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5/11/15

Una función aceptable de una gran obra maestra:"Otello" en La Maestranza


Una plausible interpretación de “Otello” la ofrecida en Sevilla el día 31 de octubre,  con el principal atractivo de un protagonista creíble desde todos los puntos de vista, lo cual por sí mismo es desgraciadamente raro desde siempre. El veterano Gregory Kunde está desarrollando en los últimos diez años una especie de segunda carrera, culminada con los papeles más dramáticos escritos por Verdi. Con una voz que en sus orígenes era de tenorino, semejante transformación se ha basado ante todo en la solvencia técnica: estamos ante uno de esos pocos casos en los que la fortaleza de una emisión canónica permite a un cantante compensar las limitaciones naturales y el desgaste físico debido a la edad de la voz. Descolorido e ingrato la gama media y grave, el timbre se expande y se hace penetrante hacia el tercio agudo, incluyendo un si bemol potente y metálico. Esta fortaleza, junto a la amplitud de alientos, constituyen el arsenal imprescindible para la parte heroica o belicosa del personaje, a la que se hizo justicia: un “Esultate” meritorio y un final de segundo Acto sin economías ni moneda falsa. Naturalmente la tradición quiere instrumentos más voluminosos y broncíneos en estos pasajes, pero Kunde no tuvo problemas con la orquestación y eso ya es decir mucho. En el aspecto lírico y conversacional, el que esa misma tradición ha minusvalorado y que entronca a Otelo en el árbol genealógico del tenor romántico, la falta de terciopelo y un color agradable penalizó su actuación en “Già nella notte” pero la solidez del legato, la ausencia de énfasis declamados o gritados y la atención a la mayor parte de signos expresivos de la partitura (los p sobre el pasaje corrieron peor suerte) recordaron el origen belcantista del tenor en toda su actuación. En el terreno del acento dejó algo más que desear, pues no se podría decir que realmente reflejara en su forma de decir el texto toda la variedad de estados de ánimo del personaje: ciertamente no se podía esperar más ferocidad en “Sì, pel ciel”, pero sí más ironía o ternura en otros momentos. Destacaron, en medio de este compromiso un tanto conservador y genérico, el patetismo de “Dio, mi potevi” (el pasaje más emocionante de la función, además de bien cantado) y sus incisivas frases del monumental concertante. En “Niun mi tema” retornaron los modos más impersonales (y la tesitura le resultó sin duda menos cómoda). Dados el momento de su carrera y el (merecido) éxito que le está dando esta aventura, parece dudoso desarrolle este apartado, una carencia ya endémica en varias generaciones de cantantes.

