15/05/13

Cuado el talento no basta: Anna Netrebko ante Lady Macbeth.



Según parece Anna Netrebko está decidida a ampliar su repertorio hacia los papeles de drammatico d'agilità, clasificación vocal compleja como pocas ya comentada en estas páginas. De momento conocemos su intención de debutar el diabólico personaje de Lady Macbeth de Verdi. Recientemente se ha podido escuchar su aproximación a la escena de entrada del Primer Acto. Con todas las reservas de una primera interpretación pública, podemos hablar de resultados irregulares. No cabe duda de que estamos ante una voz lírica de excepcional calidad, pero nada segura más allá del do, como ya es conocido y atestigua el uso de algunos portamenti. El timbre es intenso en toda la gama pero demasiado dulce y amable para la página; tiene mucho esmalte pero no el acero que se pide en este personaje. Como casi siempre, la dicción está muy trabajada incluso en zonas incómodas, pero la declamación, la escansión del texto, es de género lírico, no dramático. En pocas palabras, no parece que esté invocando a las fuerzas del mal y augurando un baño de sangre: más bien nos recuerda a los lamentos amorosos de la modistilla Mimí en el dúo con Marcello, el número más exigente de la partitura de Puccini, pero siempre lírico en esencia. Además la habitual respiración defectuosa es un obstáculo musical y dramático: corta varias frases que quedan así desprovistas de ímpetu, aunque mejora algo en la cabaletta, rematada con cierta energía. La coloratura, que en este papel no es adorno sino caracterización, resulta insuficiente como es también usual en esta dotada pero negligente soprano. En definitiva, una interpretación pulida y bonita en sus mejores momentos y creo que con eso queda todo dicho, excepto las reflexiones que pueda suscitar la siguiente audición de otra soprano singularmente talentosa pero más cercana al tipo vocal de Lady Macbeth y, sobre todo, mucho más exigente consigo misma:



 

10/03/13

El acento verdiano: "Testimone del vostro valor, ammirarne le prove saprò! "

Dado que es el año Verdi, intentaremos dedicarle una serie de entradas a los aspectos que han creado el mito vocal del cantante verdiano, fuente inagotable de fascinación, confusión y polémicas. Para aclarar aquello que se suele llamar acento verdiano,  se propone una breve escucha comparada de un momento tenoril particularlemente atractivo. Durante el tercer Acto de "La Forza del Destino" aparece una frase que en su concicisón sirve para definir la escritura del tenor verdiano. Tras el acartonado dúo "Amici in vita e morte", Verdi le regala a Don Alvaro una de las grandes intervenciones de la ópera: fiera, noble y viril: "Testimone del vostro valor, ammirarne le prove saprò!". Las circunstancias han hecho de Álvaro amigo de Carlos de Vargas, que ha jurado matarlo. Antes de descender al campo de batalla, ambos intercambian juramentos de amistad y se profesan mutua admiración. El barítono también tiene una frase excelente, Con voi scendere al campo d'onor, emularne l'esempio potrò, pero la escritura del tenor es aun más espectacular. Es un pasaje de bravura, de los que deben estremecer al oyente, como por ejemplo encontramos más tarde en "Al chiostro, all'eremo", que sigue al duetto "Voi che si largue cure" (sobre la que posiblemente se proponga una nueva escucha).
 
 
 
Se trata de una frase que comienza sobre el do central, salta a un arrogante lab (una blanca) y sigue con un caracoleo por el pasaje para rebotar hasta el sib, la nota aguda verdiana por excelencia.
 
Además de superar la dificultad técnica estricta, se requiere una forma especial de morder la palabras, de escandirlas, en definitiva de darles énfasis y un carácter, reflejando así la situación dramática. Esto es lo que suele llamarse acento y es la mayor dificultad de cantar Verdi, puesto que la energía que debe darse a la emisión nunca debe suponer esfuerzo, ni la claridad de la declamación rotura del legato.

http://open.spotify.com/track/4cHMc2R8IB8IbGNElEEA0M

Como espectáculo, Franco Corelli parece imbatible. Al igual que en la mayor parte de los ejemplos escogidos, incorpora una pausa razonable entre ("valor" y "ammirarne") y prepara el sib enlazándolo al intervalo sol-lab anterior. Entre las virtudes: arrojo, seguridad y un gigantesco y squillante sib, pero en la segunda mitad de la frase el acento, el énfasis, se desinfla un poco. Lógicamente, el alarde desequilibra el conjunto.

http://open.spotify.com/track/1ZXrxGCj0EIGeK86bceNDg

Por su parte, el joven Josep Carreras (hacia 00:50) ya se movía en el límite entre lo cantando y lo gritado. No hace pausas, pero el salto al lab suena forzado y aunque le sobran slancio y caudal, el sonido es más bien fibroso. El énfasis y la energía se cobran forzaduras en su voz lírica.

http://open.spotify.com/track/2uKW49tJBW4Gy6ES9YyBeZ

Nítido, vigoroso y squillante, Richard Tucker parece un poco comedido para sus modos habituales. Hace la pausa y toma el sib con un curioso efecto arcada.

http://open.spotify.com/track/4kPLnw6KxnjZIb8mb6KiNU

No es sorprendente que Plácido Domingo (2:40), estando además bajo la guía de Muti, respete lo escrito y cante toda la frase sin pausas. Maduro pero fresco de voz, todo marcha bien hasta el sib, tomado con evidente esfuerzo y más bien pobre.

http://open.spotify.com/track/0byvJgB4Z0gLPED1rC9eum

Incluso en una de sus grandes veladas Carlo Bergonzi (hacia 00:40) pasa un poco de puntillas por la frase. Los agudos son discretos por metal y duración. Lo que suena antes es el presunto barítono John Shaw.
 
 
Años más tarde (Liceo, 1971) el mismo Bergonzi muestra mayor vigor y acentos más fieros, bien que no pueda competir en cuanto a squillo con Corelli o Masini. Sin embargo es ejemplar la sabiduría con que afronta el sib y aún conserva energía para acentuar las siguientes palabras ("le prove saprò"), apoyándose en consonantes sonoras y vibrantes. Tiene también interés el fraseo de su compañero, el barítono Herlea.

http://open.spotify.com/track/32gUjlS4Cc1ABv3eK672Rd

No hace una elección sabia Mario del Monaco (00:20), que comienza con arrojo y virilidad, pero introduce la pausa a destiempo y ataca directamente el sib, normalmente su mejor nota, pero aquí más bien abierta.

http://open.spotify.com/track/46RsnMzxvZA6rEMZOnG5HR

Caso aparte es Galliano Masini, cantante cuyos timbre broncíneo y modos aguerridos imitaron tanto del Monaco como Corelli. Hace la pausa lógica entre el lab de "valor" y "ammirarne". Slancio, nobleza, squillo a raudales y tensión hasta el final: Masini jamás estuvo mejor que en este registro, estableciendo un paradigma de tenor verdiano. También es el mejor acompañado, porque no se encontrará ningún barítono más nítido y altisonante que Tagliabue. De todos los escuchados, posiblemente sean los más creíblemente caballerescos.

