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13/10/13

Profundidades vacías

http://www.teatrocervantes.com/es/genero/ofm/ciclo/105/espectaculo/1381

Aparición de la Orquesta Sinfónica de Sevilla en el Teatro Cervantes con un programa muy asociado a su director titular: Wagner y Mahler. Sin entrar en comparaciones, se pudo apreciar el trabajo realizado por Pedro Halffter en el sonido compacto y bien empastado, de un cuidadoso equilibrio entre secciones incluyendo unos estupendos metales que no se limitaron a tocar forte. Sólo extrañó el caso de los platillos, cuya responsable pareció excesivamente motivada toda la noche. El sábado día 12 hubo varias pifias, en particular una muy sonora durante los primeros compases de la obra, pero no puede suponerse que sean habituales.
 
La impresión sobre las interpretaciones es menos positiva. El concierto comenzó con la Obertura de "Rienzi", pieza excesivamente retórica en la que el joven Wagner combina con desigual fortuna solemnidad y fanfarrias y que consigue ser un poco aburrida incluso en los pasajes festivos. La premiosa dirección de Halffter consiguió diluir incluso el bello tema de la plegaria de Rienzi. La excusa de la irregularidad atribuible a la partitura no se puede invocar en el caso de la Sinfonía "Titán". Entendámonos: hubo pasajes donde se puedieron admirar la elegancia y la belleza tímbrica de la ejecución: por ejemplo, las secciones centrales de los movimientos segundo y tercero, llenos de evocadora nostalgia y encanto vienés respectivamente. Sin embargo, a los pocos compases aparecía una incomoda sensación de trivialidad, de falta se sustancia. Una dirección con grandes pretensiones de profundidad, pero que parecía lastrada por una parsimonia exagerada y un sonido bello pero inofensivo, al que se le habían limado, puede que a conciencia, todas las aristas, texturas ásperas y colores violentos de la partitura. En los pasajes más conflictivos, como el comienzo del último tiempo, se sumó la sensación de estar escuchando capas de sonido superpuestas con buen sentido "vertical" pero sin intención narrativa. Cuando uno se enfrenta a Mahler puede encontrar su música vulgar, pretenciosa o desquiciada, pero lo peor que puede pasar es aburrirse. Hubo aburrimiento anoche durante esta "Titán", por mucho que se incluyera un dudoso silencio antes del fff de los platillos en el Stürmisch bewegt, el cual además concluyó con un acentuado estruendo. Hay que pensar que no fue un recurso intencionado para provocar el aplauso del público. Como propina, el famoso "Nimrod" de las "Variaciones Enigma", éste, sí, muy apreciable.
 
Una crónica bastante amable del concierto: http://www.malagahoy.es/article/ocio/1622775/halffter/pone/pie/cervantes.html

18/9/13

Wagner low-cost

http://teatrocervantes.com/es/genero/ofm/ciclo/105/espectaculo/1379

La Orquesta Filarmónica de Málaga inauguró la temporada cumpliendo con el compromiso de programar a Richard Wagner en el año de su Bicentenario, pero evitando las onerosas exigencias de este compositor sobre la estructura de cualquier teatro o sociedad filarmónica. Para ello se recurrió a un vistoso arreglo del compositor y percusionista Henk de Vlieger que permite recorrer en unos setenta minutos las más de catorce horas de música de "Das Ring des Nibelungen".
 
En pocas palabras se trata de un eficaz pastiche en el que grandes pasajes sinfónicos suceden a otros en los que se han arreglado, más bien discretamente, las partes vocales. No se puede decir que de Vlieger haya elaborado transiciones sinfónicas entre los números seleccionados y por ello estamos ante una "suite" sin pausas, al modo wagneriano como no podía ser menos. El arreglo se centra en las jornadas "Siegfied" y "Götterdämmerung", como era de esperar por ser las más profusamente sinfónicas. No sorprenderá que una discográfica inglesa ya haya registrado esta propuesta, muy del gusto anglosajón.
 
 
Tras la decepcionante decisión de no renovar a Edmón Colomer, la orquesta afronta una temporada en la que esperamos que no desande los progresos realizados bajo la titularidad del maestro catalán, en particular en el gran repertorio centroeuropeo. Aunque en conjunto se hizo un buen trabajo en la monumental tarea, algunos pasajes revelaron los viejos problemas de la formación: durante la "Cabalgata", la "Marcha fúnebre" y el final del "Ocaso", los metales acabaron por sepultar a la cuerda. Hubo más finura en los pasajes líricos, bien llevados por Nicholas Milton, en particular los de "Siegfried". No obstante el director australiano no demostró tener enteramente controlados los colosales clímax de la partitura: el de la citada "Marcha" quedó romo y por poner un ejemplo más, la imponente exposición por los trombones del motivo de Sigfrido al final de la Feuerzauber fue extrañamente timorata. El solista de trompa no se lució en su intervención correspondiente desde un palco (al menos el día 14) pero el trabajo de las maderas sigue a alto nivel.
 
Como parte anecdótica, se mencionará el desconcierto de buena parte del público jubilado ante la duración de la obra y sin pausas para la cháchara de rigor. Para algunos habrá sido la primera y última jornada wagneriana.

