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18/5/11

Mahler y la nada

En el día que se conmemoran los cien años de su fallecimiento, vamos a recordar a Gustav Mahler con la última música que completó (al menos de forma ejecutable): el Andante - Adagio de su inconclusa Décima Sinfonía. Música que cierra la llamada "Trilogía de la Muerte" (con "Das Lied von der Erde" y la Novena) en la cual se concentran todas la obsesiones existenciales del autor. Este tiempo, destinado a ser el primero de la partitura, abunda en la declaración amor desesperado a la vida que finalizaba la Novena, con la que comparte la misma atmósfera de lirismo "enrarecido". Una ambigua frase de las violas parece buscar una tonalidad a la que aferrarse; le sigue una sección de mórbido melodismo en los violines. Con este material Mahler construye un nuevo Rondó bruckneriano basado en retornos del primer tema de los violines y sucesivas variaciones. Sin embargo, el clímax del movimiento es el completo opuesto a la afirmación de la tonalidad que culminaba los modelos de Bruckner. Aquí la música se extravía en crueles disonancias a las que el quejumbroso pasaje posterior parece incapaz de dar respuesta. Ésta, si la creyó posible el autor, debía haber llegado más adelante pero la muerte lo impidió.

También se encontraba a las puertas de la muerte Dimitri Mitropoulos cuando dirigió este Andante-Adagio, precisamente en una serie de conciertos que conmemoraban el centenario del nacimiento de Mahler. En este caso se empleó la pionera edición de Krenek. Como en todas las interpretaciones de su música que nos ha legado, el mensaje se impone a la modesta toma de sonido. Mitropoulos mira de frente al horror y aunque su tempo es considerablemente lento, nunca suaviza la tensión ni dulcifica el juego del contrapunto. Con él las melodías de los violines carecen de sentimentalismo; habitan en una dimensión espiritual fría, ajena al calor del cuerpo. El clímax estremece como un grito que surge de la nada y a la nada retorna, presentimiento terrible y consolador a la vez.

Adagio-Andante

11/8/10

Formas de despedirse: Mahler de acero


Reciente la conmemoración del primer centenario de la muerte de Mahler, quizá sea buena ocasión de dedicarle un tiempo a una de las obras que más han hecho por su afirmación como el músico más (?) interpretado de las últimas décadas: la Novena Sinfonía. A la hora de enfrentarse a la Novena aficionados y directores siempre parecen haber sentido la necesidad de establecer como punto de partida si esta música es una confesión de la actitud del autor ante la muerte: una verdadera despedida, amarga y desesperada, o una resignada aceptación. Incluso existe la opinión de que muy al contrario, en sus páginas finales se concreta una "realización suprema" (La Grange) y una catarsis a través del amor a la vida. Hasta tal punto es ambiguo e inagotable el sentido de esta música. Estas alternativas parecen no haber contado para otra serie de intérpretes que se han inclinado por una arriesgada línea "objetiva", entre ellos, Georg Solti y su registro con la London Symphony Orchestra. Opción arriesgada debido a que la objetividad no parece ser algo que pida el especial mundo expresivo mahleriano, en el que una cierta dosis de subjetivismo irracional parece incluso necesaria.

En cierta forma, por tanto, Solti no satisfará como intérprete capaz de comunicar la sensación de angustia y tortura existencial, puesto que su lectura no pretende transmitir ni ése ni mensaje alguno. Su fuerza se basa en una ejecución portentosa en la que se puede escuchar hasta el detalle más oculto tras las descomunales oleadas de sonido. Más allá del virtuosismo y la soberbia construcción, la claridad absoluta y la precisión no son un valor en sí mismas, sino instrumentos que resaltan los conflictos: los clímax son demoledores; las transiciones ácidas; no importa lo potente de algunos pasajes, siempre se escucha algo nuevo e inquietante; los pasajes líricos, antes que ofrecer el contraste de una voz cálida individual habitan en esa "spiritual coolness" de la que hablaba Schönberg.