4/4/08

Herbert von Karajan: 100 años


Heribert Ritter von Karajan nació el 5 de abril de 1908 en Salzburgo, ciudad cerca de la cual murió el 16 de julio de 1989.
Es inútil resumir en un espacio sensato la carrera del director de orquesta más famoso de la Historia, por lo que me limitaré a unas pocas reflexiones personales.
Idolatrado y convertido en un icono ya en vida, se le llegó a considerar el "Director General de Música de Europa" por su posición dominante (y autoritaria) durante algún momento de su vida, en Berlín, Milán, París, Viena y Salzburgo. En su ciudad natal le apodaban, exagerando aun más, "Der Gott". A su muerte las discográficas siguieron explotando un legado que ya era mastodóntico y se puede decir que cada nuevo formato musical que ha aparecido se ha estrenado con una interpretación de Karajan, por ejemplo su Novena de Beethoven. Esos años inmediatamente posteriores a su fallecimiento fueron los de mi entrada en la música clásica, como se puede comprobar echando un vistazo al núcleo originario de mi discoteca. Karajan había logrado una imagen de prestigio que sólo se puede comparar al de artistas como Caruso, Callas o Pavarotti y el aficionado novel confiaba ciegamente en su sello. Paralelamente se estaba llevando a cabo una revisión feroz de su arte, ya iniciada antes de su muerte, pero sobre todo coincidiendo con el declive de su influencia y recrudecida al desaparecer de la escena. El propio Karajan había dado razones a los críticos cultivando una imagen comercial odiosa para muchos y unos modos musicales cada vez más repetitivos y sesgados. La caída en el automatismo de su trabajo en el estudio de grabación para colmo fue difundida con un intensidad inédita, diluyendo en una masa de mediocridad sus extraordinarios logros. El hombre de negocios llegó a ocultar la figura del director, acusado de haberse convertido en un routinier dedicado al culto a su imagen y la calidad del sonido de su orquesta. Culto a la propia personalidad que quienes le critican no parecen detectar en directores como Celibidache y Bernstein.
El sonido, la belleza pura del sonido, la estética en definitiva fue la obsesión del Karajan maduro, quien en su juventud había sido admirador del sonido sobrio y cortante de Toscanini. Ésta no fue la única evolución en su arte ni tuvo sólo efecto en el apartado estético. A Herbert von Karajan lo han vapuleado por traicionar la profundidad expresiva de la tradición germánica cuyo máximo exponente fue Furtwängler; se ha pretendido hacerle pagar la victoria cobrada en vida sobre Celibidache, considerado por algunos el sucesor natural de Furtwängler; los wagnerianos de toda la vida le acusan de haber querido hacer un Wagner en miniatura enfrentado al Nuevo Bayreuth de Knappertsbusch y Wieland Wagner; el operófilo italiano se encoleriza por sus elecciones en materia de cantantes ("Destacado incompetente en voces", lo llamó Massimo Mila); todas las acusaciones se resumen en la reinterpretación personalista de cualquier repertorio, existente pero a menudo con resultados lúcidos y en cualquier caso sólo posible a través de una personalidad excepcional. Ningún director ha sido tan discutido y defendido en tantos ámbitos. Y de muy pocos han quedado testimonios de altísima calidad artística en repertorios tan diversos.
En realidad lo más justo sería reconocer que en cada etapa de su actividad creadora hubo un repertorio donde Karajan realizó sus mejores logros. El director enérgico y fogoso de los años 40 y 60 sigue vigente en los clásicos vieneses, particularmente el Beethoven del ciclo de Emi. En Bruckner la autoridad del artista salzburgués se mantuvo casi infalible a lo largo de los años, desde la temprana (1944) y grandiosa selección de la Octava con la Preussische Staatskapelle de Berlín (Agradecemos a Alberich los enlaces) :
Finale. Feirelich, Nicht Schnell

Hasta la postrera y radiante Séptima vienesa, su última grabación. Puede resultar chocante esta afinidad con el riguroso y monacal mundo bruckneriano: el caso es que parecía inspirarle una suerte de ascesis a través del sonido.
Con el tiempo su concepto de la música fue acercándose más a la estética del Romanticismo tardío, con su hipertrofia orquestal y su sensual morbidez sonora. Richard Strauss y Jean Sibelius fueron dos compositores en los que el creciente lujo instrumental no excluyó la interpretación sensible y renovadora. Como ejemplo escuchamos este Il tempo largo (4ª Sinfonía de Sibelius) que de nuevo nos ofrece nuestro amigo Alberich: bellísimo de sonido pero de una desolación (esa cuerda apabullante) tristaparsifalesca. La última aparición del himno, contra esa frase descendente de lo metales, es demoledora. En este blog amigo podéis escuchar una espectacular versión de Tod und Verklärung de Strauss, con la suntuosa Filarmónica de Berlín, en los años 70 una extensión del pensamiento de su director. Curiosamente Karajan llegó tarde al mundo de Gustav Mahler, quizá porque en él la tensión entre tradición y modernidad (presente en Strauss y Sibelius) estaba en cambio desnivelada en favor de la última. Sin embargo en sus últimos años aún pudo plasmar unas excepcionales Sexta y Novena Sinfonías. Su Novena, una de las cosas más personales que su etapa final, destaca por la plena realización de uno de sus ideales musicales: la sublimación del patetismo en oleadas de sonido resplandeciente. La claridad de las texturas, el equilibrio, la planificación de los clímax (el primero del Andante comodo es tremendo) son inolvidables. No se espere aquí la alucinada violencia de Mitropoulos ni la amarga sobriedad de Klemperer: en el Adagio conclusivo Karajan elige despedirse de la vida con una contemplación extática de la belleza.