10/9/13

Audiciones (wagnerianas) intempestivas: "Die Walküre" con Georg Solti (III)


El tercer Acto de "Die Walküre" es quizá el más complejo de concertar, dada la enorme variedad de situaciones que abarca, desde el sinfonismo más épico a lo íntimo y camerístico. Inesperadamente Solti flaquea un poco en el primer aspecto. La interpretación de la celebérrima "Cabalgata" resulta un poco convencional: echamos de menos la electricidad que separan al número de la trivialidad (escúchese por ejemplo al joven Karajan en su único "Anillo" en Bayreuth) convirtiéndolo en una experiencia telúrica, incluso salvaje. Además la gran recapitulación (4:16) resulta pesante y ostentosa. Por contra, su enfoque dinámico y conversacional vuelve a pasar a primer plano durante el parlamento entre valquirias, encabezadas por Nilsson, siempre intensa pero sin excesos melodramáticos. Nuevamente la figura de Crespin se agiganta con su conmovedora intervención ("Nicht sehre dich Sorge um mich"). Resignada al comienzo, consigue un crescendo emocional estremecedor sobre la doliente cuerda vienesa (1:10).  Mientras se decide la huida de Sieglinde, el director húngaro demuestra de nuevo que no sólo le interesaba el lado musculoso de la partitura: resalta perfectamente los motivos que recapitulan el "Oro" y anuncian la trama de "Siegfried" y los misterios del bosque. Creación de atmósferas pasadas y futuras sin perder el pulso de la narración. La despedida de Brünnhilde a su hermana nos permite detenernos en la perfección técnica de Nilsson en un fragmento que pone a prueba la igualdad entre registros de cualquier soprano. Transparente pero sólida como el diamante, la voz sobrevuela el luminoso tapiz tejido por la orquesta (atención al bajo de los chelos y la dulzura de las trompas). La expresión es de recogimiento y fervor, incluyendo un bello piano al bautizar al héroe que ha de venir ("Siegfried!"). Inmediatamente Crespin y director graban a fuego otro pasaje en el oído del oyente ("O hehrstes Wunder! Herrlichste Maid!"), complementándose los timbres de soprano y la cuerda de forma milagrosa. El arrebato de los acentos al retomar el motivo de Siegfried incluso lleva a la cantante a abrir un poco la emisión, pero en este momento podemos decir que la promesa se cumple completamente: estamos ante la gran Sieglinde de la discografía.

17/8/13

Audiciones (wagnerianas) intempestivas: "Die Walküre" con Georg Solti (II)

En el segundo Acto la dirección de Georg Solti alcanza sus mayores cotas de precisión, dinamismo y elocuencia. Se abre con un magnífico Preludio, de un dominio técnico absoluto, cuya fuerza telúrica nos sitúa de inmediato en el mundo belicoso del Walhalla. Aquí nos recibe un Wotan legendario, Hans Hotter, que por desgracia se encontraba en declive en 1965, pero más por razones técnicas que por la edad, como se percibe desde su primera arenga a Brunilda. La emisión en forte se ha tornado estentórea antes que timbrada y un molesto color ventrílocuo ha sustituido el nítido metal del pasado.  Como efecto colateral, la dicción, siempre dependiente de una buena emisión, acusa la famosa "patata en la boca". Una escucha atenta muestra que esto se debe al abandono de la cobertura del pasaje, donde abusa del registro central. Además, durante el dúo con Fricka el énfasis un poco anticuado de la declamación, unida a este timbre empobrecido, resulta un tanto fatigoso. Pese a las magníficas explosiones de la orquesta que sostienen sus lamentos de la Escena Segunda (“O heilige Schmach!”) Hotter no resulta eficaz en los mismos debido a la opacidad y dureza del sonido. Sin embargo el gran artista reaparece en los pasajes recogidos de su enorme Monólogo. El carácter de éste número se establece magistralmente en el breve diálogo previo entre padre e hija (“Lass’ ich verlauten”) reproducido sotto voce, como si en realidad no hubiese palabra hablada y todo estuviera en la mente de Wotan. Este mismo efecto, fascinante, obtiene Hotter durante gran parte del número mediante su media voz, característicamente velada, pero obtenida aplicando - esta vez sí - las buenas reglas vocales. Sobre esta base, la intención de cada palabra y los claroscuros completan una página de gran valor.

5/8/13

Audiciones (wagnerianas) intempestivas: "Die Walküre" con Georg Solti (I)

Parte de la crítica wagneriana ha considerado que esta edición de "Die Walküre" adolece de cierta inmadurez por parte de Georg Solti. Comprobaremos que no es exactamente así, puesto que globalmente su dirección y su concertación tienen un altísimo nivel. Comienza, es cierto, con un Preludio no del todo satisfactorio; en cuanto al "sonido", sobresalen las cuerdas ásperas e incisivas, pero el fraseo es un poco monolítico por uniformidad dinámica y agógica. En toda la primera escena no puede imaginarse timbre más sedoso que el de la cuerda vienesa, pero esta belleza no termina de subrayar la angustia de la situación (por ejemplo, durante la primera mirada entre los velsungos). No obstante el trabajo con las maderas es soberbio, de una gran elocuencia (por ejemplo, al interrogar Hunding al silente Siegmund o en la primera aparición del motivo de la espada). La continuidad narrativa es sobresaliente y los pasajes orquestales culminantes (la espada saliendo del fresno) tienen esa espectacularidad característica del director húngaro. Se puede discutir un poco su profundidad pero no su enorme fuerza teatral. En esto, como en la motivación de su reparto, Solti es un director vinculado a la tradición de los Krauss, Toscanini, Walter y Kleiber. Su mejor logro, como se verá, consiste en sostener adecuadamente a cada cantante; por un lado estimulando la arrasadora intensidad de Crespin con acompañamientos de alto voltaje y por otro obteniendo de King un Siegmund creíble pese a que ni sus medios ni su personalidad eran realmente heroicos.

10/6/13

La cumbre del canto wagneriano


Para celebrar el Bicentenario del nacimiento de Richard Wagner vamos a dedicar algunas entradas a esa especie de cuadratura del círculo que aparentemente es el canto wagneriano. Sólo aparentemente, porque a través de su mejores exponente se intentará mostrar que las claves de su especial síntesis entre canto, declamación y orquesta no son incompatibles con las reglas del belcanto. Para ello acudimos en primer lugar al más famoso registro de la bien llamada "Golden Age", la celebérrima grabación de 1935 del Acto I de "Die Walküre" bajo dirección de Bruno Walter. La intención de esta entrada es encontrar las razones objetivas por las que se trata, sin que la afirmación sea exagerada, del disco más justamente mítico de la historia de la fonografía. Para ello realizamos un análisis "acompasado" a la escucha empleando la reedición de Emi en la serie "Great Recordings of the Century". Hacemos hincapié en la necesidad de emplear unos buenos cascos para la mejor audición.