Agradecemos al forero Rupert de Hentzau su aportación bergonziana a la cata.

24/12/12

"Macbeth": el melodrama a pesar de todo.

Muy disfrutable cierre de la serie de funciones de “Macbeth” en el Teatro Real, con dos claros triunfadores: Teodor Currentzis y el Coro titular del Teatro Real. El director griego ha mostrado grandes virtudes y una clara afinidad por el melodrama verdiano con una dirección vibrante e intensa, pero también capaz de captar la singular atmósfera dramática de la ópera, una de las primeras del autor, sino la primera, cuya música posee una "tinta" específica, en particular en la escritura de metales y maderas. Si entusiasmó con los números más grandiosos, como el soberbio Finale Primo, sobrecogedor por la amplitud y fuerza de coro y orquesta, también consiguió dejar mudo al público con la desolada intensidad de “Patria opressa”. Currentzis disfruta con este repertorio y sabe cantar con los solistas, sosteniéndolos antes que poniendo una barrera entre ellos y la audiencia (los chelos doblando la línea de “Pietà, rispetto, amore”). Su entusiasmo se canaliza sin altibajos en brío e intensidad antes que en volumen, salvo en algunos momentos algo ruidosos. Si su gestualidad es desgarbada y heterodoxa es secundario, puesto que es eficaz y por fin se ha podido escuchar un Verdi orquestalmente poderoso en el Teatro. Esta energía desbordada impregnó incluso los pizzicati del coro conclusivo, número que se permitió cerrar con un efectista pero electrizante regulador. Una dirección, en fin, que por sí misma compensa haber presenciado el espectáculo. Sólo cabe reprocharle el no haber atenuado las sonoridades durante las escenas nocturnas, el gran dúo del Acto Primero y la escena del sonambulismo. Es de esperar que estos matices, que redondearán la interpretación, llegarán con el tiempo. Al mismo nivel el coro: estremecedor en el citado “Schiudi, Inferno” y emocionante en la expresión de los sentimientos más patrióticos de la partitura.

25/11/12

La O.F.M., en su mejor momento

 
Brillante concierto conmemorativo de los 25 años de la Orquesta Filarmónica de Málaga bajo la dirección de quien fue su primer director, Octav Calleya.
 
La primera parte tuvo un carácter marcadamente festivo, con piezas de exuberante melodismo servidas con convicción y finura, en particular la olvidada Rapsodia sinfónica, Op. 66 de Turina. La colaboración de Raluca Ouatu también sostuvo el interés del estilizado folclorismo de estas piezas.
 
Sin embargo lo excepcional llegó en la segunda parte, con una ejecución de la "Heroica" que se recordará muchos años. La mejoría de la orquesta se puso a prueba con uno de los grandes hitos del género, y podemos decir que la superó con nota. Además existió una guía personal y con profundo contenido filosófico. Y es que Calleya planteó una interpretación totalmente ajena a las modernas tendencias historicistas, marcada por la amplitud del fraseo y los tempi espaciosos, además de un sonido muy expresivo, en particular de la cuerda. En el primer tiempo, quizá el movimiento sinfónico de más compleja ejecución de todo el repertorio, todo transcurrió con demasiada tersura, sin que las numerosas asperezas de la música (caso del desarrollo) adquirieran su debida relevancia. Nada hacía esperar la tremenda fuerza emotiva de la Marcha fúnebre, una experiencia musical que no puede olvidarse. Belleza y expresividad, con frases cargadas de dolor y ese sentimiento de congoja universal que hace sublime a esta música. Brioso Scherzo, bien ejecutado por la trompas en el Trío. Siempre es difícil que el Finale no dé la impresión de anti clímax, pero en este caso se mantuvo el interés y Calleya consiguió que la sencilla melodía procedente de "Las criaturas de Prometeo" adquiriera un fervor digno de una gran oración fraternal. No obstante, el tutti con los metales cantando sobre la cuerda tuvo algún pasaje confuso. Igualmente, una noche muy especial.

22/11/12

Comentario a "Los peores XI: Tito Gobbi"

(No cabiendo el texto que sigue en el espacio para comentarios del post que precede, me veo obligado a publicarlo como otra entrada, pero por esa razón, he de señalar de entrada la filiación de este texto con aquél.)

Los años 50 constituyeron una época que, para bien y para mal, determinó el sino de la producción discográfica operística de las décadas siguientes. Terminada la Segunda Guerra Mundial, que había supuesto una ruptura casi radical con la vida cultural antecedente, el colosal “decíamos ayer” practicado esta década conllevó, además de innumerables adelantos (en cabeza de los cuales el LP, al convertir en accesibles para el público medio grabaciones integrales de óperas completas, llevó a cabo una labor de divulgación desconocida hasta ese momento), significativos errores estilísticos sobre la verdadera significación artística de ese “ayer”. Y Tito Gobbi es, probablemente, el mayor de todos esos errores estilísticos.

El naturalismo en el melodrama italiano incurrió, sin duda, en exaltaciones que, cambiado el gusto y la sensibilidad del público, fueron consideradas como “excesos”. Y en ese sentido, en la década de 1950 se produjo una tormenta estilística perfecta: ante un público que comenzaba, de forma incipiente, a superar el gusto folletinesco del verismo, y en un momento en que los medios técnicos posibilitaban la difusión de óperas completas al gran público, una nueva generación de estrellas vocales retomaba el estilo de las grabaciones antiguas con un plusquamverismo exhibicionista que no sólo contaminó como la peste otros estilos canoros (Verdi, bel canto, ópera francesa), sino que también perjudicó al propio verismo, al exarcerbarse la ostentación vocal y el efectismo en detrimento de la acentuación dramática insertada en el fraseo, y éste, en el canto sul fiato. Así se hicieron célebres Giuseppe di Stefano, Mario del Monaco o Ettore Bastianini.