21/2/09

Soledades



En 1892 Johannes Brahms compone sus últimas obras para piano solo, las series Opp. 116 a 119. Pertenecen por tanto al grupo de obras de vejez; música de cada vez mayor introspección en la que Brahms parece volcar la amargura de sus últimos días, hasta culminar en la desolación de los "Cuatro cantos serios".

No abundan las grabaciones integrales de las cuatro colecciones y entre ellas destaca la del esquivo Dmitri Alexeev. Con su sonido poderoso (no podía ser menos en un alumno de Richter) bajo pleno control, el pianista ruso muestra una austeridad expresiva que no deriva en la aridez, sino en una conmovedora afinidad con una música recogida en sí misma, que apenas deja entrever en instantes fugaces, pero tremendamente lúcidos, el fondo de la intimidad brahmsiana.

"Fantasías", Op. 116

1 Capriccio. Presto energico en re menor
2 Intermezzo. Andante en la menor
3 Capriccio. Allegro passionato en sol menor
4 Intermezzo. Adagio en mi menor
5 Intermezzo. Andante con grazia ed intimisso sentimento en mi menor
6 Intermezzo. Andantino teneramente en mi mayor
7 Capriccio. Allegro agitato en re menor

Las "Fantasías" son el ciclo de piezas con mayor ambición estructural, ya que se ha querido ver en ella una ampliación de la Sonata clásica, con los tres intermezzi actuando como movimiento lento tripartito. El Capriccio inicial, quizá atacado con demasiado ímpetu por Alexeev, se basa en un tema de grandes acordes, con una sección central de escalas ascendentes. El meditativo Andante en la menor emplea una melodía sencilla, que va despojándose de acompañamiento hasta que surge una segunda idea: ecos de una cantinela nostálgica que se rememoran casi inconscientemente. La tercera pieza es un inquieto Capriccio en cadenas de acordes que enmarcan un pasaje de carácter inusualmente grandioso. El Adagio es una serena ensoñación que hacia 3:29 se hace delicadísima como el cristal. El Intermezzo en mi menor soliloquia recordando vagamente a "El pájaro poeta" de Schumann con sus susurros y canturreos. La sexta Fantasía se abre como uno de los paseos schubertianos a través de distintos claroscuros hasta la radiante coda. Un nuevo Capriccio recupera la escritura virtuosa.

Intermezzi, Op. 117

1 Andante moderato en mib mayor.
2 Andante non troppo e con molta espressione en sib menor.
3 Andante con moto en do # menor.

El Op. 117 es el ciclo más lírico de los cuatro, como se deduce de que las tres piezas lleven el título "intermezzo". La cantinela del primero, de notable sencillez, deja paso a mayor introversión en la segunda parte. Alexeev sobresale por la delicadeza de su toque desde 4:28. La pieza en sib menor se balancea con dulzura alternándose con una frase ascendente que en la conclusión se hace interrogativa. Este carácter se mantiene en el tercer Andante, inconfundiblemente brahmsiano en su tránsito entre lo contemplativo y la inquietud.

Klavierstücke, Op. 118

1 Intermezzo. Allegro non assai, ma molto appassionato en la menor.
2 Intermezzo. Andante teneramente en la mayor.
3 Ballade. Allegro energico en sol menor.
4 Intermezzo. Allegretto un poco agitato en fa menor.
5 Romance . Andante en fa mayor.
6 Intermezzo. Andante, largo e mesto en mib menor.

El ciclo, llamado simplemente "Piezas para piano", se abre con gesto extrovertido con un motivo ascendente. El Intermezzo en la mayor es posiblemente la pieza más profundamente tierna y emotiva de toda la colección. Una melodía en la que late un recuerdo amado - y perdido - contrasta con los tonos amargos de la sección central. Memorias que se desvanecen definivamente desde 5:49, pasaje ofrecido con insólitas sfumature por Alexeev. La "Balada" es enérgica en las partes extremas, que enmarcan una nueva canción de apacible belleza. El Intermezzo en fa menor recuerda la indicación agitato con los acordes centrales. La quinta pieza es un Lied ternario, cálido y sencillo, pero la sección intermedia se caracteriza por su elaboradísima cantilena, de raro sabor mediterráneo. Se concluye el ciclo con un Andante de carácter misterioso, donde de nuevo se recuerda a Schubert por la variedad de luces bajo las cuales se expone la idea principal. Hacia 2:47 aparece un motivo robusto en grandes acordes, pero es el tema generador quien cierra el Intermezzo, como un último pensamiento tras el cual queda sólo silencio.