Preludio

Debe hacerse una primera valoración sobre la calidad del registro; óptimo para las voces, que se reproducen con sobresalientes amplitud y colorido. Muy atrás quedan los tiempos de los timbres comprimidos y despojados de armónicos hasta quedar en pálidos reflejos de los originales. En cuanto a la orquesta, si bien no permite captar su rango dinámico de forma completa, ni mucho menos oculta todas las virtudes de a dirección de Bruno Walter. En plena madurez entonces, según Richard Osborne "era considerado el mejor director wagneriano de la época", pese a las acusaciones de falta de autenticidad por parte de la crítica antisemita. Tiene interés atender a las dramáticas gradaciones de la cuerda en el Preludio, en particular en los sucesivos crescendi y accelerandi (00:15, 00:38 y 1:10) que anteceden la entrada de las maderas. Lo que se pinta aquí no es quizá el temible mundo granítico que conjuraba Hans Knappertsbusch, pero tampoco una simple tormenta; es la conmoción que los elementos y la huida producen en el interior de Siegmund. Ciertamente en el clímax lamentamos el sonido un tanto chillón de los violines, pero ello no impide apreciar la precisión y fuerza de su desarrollo.

Escena 1ª

Entra Lauritz Melchior y en una sola frase, Wes Herd dies auch sei, tremendamente teatral pero justa de acentos, transmite todo el agotamiento del forajido. Por su parte, Lotte Lehmann se expresa de una forma que se gana el afecto del oyente de inmediato, en parte también por las cualidades de su voz. Un timbre intenso, lírico pero firme, ideal para el personaje. También Walter y su orquesta cautivan en esta escena, pues durante la primera efusión lírica de la partitura, un verdadero flechazo entre ambos personajes,el chelo, como un sublime actor trágico, monologa llegando más allá de donde palabra alguna habría alcanzado. Esto es algo que, más allá de lo teorizado, sabía muy bien Wagner. En ese mismo estado de arrobamiento exclama Siegmund:"(...) das Aug' erfreut des Sehens selige Lust. Wer ist's, der so mir es labt?", y sabemos que estamos ante un poeta y no un simple bárbaro. Como veremos, el contraste entre su voz plena, vibrante y broncínea, será una constante en su interpretación. Más adelante, tras el primer pasaje belicoso al narrar su huida del enemigo, su emision radiante sugiere perfectamente la imagen del Sol, recogiendo a continuación el sonido con un magistral efecto de claroscuro ("sank auf die Lider mir Nacht; die Sonne lacht mir nun neu.")

Merece la pena destacar el número siguiente. Mit freundlicher Bewegtheit indica Wagner cuando Sieglinde ofrece el cuerno de hidromiel ("Des seimigen Metes") y esta indicación expresiva no podría servirse mejor que en la voz amistosa y "sonriente" de Lehmann, por usar una expresión del gusto de la crítica inglesa. Sólo con esta frase, sugestiva y sensual, justificaría que Siegmund la arrancara del lecho conyugal para yacer con ella en el bosque. Tanto la suavidad de la respuesta del tenor (en piano, de acuerdo con la partitura) como el maravilloso tapiz que crea Walter (clarinetes, chelos) son un ejemplo supremo de lo bello que puede llegar a ser lo conversacional en Wagner.

Roto el encantamiento, los chelos lamentan con Siegmund la desgracia que acompaña al personaje en un pasaje cuya angustia anticipa a Tristán. Comprobamos de nuevo el intenso trabajo que debió de realizarse compás a compás, pues aun dentro de la severidad expresiva Melchior introduce un matiz de ternura (Dir, Frau, doch bleibe sie fern!).

2/9/12

Bayreuth en el Liceu de Barcelona

Direcció musical
Sebastian Weigle

Repartiment:
Ricarda Merbeth
Michael König
Franz-Josef Selig
Benjamin Bruns
Samuel Youn
Christa Mayer
Orquestra i Cor del Festival de Bayreuth

Si uno tuviera que juzgar a partir de los aplausos, diría que ayer se vivió una representación histórica en el Liceu. Si nos atenemos a lo escuchado y estamos dispuestos a ser generosos, se trató de una buena noche de ópera.

Los puntos fuertes de la ejecución - no escenificada - fueron los previsibles: el placer de escuchar una orquesta y un coro de primer nivel en su repertorio guiados por una mano solvente. Al principio se notó la voluntad de limitar el volumen de sonido, pero la orquesta no tardó en soltarse: raras veces se escucha un sonido tan grande y a la vez tan calibrado y de tanta calidad en todas las secciones. No obstante hay que decir que Sebastian Weigle también obtuvo acompañamientos líricos: de hecho si hubiese que quedarse con un detalle sería el acariciador timbre de los chelos que envolvió las voces de Senta y el Holandés durante su gran dúo. Un pasaje muy especial. Weigle destacó sin compejos la inspiración popular de algunas  músicas, durante las cuales se pudo observar a varios miembros de la orquesta particularmente motivados. A veces, en algunas intervenciones del viento metal que incluso hicieron temblar las butacas, demasiado. El coro del Festival estuvo a la misma altura tanto en decibelios como en calidad (excepto quizá los tenores). Se puede afirmar, por tanto, que el miedo al "bolo" por parte de coro y orquesta, queda olvidado.

En el reparto sólo destacó la Senta de Ricarda Merbeth, voz de rango lírico, bien emitida en la zona alta y capaz de correr con solvencia por el teatro. Durante la noche fue mejorando en las dinámicas suaves, que en sus primeras intervencios fueron de afinación dudosa . Desde el punto de vista expresivo cantó con buena línea y con cierta idea de destacar el aspecto alucinado del personaje. Su interpretación debería ir creciendo con el tiempo si fuera capaz de profundizar en la poética y eliminar los clisés (entre ellos, una gesticulación que recordaba a las actrices del cine mudo).