Pero Tito Gobbi no tenía ostentación vocal que exhibir. La voz era paupérrima, sin armónicos, elíptica en el grave y calante y tirantísima en el agudo (uno de los pecados veniales predilectos de los odiadores de Gobbi era escuchar, en Falstaff, la forma en que sus respectivos Fords, que solían ser músicos muy profesionales, iban al Sol b3 en la frase e questo madrigale l'ho appreso a prezzo d'or y él repetía las mismas notas con las palabras quest'è il destin fatale del misero amator, con resultados ruborizantemente inferiores, y en ocasiones, amateurs), con un legato pobre que dificultaba el juego dinámico y estrangulaba el pasaje de registro, y sobre todo, terriblemente fea. Y por ello se consagró en cuerpo y alma al efectismo de una forma desconectada del canto, y por eso, de todos ellos (salvada la ofensiva irresponsabilidad artística de Giuseppe di Stefano, que merece un capítulo aparte, pero versa sobre un cantante que en algún momento llegó a cantar francamente bien), el legado artístico de Tito Gobbi fue, en términos absolutos, el más nocivo.

Y lo fue por su pretendida capacidad de “renovar”, “reinventar” y “modernizar” un repertorio escrito para la voz humana sin apenas empleo profesional de la voz humana. El nuevo “tomarse en serio” a sí mismos de los roles operísticos producido en los 50 dio un contenido inusitado a la figura del actor-cantante, cuyo paradigma, una figura absolutamente revolucionaria en el valor del teatro cantado, fue Maria Callas. Imbuida por su mito, por la capacidad eléctrica de la griega de dotar nuevos significados a archiconocidas arias (¡y recitativos!), su discográfica trató de repetir la fórmula a través de Boris Christoff y Tito Gobbi. Pero allá donde Callas exhibía una preparación técnica excepcional y una fantasía dramática inmarcesible, ninguno de los dos varones poseyó nunca una cosa ni la otra. Al menos, Christoff se pavoneaba de unos medios vocales de aburrida, aunque imponente, autoridad, pero Gobbi ni siquiera tenía eso. Con lo cual, únicamente le quedó la hiperreflexión, el afilamiento del significado de cada palabra que le hiciera actor, si no cantante. Lo grave fue el éxito de la fórmula: si “cantar” era derrumbar anfiteatros con los medios de Merrill, Protti o Bastianini, “actuar” era lo de Tito Gobbi. Y así, los mayores artistas vocales de la cuerda de barítono de las últimas décadas, genios vocales que elevaban su conmovedora expresividad desde el canto y para el canto, fueron a menudo ignorados, tenidos como falsos pensadores, híbridos que no terminaban de ser actores ni cantantes, y en el mejor de los casos, ídolos de melómanos minoritarios pedantes, frikis y snobs. Fue la suerte que corrieron Giuseppe Taddei y Sesto Bruscantini primero, y Matteo Manuguerra y Renato Bruson después, mientras artistas mucho menos imaginativos como Piero Cappuccilli o Sherrill Milnes eran elevados a los altares. Tan sólo Cornell MacNeil, un excepcional cantante-actor de apreciabilísimo sentido estilístico, consiguió sobrevivir a la malveristización que Gobbi y otros abanderaban, gracias a unos medios vocales descomunales que lo convirtieron en una estrella de un superteatro como el MET. Sic transit gloria mundi.

¿Pero qué hay de cierto es esa capacidad “reinventadora”? ¿Fue Tito Gobbi, con todo y pese a todo, un revolucionario de la capacidad expresiva del repertorio de su cuerda, de forma equivalente a la que Maria Callas lo fue para la suya? Duele decirlo cuando se conoció el repertorio a través de las encarnaciones de unos cuantos cantantes entre los que las personificaciones de Tito Gobbi tenían un peso tan singular (y se han querido tanto), pero a la luz de los años trascurridos desde la emergencia de su legado, puede decirse radicalmente que no. Tito Gobbi, entiéndase, era una persona de una inteligencia respetable que buscaba los signos de expresión con cierta habilidad. Sabía, en palabras de Rodolfo Celletti, cuándo corresponde cantar piano y cuándo forte. En ese sentido, el perfilado detallista de sus encarnaciones es, en líneas generales, superior al de la mayor parte de sus colegas coetáneos. Lo que ocurre es que la imagen resultante de ese perfilado podrá ser, para entendernos, menos “pixelada” que lo habitual, pero en su significado último casi nunca se aparta de lo que, en el fondo, no es sino una percepción burda de lo que significó el verismo. Furia imitada con el afectado afeamiento de una voz ya de por sí muy fea, sorna que sólo se expresa mediante la bravuconada, momentos supuestamente introspectivos cuyo único sonido es una imitación de la media voz con sonidos abiertos, fijos y destimbrados, la desafinación empleada de forma prevaricante como signo expresivo de pesar o esfuerzo, etc. Así, casi todos sus personajes se volvían, en palabras de Alice Ford, Fandonie che ai bamboli raccontan le nonne con lunghi preamboli per farli dormir. Si ya sus encarnaciones más reputadas (Falstaff o Scarpia, de cuya supuesta vulgaridad convenció a todo el mundo de la ópera durante más de 20 años) exigen una revisión, la exportación del modelo a otros roles podía llegar a ser catastrófica, y en ese sentido, el ejemplo paradigmático me parece el Jago de Otello, que registró en 1960 bajo la batuta de Tullio Serafin. Un personaje para el que (como para tantos otros) no tenía la voz (qué cosa sean el el brindis, el Credo o el Questa è una ragna sólo Dios lo sabe), pero además, privó de toda profundidad, transformando la calculada vileza, los complejos reprimidos y los sentimientos contradictorios del antecedente literario en un malvado de teatro de marionetas (en ese sentido, el horrísono Noooooo! final vale por toda la ópera). La suma de todos esos clichés (Tito Gobbi es uno de los cantantes de los que con mayor razón -y mayor desdicha- puede decirse que siempre hacía de Tito Gobbi), de tan efectista, ha sido absolutamente censurada por el paso del tiempo. Si alguna vez lo fue, hace ya tiempo que cantar ópera no es lo que hacía Tito Gobbi.