Klavierstücke, Op. 119

1 Intermezzo. Adagio en si menor.
2 Intermezzo. Andantino un poco agitato en mi menor.
3 Intermezzo. Grazioso e giocoso en do mayor.
4 Rhapsodie. Allegro risoluto en mib mayor.

La primera pieza es fiel al carácter lírico de los intermezzi. El Andantino en mi menor contrasta un tema de movimiento inquieto con una nostálgica sección cantable, que se rememora en la coda tras unos serenos acordes ascendentes. El intermezzo en do mayor es un scherzo chispeante. La Rapsodia permite a Alexeev lucir su musculoso virtuosismo en la fantasiosa y extrovertida despedida de Brahms al género.

http://rapidshare.com/files/196302210/Brahms_Opp-116-119_-_Alexeev.rar

La grabación, hoy difícil de localizar, la comparte con todos Lord Illingworth. Disfrutadla.

27/8/08

La música del interior


Recientemente nuestro amigo el forero Lord Illingworth, alias Poindexter, antes CELLETTI, ha demostrado que la teoría evolutiva es válida, pues tras mucho años ha sido capaz de aprender a subir música a internet superando así su estado de simio informático.

La primera propuesta que hago en esta casa con sus obsequios es una vieja grabación de una de las músicas más singulares, profundas y emocionantes de la historia. Perteneciente al último periodo creativo de Ludwig van Beethoven, el Cuarteto de cuerda nº 14 en do sostenido menor, Op. 131 es considerado por muchos como la cumbre del ciclo de cuartetos - una de las de toda la música occidental. Tales son la libertad, la complejidad, la novedad de su rango expresivo que fue mposible de comprender en su época (excepto por unos pocos privilegiados de talento similar al del propio Beethoven: caso de Franz Schubert, que se sintió conmocionado al escucharlo) Aún hoy el Op. 131 representa la gran barrera que el oyente ha de superar para sumergirse en una música, la de las últimas Sonatas y Cuartetos de Beethoven, que apenas parece haber sido hecha para sonar en otro sitio que no fuera el interior de su autor. La lacerante contemplación del Adagio fugado inicial, la amable cantilena del Andante , la despreocupación del quinto tiempo, la doliente gravedad del sexto, la desafiante actividad del Allegro; son estados psicológicos y poéticos tan alejados entre sí como coherentes en conjunto.

La versión que escuchamos nos traslada a un pasado, los años de Entreguerras, cuando la música de cámara se hacía de forma distinta a la que nos hemos acostumbrado. Más cálida, más íntima, cargada de un humanismo que la Segunda Guerra Mundial pareció borrar de la interpretación musical; así lo creen los conocedores de su historia. Una de las grandes formaciones de aquella época fue el Cuarteto Busch. Su Beethoven se mueve en una escala de verdad camerística, sin rastro de pretender alcanzar dimensión orquestal, manteniendo un sonido muelle y ligado, calidísimo. Nada que ver con el despiadado furor rítmico que se escucha al Alban Berg o el Emerson. (Escúchese como ejemplo el Allegro final.) Algunos rasgos que llamarán también la atención, típicos de esos años, son la profusión del portamento y la prominencia del primer violín (de Adolf Busch)

Busch Quartet, 1936

22/9/07

Jean Sibelius



El 20 de septiembre de 1957 moría Jean Sibelius en Ainola, su casa de Järvenpää. Sus últimos treinta años de vida habían pasado en silencio, apartado de la creación y abiertamente contrario al rumbo que había tomado la música.

No hace falta repetir que Sibelius es un favorito de esta casa. Vamos a recordarlo escuchando dos composiciones situadas en los extremos de su vida creativa.