Por desgracia el papel titular no estuvo servido a la misma altura. Samuel Youn, barítono de voz discreta, un poco fibrosa y sin interés tímbrico, estuvo correcto y musical en el citado dúo, donde la expresión lírica le conviene y cantó con linea plausible, incluso con matices dinámicos. Sin embargo, en el gran monólogo del primer acto la escritura le resultó ardua, no impresionó en ningún momento y su expresión fue genérica. En resumen, no existió un protagonista con relieve trágico que contribuyese a situar en segundo plano las irregularidades de "Der fliegende Holländer", una ópera en la que lo accesorio se justifica por la grandeza de este personaje.

Selig tiene voz de bajo, robusta además, y resulta simpático dentro de una forma de cantar un poco basta. También hay que decir que musicalmente Daland es de interés limitado.

Michael König no merece mucho espacio: una de las peores cosas jamás escuchadas. Una voz de Parpignol emitida de forma infame, que no corre en absoluto y casi mejor que así sea, después de escuchar algunos de los agudos desembuchados en el último acto. En su corto pero lucido papel incluso un tenorino como Bruns demostró tener mayor interés; feble pero agradable.
 
Por último, se apunta que el teatro estaba lejos del lleno, lo que unido al balance artístico arroja sombras sobre el éxito de la noche inaugural de este festival wagneriano...

17/5/11

High-tech Walküre

Mucha expectación ha rodeado al estreno de esta nueva "Valquiria" producida por el MET. En primer lugar debido al alarde tecnológico de su puesta en escena, basada en un gigantesco xilófono cuyas teclas actúan como escenario y como proyector de imágenes. En segundo lugar, por haber reunido un reparto interesante que incluye al tenor de moda debutando en el papel de Siegmund. En resumen hay que reconocer que se trata de un espléndido espectáculo, concebido para hacer disfrutar e impresionar, cosas que consigue. Técnicamente la retransmisión ha sido inmejorable, empezando por una toma de sonido que ofrece nitidez absoluta, presencia espectacular y, sobre todo, decibelios, muchos decibelios. He aquí la duda que conviene arrojar sobre el "show" una vez se reconocen sus virtudes: la forma en que se captan y retransmiten las voces las iguala a todas y las hace independientes de la orquesta, de manera que no importa lo fuerte que toque, que nunca los cubre y todo el reparto podría parecer (al oído que sólo valorara el volumen) integrado por cantantes heroicos. El resultado que escucha el espectador viene a equivaler a una grabación de estudio, pero con el incentivo de ser grabada en vivo. Desde este punto de vista, es un hallazgo atractivo sin duda. En el aspecto visual existe el ya acostumbrado abuso del primer plano, pero desde luego el aparato escénico también fue protagonista.

La producción de Robert Lepage es un espectáculo tecnológico made in USA, pero en sí carece que valores dramáticos importantes, centrándose en la presencia ubicua del referido xilofón y sus sugestivos efectos al más puro estilo de cine de ciencia ficción. Presenta además varios errores de enfoque en la relación de Wotan y Brunilda y una mala dirección de actores. En mi opinión, estamos ante una simple renovación del concepto escénico epatante de la "Grand Opéra": en vez de decorados, su evolución digital en forma de teclas monstruosas. Por cierto que la representación se retrasó más de media hora debido a problemas con el artilugio. El vestuario de la producción es reconocible (en el MET no hay uniformes nazis ni disfraces de plátano que valgan) pero de una cierta intemporalidad muy atractiva.

Jimmy Levine, muy arropado por el público, llevó la Jornada con tempi moderados, lo que le permitió extraer pasajes líricos subyugantes, con unos timbres cantables y expresivos. Esto evidentemente es más virtud de la orquesta que suya. No llega a carecer de brío en otros momentos, pero no están a la misma altura. Los grandes clímax de cada acto fueron un poco romos y desorganizados, más basados en el volumen de los metales que en la acumulación de tensión.

Lo mejor de la noche fue el primer Acto, que en mi opinión queda como una grabación que podría competir honorablemente en la discografía de la obra. Primero porque Levine ofreció lo máximo en belleza y lirismo encendido cuando acompañaba a los velsungos, comentando allá donde las palabras callaban (solo de chelo en la escena del primer encuentro). En segundo lugar, por una notable pareja de hermanos que difícilmente puede mejorarse actualmente. Lo escuchado a Kaufmann en este Acto me convenció plenamente por primera vez. La voz es atractiva, densa, robusta y no carece de intensidad tímbrica dentro de un tono engolado. Particularmente soy algo contrario a estas voces "tuneadas", pero no se puede negar que es de una calidad inencontrable actualmente. La tesitura del primer acto le permitió además explotar a tope sus cualidades. K. debe poseer una impostación natural magnífica en la franja media, que se preocupa mucho de ensanchar y llevar a la superior sin recoger la emisión pero tampoco abriéndola. Las pocas pero comprometidas notas por encima del pasaje fueron potentes y voluminosas (amplios "Wälse", seguro la natural). En el segundo Acto en mi opinión abusó de su impostación baja y mostró los problemas que acabará dándole si insiste en este camino: más que oscuro el timbre pareció mate, algunos pasajes fueron feos y en cuanto quiso cantar piano el sonido se fue atrás o apareció un color blanqueado chocante. Señalar también varios ataques glóticos y sus incidentes salivares en los pasajes más dramáticos: síntoma inequívoco de cantante que recurre a resonancia "bucal". Mientras canta en voz plena, sabe lo que es el legato y acentúa como debe un cantante de ópera. No es un Sigmundo completo aún, pero sí entusiasma con su concepto arrojado y extrovertido, muy dominguiano en varios sentidos canoros y escénicos. Westbroek posee una bella voz de lírica de medio carácter, bien emitida en general aunque falta de metal arriba (algunos hablan de desafinaciones en esta franja). No frecuenta mucho la media voz, quizá debido a una emisión que confía más en sus virtudes naturales que en la cobertura. Me gustan las Siglindas sensuales y vulnerables y por este camino fue la suya, aunque tampoco le faltó carácter cuando se necesita. Una velsunga, en fin, que justifica que su hermano se la lleve para yacer con ella en el bosque.