De tan vasto y tan devaluado legado, poco se tiene ya en pie: para mí gusto, un papel a medias y otro, casi completamente. A medias puede tener aún un pase su Simon Boccanegra. Su voz horripilante no puede evocar la nobleza ni la virilidad del personaje, pero la altura política y moral de la parte (en esto, bastante distinta de las que solía encarnar) hace que el cantante renuncie a sus esquemas de villanísimo y nos ofrezca la ilusión de una amargura macerada, la desdicha de un deseo de amar (y haber amado) que la vida no le ha permitido, y que aflora casi con ternura en el dúo con su hija. Ello no llega a compensar el frecuente embarazo de la línea de canto (notorio casi en cada ocasión en que hay que cantar tendido) pero salva el papel, como decía, a medias. Mucho más conseguido, y de hecho, su único logro artístico capaz de inscribirse en la posteridad (desde luego, mucho más que su cacareado Schicchi; un hombre ácido que no sonríe, no quiere que nadie sonría y canta muy mal) me parece el Michele del Tabarro grabado para Belleza en 1955. Sin apenas frases de canto ligado (la sustitución pucciniana del aria Scorri, fiume eterno por el punzante arioso Nulla, silenzio favorece enormemente a Gobbi), ni gestos a la galería por parte de un personaje que, en el fondo, está completamente solo, le permite explorar en el desencanto vital del rudo superviviente al que se le ha olvidado querer porque ya no le quieren. No diría que el final, tan efectista, constituya un grandísimo momento de ópera, pero sí lo es, absolutamente, el dúo Com’è difficile l’esser felici con Margaret Mas. Despojado de los gestos artificiales con las cejas arqueadas, los “malismos” (y los “buenismos”, que no eran mejores), las desafinaciones “expresivas” y todo lo demás, Gobbi encontró en ese momento, siquiera por una vez, la Verdad.

16/11/12

Los Peores (XI): Tito Gobbi


Ésta es la entrada de la presente serie más largamente meditada, puesto que el caso de Tito Gobbi es el más especial de todos los cantantes repasados hasta la fecha. Los mitos de Corena o Evans caen por su propio peso: el de Gobbi es lo bastante complejo para tener que desmontarlo. El interés de su legado sigue siendo muy superior a los de MacCracken, Bonisolli y Schreier (quizá incluso sumados). En conjunto podemos reconocer incluso una parte legítima en el prestigio artístico que mantiene. Una fracción muy menor con respecto a la sobredimensionada importancia que se le dio durante décadas, sin duda, pero existente.
 
Hay dos grandes razones para considerar a Tito Gobbi un cuerpo extraño dentro de los grandes nombres de la Ópera. La primera, obviamente,es que no era un gran cantante entendiendo este término como el conjunto de vocalista, músico y actor. La segunda, sub specie aeternitatis, reside en el enorme daño que su filosofía y su trayectoria hicieron y aún hacen a la cuerda de barítono.
 
Gobbi tenía una voz modesta, siendo generosos, desde cualquier punto de vista. Únicamente una pequeña franja central sonaba nítidamente baritonal y convincente. Esto no significa nada: un grandísimo cantante como Giuseppe de Luca también tuvo una voz modesta y además durante una época caracterizada por voces suntuosas. Sin embargo, al contrario que su antecesor, nuestro protagonista también tenía una técnica deficiente. Su concepto de emisión era asombrosamente rudimentario para haberse formado durante los años treinta: cualquier neófito que escuchara primero a de Luca y luego a Gobbi sería incapaz de creer que se trata de dos cantantes de la misma cuerda. Su principal rasgo era una acusada nasalidad que sustituía al redondeo de vocales y por tanto al enmascaramiento: el llamado birignao heredado del verismo a través de Titta Ruffo. Este desagradable efecto, tendente a lo que Rodolfo Celletti bautizó como "mugido", se acusaba desde la zona de pasaje hacia arriba, donde cualquier cosa podía suceder: sonidos sordos que no alcanzaban ni de lejos ningún resonador superior, otros abiertos que apenas podían calificarse de musicales y algunos apenas identificables como humanos. Un vibrato del tipo "martilleante" completaba una de las voces más indiscutiblemente feas de la historia del disco. En la base de esta falta de cuidado en la emisión se encuentra, como se podía esperar, la ausencia de un sólido apoyo sul fiato. La crítica inglesa, John B. Steane en particular, ha minimizado siempre los problemas alegando que nadie producía tantos colores con su instrumento, pero existen muchas formas de producir los colores y la mayoría de las que usaba Gobbi eran espurias. Como su media voz, destimbrada hasta convertirse en un tono inquietantemente plano y pobre, de textura similar al sintasol; a menudo el falsete asomaba entre el rosario de sonidos de tercera división. En todos los casos, en forte o en piano, la afinación tampoco era muy segura. Con este precario bagaje de vocalista, Gobbi, que tenía una buena formación musical, construyó su figura siendo ante todo actor cantante, siempre desde la perspectiva verista del término. Quiere esto decir que orientó todos sus recursos hacia la búsqueda de la "verdad dramática" en su faceta más brutal: si el personaje debía imprecar, Gobbi simplemente gritaba; si se trataba de un villano infame, Gobbi suponía que la abyección moral sólo podía transmitirse a través de la máxima fealdad vocal. Esto era un indicio de que entre todos los registros posibles, su mayor afinidad se encontraba en la expresión torva, seguida a corta distancia por la chocarrería.

16/09/12

Colomer y el fruto del trabajo.

La orquesta Filarmónica de Málaga confirma su progresión bajo la dirección de Edmon Colomer con el que fue, probablemente, su mejor concierto de los últimos años.
 
 
El programa, exigentísimo, incluyó dos obras maestras de un autor, Brahms, con el que la orquesta siempre ha tenido problemas para obtener el sonido amplio y compacto que debe resolver el intrincado tejido armónico que caracteriza sus obras. La mejoría desde la anodina Segunda de hace un par de años ha sido espectacular: la orquesta toca un verdadero legato, con una sección de cuerda produce por fin ese sonido cálido y robusto que es la base de la orquesta romántica y que sostiene a las familias de vientos y metales. Colomer empleó toda su energía en motivar a su gente y ésta ha respondido con entusiasmo, en particular en el Finale de la Primera. Sólo los chelos siguen adoleciendo de cierta falta de cuerpo. Por el contrario, en algunos momentos el timbal resultó invasivo.
 
La primera parte estuvo a buen nivel, aunque el Concierto en re menor pecó de cierta morosidad y academicismo en el comienzo del Maestoso. Alexei Volodin imprimió un mayor ímpetu juvenil a la ejecución. Se trata de un pianista que sabe alternar exuberancia e introversión, con un bello pianissimo. Sólo se echó de menos algo más de penetración en los arduos trinos del primer tiempo. En la coda del Finale ofreció esa emocionante sensación de intérprete que hace música en estado de inspiración verdadera.
 