En Saga, Opus 9 (1892, revisada en 1902) es un poema sinfónico de juventud que muestra influencias de Liszt en su romanticismo épico. Fue compuesto por indicación de Kajanus para aprovechar la enorme atención que había conseguido Sibelius con Kullervo. La versión escogida es la de la London Symphony Orchestra dirigida por Sergiu Celibidache (Royal Festival Hall, 21 de septiembre de 1979) Nadie más podría conjugar el minucioso fraseo (esas cuerdas del comienzo) con la férrea planificación a largo plazo. Desde los poderosos pasajes de los metales al misterioso monólogo del clarinete, todo respira un aire mítico.

En Saga

Tapiola Op. 112 (1926) es en muchos aspectos el negativo de la Séptima Sinfonía, como el vacío que quedara en el imaginario molde de aquélla. Tienen en común su carácter hermético y la generación de la forma por medio del material. Pero donde la Séptima era cálida y habitaba bajo la luz del Sol (do mayor), Tapiola conjura vientos gélidos y la noche (si menor).

Extendiéndose a los lejos, los oscuros bosques del Norte,
Antiguos, misteriosos, albergan sueños salvajes;
En ellos habita el poderoso Dios del Bosque,
Y los duendes en la oscuridad urden secretos mágicos.


Así reza el programa proporcionado por Sibelius. Tapiola, el reino de Tapio, los centenarios bosques del Norte, representa todo aquello incomprensible e inabarcable de la Naturaleza en estado salvaje. Si en la Sinfonía gemela esta Naturaleza, aunque misteriosa, era una Madre tierna, aquí ofrece su cara más hostil: aquélla que inspiró los temores reverenciales del hombre primitivo. Los susurros del bosque, el viento inhóspito, la presencia de algo oculto, la indefensión humana ante lo desconocido; son algunas de las sensaciones que produce Tapiola.
Basada en el desarrollo de las ideas expuestas al comienzo, Tapiola alterna episodios que evocan la eterna soledad de aquellas latitudes con otros donde de las sombras surgen amenazadoras voces. Al final, las tenues luces del alba parecen atravesar la espesura en el sencillo canto de los violines. Quizá las analogías con la Séptima sean incluso programáticas: ¿Habría pues que escuchar una tras otra para comprender mejor ambas? El orden de la audición es algo que dependerá de la disposición del oyente... ¿Es la noche la que sigue al día o al contrario?
Escuchamos la versión de Herbert von Karajan. Uno de los mayores defensores de Sibelius durante toda su carrera, además en el adverso ámbito centroeuropeo, Karajan dejó registradas dos excelsas versiones de Tapiola. Escogemos la de 1984 por reivindicar el arte del director austriaco en unos años donde sus actuaciones son blanco de numerosas críticas. La paleta de colores e intensidades de la orquesta berlinesa en sus manos es infinita.


Tapiola.
Disfrutadlas.

1/8/07

Diez años sin Richter


El 1 de agosto de 1997 moría en Moscú Sviatoslav Richter. Tenía 82 años y llevaba retirado más de un lustro.



Es inútil glosar su figura, enigmática, fascinante, odiosa en ocasiones pero siempre genial.



Nos limitaremos a proponer una audición de su madurez, lo cual nos permite acercarnos a la obra del último periodo de Beethoven (y así recordamos la intermitente serie de Opera ultima que estamos escuchando)



La Sonata Nº 26 en si bemol, Op. 106, conocida como Hammerklaviersonate, no fue compuesta por Beethoven sólo para explotar las posibilidades del nuevo instrumento que se desarrollaba en Viena. Sumido en una crisis creativa durante algunos años, olvidado por el público, sordo, enfermo y lleno de amargura, la Sonata emerge como una rabiosa reivindicación de su talento.



Richter en esta ocasión saca menos músculo que en otras grabaciones del último Beethoven, lo cual parece más apropiado, visto el carácter ensimismado de esta partitura. Magistral el juego de intensidades que consigue por ejemplo en el Allegro, donde no escatima plenitud a los acordes iniciales pero sabe regular el sonido de la segunda idea, distinguiendo las voces con una claridad estimulante. El enigmático Scherzo no suena en ningún momento ligero: la coda, con esa alteración métrica sorprendente, es arrasadora. Por supuesto la Sonata gravita en torno al enorme Adagio sostenuto, música trascendente, entre el lamento y el éxtasis, que Richter recrea con intensidad catártica. La fuga es, junto a la Grosses Fuge, el mostrum contrapuntístico de Beethoven. Sigue siendo una música demasiado grande y compleja para nosotros, pobres mortales, pero el pianista ucraniano nos ayuda a seguir entendiéndola.