A su lado, el Hunding de König resultó monolítico pero sin suficiente fiereza. Por otro lado sigue pareciendo mentira que un director de orquesta permita que un bajo cante los apartes del personaje sin diferenciarlos del resto de sus frases.

Blythe es seguramente la cantante más dotada y con mejor técnica escuchada en la función. La voz es estupenda, de verdadera mezzo y su emisión en punta la diferenciaba del resto de cantantes a pesar del efecto igualitario de la toma de sonido. Sabe además cantar a media voz verdadera (ataque de "Deine ewiger Gattin"). Su Fricka fue mayestática (en lo vocal y en lo escénico) pero sensible; en alguna oportunidad un poco sentimentalona, siguiendo el carácter general que la producción parece haber estimulado en los cantantes, alejándolos de lo épico para entrar más bien en lo doméstico. A pesar de los detalles (lloriqueos, sollozos), no hay nada doméstico en la voz de Blythe, que es de los pocos cantantes actuales que podrían afrontar un Wagner de epopeya, a la antigua. Si acaso, señalar que algún momento (pocos) llevó la resonancia de pecho a una franja demasiado alta creando rupturas entre registros.

El nivel de la representación bajó según la ópera se fue centrando en Wotan y Brunilda. En primer lugar, la relación entre ambos fue representada como la de un padre un poco energúmeno y una adolescente atolondrada, que empieza haciendo bromas a Wotan y se pasa el resto de la función entre el puchero y la rabieta. Resultó bastante difícil tomarse en serio esta Valquiria de Voigt, que entró a hacer la escena del "Anuncio de muerte" cabizbaja y vergonzosa como una estudiante de instituto que va a recitar la lección ante su clase. Tampoco pareció muy creíble Terfel, quien hizo de Wotan un gigantón que se tambalea por el escenario y repite las mismas muecas una y otra vez. Vocalmente las cosas fueron un poco mejores. Ella presentó una voz lírica desgastada que conserva buen color en la zona media-alta pero resulta insuficiente en la aguda. El resto de la tesitura está entubada y resultó molesta sin conseguir el objetivo de paliar la falta de espesor. Además, esto le impidió modular sobre el aliento, con lo cual el resultado fue una Valquiria roma en los pasajes dramáticos pero sin variedad en el fraseo de los líricos (el comienzo de "War es so schmählich", por ejemplo, resultó cursi y gutural). Pura rutina: digna pero nada más. Su padre lució la emisión engolada, gruesa y fibrosa que le es inherente y que sus continuas muecas ponen en evidencia (un pilotito infalible). Canto, pues, vociferante en general, aunque también atendió a las inflexiones recurriendo a algo que está más cerca del "crooning" que de la media voz. Una actuación en todo caso valiente y sin incidencias, incluso en la última frase, lo cual debe reconocerse en un papel de tanta dificultad. Sin embargo estamos ante un cantante cuyos recursos expresivos son más bien toscos y el extremo grave exhibió sonidos desagradables.

Las ocho Valquirias aportaron toneladas de decibelios (uno se sintió aplastado contra la butaca) y contoneos varios. Aburrida desde el punto de vista escénico la Cabalgata, excepto por la posibilidad de que alguna de las amazonas pudiera resbalarse por las teclas del xilófono. La escenita de la recogida de huesos, bastante chusca.

El producto se completó durante los intermedios con las inenarrables entrevistas realizadas por Joyce di Donato  y el inevitable Plácido Domingo, que parecía muy contento con las Valquirias, el hombre.