Colomer plantea una Sinfonía en do menor dramática, urgente, resaltando el conflicto contenido en el complejo juego polifónico del primer tiempo. Pero también supo conducir los remansos, como esa sublime primera coda, y planificar los clímax del Finale. Muy bien expuesto el juguetón Allegretto. Un concierto triunfal.

02/09/12

Bayreuth en el Liceu de Barcelona

Direcció musical
Sebastian Weigle

Repartiment:
Ricarda Merbeth
Michael König
Franz-Josef Selig
Benjamin Bruns
Samuel Youn
Christa Mayer
Orquestra i Cor del Festival de Bayreuth

Si uno tuviera que juzgar a partir de los aplausos, diría que ayer se vivió una representación histórica en el Liceu. Si nos atenemos a lo escuchado y estamos dispuestos a ser generosos, se trató de una buena noche de ópera.

Los puntos fuertes de la ejecución - no escenificada - fueron los previsibles: el placer de escuchar una orquesta y un coro de primer nivel en su repertorio guiados por una mano solvente. Al principio se notó la voluntad de limitar el volumen de sonido, pero la orquesta no tardó en soltarse: raras veces se escucha un sonido tan grande y a la vez tan calibrado y de tanta calidad en todas las secciones. No obstante hay que decir que Sebastian Weigle también obtuvo acompañamientos líricos: de hecho si hubiese que quedarse con un detalle sería el acariciador timbre de los chelos que envolvió las voces de Senta y el Holandés durante su gran dúo. Un pasaje muy especial. Weigle destacó sin compejos la inspiración popular de algunas  músicas, durante las cuales se pudo observar a varios miembros de la orquesta particularmente motivados. A veces, en algunas intervenciones del viento metal que incluso hicieron temblar las butacas, demasiado. El coro del Festival estuvo a la misma altura tanto en decibelios como en calidad (excepto quizá los tenores). Se puede afirmar, por tanto, que el miedo al "bolo" por parte de coro y orquesta, queda olvidado.

En el reparto sólo destacó la Senta de Ricarda Merbeth, voz de rango lírico, bien emitida en la zona alta y capaz de correr con solvencia por el teatro. Durante la noche fue mejorando en las dinámicas suaves, que en sus primeras intervencios fueron de afinación dudosa . Desde el punto de vista expresivo cantó con buena línea y con cierta idea de destacar el aspecto alucinado del personaje. Su interpretación debería ir creciendo con el tiempo si fuera capaz de profundizar en la poética y eliminar los clisés (entre ellos, una gesticulación que recordaba a las actrices del cine mudo).

Por desgracia el papel titular no estuvo servido a la misma altura. Samuel Youn, barítono de voz discreta, un poco fibrosa y sin interés tímbrico, estuvo correcto y musical en el citado dúo, donde la expresión lírica le conviene y cantó con linea plausible, incluso con matices dinámicos. Sin embargo, en el gran monólogo del primer acto la escritura le resultó ardua, no impresionó en ningún momento y su expresión fue genérica. En resumen, no existió un protagonista con relieve trágico que contribuyese a situar en segundo plano las irregularidades de "Der fliegende Holländer", una ópera en la que lo accesorio se justifica por la grandeza de este personaje.

Selig tiene voz de bajo, robusta además, y resulta simpático dentro de una forma de cantar un poco basta. También hay que decir que musicalmente Daland es de interés limitado.

Michael König no merece mucho espacio: una de las peores cosas jamás escuchadas. Una voz de Parpignol emitida de forma infame, que no corre en absoluto y casi mejor que así sea, después de escuchar algunos de los agudos desembuchados en el último acto. En su corto pero lucido papel incluso un tenorino como Bruns demostró tener mayor interés; feble pero agradable.
 
Por último, se apunta que el teatro estaba lejos del lleno, lo que unido al balance artístico arroja sombras sobre el éxito de la noche inaugural de este festival wagneriano...

20/05/12

Digresiones sobre la muerte de Dietrich Fischer-Dieskau

El pasado viernes desaparecía uno de los pocos cantantes de los que se puede decir que cambiaron para siempre su arte. De los nuevos caminos que Dietrich Fischer-Dieskau abrió en la interpretación del Lied podría escribirse un libro: quizá el mismo tendría un epílogo amargo, dados los malentendidos que sus seguidores, alumnos e imitadores han perpetuado.

Los comienzos de la carrera de Fischer-Dieskau se sitúan en las ruinas de Alemania: en tal contexto de locura y desolación, la racionalidad extrema de su arte se presenta como una vindicación de la belleza e incluso de la misma civilización europea. Tampoco se puede decir esto de muchos cantantes: aun menos si pensamos en los derroteros que en los años 50 tomaron las cuerdas masculinas.

Su actividad contribuyó a establecer un nuevo paradigma de cantante que ya nunca más podría dejar de ser también y antes que nada, músico. También su relación con el estudio de grabación fue simbólica de los nuevos tiempos: el disco como diario sonoro, como registro casi continuo de la evolución del artista. También de su progresiva pérdida de espontaneidad y una ambición enciclopédica.

Quizá no sea el momento de desarrollar estos pensamientos sueltos. Quizá ese momento nunca llegue. Entre tanto proponemos la siguiente audición. Un "Dichterliebe" recogido en el "Concert of the Century" en el que un cantante que ya había pasado su mejor forma vocal (en "Ich grolle nicht" acaba prácticamente gritando) consuma una de las cimas de sutileza y profundidad de toda su carrera. A su lado, el genial y estimulante acompañamiento de Vladimir Horowitz.




05/04/12

Clásicos revisitados: Die Zauberflöte (Herbert von Karajan, 1950)

La plasmación en disco de La Flauta Mágica es una historia de falsos antagonismos. Si hoy el debate interpretativo se centra en si la Flauta es en sí la ópera prerromántica (y por prerromática quiere decirse preexcesiva) por la que históricamente se ha tenido, o si es, por el contrario, un cristalino trabajo posbarroco, como la “auténtica” escritura, orquestación, contexto, vocalidad, afinación y estilo parecen reivindicar (antagonismo, como dije, falsísimo), en las décadas precedentes el debate, no menos mendaz, fue muy diferente. Se trataba entonces de descubrir si La Flauta Mágica, esa historia con princesas raptadas, serpientes amenazantes, sabios, pruebas mortales, héroes y hombres vestidos de pájaro, era más un dulcísimo cuento de hadas (visión cuyo arquetipo discográfico había sido la “mágica” primera grabación de la partitura bajo la dirección de Thomas Beecham) o un monumento casi sacerdotal, teñido de claves masonas pero sin ser cautivo de las mismas, a recónditos y profundísimos significados universales de solidaridad entre los hombres e “iniciación” en la Virtud universal, tal y como entendieron la obra, paradigmáticamente, Wilhelm Furtwängler y, sobre todo, Otto Klemperer.

