado, que caía en sonoridades a veces engoladas y otras abiertas, y apenas retenía algo del apasionado fraseggiatore que fascinaba en los primeros 50 como Cavaradossi, Pinkerton o Rodolfo.
Aparte de las numerosas cancelaciones que supusieron buenas oportunidades para Pavarotti, su influencia, matizable, en cuanto a dicción y fraseo fue imprescindible en su formación. Pippo es el ídolo de Pavarotti, Domingo y Carreras, quienes en algunos aspectos le imitaron incluso sus vicios.


Richard Tucker (1913-1975): Con una amplia carrera casi exclusivamente americana fue, junto a Jussi Bjoerling, uno de los favoritos del Met, con cuya compañía cantó más de 600 veces los grandes papeles verdianos y veristas. Poseía una sólida voz de spinto, de centro sombreado y registro agudo fulmíneo, por lo menos hasta el si3. Admirables la segura afinación y la igualdad en toda la tesitura, a pesar de un timbre no muy grato. Tucker era un tenor vehemente, con una comprensión mayor del canto italiano que la mayoría de los cantantes anglosajones (recordemos que fue Radamès en la Aida de Toscanini) lo que demostraba en la variedad de acentos y el ímpetu de su fraseo. Sin embargo, su dicción era algo espesa, así como su pronunciación italiana, lo que en algún momento ha recordado los defectos endémicos de la escuela norteamericana (“la patata en la boca”), en Tucker más derivados de la guturalidad propia del idioma inglés que de un problema técnico (pues su apoyo sul fiato era casi canónico) Posiblemente ésta sea la causa de la menor apreciación que ha gozado entre los públicos latinos (su debut en La Scala llegó en una fecha tan tardía como 1969) Tucker asumió los papeles más pesados con prudencia, lo que le permitió estar todavía en forma durante los 60, mientras sus rivales declinaban. Brilló especialmente en Don Álvaro, Radamès, Riccardo, des Grieux, Rodolfo o Eléazar.


Jon Vickers (1926): Ya con una carrera importante a sus espaldas, alcanzaba entonces su prestigio y reconocimiento máximos, tras su consagración en el Covent Garden con Don Carlo (1956). Una sólida voz de tenor dramático, con un rango dinámico amplísimo, desde unos fff atronadores hasta el ppp susurrado, recurso del que quizá abusara (derivando a veces en el rechazable falsete). En la base de esta personalísima voz, una técnica heterodoxa, que podía producir sonidos plenos y robustos y otros con escaso apoyo, con una tendencia a los ataques imprecisos (recordemos su legendario gallo en Bayreuth). Tampoco su timbre, árido, con un metal poco noble y aun leñoso en la zona aguda (¡aunque cantó Duca en sus inicios!), correspondía a los cánones, y la afinación siempre fue uno de sus grandes problemas. Suplió su escaso idiomatismo en el repertorio italiano con su inteligente y respetuosa aproximación a la partitura. Las virtudes apuntadas y la entrega total del intérprete hacían perdonables sus defectos. Sus mejores papeles en el repertorio que nos ocupa fueron Canio, Otello y Don José, donde la penetración sicológica del artista en los personajes dio resultados imperecederos. También fue memorable en Tristán, Florestán, Siegmund o Peter Grimes.


Audiciones:


Desafortunadamente no tenemos a mano la Favorita grabada por Gianni Raimondi, hasta donde sabemos el único (1) registro de estudio que hizo (¡!) junto a la banda sonora de la Bohéme de Zeffirelli y von Karajan. Según ha escrito Leone Magiera en "Pavarotti, Metodo e Mito", Raimondi se bloqueaba ante el micrófono. Así pues, recurrimos a registros en vivo para retratar a este cantante postergado.