Podemos decir que la furia creadora de Beethoven encuentra correspondencia en un Richter inspirado.



Grabación de 1975 en Praga.



Disfrutadla.



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5/3/07

Opus Ultimum (II): La Séptima de Sibelius

La Séptima Sinfonía en do fue compuesta entre 1918 y 1924, empezando Sibelius a esbozarla al mismo tiempo que finalizaba la Sexta. Durante el proceso creativo, como presagiando la lógica de su propio discurso, el plan original sufrió numerosas metamorfosis. En efecto, el autor anotaba en su cuaderno de trabajo en 1918: “Séptima Sinfonía: joie de vivre y energía vital con ingredientes “Appasionata”. En tres movimientos – el último un Rondó Helénico”. Sin embargo, el resultado fue muy diferente de lo previsto, lo que motivó incluso que Sibelius no estuviera seguro de querer llamarlo “Sinfonía”, estrenándose en Estocolmo con el título de Fantasía Sinfónica.



La culminación de una carrera.

Al poco tiempo (de su estreno) se publicó ya con la denominación de Sinfonía nº 7, considerándose en la actualidad la culminación del ciclo y uno de sus logros absolutos. Sibelius nunca se enfrentó al problema sinfónico de la misma forma dos veces; a la retórica heroica de las dos primeras y el juvenil neoclasicismo de la Tercera, sucedió un nuevo rumbo tomado con obras como “Las Oceánidas” y la Quinta, que le alejaba cada vez más de su temprana exaltación romántica o el trágico hermetismo de la Cuarta. Nos dice Matthias Henke: “La tendencia a evitar lo grandilocuente y presentar, por así decirlo, nada más que una destilación de los motivos del discurso musical es llevada a sus últimos extremos en la Séptima”. En el Sibelius maduro es el material el que establece la forma, como se comprobaba en el primer tiempo de la Quinta Sinfonía; el potencial de una idea, sus posibilidades desarrolladas al máximo son lo que determina la arquitectura de la obra. Así pues, Sibelius esculpió desde dentro hacia fuera este monolito sonoro en un único movimiento, en el que se suceden numerosos cambios de tempo manejados magistralmente mediante enormes pasajes accelerando y rallentando. En cierta forma, es la realización de un ideal propuesto por el primer tiempo de la Quinta o el último de la Tercera, que no es ajeno a las propuestas de la Sonata en si menor de Liszt o la Cuarta Sinfonía de Schumann. Son más o menos reconocibles las reminiscencias del primer planteamiento en tres movimientos, pues se pueden distinguir tres desarrollos en arco, en cuyo clímax aparece un motivo en los trombones sometido a un proceso de ósmosis con los diferentes contextos. La ambigüedad de esta figura (una segunda descendente seguida de una cuarta ascendente) ha suscitado las habituales interpretaciones más o menos plásticas que se asocian a la música de Sibelius. No parece absurda la imagen del Sol iluminando un paisaje a lo largo de las distintas fases del día, pero no es necesaria para disfrutar de la obra. Este motivo es el que cohesiona la Sinfonía, al tiempo que parece proponer nuevos caminos, da pie a la introducción de ideas y actúa como vértice de las continuas variaciones de tempo.

Audición.