Nuevamente, el antagonismo no es sincero. Porque no cabe duda de que en una ópera como La Flauta Mágica, ese singspiel sobre princesas raptadas, sacerdotes, héroes, filosofía, serpientes amenazantes, claves masonas, hombres vestidos de pájaro y hermandad universal, hay algo de todo ello, y el talento consiste en sintetizar esos elementos para expresar una tesis propia. En el fondo, preguntarse si la Flauta trata más sobre Tamino que sobre Papageno es como querer saber si Ariadne auf Naxos es una obra “de Ariadne” o “de Zerbinetta”, o si aquel genial dramma giocoso, como bautizó Mozart a su Don Giovanni, es más dramma o más giocoso (y no nos engañemos: todos esos debates han existido). La perspectiva de la discografía comparada debe, pues, permitirnos acceder a la iridiscencia interpretativa (y mucho más en La Flauta Mágica) sin ser rehenes de dogmas ni lecturas platónicas.

Sin embargo, y por improcedente que nos resulte la distinción a los ojos actuales, la crítica discográfica “clásica” no sólo ha distinguido las lecturas, por decirlo así, “papagenistas” de las “taministas” de esta ópera, sino que ha mostrado, además, una notoria preferencia intelectual por esta segunda perspectiva, que ha sido empleada para afirmar, en primer lugar, lo errado de considerar la música de Mozart como un mero divertimento para aristócratas (como si hiciera falta encontrar significados secretos a la música tan espontáneamente genial como la del salzburgués para advertir esa citada genialidad), pero sobre todo, para emparentarlo con la música germánica de los siglos venideros (confesadamente con Beethoven o Weber, y quizá, en algún lugar de su subconsciente, con Wagner, Mahler o incluso Bruckner). Y así, a las batutas que realzaban el elemento mágico, fabuloso, de la obra, por muy bien cantadas y dirigidas que hayan estado, se les ha reprochado haber escogido el camino “fácil”, el haber contado “únicamente” el cuento de hadas.

Por ello, la lectura de Herbert von Karajan para EMI en 1950 se revela, casi de forma involuntaria, de una modernidad sorprendente. Sorprendente, en primer lugar, hacía sí misma, pues buena parte del equipo vocal (fundamentalmente femenino) responde a dejes expresivos y estilísticos embelesadores, sí, pero bastante decadentes (aparte de que la toma sonora, siendo más que aceptable, no deja de recordarnos de que se trata de una grabación mono de 1950). Pero Karajan (que sin duda ha estudiado bien la grabación de Beecham, y que sin duda no conoce la de Klemperer, que se hará 13 años después), apoyado en la espléndida respuesta de la Filarmónica de Viena, opta por contar el relato con encanto y entusiasmo, pero sin apretar, permitiendo que la fábula aparentemente inofensiva “respire” y sugiera sus propios significados sin llegar a enfatizar ninguno. Así, Karajan resulta menos edulcorado (e incluso podría decirse que menos previsible) que Beecham, y por descontado, menos solemne que Klemperer y Furt (cuya visión muy probablemente conoció -en la época de la grabación era Furtwängler que dirigía prácticamente al mismo cast en Salzburgo, de lo que nos ha llegado un testimonio en vivo- y del que no es descabellado pensar que quisiera diferenciarse), pero indudablemente personal, basado en un lirismo que equilibra muy bien el empuje con el sosiego, con una enorme dulzura y amor por esta música y una fluidez narrativa en el umbral de la magia. Desde el albor de la discografía de la obra, Karajan demuestra así que la contradicción intríseca e inconciliable, la dicotomía nuclear vista por la crítica en esta ópera, carecía de fundamento.

El cast responde satisfactoriamente. Nunca la complementariedad entre Tamino y Papageno ha estado tan bien descrita mediante el fraseo de los cantantes como en el caso de Anton Dermota y Erich Kunz. Ambos cantantes responden así a un mismo universo prosódico que prima el sentido de la palabra y de la frase (más palabra en el caso de Kunz, más frase en el de Dermota) por encima de la mera ejecución musical. El impresionante talento de Dermota para crear los más variados claroscuros lo inscribe directamente en la cumbre de Taminos mitológicos, sin la luz vocal de Wunderlich ni la dulzura de Simoneau, pero con una pericia única en el “decir cantando” que constituye su sello personal. Kunz es un pajarero de insólita elegancia, con una articulación portentosa y un gusto por el detalle vedaderamente exquisito. También Ludwig Weber hace con el fraseo, algo menos imaginativo que el de sus colegas, lo que la voz comienza a no poder hacer (la desigualdad de registros pasa de lo llamativo), mientras que el voluminoso Orador de George London impone casi más que Sarastro. Únicamente Peter Klein resulta indiferente en un Monostatos artesanal.

No andan tan bien las cosas entre las voces femeninas. La mejor de todas es Irmgaard Seefried, gran conocedora de la parte, radiante, joven y expresiva, con un encanto que compensa la relativa modestia del instrumento y la exagerada fijeza de los agudos. Fijeza a la que tampoco es ajena Sena Jurinac (algunos agudos en piano son de existencia dudosa), que comanda un trío de damas no especialmente afortunado. Tampoco lo es en exceso el trío de niños, tres mujeres que han recibido la orden clara de limitar su vibrato natural y asemejarse lo más posible a unas voces blancas. El esfuerzo, sin duda, es loable, pero el resultado tiene algo de impostado que le resta magia a la maravillosa música de estos personajes. Y Wilma Lipp, estimada Reina en su momento por su capacidad de hacer de hacer frente a la escritura estratosférica del papel, no destaca por su habilidad técnica: la emisión no siempre es estable y la coloratura es bastante aproximada, además de que su voz de ligera y su falta de intensidad en el fraseo superficializan el retrato de la Reina. Al menos Emmy Loose, al despojarse de su papel de Primer Niño, se lo pasa bomba cantando con Erich Kunz el dúo de Papageno y Papagena.