Del excelente Duca de Rigoletto que hacía este tenor, viril y arrogante, escuchamos su briosa (como pide la partitura) Balada. La tesitura de “Questa o quella” es bastante grave, lo que pone en dificultades a las voces más ligeras. Raimondi no tiene problemas (“A quant’altre d’intorno mi vedo) y asciende con suficiencia al la bemol, quedando quizá algo fijo el último. Roba unos cuantos alientos en el fraseo, aunque transmite un buen humor muy de agradecer. Sin especiales matices, es sobresaliente su intervención en “È il sol dell’anima”, gracias a la calidez de acentos y la seguridad de la zona aguda (penetrante la3 en “Agli angeli”) En la cabaletta toma el re bemol, aunque interpola alguna nota para prepararlo. Leyla Gencer, que tampoco tuvo suerte con las discográficas, da relieve a Gilda con una voz más importante de lo habitual en este papel y una expresión ensimismada.
“La donna è mobile” es despachada con algo de vulgaridad, aparte de un si natural que por lo menos en la grabación suena estridente (es posible que tuviera tendencia a crecer la afinación del registro agudo). En “Bella figlia dell’amore” liga con gusto las primeras frases, aunque respira para acceder al primer si bemol agudo, lo que de nuevo delata un fiato corto. Un Duca impetuoso, diferente del aristocrático Bergonzi o del refinado Kraus. Grabación del Colón de los años dorados (1961)

Arturo de I Puritani es un papel cuyas exigencias en el registro agudo son sólo comprensibles pensando en los tenores del S.XIX, que resolvían las notas por encima del sol3 mediante los sonidos mixtos. Raimondi pertenece a ese selecto club de tenores que han cantado el papel asumiendo los sobreagudos a plena voz: Nicolai Gedda, Alfredo Kraus y Luciano Pavarotti son los más destacados. Sin la corrección estilística de los citados, Raimondi sin embargo es una excepción en aquellos años, reciente el Arturo aguerrido de Mario Filippeschi.
Quizá la más difícil aria de salida del repertorio, “A te, o cara” tiene escrito un do# sobreagudo, aquí resuelto con seguridad. Además, moldea con cuidado la melodía belliniana, sin descuidar la intención de esta declaración de amor (alguna inflexión recuerda a di Stefano). El público del Colón rompe a aplaudir tras el agudo que interpola al final de la segunda estrofa. Otra vez acompaña al tenor la soprano turca Leyla Gencer, a quien escuchamos en el dúo del último acto. Cálido y afectuoso en “Nel mirarte un solo istante”, sosteniendo un do4 estupendo. Atención a la expresión transida de la Gencer en “Pur tre secoli di sospir e di tormenti”. “Vieni fra queste braccia” está baja medio tono, algo habitual en un papel que Alfredo Kraus calificó de “inhumano”. Sin embargo, el público enloquece con razón, pues es un Arturo apasionado e impetuoso, que canta unos reb sobreagudos espectaculares (aunque no particularmente bellos). Ambos están para comérselos en la conclusión, con un do al unísono admirable. A pesar de que las aspiraciones y golpes de glotis que incorpora a “Credeasi misera” no están muy en estilo, su interpretación, nerviosa, heroica, es convincente. Supera con solvencia la temible frase “L’ira saziate, Ah!, Poscia...” pasando por re bemol4 y do agudo. Grabación de 1961.

De la función inaugural de La Scala de 1963, con la preciosa L’Amico Fritz de Mascagni, escuchamos el maravilloso dúo del último acto. Desconsoladoramente bella la Suzel de Mirella Freni (su “Non mi resta che il pianto” entusiasma al público). Le responde Raimondi, más tierno que seductor (como corresponde al personaje) en su declaración “Io t’amo, t’amo, dolce mio tesor”, frase musical que encuentra en ambas voces – líricas, radiantes – un vehículo ideal para expandirse hasta el éxtasis del postrero “Imparadisa il cor!”, peligroso momento (do agudo casi a cappella) que ambos hacen mágico.