13/9/10

Noches de ópera. "Lohengrin" con Sándor Kónya

Las representaciones de "Lohengrin" durante el Festival de Bayreuth de 1958 supusieron el comienzo de la triunfal carrera de Sándor Kónya como principal Caballero del Cisne de la posguerra. Enseña del tenor romántico desde el estreno de la ópera, grandes cantantes de todas las nacionalidades habían tenido el personaje en su repertorio llegando a convertirse en el paradigma del llamado belcanto wagneriano del primer tercio de S. XX. Esto pareció cambiar con la consolidación de las escuelas nacionales, muy en particular al desecharse definitivamente la posibilidad de cantar el papel en otros idiomas. Desde la reinauguración del Festival, Windgassen había sido un protagonista un tanto pálido y desde luego ajeno a la pureza del canto legato también santo y seña de cantantes de filiación germánica como Wittrisch, Völker o Melchior. Con Kónya pareció restaurarse esta tradición, aunque no con la firmeza que a veces se supone. Efectivamente, este Lohengrin abre la boca ("Nun sein bedankt") y cincela con extrema finura un susurro de plata que nos llega como de otro mundo. Desde luego el dominio de estas resonancias mixtas suscita el parangón con grandes tenores del pasado que también las aplicaron, por su tersura y pureza, para caracterizar un personaje de castidad angelical. Una escucha atenta de la voz plena revela sin embargo que la tesitura de paso y el agudo mostraban indicios del sonido descubierto, por tanto más pálidos, menos timbrados ("Segenvoll", "Elsa, ich liebe dich"). Por otro lado al formular la prohibición ("Nie sollst du mich befragen") empieza a ponerse de relevancia que en realidad carecía de la robustez y el carácter del lado heroico del papel. Durante el desafío a Telramund su emisión resulta un poco feble y la exclamación "Durch Gottes Sieg" menos que convincente. En el segundo Acto de nuevo parece faltarle metal para responder al apabullante Blanc, pero al reclamar la confianza de los nobles es más robusto y eficaz. Es el tercer Acto donde debe confirmarse un Lohengrin. Su canto es terso y amoroso al comienzo de "Das süsse Lied" y acentúa con mayor cercanía en la emocionante "Elsa, mein Weib", lo que permite apreciar la evolución del personaje hacia los sentimientos humanos. La calidad tímbrica y la pudorosa intimidad del canto desde "Atmest du nicht" hacen pensar en el Lohengrin que no fue de Jussi Björling, con quien compartía el bellísimo color pero no el metal refulgente. Sin embargo es evidente que en zonas comprometidas el intérprete tiende a conformarse con dinámicas medias. La cambiante tesitura de la admonición ("Höchstes Vertraun") le resulta incómoda desde el comienzo y la falta de carácter queda aun más en evidencia ante una Elsa del temperamento de Rysanek. En el relato caballeresco adquiere más intensidad el acento, pero nuevamente el empuje vocal no es el requerido: los agudos son pálidos, hay incluso un pequeño gallo en "Das einz'ge" y el que debería ser culminante la agudo en "Glanz" se percibe un poco engolado. Al inicio de la última escena falta solemnidad debido a la mejorable firmeza del recitado. En cierta forma Kónya se concentraba al máximo sólo en los momentos de lucimiento, porque su comienzo de "In fernem Land" convence no sólo por la estupenda media voz, sino por el carácter noble, heráldico, confesional. Una vez más su emisión se percibe forzada en "Es heisst der Gral!" y la amplitud de la estrofa "Wer nun der Gral" parece quedarle algo grande. Desde "Selbst war von ihm" el canto, notable, parece un poco llano de intenciones, sin el tono épico que también ha de transmitir la página. Por otro lado, los las naturales siguen sin campanear. Lo mejor de su actuación es posiblemente la primera sección de "Mein lieber Schwan", una joya por el precioso color de su mezzavoce, seguramente obtenido mediante un refinado uso de las resonancias mixtas en toda la gama. La unción de su recitado cambia con fortuna al despedirse de Elsa ("O Elsa!"), donde adopta una expresión más pasional. Se apunta así a un Lohengrin en su dualidad espíritu/carne, tantas veces ignorada en favor de un personaje un tanto plano. Sin embargo la famosa estrofa que comienza en "Komm er dann heim", en la que tantas maravillas pueden escucharse en los registros antiguos, parece un poco decepcionante pese al fervor del acento puesto que en los versos más sentidos (los dos últimos) mantiene la plena voz e incluso ignora el piano en la repetición de "mein Gedenken". Los adioses suenan firmes y amplios, a falta de squillo. En definitiva un Lohengrin bellísimo pero no completo; hay coincidencia en que Kónya nunca llegó a corregir sus lagunas en este papel, principalmente porque en el origen de las mismas estaba la cuestión técnica.

16/7/10

"La Valquiria" sin personajes


¿Puede sostenerse un registro del primer Acto de "Die Walküre" basado en un concepto "equivocado" del que forma parte un reparto de adecuación dudosa?

En primer lugar se debe asumir que Set Svanholm, en realidad más un cantante lírico dramático que un Heldentenor, ya no estaba en su mejor forma y que su timbre carecía del vigor juvenil y el sombreado que se asocia al personaje. La emisión acusa las inflexiones gangosas que le eran habituales, tiende a abrirse en la zona alta y está ciertamente limitada para cantar piano. Sin embargo recita con firmeza y energía suficientes para compensar su falta de ampitud vocal en los momentos dramáticos. Sostiene con suficiencia los pasajes que culminan en los "Wälse" (éstos un tanto apurados) y la conquista de Notung. La ausencia de la media voz le impide dar auténtica variedad a los pasajes que requieren algo más que declamación (monólogo y "Winterstürme") pero sí consigue ofrecer la imagen de un Siegmund vulnerable, como abrumado por las desgracias que lo acompañan. Su lamento Nun weisst du, fragende Frau transmite todo el pesar de la situación, al que responde una orquesta de nobleza doliente. El problema reside en que Svanholm no termina de convencer en la afirmación de su identidad de héroe, amante y hermano.

Por su parte la veterana Kirsten Flagstad (sesenta y dos años) asume un papel habitual en sus comienzos y con el que debutó en el MET más de veinte años atrás. La imperial voz se muestra aún firme y robusta, aunque inconfundiblemente madura. Su interpretación es autoritaria, hierática y maternal; es decir, rasgos más propios de Fricka que de Sieglinde. Además el timbre delata el desgaste de una larga carrera en la tendencia al sonido fijo y duro tanto en los agudos como en la limitada gama dinámica suave. Si apenas puede decirse que muestre alguna emoción en el primer encuentro con Siegmund, durante la escena del reconocimiento fraterno la gelidez de su "Du bist der Lenz" hace completamente increíble que un velsungo pueda tener deseos de arrancarla del lecho matrimonial para yacer con ella en el bosque. A pesar de los esfuerzos de Svanholm, en conjunto el final de Acto parece más bien la reconciliación de una pareja de la tercera edad. Esta ausencia de sensualidad y pasión juvenil no es algo aislado y de hecho muestra una extraña sintonía con la batuta: basta escuchar la stretta conclusiva. Un torrencial posludio marcado por un ritmo inexorable, pero ajeno al desbordamiento pasional que requeriría la situación: la visión general de la obra es la del mito y por tanto no son los personajes los que impulsan la acción, sino ésta la que se desarrolla de forma inevitable y, en cierta forma, impasible.

6/9/09

Sehnsucht. ¿Nostalgia del buen canto?