En síntesis, un disco de los de siempre al que, si se vuelve sin prejuicios, es capaz de encontrársele nuevos y sugerentes perfiles, mucho más actuales de lo que se pudiera pensar, además de un buen puñado de artistas del canto mozartiano de otrora, dueños de unas personalidades musicales hoy muy difíciles de encontrar.

19/02/12

Brahms, siempre Brahms

Pocas razones existen, como no sean las programáticas, que justifiquen la presencia en concierto de la Obertura de la música incidental de "Turandot" de Carl Maria von Weber. Se trata de una aburrida y repetitiva pieza de escasísimo valor que no hay forma de hacer interesante. A continuación Guschlbauer dirigió un pulcro pero poco inspirado Concierto nº 23. Al piano, el interesante Javier Perianes, quien mostró más vuelo en el bellísimo Adagio, con expresivas dinámicas suaves. Sin embargo pareció un poco borroso en algunos momentos y su discurso da la impresión de discontinuidad, como si estuviera basado en impulsos de corto recorrido.
La segunda parte compensó la ligera monotonía con una ejecución más que respetable - sólo faltó algo de empaque en la última variación - de las "Haydn-Variationen". Esta magistral partitura representa la esencia de la música de Brahms: nunca igual a sí misma, tan pronto como surge ya distinta, en cambio permanente. La experiencia musical como símbolo de la percepción heraclitiana del mundo y de nuestra propia existencia: en el mismo instante ya nada es lo mismo. Pese a la pretensión de recuperar este espíritu inquieto, no hay ninguna profundidad en las Metamorfosis sinfónicas de Hindemith. Música estéril y aparatosa en la que para remate reaparece la machacona chinería de Weber. La orquesta, que en las partituras del S. XX está más cómoda, ofreció una interpretación sólida.

27/11/11

Referencias: Il canto (IV)

Historicismo y prevaricación.
Mención aparte merece el capítulo dedicado a las "arbitrariedades y falsificaciones" que entonces comenzaban a invadir la ejecución historicista del melodrama barroco. El tiempo ha confirmado los miedos de Celletti respecto de la extensión de dos prácticas vocales que hoy son dogma: la asignación de los papeles de los castrados a los llamados contratenores y la veda ejercida contra la técnica basada en la máscara. En el primer caso se señala que incluso el término es absolutamente falaz desde el punto de vista histórico, algo bastante irónico desde luego: nunca hubo una cuerda de contratenor, sino una voz intermedia en la escritura polifónica usualmente asignada a un tenor. El "falsetista artificial" nunca pisó un teatro de ópera, habiendo sido su función histórica la de un "faute de mieux" cuando las mujeres no podían cantar en la iglesia. Tras la desaparición de los castrati, la evidencia histórica muestra que se confió sus papeles a las contraltos: los tratadistas de la época además tenían muy claras las deficiencias de los falsetistas para cantar en un teatro. Por otro lado, las consideraciones realizadas sobre la técnica de los "contratenores" siguen teniendo validez a pesar de las mejoras que han conseguido en los últimos veinte años: la impostación basada en el sonido fijo y poco flexible, condenado a moverse entre lo estridente o lo endeble; la ausencia del colorido y la morbidez que sólo pueden obtenerse mediante la unión entre registros y la emisión "coperta". Actualmente incluso en una voz de calidad como la de Bejun Mehta se detecta falta de apoyo en las regulaciones y sonidos forzados en los intervalos grandes o los ataques comprometidos al agudo. No hay que darle muchas vueltas: los castrados, como las mujeres, estudiaban la técnica para fusionar la robustez del registro de pecho con el squillo del superior (llamado de cabeza en general); los falsetistas sólo funcionan con las resonancias superiores y si por casualidad emiten un grave en registro de pecho, la ruptura de color es anticanónica. La de los falsetistas es la realización más paradigmática de los preceptos de la nueva escuela vocal historicista. Celletti cuenta que en una oportunidad dialogaba con un director de orquesta inglés que estaba al frente de unas representaciones de una ópera de Jommelli. Durante los ensayos exigió al reparto que abandonara la impostación canónica en favor del típico sonido fijo - es decir, no sombreado desde el pasaje - que aspiraba a ser auténtico. Dos de los cantantes italianos fingieron seguir el juego hasta la "prima", cuando cantaron según las buenas reglas, dejando al resto de intérpretes en evidencia. Este canto auténtico, según el nuevo dogma, pretende desvincularse de la escuela de Manuel García (hijo), como si el canto sul fiato, el pasaje entre registros y el enmascaramiento hubiesen sido su invención: "García no inventó nada. Se limitó a codificar y a ordenar lo que había aprendido de su padre, tenor educado en el Settecento tardío. Pero antes de él las enseñanzas de la escuela del Settecento se habían expuesto en el "Méthode du chant du Conservatoire" (1804), redactado por el tenor Mengozzi (...), que recogía, por mediación de su maestro Guarducci, a la escuela boloñesa de comienzos del Settecento (Pistocchi, Bernacchi). El llamado canto sul fiato, conectado estrechamente al sonido enmascarado, fue objeto de teorías por parte de Tosi en 1723 y de Mancini en 1774. (...) Mancini recomendaba la emisión sobre el aliento porque permitía hacer vibrar la voz (...) Ambos teorizaron sobre el pasaje entre registros". Por desgracia las nuevas teorías, a través de su dictatorial aplicación, han terminado siendo aceptadas por los oyentes y hoy es posible leer en los foros que para abordar el Barroco no hay que usar la técnica basada en el apoyo y la máscara. Hace un tiempo me contaban una historia similar a la relatada por Celletti. Por lo visto hay una profesora de canto en un Conservatorio Superior (no diré de qué ciudad) que aconseja a sus alumnos evitar la resonancia del "antifaz" (sic) y dirigir la voz hacia el "palomar" de la frente. También se les anima a cantar sin preocuparse del apoyo. Los resultados son los esperados: tenores de voz blanqueada que se mueven entre el falsete y el grito, bajos y barítonos incapaces de emitir una nota cubierta por encima del re, sopranos estridentes que han hecho dogma de los defectos de las escuelas anglosajonas de posguerra, contraltos con la voz embotellada en la faringe; en general, poca capacidad para ligar y modular el sonido, resultado inevitable del descuido del apoyo en beneficio de la colocación artificial en los resonadores de la frente. En consonancia con la interdicción sobre la "escuela de García", esta falsificación de ha extendido también de las óperas italianas de Mozart, objeto de otro capítulo ("Mozart masacrado") y del Lied. Con respecto al salzburgués, Celletti lamenta también la falta de fantasía en los recitativos y la frigidez expresiva impuestas por los directores anglosajones. Más de veinte años después, discutir todo esto parece tener poco sentido ante los hechos consumados.