Nuevamente en compañía de Mirella Freni, escuchamos una función vienesa de La Bohème bajo dirección de Herbert von Karajan. En su aria retrata a un Rodolfo de fraseo efusivo y juvenil, pero algo impersonal. El timbre es idóneo para el papel, pues a la robustez de la zona media y grave se une el brillante registro agudo. Nos recuerda ese fiato corto en los finales de frase, que tiende a romper ligeramente. La proyección del sonido por el encima del paso es sobresaliente, como demuestra en “Talor dal mio forziere” y el penetrante do agudo. Ardoroso “O soave fanciulla”, junto a la radiante Mimì de Freni, para ensimismarse en la medias voces de“Fremo nell’anima, dolcezze estreme” y estupendo do4 fuera de escena. El racconto del Acto III supone una prueba muy dura para un tenor lírico, pero Raimondi tenía el suficiente empuje para superarla, como se comprueba en “Amo Mimì sovra ogni cosa all mondo” o “Di sangue ha rosse”. Para respetar la continuidad de la escena, no suprimimos la despedida de Mimì, donde Freni ya era una maestra (1963). Raimondi se muestra sensible al comenzar el Cuarteto, con una ensoñador “Addio sogni d’amor”. Algo justo el fiato en “Rimavo con carezze”, que queda falto de matización. Tras las exigencias dramáticas de “Mimì è tanto malata”, el papel vuelve a exigir la efusión y los tonos cálidos y melifluos de un tenor lírico en frases como “Mentre a primavera c’è compagno il sol”, la bellísima “Balsami stende sulle doglie umane” o “Alla stagion dei fior”, que Raimondi canta a media voz (lab agudo). Mussetta es una ligerita Hilde Güden y Marcello el inevitable – y estupendo – Rolando Panerai.

1: El joven Cónsul Sharpless, habitual de la Tertulia del Foyer, me recuerda que también grabó La Traviata con Scotto.


Las contradicciones del arte de Giuseppe di Stefano quedan expuestas en esta interpretación del aria de Faust. Con un timbre seductor, medias voces aterciopeladas (“En cette pauvreté”) podemos comprobar como abre los sonidos en la zona alta (“Tu fis avec amour”) perdiendo metal, aunque entonces – 1951 – el sonido seguía siendo bello. Sobre el do agudo que apiana al final se han escrito tantos elogios que parece que nadie advirtiera que está abierto. Hay que reconocer que el diminuendo, hasta un ppp delicuescente, es ciertamente embaucador. Grabación de la Ópera de Chicago.

Lo mismo puede decirse de “Che gelida manina”, insinuante y viril desde la primera frase. Ya se notan problemas (1951) en “Chi son? Che faccio…”, o “Talor dal mio forziere”, pero también frases de enorme belleza: “Tosto si dileguar”. Es casi aterrador el do agudo, aún brillante, pero cantado sin el giro previo imprescindible (en "La-a spe...") que permitiría enmascararlo . Aquello, simplemente, no podía durar mucho. Hipnotizante regulador para terminar (“Vi piaccia dir”)

La legendaria Tosca de 1953 sigue vigente gracias a la dirección de Victor de Sabata y la encarnación de la protagonista por parte de Maria Callas. Muy atractivo el Cavaradossi de Pippo, para el que tenía la voz ideal de tenor lírico pleno. Controlado por de Sabata, cantó a su máximo nivel, aunque realmente todas las notas por encima del la agudo estén abiertas o engoladas y los legendarios pianissimi sean ya falsetes (por tanto no lo señalaremos en cada punto para no resultar repetitivos). La calidez de acentos es la mejor baza de su “Recondita armonia”, como escuchamos en “La ardente amante mia”. Expansivo en la conclusión, se observa como la voz se le va quedando en la gola, sobre todo en el si bemol agudo. La empatía entre Callas y di Stefano fue absoluta durante la carrera de ambos, y así se palpa en el dúo del Acto I. Nótese la complicidad expresiva entre la punzante Tosca de Callas (cada uno de sus “Mario!” es diferente) y las cariñosas reconvenciones de Cavaradossi (“Lo nego e t’amo”, “Prezioso elogio!”, “Mia gelosa!”) El experto en el “arte de hacerse amar” frasea como nadie “Qual occhio al mondo” o “Mia vita, amante inquieta”. Aún es excepcional en ciertos aspectos su “E lucevan le stelle”, con ese timbre acariciador que coloreaba – entonces – con tan buen gusto. La voz se deshace en un hilo en la gran frase “Disciogliea dai veli”, pero ya es un sonido sin apoyo, afalsetado, que se separa completamente de la voz plena. Sin embargo conserva su belleza en la difícil “Tanto la vita”, que según Lauri-Volpi es temible para un tenor lírico. Si Corelli encarnó al Cavaradossi heroico, di Stefano fue el Cavaradossi lírico.