El trabajo de Karajan en el género lírico obtuvo logros aún hoy imprescindibles: Così fan tutte (Emi), Der Rosenkavalier, Tristan und Isolde (Orfeo), Die Meistersinger, Pagliacci, La Bohème, Madama Butterfly, Otello (Emi), Don Carlo. ¿De cuántos directores puede decirse que tuviera la misma autoridad en el repertorio italiano y el alemán? La base de la grandeza de sus realizaciones, más allá del resplandor con que iluminaba el acompañamiento orquestal, residía en su mostruoso talento como concertador. No sólo era capaz de agrupar a sus cantantes bajo un concepto integrador con absoluta claridad, sino que se pueden contar con los dedos de una mano a los directores que han sido capaces de inspirarles una similar riqueza de matices y detalles sicológicos. En cuestiones vocales Karajan también era un hedonista y su devoción por las voces líricas y el canto "bello" es conocida y criticada en tanto que llevó a numerosos cantantes hacia repertorios opuestos a sus cualidades. Naturalmente esto además de algunos fracasos desde el punto de vista musical, precipitó crisis vocales en cantantes célebres: desde Eugenie Besalla-Ludwig, quien años después prevendría a su hija Christa contra su influencia, hasta José Carreras, Katia Ricciarelli y Helga Dernesch. En el lado opuesto, la modernidad y riqueza expresiva de sus trabajos con Simionato (Carmen), Schwarzkopf (Fiordiligi, Mariscala), Bergonzi (Canio), Ludwig (Octavian), Ghiaurov (Boris Godunov), Freni (Butterfly, Mimì, Desdémona), Price (Tosca), Vickers (Otello, Tristán) o Pavarotti (Rodolfo). Incluso durante los 80, cuando el declive en el canto ya era apreciable, supo explotar al máximo las sensibilidad de artistas como Tomowa-Sintow, José van Dam o Agnes Baltsa.

En estas páginas se han tratado algunos de los ejemplos citados, como La Bohéme y Otello(descargas).

Valgan estas líneas para poner de manifiesto el talento descomunal de un músico polémico, cuya actividad profesional no fue precisamente ejemplar desde el punto de vista ético. Pero una vez muerto, esas consideraciones se las podemos dejar a los amarillistas como Lebrecht.

9/12/07

Noches de Ópera: Otello con Jon Vickers


Nueva grabación de una de mis obsesiones operísticas. En este caso, una que sólo realizó una modernización a medias de Otello, sobre todo en lo que se refiere al protagonista.


El enfoque del Otello de Jon Vickers debió de resultar una novedad en 1960: de hecho aún lo es. Vickers no hace del Moro un energúmeno que explota en alaridos cada dos por tres. El personaje tiene una dignidad y un estoicismo por completo verdianos, no es éste el típico Otello preverista. Por supuesto la voz no ostenta el metal bruñido del contemporáneo del Monaco; el timbre es cualquier cosa menos bello, la emisión resulta apremiante, con sonidos empujados desde la garganta. Sin embargo se ciñe a la partitura como ningún Otello tras la S.G.M., plegándose a buenas mezzavoci (poco o nada de falsete esta vez) creando un contraste eficaz con los ataques a plena voz. Hay momentos donde falta metal e incluso una voz más resonante. De hecho, aunque no podrá evitar algunos percances, Vickers sonará más sólido y heroico en el posterior registro de 1973 (con Karajan). La deficiente dicción apenas lastra un fraseo con verdadero slancio, capaz de abandonos líricos como el magistral dúo del Acto I, quizá uno de los más acertados de toda la discografía por parte del tenor. Ya sienta cátedra en "Dio mi potevi", uno de los pocos realmente susurrados, como un monólogo de un alma destrozada, o el "Niun mi tema", contenido, sobrio, al fin lejos de las tonantes peroratas habituales. Todo el Acto II es una inmensa progresión dramática enfocada a culminar en "Sì, pel ciel", superado sin pegas en lo vocal. En el debe, dificultoso "Esultate" o el do4 escamoteado en el Acto III.


No se puede acusar a Tito Gobbi de ser un intérprete genérico, perezoso o anónimo. Su principal interés se centra en destacar el valor de la palabra, sin dejar frase sin escrutar. El primer problema es el de un cantante muy inferior al actor, además enfrentado a un papel que sí, tiene un elevado énfasis declamatorio, pero que cuando ha de cantar es quizá el más difícil de la cuerda escrito por Verdi. La voz, siempre falta de las cualidades que se asocian a un verdadero barítono verdiano y por añadidura en declive, aún es amplia y resonante en el registro medio. Sin embargo, tan pronto como asciende por el pasaje aparecen las habituales opacidades, tintes nasales y un vibrato francamente desagradable (delator de los abombamientos del centro). Gobbi intenta ajustarse a las sinuosas dinámicas de Iago, pero sus medias voces están tramposamente destimbradas, resultando un sonido plano y extrañamente oleoso. Esto lo pone de manifiesto sin compasión el "Sogno" del Acto II, además de la precariedad del legato y las desigualdades entre registros. Quedaría la defensa del personaje compuesto, pero la mueca vocal invariable que incorpora a su declamación deriva en lo paródico y convierte a Iago en un guiñol aspaventoso. El resultado es una especie de caricatura de villano cinematográfico, de expresión torva sin matices, lejos del perfecto "gentiluomo" en la superficie que pensaron Boito y Verdi. Insostenible de por sí, resulta demoledor escucharlo al lado de un Otello aristocrático como Vickers. No obstante, el "Credo", rotundamente expuesto, se escucha casi sin sobresaltos; no así su escena del pañuelo.