24/11/11

Beethoven, por fin

http://www.teatrocervantes.com/es/genero/ofm/ciclo/80/espectaculo/1049

Faltaba la prueba de Beethoven para constatar la evolución de la Orquesta bajo la titularidad de Edmon Colomer y la superó con creces. Tras una sólida obertura "Coriolano", en la que la dirección destacó las dinámicas con agudeza dramática, sucedió la mejor interpretación de música de Beethoven escuchada en Málaga desde que Barenboim dirigió "Leonore III" hace unos años. Además de un Colomer flexible y atento a la atmósfera arrobada de esta singular obra, se escuchó un trabajo solista excepcional. El pianista libanés Abder Ramán el Bacha causó admiración por su radiante claridad, particularmente por la belleza y nitidez del toque en las dinámicas suaves. Recitó su parte con la variedad de inflexiones de un poeta y no faltaron los necesarios contrastes en el primer tiempo, donde predomina el ensimismamiento lírico pero también hay lugar para lo heroico y lo humorístico. En el sobrenatural Andante brilló su habilidad para cantar e insufló una vitalidad irresistible al Rondó. La orquesta confirmó casi por completo con la Séptima Sinfonía las virtudes percibidas en la primera parte. Violonchelos y contrabajos parecen cada vez más motivados y tuvieron suficiente brío en las codas de los tiempos extremos, fragmentos donde una orquesta debe demostrar que posee un sonido "construido" desde abajo. Sólo hubo que lamentar la falta de presencia de la cuerda aguda en las escalas ascendentes de la introducción Poco Sostenuto: el pasaje quedó reducido a los acordes de los vientos. Además de equilibrio (particularmente en el fugato del Allegretto) y acertada elección de tempi, la dirección aportó la imprescindible cuota de riesgo con una percusión siempre bien presente y un planteamiento exigentísimo en el Allegro con brio. Durante el desarrollo de este movimiento Colomer aplicó una retención quizá un poco extravagante, pero uno también agradece que no todo sea previsible. Un concierto que permite esperar mucho del futuro de la orquesta.

05/11/11

Mahler y la ternura


Nuevo concierto de la Filarmónica centrado con buena fortuna en la música de Mahler. Edmon Colomer ha dirigido estupendamente las estremecedoras "Canciones para los niños muertos". Poco o nada que desear: sugirió estados de ánimo mediante los timbres, desde la negra melancolía del inicio hasta la dulzura consoladora del inmaterial posludio (con un solo de trompa algo dubitativo); existió claridad pero no frialdad disectora y cantó junto al solista con libertad y sencillez (en algún momento cubriéndolo).

El barítono J. A. López se sitúa en las coordenadas esperables actualmente; un seguidor (imitador) de Fischer-Dieskau en cuanto a emisión y "filosofía", con problemas serios en las franjas de pasaje y superior, que suenan afalsetadas en piano y forzadas en forte. Sin embargo ilumina cada palabra con emociones auténticas y consigue efectos dinámicos y de color plausibles con una agudeza que nada tiene que envidiar a los más famosos especialistas actuales del género (que tampoco es que lo aventajen técnicamente, la verdad). En resumen, más que suficiente para que estas canciones sobrecojan de principio a fin. Quizá no exista otra música que transmita tal sentimiento de ternura plasmada con tan profunda tristeza. El público recibió el mensaje con calidez.

Después de algo así, la bellísima música de Strauss sonó incluso rimbombante. Quizá por unos trombones motivados en exceso, se percibió cierto desequilibrio entre cuerda y metal y la sensación de que los clímax se sucedían un poco caóticamente.

El programa incluyó dos piezas contemporáneas. La extensa "Canción de Otoño" es una interesante composición fuertemente gestual y fragmentaria en la que se perciben influjos de Mahler y Bartók. La breve "Mahler-Moment" es la típica música que llega a su fin antes de que el oyente haya podido encontrar razones para que comenzara, pese a la clara cita de la Novena.

30/10/11

Referencias: "Il canto" (III)

Ejemplos en disco sobre las voces de tenor, barítono y bajo

"En sus apuntes de canto (...) Pertile escribe acerca de una zona de pasaje, entre el mi bemol del cuarto espacio y el fa sostenido sobre la quinta línea, explicando que es a partir del mib cuando un tenor percibe la necesidad de redondear y sombrear el sonido. Esto significa preparar el el pasaje entre registros, no ponerlo en práctica. La nota de pasaje es, para Pertile, el fa# mientras el sol ya pertenece al registro de cabeza. Ya he hecho notar que Caruso, una vez perfeccionada su técnica, pasaba entre registros sobre el fa, por tanto medio tono antes que Pertile. Pero su voz era más amplia y casi baritonal con respecto a la de Pertile. Éste, sobre el fa de "(Celeste Ai)da", "(forma divi)na", redondea el sonido, pero no pasa entre registros. Pasa, en cambio, sobre el fa# de "(mistico ser)to". Si se desea un ejemplo de sonido que prepara el pasaje y uno que lo realiza, nótese el fa de "(il mio pensie)ro" e inmediatamente después el sol de "tu (sei regina)". Sobre la vocal E puede suceder que Pertile anticipe el pasaje al fa (ataque de "Ergerti un trono" en la primera parte del aria) pero esto sucede a veces sobre la vocal U ("Si chiuda il ciel" del dúo con Aida). Independiente de esto, la habilidad de Pertile hace que el sonido sea homogéneo tanto en la preparación como en el pasaje. 

En el uso de la media voz Pertile es notablemente superior a Caruso y esto hace que sea más variado como fraseador y respetuoso con los signos de expresión de los compositores. En Verdi, además, Pertile tiene un acento claramente declamatorio, con algún exceso de énfasis. En "Aida" revela una capacidad excepcional de iluminar la palabra tanto en el recitativo como el cantabile. Basta con escuchar el fiero "Se quel guerrier io fossi" y el dulcísimo, íntimo "Se il mio sogno..." Pertile es un maestro dando relieve a estos contrastes mediante la mezzavoce durante la mayor parte del aria y emitiendo los agudos sin esfuerzo."