En los 50 di Stefano fue asumiendo papeles cada vez más pesados, en particular los del verismo, que eran los más cercanos a su temperamento. Los papeles verdianos, aparte de oponerle dificultades a menudo insuperables en el pasaje y el agudo, no terminaban de adecuarse a su estilo apasionado y excesivo, en cierta forma carente de nobleza. Mientras la voz aguantó, que fue durante pocos años, los resultados a menudo fueron excitantes. En el caso de Cavalleria Rusticana, lo racial se aliaba a lo musical, pues di Stefano es siciliano. En 1953 grabó Turiddu bajo la dirección de Tullio Serafin junto a Maria Callas con sobresalientes resultados. La difícil Siciliana – incide de forma continua sobre el paso – era idónea para el canto expansivo y sensual de di Stefano, aunque se echen de menos las sutilezas de un Gigli (sobre todo al final). Bien resueltos los ascensos a la zona aguda. Irreprochable en el Addio alla madre, con expresión trémula y conmovida (“Mamma… Mamma. Quel vino è generoso”) Las subidas al agudo (“Un bacio, un bacio, mamma”) se abren pero son musicales – y muy expresivas.
Su Canio, aparte de tener un timbre arrebatador, es más humano que otros escuchados. Enlaza con arrojo “Sul tuo amore infranto”, con brillantes agudos y es bellísima la frase “Ridi del duol che t’avvelena il cor!”, al borde del llanto. Más que ira, hay espanto y dolor en esta interpretación. Sin duda, una de las que más hayan podido influir en José Carreras, que tanto le ha admirado desde siempre. Grabación de 1954 con la misma compañía que Cavalleria. .

Retrocedemos hasta 1947, un año después del debut profesional de di Stefano (en la Manon de Massenet) para apreciar la mayor frescura de la voz en este recital grabado con Alberto Erede. El “Adiós a la vida” es muestra del instinto infalible para colorear una frase y hacerla suya (“Mi cadea fra le braccia”) El “Lamento de Federico” nos recuerda que hubo unos pocos años donde cantó muchos de los más bellos sonidos emitidos por tenor alguno, además con un gusto excepcional. Fascinante el color de “Come l’invidio”, o la postrera “Mi fai tanto male, ahimè!” En aquellos años, Pippo era el tenor más querido por el público.

El perfil del tenor siciliano nunca estaría siquiera esbozado sin escucharlo cantando Napolitanas, género en el que sus modos calurosos, al borde de lo hormonal, encontraban un terreno incluso más propicio que en la ópera. Se ha llegado a escribir, no con poca malicia, que di Stefano cantaba como un gondolero. Sin embargo, este gondolero meridional nos fascina desde sus “Catarì, Catarì” de la conocida canción de Salvatore Cardillo “Core’ngrato”. En “Tu nun'nce pienze a stu dulore mio” sintetiza lo que debe ser la expresión en este género, sincera pero volcada hacia el exterior. El agudo final está pegado a la gola. “Torna a Surriento” fue compuesta por Ernesto de Curtis para promocionar el turismo en la bahía napolitana, y nadie mejor que Pippo para dar voz a esas soledas latitudes. Frases como “Dinto ‘o core se ne va” nos muestran al encantador de serpientes en estado puro. Una lástima, como en la estupenda “‘O sole mio” de Eduardo di Capua, que los agudos que se quedan atrás. Son grabaciones de 1953, con dirección y suponemos que arreglos de Dino Olivieri.


Richard Tucker esperó hasta los 60 para incorporar Radamès a su repertorio, pero lo cantó en versión de concierto en 1947 bajo la batuta de Arturo Toscanini. Recientemente reeditada en DVD, esta Aida es imprescindible a pesar del mediocre reparto femenino, destacando también por el Amonasro de Valdengo. Escuchamos – de nuevo – “Celeste Aida”, donde se puede admirar como la orquesta del Maestrissimo canta con Tucker. Con la voz fresca, timbradísimos ascensos al si bemol agudo, como siempre, atacados por el mismo centro de la nota. Se respeta – ¡cómo no! – la alternativa prescrita por Verdi al morendo del sib en “Un trono vicino al sol”.