Sin el ánimo – inútil por otra parte – de diseccionar la Sinfonía, podemos ofrecer la siguiente guía de audición basada en notas de Harry Halbreich:
Adagio en tempo 3/2: Desde el material más básico en los timbales un acorde de la bemol menor detiene una frase ascendente de la cuerda grave, creando un efecto desconcertante, como si buscando la luz de repente nos envolviera la oscuridad. Pronto las maderas instauran do mayor con sus melismas, disipando así las sombras y anunciando el clima de serenidad Olímpica que preside la partitura. ("Parsifal finés", la llamó Koussevitzki) Una tierna y bellísima cantinela, armonizada en coral, se despliega en las cuerdas con una calma única entre la música del torturado S. XX. Como por afinidad, los instrumentos de viento se incorporan con creciente confianza y preparan la primera aparición del augusto motivo de los trombones, expuesto en toda su gloria. Tras una llamada de atención de la percusión, las maderas entonan una sutil melodía que no es ajena al mundo de onírico de Debussy. Los oboes alteran el tempo con sus frases (Un pochettino meno adagio) Hay algo sensualmente panteísta en esta primera transición, como si la Naturaleza se despertara perezosamente bajo las primeras luces, benévolas y maternales, del día. Sin embargo, no tarda en aparecer un carácter ominoso, casi mecánico, en lo que se suele considerar un primer Scherzo (violines y maderas, Affrettando al Vivacissimo) La segunda afirmación de los trombones (Poco rallentando al Adagio), teñida de la sombra breve pero profunda de la tonalidad de do menor, actuaría como sección secundaria del episodio. Sin darnos cuenta nos encontramos (Poco a poco meno lento) con un nuevo Scherzo (Allegro molto moderato) desarrollado en una pequeña forma sonata. En la melodía principal, optimista y robusta, se ha creído reconocer una canción de marineros. Los diálogos entre maderas, cuerda y timbales van animándose (Poco a poco meno moderato) hasta que se desencadena una stretta (Vivace-Presto) y los metales enuncian poderosas frases ascendentes preparando el momento de mayor emoción de la Sinfonía. Los trombones entonan su última peroración sobre un ostinato de las cuerdas que crece y asciende de tesitura hasta desbordarse (Poco a poco rallentando all’Adagio). Silencio. Retorno de la melodía debussyana, pero esta vez en un clímax colosal de los metales sobre frases entrecortadas, inquietantes, de la cuerda. La densidad de texturas del pasaje, su épica monumentalidad, son un extremo refinamiento del coral de la Quinta, pero también evocan el vaivén del oleaje de “Las Oceánidas”. Un fortissimo atronador cierra la transición y los violines divididos cantan en su extremo agudo (Largamente molto), momento de una intensidad paralizante, para finalmente entonar una sencilla cadencia (affettuoso) mientras la trompas, dulcemente, memorablemente, reflexionan sobre la frase principal de la Sinfonía. Como cerrando un círculo, las maderas intentan recordar sus primeras frases, allá por el comienzo de la jornada, pero la emoción ya no puede sostenerse, la plenitud se ha alcanzado, la belleza es inefable: apenas pueden balbucir fragmentos de melodía. ¿Qué más se puede esperar en este momento? Casi de la nada, aparece una progresión armónica del Valse Triste. ¿Es, pues, la muerte? ¿O sólo un ocaso, al que seguirá un nuevo día? Un descomunal pizzicato no permite reflexionar sobre ello e introduce una postrera demostración de poder, como si el Sol incendiara el firmamento al hundirse en el mar. Y la orquesta lanza un acorde de do mayor contra la noche estrellada.

Como comprobamos, una simetría orgánica preside la Sinfonía, en el fondo un enorme Adagio que aloja dos Scherzi. Su coherencia y su lógica, características que más admiraba el autor en el género sinfónico, son mucho mayores de lo que una primera audición deja imaginar. Sibelius pudo preguntarse qué le quedaba por hacer tras tal apoteosis. Una Octava Sinfonía fue probablemente más que esbozada pero de inmediato destruida. Sólo quedaban por delante la música incidental de La Tempestad y Tapiola, que complementa a la Séptima con la inexorabilidad con que la noche ha de seguir al día. Después… Silencio hasta el final.

Discografía sucinta.