El pasado mes de mayo se editó este recital de uno de los cantantes más apoyados últimamente por las discográficas, que básicamente explotan su imagen de modelo publicitario. Pero tampoco nos vamos a poner maximalistas: Jonas Kaufmann tiene efectivamente materia vocal para ser cantante de ópera y no le faltan personalidad y arrojo. Algunas de las cosas que ya le conocía me parecieron interesantes, pero también eran audibles problemas que el tiempo no ha hecho más que confirmar y agravar, puesto que una vez inmerso en una carrera exitosa es muy difícil replantearse ciertas cosas. Y sin embargo debería, ya que la mala técnica deja sólo la opción de cantar con el "capital" y en unos años éste se acaba y no queda nada, por recordar la famosa sentencia de Rubini. Porque la técnica vocal de Kaufmann es mala o por lo menos tiene demasiados vicios de los considerados capitales. Los dos primeros cortes del disco nos ponen en el peor de los casos. Auxiliado por Abbado, el tenor alemán intenta plegarse con buenas intenciones a los recovecos belcantistas de "In fernem Land" y "Mein lieber Schwan" pero lo que se escucha en vez de medias voces o filados (pianissimi) verdaderos es un sonido lleno de aire, destimbrado, a menudo engolado y las más de las veces falsetístico, desvaído, carente de vibración, sin valor estético. K. pasa con cierta habilidad de esta emisión a la voz plena, pero la colocación gutural de ésta, ventrílocua, opaca, apenas reconocible como de tenor, crea un contraste, una fractura irresoluble e inaceptable en un cantante de ópera. Si mal está en el primer número, el comienzo de su despedida ronda el esperpento, entendido como imagen deforme de lo que debería ser el canto. Mejoran las cosas cuando se pide la voz desplegada, pero los repetidos ataques al la agudo suenan fibrosos y sin brillo, bien que aún parezcan firmes y grandes. Tampoco hay mucho que elogiar en el aria de Tamino, en la que de entrada ni siquiera reproduce con nitidez las pequeñas notas de adorno en "mein Herz" (tampoco lo hace cuando vuelven a aparecer en el da capo). La escena posterior resulta curiosa para un recital de arias, pero la ejecución de "Wie stark ist nicht dein Zauberton" es válida. Como válidas son las arias de las óperas de Schubert, aunque la tesitura de la última sección de "In tiefbewegter Brust" manifieste serios problemas de colocación. La gran escena de Florestán, papel que canceló hace relativamente poco en el Real, posiblemente sea lo mejor del disco (si dejamos a un lado el curioso intento de reforzar el sol agudo de "Gott!" desde un pianissimo que resulta más bien digno de un disco de pop). Aquí recuerda más que nunca las sonoridades ingratas de Jon Vickers, cuando la voz de éste se había tornado aun más leñosa y áspera en su madurez. Hay arrojo en la última sección del aria y en general se le nota cómodo. Realmente es complicado buscar entre los cantantes actuales más de uno que pueda comparársele en esta escena. En el "Winterstürme" de Siegmund, papel que aún no ha debutado, resulta impersonal, anodino y pobre de matices, algo de lo que se puede culpar a Abbado como se comentará. Parsifal sí lo ha cantado en escena y la tesitura del papel, muy central, le permite ensanchar y desplegar con todo su espesor su timbre. Una interpretación eficaz en el caso de "Amfortas! Die Wunde", dotada de robustez y cierta fuerza expresiva, pero que tampoco resultará reveladora.


Claudio Abbado ha dirigido en los últimos años varios de estos recitales, suponiendo que para darles prestigio en casos como éste, cuando su interés vocal es escaso. Esta vez se ha reunido a la Mahler Chamber Orchestra, de la que además es creador e inspirador. El director italiano consigue un sonido bellísimo de su formación, en particular en el final de "Parsifal", pero parece conformarse con la contemplación este logro. En el fragmento de "Die Walküre" su obsesión por crear texturas refinadas y camerísticas resulta en un acompañamiento increíblemente magro y pálido, como si la famosa broma de Karl Böhm sobre quitarle la grasa a Wagner hubiese terminado en anorexia nerviosa. Era inevitable que el cantante se contagiase de tanta falta de vigor. La introducción a la escena de "Fidelio" muestra al fin algún interés en expresar algo, incluyendo matices relevantes de las maderas. Merece la pena destacarse que Abbado hace suyos los criterios filológicos en "Die Zauberflöte", mostrando la orquesta la misma seguridad que cuando luce el sonido tradicional romántico. Sin embargo, que los cantantes recuperen la añorada técnica clásica parece más tarea de ciencia ficción que de historicismo.

La ficha del disco: http://www.operadisc.com/recitals.php?rec=13

Agradecemos al forero Sharpless el haber proporcionado la oportunidad de escucharlo a pesar de todo

14/6/08

"O du, mein holder Abendstern"

Recientemente unos amigos nos propusimos una cata a ciegas de la “Romanza de la Estrella” que canta Wolfran en el tercer Acto de Tannhäuser. Ejemplo del Wagner más tradicional, cercano tanto al Lied alemán como a la escena y aria italiana, esta Romanza fue pieza favorita de los grandes barítonos de principios de siglo, quedando numerosos registros tanto en italiano como en alemán que son testimonio de una forma de cantar Wagner que se ha perdido. Las versiones que más nos gustaron fueron las siguientes.

Heinrich Schlusnus (1888-1952) fue el protagonista de la Verdi Renaissance (junto a Helge Rosvaenge) operada en Alemania en el período de Entreguerras. Voz de barítono kavalier, clara pero timbradísima, algo débil en el grave, su magistral legato y su dominio de las dinámicas en piano hicieron que J. B. Steane (“The grand Tradition”) lo considerara el auténtico sucesor de Mattia Battistini. Estas virtudes relucen en su magnífica interpretación. Tras un sobrio inicio de recitativo, Sch. canta realmente a media voz (mórbida, sonora) desde “Da scheinest du, o lieblichster der Sterne”, con la excepción de la conmovedora “vom Herzen, das sie nie verriet”, donde eleva el volumen con una espontaneidad y emoción que nos dan la clave de su arte: la sencillez, la falta de artificio de un canto que oculta su propia finura. Pasa así a un segundo plano la técnica y resta un fraseo lleno de un patetismo íntimo: basta escuchar su “wenn sie entschwebt dem Tal der Erden”, con un agudo en pianissimo, como si no quisiera quebrar el recogimiento de la melodía. Aunque toma aliento con discreción, su melisma en “ein sel'ger Engel dort zu werden!” está resuelto con una precisión y belleza insuperables. Sólo se permite un pequeño rallentando en la última “dort zu werden!”, acercando así, por la contención de medios empleados, su Canción más al Lied que a la ópera.