El Cavaradossi de Tucker compitió en el MET en los 50 con el de Jussi Bjoerling y en los 60 con el de Franco Corelli, quienes aportaban timbres más seductores y personalidades quizá más envolventes (por lo menos en el caso del italiano). Sin embargo, hacía una interpretación fogosa y arrojada muy satisfactoria. Aquí está el efusivo “Amaro sol per te” que le entona a la apolínea Tosca de Renata Tebaldi para convencernos. Cantar junto a ella era un problema para cualquier tenor, no sólo debido al caudal canoro de la soprano pesarense, sino al metal en punta, al descomunal squillo de su emisión. Tucker supera la prueba, como comprobamos en ese si agudo al unísono y el posterior dúo sin acompañamiento (momento en el que ambos cantantes quedan totalmente expuestos sin posibilidad de pegar capotazos) donde casi la aventaja en brillo y riqueza. Aprovechamos para recordar a la Tebaldi, fallecida hace dos años (19 de diciembre). Grabación realizada en el MET en 1956, dirige Dimitri Mitropoulos.

La Forza del Destino fue una ópera tan priviliegiada por las voces de los años 50 y 60 que espanta su orfandad de intérpretes en la actualidad. Junto a Bergonzi, del Monaco y Corelli, el tenor americano fue el principal intérprete de Don Alvaro. Atendemos a una función muy especial, pues fue la primera (2) en el MET después de la muerte de Leonard Warren sobre el escenario cantando “Urna fatale”. Visiblemente emocionados, Renata Tebaldi, Tucker, Mario Sereni y Jerome Hines le rindieron tributo con una de las grandes noches de ópera de la historia del teatro. Una tristeza profunda invade la escena del tenor, en especial cuando exclama “O quando fine avràn le mie sventure”. Tucker siempre tuvo muy presentes a los intérpetes italianos de los años 20 y 30, como demuestra esta “O tu che in seno”. Los ataques al agudo van acompañados de pequeños golpes de glotis y no esquiva el singhiozzo cuando ayuda a reforzar un acento, lo cual en esta oportunidad administra sabiamente (a veces abusaba de este recurso) llegando a conmocionar. Impresionante si bemol3 en “Leonora mia, pietà”. El Alvaro de Tucker, heroico de medios, es sin embargo más vulnerable que el de del Monaco. Escuchamos los tres dúos de Carlo y Alvaro, donde Sereni sustituyó muy dignamente a Warren (Recordemos que en aquellos años Guelfi, Protti, Bastianini, Merrill o el sensacional MacNeil estaban también disponibles) En “Solenne in quest’ora” Tucker transmite la debilidad del convaleciente con su canto a media voz, sin cargar las tintas en los ascensos al agudo. En “Voi che si larghe cure”, arrebata a pesar de un timbre poco grato; escúchese la nobleza del canto en "No, d'un imene il vincolo" o como enlaza “Ah! E s’ella vive insieme”. Impresionante su invocación al final del acto, “Al chiostro, all'eremo, ai santi altari / L'oblio, la pace chiegga il guerrier”, con un si bemol apoteósico. El complejo dúo del último acto nos muestra a Tucker plegándose a un canto introvertido que según avanzan las provocaciones de Carlo (estupendo Sereni, a pesar de ese vibrato rápido) se va crispando. Bello regulador en “Assistimi Signore” y bien enlazada esa sublime frase que es “Sulla terra l’adorata / Come in Cielo amar si puote”, aunque no le haga justicia del todo: en esa tesitura su habilidad para apianar era algo limitada. Nótese la plenitud del descenso al grave de “Io mi prostro al vostro pié”, donde otros se quedan sin aire; Tucker era un spinto puro. Tremendo el “Uscite!”, que traspasa la orquesta con una energía incontenible, así como el fraseo en la stretta “Ah! Vieni, vieni!”, una especialidad de la casa.

Llegamos al final de la carrera de Tucker, que murió en 1975 antes de un concierto que iba a ofrecer con su amigo Robert Merrill. Unas pocas semanas atrás había cantado La Juive en el Liceu de Barcelona, provocando una enorme conmoción. Eléazar era un papel recientemente asumido, muy amado por el tenor. Escuchamos un ejemplo palmario de la capacidad de un intérprete para comunicar superando la barrera del idioma – su pronunciación francesa era deficiente – y ciertas limitaciones técnicas – tenía entonces 61 años y el fiato era administrado algo libremente. El registro agudo evidenciaba desgaste, pero seguía expandiéndose con un metal envidiable. Esta “Rachel, quand du seigneur” es de 1974.