La discografía de la Séptima es amplia, pero cinco registros dominan las referencias: Yevgeni Mravinski, Lorin Maazel, John Barbirolli, y los dos de Leonard Bernstein. Mravinski (en vivo, año 1965) es enormemente dramático, las secciones de cuerda tienen un gran relieve expresivo (escúchese la primera frase de la Sinfonía, o el alucinante fraseo de los violines en el Largamente molto). La continuidad del discurso no está reñida con la atención al detalle y las transiciones están traducidas con inexorable urgencia. Sería la versión definitiva de no ser por el particular sonido de los trombones de la Filarmónica de Leningrado, algo tremolantes en sus peroraciones. Es Maazel quien firma dicha versión soñada. La Filarmónica vienesa en sus manos se pliega a lo íntimo y camerístico del comienzo, pero también ofrece un sonido poderoso, con una claridad de planos absoluta en los momentos más complejos. Uno de los más grandes trabajos del director francés, permanece intocable por su dominio de los clímax, en particular del último, hasta ahora insuperado por la continuidad del canto de los metales sin ceder al tentador ostinato de los violines. A Barbirolli, que traza un Adagio cautivador, le fallan ligeramente los metales de la Hallé en ese punto (aunque el relieve de la sección de vientos en toda la partitura es de un colorido y una personalidad únicos; casi se percibe canto de pájaros en la stretta) Bernstein, en los años 80, afronta los pasajes capitales recreándose en su entusiasmo, por lo que oculta no pocos detalles en la apoteósica marea sonora de la Filarmónica de Viena. Hay varios excesos en las dinámicas a lo largo de la interpretación y no es raro que aparezca cierto énfasis fraseológico característico de sus últimos años. Una versión, como mucho de lo que grabó en su etapa europea, que retiene un atractivo irracional.
Vamos a escuchar una versión menos conocida de lo que debería, la que grabó el propio Leonard Bernstein más de veinte años antes con la New York Philharmonic Orchestra. El joven Lenny ofrece una Séptima repleta de esa joie de vivre en la que pensaba Sibelius, es una interpretación completamente positiva, en la que aun las zonas de sombra son acogedoras y cálidas. Una versión (como la de Barbirolli) de un romanticismo ingenuo y panteísta, con un sonido menos solemne y suntuoso que las anteriores (el registro vienés se inclina más hacia la sotisficación impresionista). De hecho el equilibrio entre maderas y cuerda, la transparencia de planos, el rigor en contar lo realmente importante, la ausencia de estruendos gratuitos, hacen pensar en el neoclasicismo de la Tercera (por ejemplo en los juegos entre percusión y vientos del primer Scherzo). Y todo con la fantasía y espontaneidad del primer Bernstein, que impregna de sensibilidad el Adagio inicial o propulsa la jubilosa stretta con enorme energía. No faltan momentos fragorosos, como el regreso del Adagio tras la última sección de los trombones o la potente ejecución del pizzicato poco antes del final.

Disfrutadla.

(Preparé este texto para la "Obra de la semana" que se propone en Foroclásico. Blog de la Obra de la semana.)

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Recordaremos a Jean Sibelius a lo largo de 2007, con ocasión del Cincuentenario de su muerte.

3/10/06

Opus Ultimum (I): La Patética de Chaikovski



Las últimas obras de un artista siempre se han visto rodeadas por cierta aura mística, y en el mundo de la música aun más.

Tal es el caso de la Sexta Sinfonía en si menor de Piotr Ilyich Chaikovski, escrita poco antes de su muerte y considerada universalmente su testamento íntimo y musical. Al margen de las especulaciones sobre su mensaje oculto (¿sus intenciones de suicidarse?) es una de sus obras maestras, quizá la más redonda de sus sinfonías, pletórica de inspiración y energía creativa, que contrastan con la profunda crisis personal de sus últimos días. Personalmente, es una música muy ligada a mis primeras audiciones del género sinfónico, y le tengo gran estima y amor.

Planeado a gran escala, el movimiento inicial se abre con una introducción lenta que parece completar un arco expresivo iniciado con las de las dos anteriores Sinfonías: el destino como amenaza en la Cuarta (trompas y trompetas); como algo aceptado con resignación en la Quinta (clarinete) y finalmente, consumado, destruyendo la esperanza, en las cavernosas sonoridades de fagot y cuerda grave de la Sexta. A pesar de ceñirse a las estructuras clásicas, Chaikovski nunca se sintió cómodo desarrollando sus ideas desde un punto de vista estrictamente musical; por ello planeó sus últimas Sinfonías siguiendo programas (la influencia de Liszt es palpable) que introducían un elemento narrativo, dramático y diríamos confesional en su música, alejándola de la llamada música pura sinfónica (aunque conservando una coherencia excepcional). La "Patética" (1) es la cumbre de esta concepción de la sinfonía como confidencia y despojamiento sentimental y llegó a influir en otro músico que situó su percepción de la vida en el centro de sus Sinfonías: Gustav Mahler.