Por aquellos años, Rysanek acababa de hacerse famosa sustituyendo a Callas en un papel tan diferente como Lady MacBeth. A los pocos años, el mismo público del MET la rechazaría en el repertorio italiano. Algo que corrobora la impresión de su Desdemona, realmente el punto negro de la grabación, y eso estando Gobbi ya es mucho decir. Sin embargo no se puede negar que su primera intervención hace esperar buenos resultados, ya que está casi a altura de Vickers en "Già nella notte densa". El canto en un hilo de voz retrata un personaje sumiso y ensoñador, además de disimular los problemas de emisión que aquejan al resto de su desempeño. Problemas que empiezan por un registro central muy entubado (lo que empaña la dicción) y desconectado tanto del gutural grave como del estridente agudo. La entonación es inestable, imprecisa en los ataques forte, casi continuamente corregidos a base de golpes de glotis. Naturalmente esto compromete el legato, hasta el punto de que "E son io l'innocente cagion di tanto pianto" bordea los límites de lo amateur por sus cambios de color y volumen. No son pocas las notas embarazosas en el Acto III, ni termina de convencer en su gran escena, refugiada en filados bien colocados pero precaria en cuanto hay que afrontar un pequeño cambio de dinámica o un intervalo discreto. Con la excepción del Acto I, la presencia de Vickers termina de anular a Rysanek, cuyo canto tiene cierto dramatismo pero está desenfocado por la mala dicción y la incapacidad de superar los escollos de la partitura.


La dirección de Serafin es algo pesante y tosca, en particular las intervenciones de los metales, tendentes al estruendo. Hay cierta linealidad en el discurso, escaso de variedad agógica y dinámica. Su principal mérito es reconocer la novedad del enfoque de Jon Vickers, proporcionándole un acompañamiento más contenido de lo habitual.
El resto del reparto (Florindo Andreolli, Franco Calabrese, Mario Carlin y Robert Kerns) flojea con un Cassio que tiene voz de Roderigo y un Roderigo sin voz. El Coro de la Ópera de Roma es potente sin más que resaltar.


Por tanto considero que sigue vigente el esfuerzo de Vickers por civilizar a Otello, liberándolo de los lastres veristas, pero aparece lamentablemente aislado en un entorno adverso: Serafin y Gobbi anclados en el pasado y la desnortada Desdemona de Rysanek.




Se agradece a Turiddu la copia de la grabación.

11/4/06

Un repaso a una representación histórica de Otello


Otello
MET, 1938
Otello- Giovanni Martinelli
Desdemona- Elizabeth Rethberg
Iago- Lawrence Tibbett
Dirige Ettore Panizza


Siguiendo los consejos de un gran conocedor de las grabaciones del primer tercio de S XX, que me aseguró que la restauración de la grabación era óptima, he adquirido esta edición de Naxos. El sonido procede de una retransmisión radiofónica de una función del MET, en 1938.

Vaya por delante que el trabajo de Ward Marston es excelente, teniendo en cuenta las fuentes con las que contó. Las dinámicas de la grabación son excepcionales.

Martinelli, llamado por muchos el Príncipe de los tenores, desarrolló una carrera amplísima en el MET, más de 25 años, empezando con papeles líricos y heredando al fin los papeles más dramáticos de Caruso, cuyo repertorio puede decirse que se repartió con Gigli.

De alguna forma, acometer Otello para Martinelli fue su forma de dar por finalizada su carrera, más que una ambición enciclopédica que llevó a otros tenores posteriores a cantar el imposible papel: pensemos en los fiascos de Bergonzi y di Stefano, o el digno pero imposible intento de Pavarotti.