2: Por indicación de Andrea, forense de Ópera Actual, aclaramos: el mismísimo día posterior a la función del 4 de marzo de 1960, fecha de la muerte del barítono americano, hubo representación de Andrea Chénier con Bergonzi, Milanov y Bastianini. La que escuchamos fue la primera Forza que volvió a reunir al reparto del día fatídico (Tebaldi-Tucker-Hines)

Es curioso que el verismo atrajera a Jon Vickers, pero cantó Pagliacci en muchas ocasiones y desde una perspectiva que por austera y contenida no le impidió construir un personaje temible. Podemos escuchar verdadera congoja en el recitativo de su escena, con un escalofriante “Tu sei Pagliaccio!”. Sensacional “Vesti la giubba”, cantado con una severidad que nos recuerda a su Otello. Estremecedor el cambio de expresión dentro de la frase “E se Arlecchin t’invola Colombina”. A partir de ese momento incorpora perfectamente un sollozo al canto, haciéndolo conmovedor. Los ascensos al agudo son trabajosos pero contundentes y alejándose del verismo más truculento, prefiere conservar la dignidad del personaje terminando a media voz. Sin duda debió de aterrorizar al público del Colón (1968) con su “No, Pagliaccio non son!”, que transmite un genuino sentimiento de ultraje. Gran fraseo de “Più che in Dio istesso in te!”, previo paso por un si bemol agudo que ataca desde abajo pero hace crecer magníficamente. Más prudente el posterior “O meretrice abietta!”. De nuevo podemos oponer el irracional Canio de del Monaco al de Vickers, que lo ve como un hombre que no deja de serlo a pesar de que lo arrastren sus pasiones. Amenazante, terrible, pero con un fondo de humanidad hasta la última frase.

De nuevo buscamos el juego de las comparaciones escuchando el Otello de Vickers, que empezó a adquirir relevancia en los 60 coincidiendo – todo hay que decirlo – con el declive de del Monaco. De su segunda grabación de la ópera, ya maduro en 1973 y con la rutilante orquesta de Herbert von Karajan, seleccionamos sus mejores momentos – que también los tiene menos afortunados, como el “Esultate!”. Sobre un encendido acompañamiento de Karajan, Vickers desgrana el dúo “Già nella notte densa”, respetando casi todas las indicaciones dinámicas y expresivas, con la notable excepción del piano sobre “E mi colga nell’estasi”. La voz, ya desgastada y al borde del graznido en el agudo, se pliega en los momentos líricos, huyendo de las expresiones altisonantes. Dudoso canto afalsetado en “Già la pleiade ardente in mar discende”, que ha dado problemas a más de un tenor, pero elogiable su media voz en “Venere splende”, algo que ni siquiera en disco se respeta normalmente. Maravillosa, resplandeciente la Desdemona de Freni, con un canto cálido y medias voces acariciadoras. Vickers era un gran actor vocal, como demuestra el hecho de que superara una pronunciación italiana defectuosa (esas erres arrastradas…) para comunicar las intenciones del texto. Lo comprobamos en el dúo del Acto III, donde llega a resultar terrorífico (“Corri alla tu condanna…”) A continuación es interesante resaltar la calma con que inicia su “Dio! Mi potevi”, al borde del susurro y acumulando tensión de modo que en la frase “L’anima acqueto”, con ese pianissimo, el personaje parece expresar la resignación del que lo ha perdido todo. Lástima, de nuevo, esa pronunciación de las consonantes. Bien resuelto el ascenso al si bemol agudo, más correcto que el impreciso “O gioia!” conclusivo. Aprovechando un acompañamiento idóneo, la interpretación de “Niun mi tema” es genial sin discusión. Lejos de las tonantes intervenciones de del Monaco, canta a media voz prácticamente todo el monólogo. Nótese la particular forma de rebañar el sol agudo de “O gloria”. Toda la interpretación parece dirigida a la exclamación “Ah! Morta” donde el sonido crece de un modo que nos conmociona. Hay grandeza shakespeareana en la muerte del Otello de Vickers.

Raimondi - Di Stefano
Tucker - Vickers