No se pueden negar en este Adagio introductorio los ecos del Preludio al Acto III de Tristán, a pesar de haber considerado Chaikovski que era su obra "más personal". El Allegro desarrolla de forma obsesiva la idea principal. El segundo bloque de ideas (re mayor) es uno de los más hermosos periodos líricos que nunca escribió, y viene a traer algo de consuelo, pero siempre subyace una triste resignación. Sin embargo, la sección central cede a la desesperación y aun al terror: ecos de un canto llano de la Misa de Difuntos Ortodoxa, aun más inquietantes cuando suenan sotto voce, expresan una profunda obsesión con la muerte.

En el segundo tiempo encontramos un valse irregular (de nuevo en Re), cuyo compás de 5/4 crea una sensación de fragilidad conmovedora, reforzada por la sección central, melancólica sin remedio. Ya ni la contemplación de la belleza alivia el dolor.

En una sinfonía tan personal como ésta, resulta chocante el tercer tiempo, originalmente planeado para retratar las "decepciones de la vida" y que acabó siendo un excepcional scherzo sinfónico, quizá la mejor pieza de música pura que nunca creara Chaikovski (y una de mis favoritas). Combina un moto perpetuo y una marcha (en mi mayor) que acumula energía y pasa de una sección instrumental a otra, hasta que se hace irresistible y llega a un tutti pletórico, verdadera apoteósis de la orquesta Romántica.

Después de tal derroche de energía, Chaikovski debió de concluir la necesidad de un final lento a la Sinfonía. En una sencilla forma ternaria de Lied, se basa en dos motivos descendentes, el primero de ellos, tenebroso y obsesivo. El segundo, cantabile y más adornado, se inicia en un anhelante Re mayor, pero termina tiñéndose, tras un clímax de desesperación, del sombrío si menor del inicio. Los contemporáneos de Chaikovski asistentes al estreno, entre ellos Rimski, se sintieron consternados por este Adagio lamentoso: la negrura de sus útimos compases no ofrecía esperanza ni salida algunas, el silencio de la nada estaba al alcance de la mano.



Y para esta música extremada, escogemos una interpretación excesiva, la de Leonard Bernstein con la New York Philharmonic Orchestra (1986). Como muchos de sus registros de aquellos años, esta Patética ha sido adorada por unos y vapuleada por otros. Personal, comprometido, lúcido, con una entrega y convicción que rozan lo paroxístico, Lenny proyecta la Sexta hacia el futuro, concretamente hacia Mahler, en cuya Sexta (otra Sinfonía que acaba en cataclismo) sin duda pensaba al dirigir el Finale, cuyas siniestras sonoridades son uno de sus mayores logros. También es destacable la aplastante pero inútil fuerza del scherzo, un gigante con pies de barro en manos del director norteamericano, o en el terrible fff que precede a la recapitulación del primer tiempo.
Caprichoso, decadente, ególatra, más preocupado por hacer un gran Bernstein que un gran Chaikovski, la crítica se ha cebado con la lentitud del Finale o la retención del tempo en el scherzo, poniendo esta Patética como ejemplo de la irracionalidad y el culto a su propia personalidad del último Bernstein.

A vosotros os corresponde decidir.

Puede que éste sea el inicio de otro ciclo de audiciones en esta Bitácora, depende de lo que llegue a motivarme el asunto, y de vuestro interés. Quizá se complementen las obras tardías con otras de juventud, de manera que se trace una especie de Alfa y Omega, quizá insistamos en las partituras finales, ya se verá.

Disfrutadla (es un decir)


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(1) Título que en ruso expresaba algo así como "lleno de pasión y sufrimiento"