Heinrich Schlusnus


Diferente es el acercamiento de Herbert Janssen (1892 – 1965), quien compartía con Schlusnus una fonación clásica pero además canta aquí con la espontánea fantasía de los grandes barítonos del repertorio italiano. Janssen resulta más luctuoso que Sch. en el recitativo, debido en parte a un timbre más sombreado y pastoso, con un leve empaste gutural. No tiene nada que envidiarle en la media voz de “Da scheinest du, o lieblichster der Sterne” y además se permite un bello diminuendo al cantar “und freundlich zeigst ”. En la Canción su fraseo es más amplio y exteriorizado, con un rango dinámico un poco más fuerte (escúchese “wenn sie entschwebt dem Tal der Erden”) Es realmente mágica la conclusión (“dort zu werden!”) de un estilo genuinamente belcantista. El “Divino”, le llamaban.


Herbert Janssen


Alexander Kipnis (1891 – 1978), uno de los mejores bajos del S. XX, nos maravilla cantando en una tesitura baritonal . De hecho la negrura de su timbre, que sugiere personajes sacerdotales y venerables, resulta un poco chocante en las primeras frases del recitativo, pero inmediatamente (“Da scheinest du, o lieblichster der Sterne”) su media voz, clara y timbradísima, materializa la transformación en joven Minnesänger. Muy emotivo, hacia el final, el contraste entre la estremecedora “wenn sie entschwebt dem Tal der Erden, ein sel'ger Engel” (donde aprovecha su poderosa sonoridad) y el pianissimo de “dort zu werden”. Uno se pregunta por qué clase de desgracia los bajos ya no cantan así.

Alexander Kipnis


La figura de Dietrich Fischer-Dieskau (1925) requiere pocas presentaciones, ya que es uno de los cantantes más personales y prestigiosos del S. XX. Su acercamiento a la página presenta una característica esencial que le separa de los tres ejemplos anteriores. Schlusnus, Janssen y Kipnis compartían la misma preocupación de presentar en primer lugar una melodía, sombreada y modulada para adaptarse a la expresión que pide la palabra; F-D parece más interesado en transmitir el significado de ésta, con una meticulosidad que ha supuesto un profundo cambio en la forma de cantar el Lied principalmente. Este análisis del texto haberle exigido un tempo algo pesado (el más lento de todos los escuchado en el recitativo) que desgrana sílaba a sílaba (“durch Nacht und Grausen bangt!”) Conviene reconocer que esto no supuso que F-D empobreciera sus recursos cantados: ahí están el legato intachable, la media voz que mantiene en toda la gama, la impecable vocalización (“ein sel'ger Engel") pero se da una impresión más artificiosa que la que escuchamos a Schlusnus, como si se le impusiera a la melodía una nueva prosodia para acomodarla a las ideas del intérprete. Un ejemplo entre varios donde el contraste con Sch. desfavorece a F-D lo encontramos en “vom Herzen, das sie nie verriet”, que no resulta tan emotivo y poético por exceso de prolijidad. Aparte de que su media voz es sensiblemente menos timbrada y expresiva, llegando a clarear hasta sugerir el falsete (“Abendstern”, “dort zu werden”).

Dietrich Fischer-Dieskau


Wie Todesahnung, Dämm'rung deckt die Lande,
umhüllt das Tal mit schwärzlichem Gewande;
der Seele, die nach jenen Höh'n verlangt,
vor ihrem Flug durch Nacht und Grausen bangt!

Da scheinest du, o lieblichster der Sterne,
dein sanftes Licht entsendest du der Ferne,
die nächt'ge Dämmrung teilt dein lieber Strahl,
und freundlich zeigst du den Weg aus dem Tal.

O du, mein holder Abendstern,
wohl grüsst' ich immer dich so gern;
vom Herzen, das sie nie verriet,
grüsse sie, wenn sie vorbei dir zieht,
wenn sie entschwebt dem Tal der Erden,
ein sel'ger Engel dort zu werden!

Espero vuestras opiniones.

5/6/06

Tristan und Isolde

Hace unas semanas hice un comentario sobre las "horas bajas" que parecía estar viviendo Ben Heppner, lo que motivó una comunicación de ese buen amigo de la bitácora que es Alberich, en la que reinvindicaba a este tenor.

Para demostrar la excelencia que puede alcanzar Heppner, Herr Alberich, haciendo honor a su pedigrí wagneriano, ha puesto a disposición de la Barra Libre una grabación privada que él mismo realizó en la Ópera Unter de Linden (Berlín) en 2003.

Heppner aporta al papel una belleza tímbrica inaudita desde hace décadas de aspirantes a heldentenoren vociferantes, voces guturales y otros atentados canoros. Una voz venida de otra época, sonora, timbrada y viril, pero capaz de cantar (sí, cantar) con dulzura. Heppner parece más suelto en alemán que en el repertorio italiano, donde suena siempre algo envarado. La compañía quizá invitara a al despliegue emocional, pues es volcánica la intensidad de Waltraud Meier como Isolde, y ello a pesar de sus carencias vocales cada vez más agravadas (agudos gritados casi todos, o frecuentes engolamientos)

Profundo conocedor de la partitura, Barenboim cumple sin llegar a alcanzar el fuego de la pareja protagonista.

De momento, se ofrece el Segundo Acto.


http://www.megaupload.com/?d=ANTE0EJV

http://www.sendspace.com/file/op3v6p (Alternativo)

Tristan -Ben Heppner
Rey Marke -Kwangchul Youn
Isolda -Waltraud Meier
Kurwenal - Andreas Schmidt
Melot - Reiner Goldberg
Brangäne - Rosemarie Lang

Staatskapelle Berlin
DANIEL BARENBOIM