Había algo de estridente en la emisión de Martinelli, y después de una larga carrera haciendo los papeles más pesados, su voz ya acusaba cierto desgaste, notándose sonidos fijos y planos. Sin embargo, encontramos aún una voz importante de spinto, de tonos sombríos en la zona grave y bastante clara en la alta, donde las sonoridades son fulminantes y dotadas de squillo. El intérprete, dado a los arrebatos veristas, sin embargo respeta muchas de las interminables indicaciones de la partitura, acercándose a una expresión íntima en el gran dúo del Acto I, con una voz más flexible de lo que Mario del Monaco nos acostumbró a escuchar: no hay cañonazos en las bellísimas frases "E tu m'amavi per le mie sventure / ed io t'amavo per la tua pieta", lo cual es elogiable. Como casi todos, no se arriesga a terminar el dúo apianando la serie de Lab3, que salen limpios y brillantes. En el debe, con el artista en frío, un “Esultate” forzado, donde nos hurta el si natural3.

Es muy de agradecer que en el Acto II, donde tantos tienden a mostrar un Otello ya ofuscado desde el principio, reserve las grandes demostraciones para cuando se requieren. Se muestra diplomático, ésa es la palabra, en su conversación con Iago, poco a poco crispándose (el temible ascenso al si natural de “Amore e gelosia vadan dispersi insieme”, bien resuelto), e impresiona en sus difíciles frases del conjunto con Desdémona. A partir de ahí hay un cambio más notable y aparece el hombre loco de celos. Muy bien respetado el comienzo de “Ora por siempre”, ligando el la natural anterior. Es una página temible, que exige un control de la respiración absoluto que Martinelli, con más de 50 años, supera como pocos, luciéndose en las últimas frases, que culminan con un sib3 sostenido a placer. En el posterior intercambio con Iago, escuchamos a un hombre aterrorizado cuya única salida para superar su miedo es la violencia. Los “Sangue!” suenan demasiado veristas, pero impactan. La necesaria bravura está presente también en “Sì, pel ciel”, (1) con los sib3 campaneando en lo alto y el attacco da sotto prescrito por Verdi al la natural (“Dio vendicator!”) Posiblemente, el nivel alcanzado en este dúo, sea el momento vocal culminante de la presente grabación: sólo del Monaco y Warren harán algo parecido.

En el Acto III, de nuevo Martinelli hace gala de inteligencia en el fraseo del dúo, sucediéndose cortesía, furia e ironía. Lástima la carcajada que suelta tras las protestas de Desdémona. Disculpable, ante tal variedad en la expresión, el truco en el pasaje que culmina en do4. Está contenido en “Dio, mi potevi”, sin ninguno de esos chillidos o sollozos con que salpica Domingo esta página definitiva. Con un fraseo sobrio pero intenso, resaltando la palabra “angosce” y manteniéndose en el canto piano (casi nadie respeta el pppp de Verdi). Con algún problema en la gran frase “L’anima acqueta”, donde no apiana, sin embargo la construcción del ascenso al Sib3 es magistral, y de nuevo sostiene esta nota contra el fortissimo orquestal para delirio del público. A estas alturas, el retrato del hombre destruido y exasperado está casi completo. Hay que hacer notar que en ningún momento Martinelli quiere transmitir la impresión de que Otello sea una bestia, contrariamente a lo que un sucedáneo actual como Cura ha declarado. Su interpretación de un mercenario que además es delegado del Dux en Chipre es creíble, no hay nada altisonante o vulgar. Escuchamos a alguien habituado a tratar con los nobles de la Serenissima. Esto se ve en su “Messeri! Il Doge mi richiama”, donde poco a poco el Gobernador de Chipre se derrumba, dejándose escuchar el hombre que lo ha perdido todo.

Y es así como aparece Otello en el Acto IV, tras ese terrorífico preludio en la cuerda grave. Martinelli se aleja de toda demagogia cuando anuncia a Desdémona su intención de matarla: suena frío como un verdugo. En “Niun mi tema” canta (sí, canta) con solemnidad, y quizá se eche de menos mayor interiorización, aunque el alejamiento de cualquier gesto vociferante nos permite darnos cuenta de que Otello ha vuelto al estado de ánimo del comienzo de la acción: un hombre enamorado. Lo cual forma parte de la grandeza de la ópera. Justo cuando mata a Desdémona, Otello vuelve a amarla con esa intensidad insoportable que le subyugó en el Acto I. Los sollozos no escritos no son molestos y se pueden aceptar en el contexto de una representación en vivo. Lo importante es que transmite, apoyado en una emisión clara y flexible, lo mismo que cuando cantaba en el primer acto: “Venga la morte! E mi colga nell’estasi di quest’amplesso il momento supremo” El retrato, ya, está completo.


En cuanto al resto del reparto, destaca Lawrence Tibbett, una de las más gloriosas voces de barítono del siglo XX. El Yago de Tibbett no le va a la zaga a Martinelli en cuanto a intención, rotundidad vocal y musicalidad. Impresiona el poderío de la voz, timbrada, amplia y homogénea. Pero también la maestría para aligerarla y buscar sonoridades muelles, sin dejar de proyectarla correctamente. En este sentido, pocos se habrán acercado a su racconto “Era la notte”, donde los piani, el fiato y el control de sus medios se ponen al servicio de una expresión insinuante y sutil. Es inolvidable como el barítono muestra las múltiples caras del maquiaveliano personaje: correcto y gentil en público, todo un caballero; servil pero intrigante con Otello, casi siempre con tonos suaves; agresivo cuando entona su Credo, y también en la escena del juramento, donde iguala la bravura de Martinelli. El fraseo tiene momentos memorables: “Temete, signor, la gelosia”, “Lo vidi in man de Cassio”, entre otros. Como excepcional es el estilo genuinamente verdiano, hoy ya perdido.

(1) Para ser solidarios con la causa de Naxos, que sólo por 12 miserables eurillos edita este Otello fabuloso, no pongo en la red más que este fragmento. Espero que lo disfrutéis.
http://www.megaupload.com/?d=NSLAO3WO

Cont.-

29/3/06

Otello, de Giuseppe Verdi

Saludos.

La ópera es una de mis razones para vivir, y Otello es mi favorita de todo el repertorio. Creo que es una obra de arte inagotable. Algo así como la Capilla Sixtina de la ópera italiana.
Siguiendo el ejemplo de otros forenses de Foroclásico, voy a compartir con ustedes algunos tesoros que he encontrado por el ciberespacio :)

Desdemona: Ilva Ligabue
Otello: Mario del Monaco
Iago: Ramón Vinay
Cassio: Antonio Pirino
Roderigo: Michael Trimble
Lodovico: Lorenzo Gaetani
Montano: Roberto Banuelas
Emilia: Joann Grillo
Heraldo: Desconocido (así dice en el cd)

Dallas Civic Opera Chorus and Orchestra
Nicola Rescigno
Dallas 30.11.1962


En efecto, es Mario del Monaco, uno de los más eximios tenores que hayan cantado el papel, quien protagoniza esta versión. Para 1962, MdM ya había pasado su apogeo, pero en esta función le encontramos pletórico: la voz, una campana de bronce que resonaba con un "squillo" único que compensaba lo que quizá – según ciertos testimonios - no era un volumen extraordinario. Además, el artista se aplica aquí a respetar parte de las numerosas indicaciones verdianas para apianar el sonido, lo que humaniza su Otello. Escúchese el poderío del “Esultate”, aun cuando la presente toma sonora privilegie lamentablemente a la orquesta, o el feroz final del Acto II. Pero también ciertas sutilezas, sí sutilezas, en el duetto del Acto I, o como respeta los pianissimi en “Dio mi potevi” (con un explosivo si bemol3 para concluir) y los conmovedores “Morta” y “Or... morendo” de “Niun mi tema”. Junto al monstruo florentino, el interesante Yago de Ramón Vinay, quien años antes había sido un discutido – o inolvidable, según otras opiniones - Otello con Toscanini y Furtwängler, y que aquí volvía a su cuerda primitiva. Luce un volumen vocal muy considerable, y una pastosa y aterciopelada voz de barítono. Cierra el terceto Ilva Ligabue, destacada soprano de los 50 y 60. Aprecio roces en el passaggio y ciertas oscilaciones en su voz, pero cumple y le da empuje al personaje en las escenas más dramáticas.
La toma de sonido nos sumerge en un estruendo orquestal que no permite apreciar la - seguramente - eficaz labor de Rescigno, pero es un documento que merece la pena.

Que lo disfruten.
Viva Verdi.


Actos III y IV: http://download.yousendit.com/0E8D4E8B134F998D
Actos I y II: