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5/4/12

Clásicos revisitados: Die Zauberflöte (Herbert von Karajan, 1950)

La plasmación en disco de La Flauta Mágica es una historia de falsos antagonismos. Si hoy el debate interpretativo se centra en si la Flauta es en sí la ópera prerromántica (y por prerromática quiere decirse preexcesiva) por la que históricamente se ha tenido, o si es, por el contrario, un cristalino trabajo posbarroco, como la “auténtica” escritura, orquestación, contexto, vocalidad, afinación y estilo parecen reivindicar (antagonismo, como dije, falsísimo), en las décadas precedentes el debate, no menos mendaz, fue muy diferente. Se trataba entonces de descubrir si La Flauta Mágica, esa historia con princesas raptadas, serpientes amenazantes, sabios, pruebas mortales, héroes y hombres vestidos de pájaro, era más un dulcísimo cuento de hadas (visión cuyo arquetipo discográfico había sido la “mágica” primera grabación de la partitura bajo la dirección de Thomas Beecham) o un monumento casi sacerdotal, teñido de claves masonas pero sin ser cautivo de las mismas, a recónditos y profundísimos significados universales de solidaridad entre los hombres e “iniciación” en la Virtud universal, tal y como entendieron la obra, paradigmáticamente, Wilhelm Furtwängler y, sobre todo, Otto Klemperer.

Nuevamente, el antagonismo no es sincero. Porque no cabe duda de que en una ópera como La Flauta Mágica, ese singspiel sobre princesas raptadas, sacerdotes, héroes, filosofía, serpientes amenazantes, claves masonas, hombres vestidos de pájaro y hermandad universal, hay algo de todo ello, y el talento consiste en sintetizar esos elementos para expresar una tesis propia. En el fondo, preguntarse si la Flauta trata más sobre Tamino que sobre Papageno es como querer saber si Ariadne auf Naxos es una obra “de Ariadne” o “de Zerbinetta”, o si aquel genial dramma giocoso, como bautizó Mozart a su Don Giovanni, es más dramma o más giocoso (y no nos engañemos: todos esos debates han existido). La perspectiva de la discografía comparada debe, pues, permitirnos acceder a la iridiscencia interpretativa (y mucho más en La Flauta Mágica) sin ser rehenes de dogmas ni lecturas platónicas.

Sin embargo, y por improcedente que nos resulte la distinción a los ojos actuales, la crítica discográfica “clásica” no sólo ha distinguido las lecturas, por decirlo así, “papagenistas” de las “taministas” de esta ópera, sino que ha mostrado, además, una notoria preferencia intelectual por esta segunda perspectiva, que ha sido empleada para afirmar, en primer lugar, lo errado de considerar la música de Mozart como un mero divertimento para aristócratas (como si hiciera falta encontrar significados secretos a la música tan espontáneamente genial como la del salzburgués para advertir esa citada genialidad), pero sobre todo, para emparentarlo con la música germánica de los siglos venideros (confesadamente con Beethoven o Weber, y quizá, en algún lugar de su subconsciente, con Wagner, Mahler o incluso Bruckner). Y así, a las batutas que realzaban el elemento mágico, fabuloso, de la obra, por muy bien cantadas y dirigidas que hayan estado, se les ha reprochado haber escogido el camino “fácil”, el haber contado “únicamente” el cuento de hadas.

Por ello, la lectura de Herbert von Karajan para EMI en 1950 se revela, casi de forma involuntaria, de una modernidad sorprendente. Sorprendente, en primer lugar, hacía sí misma, pues buena parte del equipo vocal (fundamentalmente femenino) responde a dejes expresivos y estilísticos embelesadores, sí, pero bastante decadentes (aparte de que la toma sonora, siendo más que aceptable, no deja de recordarnos de que se trata de una grabación mono de 1950). Pero Karajan (que sin duda ha estudiado bien la grabación de Beecham, y que sin duda no conoce la de Klemperer, que se hará 13 años después), apoyado en la espléndida respuesta de la Filarmónica de Viena, opta por contar el relato con encanto y entusiasmo, pero sin apretar, permitiendo que la fábula aparentemente inofensiva “respire” y sugiera sus propios significados sin llegar a enfatizar ninguno. Así, Karajan resulta menos edulcorado (e incluso podría decirse que menos previsible) que Beecham, y por descontado, menos solemne que Klemperer y Furt (cuya visión muy probablemente conoció -en la época de la grabación era Furtwängler que dirigía prácticamente al mismo cast en Salzburgo, de lo que nos ha llegado un testimonio en vivo- y del que no es descabellado pensar que quisiera diferenciarse), pero indudablemente personal, basado en un lirismo que equilibra muy bien el empuje con el sosiego, con una enorme dulzura y amor por esta música y una fluidez narrativa en el umbral de la magia. Desde el albor de la discografía de la obra, Karajan demuestra así que la contradicción intríseca e inconciliable, la dicotomía nuclear vista por la crítica en esta ópera, carecía de fundamento.

El cast responde satisfactoriamente. Nunca la complementariedad entre Tamino y Papageno ha estado tan bien descrita mediante el fraseo de los cantantes como en el caso de Anton Dermota y Erich Kunz. Ambos cantantes responden así a un mismo universo prosódico que prima el sentido de la palabra y de la frase (más palabra en el caso de Kunz, más frase en el de Dermota) por encima de la mera ejecución musical. El impresionante talento de Dermota para crear los más variados claroscuros lo inscribe directamente en la cumbre de Taminos mitológicos, sin la luz vocal de Wunderlich ni la dulzura de Simoneau, pero con una pericia única en el “decir cantando” que constituye su sello personal. Kunz es un pajarero de insólita elegancia, con una articulación portentosa y un gusto por el detalle vedaderamente exquisito. También Ludwig Weber hace con el fraseo, algo menos imaginativo que el de sus colegas, lo que la voz comienza a no poder hacer (la desigualdad de registros pasa de lo llamativo), mientras que el voluminoso Orador de George London impone casi más que Sarastro. Únicamente Peter Klein resulta indiferente en un Monostatos artesanal.

No andan tan bien las cosas entre las voces femeninas. La mejor de todas es Irmgaard Seefried, gran conocedora de la parte, radiante, joven y expresiva, con un encanto que compensa la relativa modestia del instrumento y la exagerada fijeza de los agudos. Fijeza a la que tampoco es ajena Sena Jurinac (algunos agudos en piano son de existencia dudosa), que comanda un trío de damas no especialmente afortunado. Tampoco lo es en exceso el trío de niños, tres mujeres que han recibido la orden clara de limitar su vibrato natural y asemejarse lo más posible a unas voces blancas. El esfuerzo, sin duda, es loable, pero el resultado tiene algo de impostado que le resta magia a la maravillosa música de estos personajes. Y Wilma Lipp, estimada Reina en su momento por su capacidad de hacer de hacer frente a la escritura estratosférica del papel, no destaca por su habilidad técnica: la emisión no siempre es estable y la coloratura es bastante aproximada, además de que su voz de ligera y su falta de intensidad en el fraseo superficializan el retrato de la Reina. Al menos Emmy Loose, al despojarse de su papel de Primer Niño, se lo pasa bomba cantando con Erich Kunz el dúo de Papageno y Papagena.

En síntesis, un disco de los de siempre al que, si se vuelve sin prejuicios, es capaz de encontrársele nuevos y sugerentes perfiles, mucho más actuales de lo que se pudiera pensar, además de un buen puñado de artistas del canto mozartiano de otrora, dueños de unas personalidades musicales hoy muy difíciles de encontrar.

6/7/10

Los contrapuntos de Nauti: Tosca por Karajan

La grabación de Tosca de Herbert von Karajan en DECCA no cuenta, sobre el papel, con mimbres especialmente superiores a los de muchas otras grabaciones de una ópera tan querida por estudios y teatros, y en consecuencia, de tan copiosa discografía, pero sin embargo se ha asegurado siempre, durante casi medio siglo, un lugar privilegiado en la misma.

La razón fundamental, en mi opinión, es que, por razones distintas y desde presupuestos quizá divergentes, director, productor y protagonista titular confluyen en el deseo de hacer una Tosca esencialmente lujuriosa, por el abandono sonoro y la amplitud hedonista del concepto (sin que por ello Tosca deje de mostrarse como la terrible tragedia que es). Fue precisamente la lujuria del sonido lo que vertebró las carreras de Leontyne Price (artista a la que se le pueden poner mil pegas –estéticas, técnicas, artísticas- que siempre se redimen exclusivamente por la única pero persuasiva razón del gozo penetrante de esa voz de ébano y terciopelo) y John Culshaw, cuyas legendarias producciones para DECCA siempre mostraban un interés preeminente (y, para sus críticos, excesivo) por reproducir como nadie el impacto sonoro, auditivo, de las obras que grabó, en su ambicioso propósito de que la escucha de la ópera en disco fuese una experiencia por sí misma y no un reflejo recordatorio de lo que ocurre en un teatro. Pero el concepto más interesante es, sin duda, el de Herbert von Karajan, que teniendo una manifiesta debilidad por el placer de la música en cuanto tal (y la colorista, brillantísima y apasionada orquestación de Tosca le ofrecía múltiples posibilidades en ese sentido) consiguió alzar la estatura trágica de la obra no a pesar del hedonismo a menudo visible en su labor, sino precisamente, a través de esa idea subyugante y acuarelística del sonido. Una Tosca, en suma, que se siente más que se piensa, carnal, onírica, excitante y dolorosa.

29/6/10

Escuchas intempestivas: Karajan dirige "Tosca"


Cuando se leen las continuas referencias despectivas hacia la dicción de Joan Sutherland, uno podría preguntarse por qué se le ha perdonado este defecto a Leontyne Price, que cultivó un repertorio donde es mucho más importante. Al margen de que en estos problemas participaban las inflexiones típicas del idioma inglés (como se percibe en el color de las vocales) en realidad en su origen estaba la emisión, caracterizada ésta por un desequilibrio entre registros muy perceptible: timbradísimo y luminoso el superior, entubados y mates los inferiores. El resultado de esta fonación es que de hecho hay una Price en cada tercio de la tesitura. Ante todo resplandece la soprano de las grandes efusiones líricas de "Non la sospira", "Vissi d'arte", "Ed io venivo a lui" y "Amor che seppe a te vita serbare": la que canta con línea flexible, sfumata, llena de abandonos eróticos en las smorzature, cautivadora por la morbidez y una personalísima voluptuosidad que le otorga la tenue veladura del timbre. La guía de Karajan potencia por encima de otros factores esta inclinación hedónica que culmina por supuesto en el "Vissi d'arte". En un acceso de entusiasmo podría sostenerse que los trece segundos que dura el lab (2:45) se cuentan entre los más bellos jamás preservados por el disco. No se trata sólo del esplendor violinístico del filado de Price, sino de la increíble dulzura del fondo didujado por el director austriaco. Las reservas existen, puesto que el tono es de un abandono extremo, faltando un fraseo un poco más incisivo al comienzo y más atención a las peticiones de "Con anima" prescritas por Puccini. Aun sin poseer esta capacidad natural para acentuar con vigor, ni tampoco exigírselo la batuta, el slancio vocal le permite triunfar en los momentos más dramáticos del segundo Acto, cuya exigente tesitura domina sin que se perciba esfuerzo en ningún momento. Su contribución a la escena de la tortura está por ello a la altura de la tremenda tensión creada por director y Scarpia. Esta Tosca es sin embargo menos convincente en los pasajes centrales, donde la emisión se entuba y se ponen en evidencia la irregular prosodia y la falta de nitidez de la dicción. Así se percibe en "Il tuo sangue o il mio amore volea" o "Com'è lunga l'attesa!", la primera parte del dúo con Mario o ciertas exclamaciones de cuño verista ("Sogghigno di demone", "Ecco un artista") donde inevitablemente suena exótica, ajena al estilo tanto por cualidades vocales como por acento. En "E avanti a lui..." tampoco ayuda el hecho de que decidiera afrontarlo en voz cantada: teniendo en cuenta la calidad de su instrumento en esa zona, habría sido más eficaz un declamado. Por tanto la desigualdad vocal se traslada a la interpretación. El punto más débil, como era de esperar, se halla en un registro grave por lo general entubado pero que en algunos casos suena decididamente abierto o ventrílocuo ("L'anima mi torturate", "Or gli perdono!"). Por otro lado, la belleza de la zona alta no excluye que en realidad el extremo adolezca de ciertas tiranteces y sobre todo una acusada tendencia a achicarse, faltándole a menudo la robustez de la verdadera soprano spinto. El caso más claro es el do de la "Lama": un verdadero agudo de soprano ligera, hasta tal punto la resonancia dominante es de "cabeza". En definitiva una encarnación incompleta, aun en su fascinación vocal, con la que la crítica italiana se ha mostrado siempre sorprendentemente benevolente.

3/5/09

La Creación según Haydn


Aunque normalmente esta casa no conmemora los centenarios, se hace una excepción para recordar que el 31 de mayo de 1809 moría Franz Joseph Haydn en Viena. La razón es un reciente retorno por mi parte a la obra de Haydn tras años de cierto alejamiento. Quizá cegado por el magnetismo del pathos beethoveniano durante mis primeros pasos en la música clásica, ha tenido que pasar mucho tiempo para cambiar mi percepción del estilo Clásico. Donde antes creía ver superficialidad y ornamento, ahora encuentro equilibrio, gracia y la clase de disfrute que sólo existe en el juego, concebido éste como la más alta actividad del intelecto.

Junto a los Cuartetos de Mozart y las Sinfonías de Haydn, ha sido el Oratorio "La Creación" una de las obras que han protagonizado mi particular reconciliación durante el último año.

Compuesta entre 1796 y 1798, por tanto un período insólitamente largo, "La Creación" permanece como una de las grandes obras musicales de la Ilustración, junto a "Die Zauberflöte", la Sinfonía "Coral" y la "Missa Solemnis". También posiblemente sea la más grande afirmación del genio de Haydn, por fin libre de servidumbres.

La obra se divide en tres partes que celebran la creación de la Naturaleza inanimada, la fauna y flora y la del ser humano. El libreto fue eleborado por el Barón von Swieten (activo intelectual austriaco y futuro protector de Beethoven) a partir de un extenso poema de un cierto Thomas Linley Sr., que anteriormente había rechazado Händel. La riqueza del lenguaje es inagotable, haciendo uso del estilo Sinfónico vienés pero también de giros barroquizantes (empezando por la estructura de recitativos y arias) y anticipando el gusto Romántico por la relación entre Naturaleza y hombre. La narración está a cargo de tres Arcángeles: Rafael (bajo), Gabriel (soprano) y Uriel (tenor), apareciendo Adán y Eva en la última sección.

Para abrir el Oratorio Haydn escribió un elaborado Preludio, "La Representación del Caos". Escrito en do menor, describe los primeros tiempos del Génesis, cuando todo era oscuridad y desorden sobre la tierra, con una escritura de armonías suspendidas que evita las cadencias en los finales de frase. Von Swieten sugirió la progresiva transición hacia la Luz, primero con recitativo del bajo (aún en do menor) y luego con una intervención del coro. Desde el ppp inicial, se produce el cambio a do mayor ("Licht") un glorioso fff que suscitaba aplausos del público en época de Haydn.

Así se inicia la secuencia bíblica, que alterna arias de inagotable riqueza melódica y coros de grandiosa inspiración barroca (Haydn había escuchado los oratorios de Händel durante sus visitas a Inglaterra)

La versión que escuchamos data del Festival de Salzburgo de 1965, cuando según su costumbre, Herbert von Karajan ponía a punto una grabación de "Die Schöpfung" con una serie de interpretaciones en vivo. Es sabido que el registro para la DG se completaría años después con la colaboración parcial de Fritz Wunderlich, muerto en 1966.

Karajan, contando con un sonido grandioso de la Filamónica de Viena, no desdeña la verticalidad en su dirección, pues el contrapunto está bien presente, como se escucha en los potentes Coros que rematan cada Parte. La belleza de la orquesta destaca en el Nº 12, retrato musical de una salida de Sol, quizá el pasaje donde la inspiración de Haydn alcanza su apogeo. Por otro lado sus tempi son nerviosos, teatrales, descriptivos (escúchese el Nº 21); las dinámicas variadas y expresivas, también por parte del coro (ejemplo de esto es el crescendo del Nº 19) En cuanto a la concertación de sus cantantes, como casi siempre es magistral, destacando el trabajo en los recitativos, cuya variedad de acentos y sfumature los exponen en todo su valor.

Esto es particularmente cierto en el caso de Wunderlich, extático y radiante en su primera intervención, con una voz fresca, timbradísima, de belleza seráfica. Aunque su primera aria le resulta incómoda por la tesitura grave, cautiva en el recitativo del Nº 12, de una dulzura inefable ("Mit leisem Gang") al describir el paso de la Luna. Igualmente magistral es su aria "Mit Würd' und Hoheit angetan" (Nº 24), donde la pureza de la emisión es irreprochable. Merece la pena detenerse en la frase "und Wonne zu", rematada con un crescendo magnífico. El Nº 29 hace desear que Haydn hubiese compuesto más música para Uriel. Una acuarela orquestal delicada y panteísta preludia un recitativo que el tenor alemán cincela con voz celestial.

Por su parte Kim Borg lleva con éxito el mayor peso de los recitativos de la obra. La voz es un poco áspera pero siendo un bajo neto su control de la tesitura aguda es notable. En "Rollend in schaumenden Wellen" reproduce con gracia las vocalizaciones de este curioso número, que comienza como un aria di tempesta en re menor (describe la creación del mar) y termina plácidamente en re mayor (con el solista a media voz). En el Nº 16 acentúa con gravedad el pasaje donde se cita a Dios en el recitativo accompagnato, mientras es vivaz en el Nº 21, correspondiendo el buen humor con que Haydn emplea onomatopeyas musicales (ya habían aparecido en las tormentas del Nº 3) al referirse el texto al león y otros animales. Borg además se atreve a cantar el re1 tradicional ("Am Boden das Gewürm")

Gundula Janowitz está en un repertorio ideal para exhibir la pureza angelical de su timbre, particularmente cuando podía evitar los ataques fuertes al agudo (en el Nº 5 salen algo tirantes) Su acentuación, desapasionada, virginal, se adapta perfectamente al estado de inocencia primigenia de "Auf starkem Fittige schwinget sich der Adler stolz" (Nº 15, la creación de las aves). En este caso la dulzura de frases como "Un Liebe girrt" o "Ihr reizunder" resulta insuperable. En el Nº 18, un Terceto que rompe la sucesión de arias, iguala a Wunderlich por la sencillez y candor con que sirve la melodía. La misma pureza clásica emana de su intervención como Eva en el dúo "Von deiner Güt, o Herr und Gott ", donde su voz se eleva con la pureza del cristal. Música que por muy conocida no deja de ser sublime, alada, venida de un mundo mejor.

En este caso Adán es Hermann Prey, que casi iguala el resultado de Dietrich Fischer-Dieskau en la edición de estudio por la suavidad y flexibilidad de su línea vocal, estupendamente ligada y matizada. Es costumbre emplear un barítono para Adán a fin de distinguirlo de la solemnidad del bajo que canta Rafael.



Sólo queda desearos que la disfrutéis.


27/11/08

Una "Heroica" radiante en años oscuros



Recientemente el duende Alberich nos aseguraba que para encontrar el mejor Beethoven que nunca grabó Herbert von Karajan había que retroceder hasta 1944. A punto de acabar la Guerra, a sus 36 años, el artista dejaba testimonio de un momento crucial en el desarrollo de su personalidad.

Aquí se escucha al director impetuoso y pletórico de energía (das Wunder Karajan), capaz de ofrecer una feliz síntesis entre el puntillismo rítmico de Toscanini y la amplitud de fraseo de la escuela alemana, limando las aristas de aquél y ofreciendo una "moderna" versión de esta última. Karajan escoge tempi moderadamente rápidos y se mantiene por supuesto alejado del rubato furtwängleriano. En su sonido ya se percibe la preferencia por las voces superiores: violines incandescentes y metales fulgurantes luchan sin interrupción por arrojar luz en cada rincón de la partitura (escúchese la última afirmación del motivo principal del Finale - Prometeo alumbrando la conciencia del hombre). Pero esto no significa que Karajan descuide unas maderas sonoras y bien empastadas o que se oculte la riqueza de las voces intermedias. Sólo hay que escuchar el fugato de la "Marcha fúnebre". Se trata más bien de un lucha goethiana por imponer la luz a la oscuridad. Un rasgo más de este sonido llama la atención y es su relativa aspereza: a mi juicio es muy expresiva y me parece preferible (en Beethoven) a las texturas pulidísimas que con los años extraería - como un orfebre - de las orquestas berlinesa y vienesa. Por supuesto, no es el granito de Klemperer, pero en Karajan resulta llamativo. Si bien no es la belleza por tanto una virtud del timbre de la Preussische Staatskapelle de Berlín, hay que decir que la energía y precisión de los ataques (subrayados por una potente percusión) y la nitidez de las transiciones son de primera clase. En el desarrollo del primer tiempo se tiene la impresión de que la música está siendo forjada al rojo vivo. Atención al arrasador virtuosismo de la cuerda al atacar la sección central del Finale. Una magnífica interpretación a la que sólo le reprocharía que en la coda del "Allegro con brio" las trompetas comiencen casi en fortissimo, cuando el único que hay escrito está casi al final.

La bondad de la grabación es tal que apenas puede creerse la fecha en que fue realizada.

Le agradezco a Lord Illingworth - que esta vez tuvo que darle la razón a Herr Alberich - el haber proporcionado el enlace.

La "Heroica" es una de mis músicas imprescindibles, de las que más me obsesionan. Ofrezco esta versión especialmente para agradeceros que esta casa acaba de llegar a las cien mil visitas hace unos días.

Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, Op. 55 "Eroica" (Herbert von Karajan)

29/7/08

Karajan en entrevista y documental


"O la belleza como yo la veo"

Con ocasión del centenario del director austriaco, ya recordado en esta santa casa, D.G. ha editado un documental (2007) dirigido por el prestigioso realizador Robert Dornhelm. Como es sabido, aunque quizá aún haya que recordarlo, nadie va a publicar un producto de este tipo para vituperar al protagonista. Con este punto de partida corresponde al talento y la honradez del realizador evitar que su trabajo caiga en la mera hagiografía. Dornhelm ha puesto ambas cosas en este documental, además de una evidente admiración hacia el artista. Pero quizá la novedad en un trabajo sobre Herbert von Karajan sea el afecto con que se acerca al hombre, en concreto al viejo Heribert Ritter von Karajan, casi inválido en sus últimos años, decepcionado, melancólico. Para el aficionado, acostumbrado a la imagen de esfinge que crearon la publicidad y él mismo, será incluso conmovedor enfrentarse a algunas declaraciones de este anciano: su bella metáfora de la orquesta como una bandada de aves cuyo rumbo no dirige ningún individuo; la anécdota de su encuentro casi póstumo con Leonard Bernstein ("Hablamos de cosas de viejos, enfermedades y achaques"); la expresión de su desasosiego ante la idea de un Universo caótico; su fe en la belleza como valor supremo. Porque es la Belleza el motivo conductor del documental (de ahí el subtítulo) y en el caso de su protagonista, fue divisa y obsesión; hasta la última nota tenía que ser bella: "Ha sonado como si cargaran sacos en un camión", acusa a su orquesta durante un ensayo de la Novena de Beethoven, refiriéndose al último acorde a los contrabajos en la introducción instrumental del Finale.
El otro punto de interés de la película lo constituyen los testimonios de artistas que lo conocieron: no todos elogiosos, pues más de uno alude, con mejor o peor intención, al carácter maquiavélico del artista: así Kollo ("Después de cancelar una actuación con él pensé que tendría que abrir un restaurante pues mi carrera estaba acabada") o Schwarzkopf ("Entornaba sus ojos azules y decía: Le apretaré los tornillos hasta que pase por el aro") Doble interés tienen las declaraciones de Christa Ludwig, que lo conocía desde su infancia, o la única de Gundula Janowitz: "La persona más solitaria del mundo".
Por tanto se puede decir que estamos ante un retrato sicológico, una búsqueda de las motivaciones artísticas y personales, más que una biografía. Ésta aparece esbozada para proporcionar más elementos al retrato: los casos incómodos (su nunca aclarado nazismo) no se omiten, pero tampoco se explican.

Un documento imprescindible para los interesados en acercarse un poco más al ser humano y al artista llamado Herbert von Karajan.

Las notas que acompañan el DVD las firma Richard Osborne, seguramente el mayor apóstol del director salzburgués. Se trata de una irónica autoentrevista de unas pocas líneas que nos sirve de excusa para recomendar un libro del crítico inglés: "Conversations with von Karajan", que precisamente recoge una amplia serie de entrevistas sostenidas entre 1977 y 1988. Osborne fue posiblemente el único crítico musical que obtuvo la confianza necesaria para entrevistar a der Gott en su propia casa. Esta posición privilegiada le permitía interrogar al Maestro (siempre con admirativa prudencia) sobre las cuestiones más delicadas, como su afiliación al Partido Nazi (Osborne apoya la teoría de un Karajan apolítico pero pragmático) y los oscuros años de Ulm y la posguerra vienesa (durante la cual reconoce haber pasado hambre) El libro además recoge sus opiniones sobre la dirección de orquesta - aparece aquí el obsesivo trabajador para el que nunca sobraba un ensayo - los grandes cantantes conocidos durante sesenta años de carrera (desde Lubin a Behrens) su amor por la música de Sibelius, su conexión con la ópera italiana, los directores admirados (Szell, Talich, Toscanini, Krauss, de Sabata, que es mencionado como "su mentor") y los denostados (es realmente duro con Erich Kleiber) mientras Furtwängler permanece envuelto en silencio, casi tanto como en el documental: en este caso sólo se menciona una reunión informal aunque es inconfundible como destinatario de la siguiente andanada: "Cuando comencé a trabajar [con la Filarmónica de Berlín] no eran capaces de tocar una fermata con todo su valor y sonido pleno". Es de especial interés el capítulo dedicado a las nuevas tecnologías, donde Karajan aparece como un clarividente partidario del formato audiovisual como medio no sólo de difusión, sino educador.

El libro fue editado en 1989, año de la muerte de Karajan, por Oxford University Press. Es fácilmente localizable en librerías on-line como Abebooks.com o Alibris.com.



4/4/08

Herbert von Karajan: 100 años


Heribert Ritter von Karajan nació el 5 de abril de 1908 en Salzburgo, ciudad cerca de la cual murió el 16 de julio de 1989.
Es inútil resumir en un espacio sensato la carrera del director de orquesta más famoso de la Historia, por lo que me limitaré a unas pocas reflexiones personales.
Idolatrado y convertido en un icono ya en vida, se le llegó a considerar el "Director General de Música de Europa" por su posición dominante (y autoritaria) durante algún momento de su vida, en Berlín, Milán, París, Viena y Salzburgo. En su ciudad natal le apodaban, exagerando aun más, "Der Gott". A su muerte las discográficas siguieron explotando un legado que ya era mastodóntico y se puede decir que cada nuevo formato musical que ha aparecido se ha estrenado con una interpretación de Karajan, por ejemplo su Novena de Beethoven. Esos años inmediatamente posteriores a su fallecimiento fueron los de mi entrada en la música clásica, como se puede comprobar echando un vistazo al núcleo originario de mi discoteca. Karajan había logrado una imagen de prestigio que sólo se puede comparar al de artistas como Caruso, Callas o Pavarotti y el aficionado novel confiaba ciegamente en su sello. Paralelamente se estaba llevando a cabo una revisión feroz de su arte, ya iniciada antes de su muerte, pero sobre todo coincidiendo con el declive de su influencia y recrudecida al desaparecer de la escena. El propio Karajan había dado razones a los críticos cultivando una imagen comercial odiosa para muchos y unos modos musicales cada vez más repetitivos y sesgados. La caída en el automatismo de su trabajo en el estudio de grabación para colmo fue difundida con un intensidad inédita, diluyendo en una masa de mediocridad sus extraordinarios logros. El hombre de negocios llegó a ocultar la figura del director, acusado de haberse convertido en un routinier dedicado al culto a su imagen y la calidad del sonido de su orquesta. Culto a la propia personalidad que quienes le critican no parecen detectar en directores como Celibidache y Bernstein.
El sonido, la belleza pura del sonido, la estética en definitiva fue la obsesión del Karajan maduro, quien en su juventud había sido admirador del sonido sobrio y cortante de Toscanini. Ésta no fue la única evolución en su arte ni tuvo sólo efecto en el apartado estético. A Herbert von Karajan lo han vapuleado por traicionar la profundidad expresiva de la tradición germánica cuyo máximo exponente fue Furtwängler; se ha pretendido hacerle pagar la victoria cobrada en vida sobre Celibidache, considerado por algunos el sucesor natural de Furtwängler; los wagnerianos de toda la vida le acusan de haber querido hacer un Wagner en miniatura enfrentado al Nuevo Bayreuth de Knappertsbusch y Wieland Wagner; el operófilo italiano se encoleriza por sus elecciones en materia de cantantes ("Destacado incompetente en voces", lo llamó Massimo Mila); todas las acusaciones se resumen en la reinterpretación personalista de cualquier repertorio, existente pero a menudo con resultados lúcidos y en cualquier caso sólo posible a través de una personalidad excepcional. Ningún director ha sido tan discutido y defendido en tantos ámbitos. Y de muy pocos han quedado testimonios de altísima calidad artística en repertorios tan diversos.
En realidad lo más justo sería reconocer que en cada etapa de su actividad creadora hubo un repertorio donde Karajan realizó sus mejores logros. El director enérgico y fogoso de los años 40 y 60 sigue vigente en los clásicos vieneses, particularmente el Beethoven del ciclo de Emi. En Bruckner la autoridad del artista salzburgués se mantuvo casi infalible a lo largo de los años, desde la temprana (1944) y grandiosa selección de la Octava con la Preussische Staatskapelle de Berlín (Agradecemos a Alberich los enlaces) :
Finale. Feirelich, Nicht Schnell

Hasta la postrera y radiante Séptima vienesa, su última grabación. Puede resultar chocante esta afinidad con el riguroso y monacal mundo bruckneriano: el caso es que parecía inspirarle una suerte de ascesis a través del sonido.
Con el tiempo su concepto de la música fue acercándose más a la estética del Romanticismo tardío, con su hipertrofia orquestal y su sensual morbidez sonora. Richard Strauss y Jean Sibelius fueron dos compositores en los que el creciente lujo instrumental no excluyó la interpretación sensible y renovadora. Como ejemplo escuchamos este Il tempo largo (4ª Sinfonía de Sibelius) que de nuevo nos ofrece nuestro amigo Alberich: bellísimo de sonido pero de una desolación (esa cuerda apabullante) tristaparsifalesca. La última aparición del himno, contra esa frase descendente de lo metales, es demoledora. En este blog amigo podéis escuchar una espectacular versión de Tod und Verklärung de Strauss, con la suntuosa Filarmónica de Berlín, en los años 70 una extensión del pensamiento de su director. Curiosamente Karajan llegó tarde al mundo de Gustav Mahler, quizá porque en él la tensión entre tradición y modernidad (presente en Strauss y Sibelius) estaba en cambio desnivelada en favor de la última. Sin embargo en sus últimos años aún pudo plasmar unas excepcionales Sexta y Novena Sinfonías. Su Novena, una de las cosas más personales que su etapa final, destaca por la plena realización de uno de sus ideales musicales: la sublimación del patetismo en oleadas de sonido resplandeciente. La claridad de las texturas, el equilibrio, la planificación de los clímax (el primero del Andante comodo es tremendo) son inolvidables. No se espere aquí la alucinada violencia de Mitropoulos ni la amarga sobriedad de Klemperer: en el Adagio conclusivo Karajan elige despedirse de la vida con una contemplación extática de la belleza.

El trabajo de Karajan en el género lírico obtuvo logros aún hoy imprescindibles: Così fan tutte (Emi), Der Rosenkavalier, Tristan und Isolde (Orfeo), Die Meistersinger, Pagliacci, La Bohème, Madama Butterfly, Otello (Emi), Don Carlo. ¿De cuántos directores puede decirse que tuviera la misma autoridad en el repertorio italiano y el alemán? La base de la grandeza de sus realizaciones, más allá del resplandor con que iluminaba el acompañamiento orquestal, residía en su mostruoso talento como concertador. No sólo era capaz de agrupar a sus cantantes bajo un concepto integrador con absoluta claridad, sino que se pueden contar con los dedos de una mano a los directores que han sido capaces de inspirarles una similar riqueza de matices y detalles sicológicos. En cuestiones vocales Karajan también era un hedonista y su devoción por las voces líricas y el canto "bello" es conocida y criticada en tanto que llevó a numerosos cantantes hacia repertorios opuestos a sus cualidades. Naturalmente esto además de algunos fracasos desde el punto de vista musical, precipitó crisis vocales en cantantes célebres: desde Eugenie Besalla-Ludwig, quien años después prevendría a su hija Christa contra su influencia, hasta José Carreras, Katia Ricciarelli y Helga Dernesch. En el lado opuesto, la modernidad y riqueza expresiva de sus trabajos con Simionato (Carmen), Schwarzkopf (Fiordiligi, Mariscala), Bergonzi (Canio), Ludwig (Octavian), Ghiaurov (Boris Godunov), Freni (Butterfly, Mimì, Desdémona), Price (Tosca), Vickers (Otello, Tristán) o Pavarotti (Rodolfo). Incluso durante los 80, cuando el declive en el canto ya era apreciable, supo explotar al máximo las sensibilidad de artistas como Tomowa-Sintow, José van Dam o Agnes Baltsa.

En estas páginas se han tratado algunos de los ejemplos citados, como La Bohéme y Otello(descargas).

Valgan estas líneas para poner de manifiesto el talento descomunal de un músico polémico, cuya actividad profesional no fue precisamente ejemplar desde el punto de vista ético. Pero una vez muerto, esas consideraciones se las podemos dejar a los amarillistas como Lebrecht.

22/9/07

Jean Sibelius



El 20 de septiembre de 1957 moría Jean Sibelius en Ainola, su casa de Järvenpää. Sus últimos treinta años de vida habían pasado en silencio, apartado de la creación y abiertamente contrario al rumbo que había tomado la música.

No hace falta repetir que Sibelius es un favorito de esta casa. Vamos a recordarlo escuchando dos composiciones situadas en los extremos de su vida creativa.

En Saga, Opus 9 (1892, revisada en 1902) es un poema sinfónico de juventud que muestra influencias de Liszt en su romanticismo épico. Fue compuesto por indicación de Kajanus para aprovechar la enorme atención que había conseguido Sibelius con Kullervo. La versión escogida es la de la London Symphony Orchestra dirigida por Sergiu Celibidache (Royal Festival Hall, 21 de septiembre de 1979) Nadie más podría conjugar el minucioso fraseo (esas cuerdas del comienzo) con la férrea planificación a largo plazo. Desde los poderosos pasajes de los metales al misterioso monólogo del clarinete, todo respira un aire mítico.

En Saga

Tapiola Op. 112 (1926) es en muchos aspectos el negativo de la Séptima Sinfonía, como el vacío que quedara en el imaginario molde de aquélla. Tienen en común su carácter hermético y la generación de la forma por medio del material. Pero donde la Séptima era cálida y habitaba bajo la luz del Sol (do mayor), Tapiola conjura vientos gélidos y la noche (si menor).

Extendiéndose a los lejos, los oscuros bosques del Norte,
Antiguos, misteriosos, albergan sueños salvajes;
En ellos habita el poderoso Dios del Bosque,
Y los duendes en la oscuridad urden secretos mágicos.


Así reza el programa proporcionado por Sibelius. Tapiola, el reino de Tapio, los centenarios bosques del Norte, representa todo aquello incomprensible e inabarcable de la Naturaleza en estado salvaje. Si en la Sinfonía gemela esta Naturaleza, aunque misteriosa, era una Madre tierna, aquí ofrece su cara más hostil: aquélla que inspiró los temores reverenciales del hombre primitivo. Los susurros del bosque, el viento inhóspito, la presencia de algo oculto, la indefensión humana ante lo desconocido; son algunas de las sensaciones que produce Tapiola.
Basada en el desarrollo de las ideas expuestas al comienzo, Tapiola alterna episodios que evocan la eterna soledad de aquellas latitudes con otros donde de las sombras surgen amenazadoras voces. Al final, las tenues luces del alba parecen atravesar la espesura en el sencillo canto de los violines. Quizá las analogías con la Séptima sean incluso programáticas: ¿Habría pues que escuchar una tras otra para comprender mejor ambas? El orden de la audición es algo que dependerá de la disposición del oyente... ¿Es la noche la que sigue al día o al contrario?
Escuchamos la versión de Herbert von Karajan. Uno de los mayores defensores de Sibelius durante toda su carrera, además en el adverso ámbito centroeuropeo, Karajan dejó registradas dos excelsas versiones de Tapiola. Escogemos la de 1984 por reivindicar el arte del director austriaco en unos años donde sus actuaciones son blanco de numerosas críticas. La paleta de colores e intensidades de la orquesta berlinesa en sus manos es infinita.


Tapiola.
Disfrutadlas.

21/2/07

1 AÑO DE BARRA LIBRE: ACTUALIZACIONES DE DESCARGAS

Se cumple un año de la apertura de este espacio. Aprovecho para agradecer a todos cuantos se han pasado por aquí su interés.
Esta semana procuraré actualizar la mayor parte de los enlaces publicados para celebrar este primer año de vida.
Especial Pedro Lavirgen: http://www.megaupload.com/?d=OJA6IQ0N
Baladas de Brahms por Benedetti-Michelangeli: http://www.megaupload.com/?d=RPFA2XDU
La Bohème de Karajan: http://www.megaupload.com/?d=GNZN5QH2 y http://www.megaupload.com/?d=HEBJGD31
Audiciones de Pavarotti (1961-1967): http://www.megaupload.com/?d=WM2YRP4Y y
http://www.megaupload.com/?d=V9FYFDJG
Pour mon âme por Pavarotti: http://www.megaupload.com/?d=6FB2Y60F
Rusalka y Thaïs por Fleming: http://www.megaupload.com/?d=ABQ8IN5K

Tenores de los 60:
http://www.megaupload.com/?d=OA0CRWC6 (Bergonzi y Corelli)
http://www.megaupload.com/?d=2S993GEW (Raimondi y di Stefano)
http://www.megaupload.com/?d=9PCTXPJM (Tucker y Vickers)
http://www.megaupload.com/?d=PN4YL7J9 (Gedda y del Monaco: incluso el "Esultate!" que faltaba en el enlace original)




Un saludos a todos.

19/5/06

Luciano Pavarotti (III): Con Mirella Freni en La Bohème (2/2)


Y voces, rozagantes, frescas, juveniles, tiene esta versión, pues tanto Pavarotti como Mirella Freni estaban en pleno apogeo vocal en 1972. Ambas voces tenían unas características muy similares en cuanto a extensión, amplitud y timbre, lo que hacía que empastaran de un modo muy especial, sonando como un solo instrumento. Nada extraño si tenemos en cuenta que fue Ettore Campogalliani el maestro de canto de ambos (y de Scotto, Bergonzi y Tebaldi). Singulares en ambas voces eran la redondez, esmalte y luminosidad en los registros centrales y superior, donde alcanzaban su máxima belleza (como corresponde a voces líricas) así como la total homogeneidad en toda la tesitura y su seguridad en la zona alta (holgadamente hasta el do sostenido sobreagudo) Quizá aventajara Pavarotti a su coterránea y coetánea en squillo, fiato y facilidad en el piano, mientras que la Freni ha sido más completa como músico. En todo caso, en pocas grabaciones los encontraremos más inspirados y musicales.

A pesar de la vivacidad y la alegría de la escena de los bohemios, podemos decir que la historia realmente arranca con las frases “Oh! sventata, sventata! La chiave della stanza Dove l'ho lasciata? - Non stia sull'uscio; il lume vacilla al vento”. En ese momento la música nos dice que algo maravilloso va a pasar. Pavarotti canta un exultante “Che gelida manina”, con todo el ardor juvenil que se requiere (1). El ascenso al sib3 es como un rayo de sol. La voz suena fresca, vibrante, nerviosa, con esa imposible mezcla de liquidez y metal que sin embargo falta un poco en la zona grave (particularmente en “Ma il furto non m’accora”) De nuevo, Karajan respira con el cantante y la culminación del aria en el do4, resplandeciente (aunque el si natural de “speranza” esté algo abierto) es una maravilla por timbre y plenitud. La conclusión, ya se comentó, en una acariciadora media voz. Da la réplica ella en su ensoñadora “Sì, mi chiamano Mimì” donde encontramos frases que desde entonces ha hecho suyas para siempre y es difícil disfrutar en otras interpretaciones: la volata descendente, tras atacar en piano en “Di primavere” consigue algo al alcance de pocos cantantes, que es retratar a un personaje en una frase (recordemos que Freni ya había cantado con Karajan el papel en la Wiener Staatsoper, en 1963, y lo tenía madurado). Igualmente inolvidable es “Ma quando vien lo sgelo…” donde la orquesta del director austriaco canta con la Freni y de verdad nos creemos que esta música podría derretir una glaciación y traer la primavera… Se acaban los calificativos para describir la belleza de “O soave fanciulla”, duetto arrebatador cuya música parece brotar de las arias de los protagonistas. Escuchar estas voces al unísono con el incandescente canto de la orquesta es puro deleite sonoro. Ambos acaban en piano, precisamente sobre la palabra “amor”... para morirse ahí mismo. Mágica y sugestiva la sonoridad que crea Karajan mientras los enamorados conversan (“No per pietà… Sei mia…”) Siguiendo la tradición, ambos emiten un do agudo al unísono desde fuera de la escena, en vez del sutil ascenso al do5 en pianissimo previsto por Puccini sólo para Mimì, algo seguramente fuera de las posibilidades de Freni.

Del resto del reparto, primeramente destacar a Rolando Panerai, cantante muy apreciado por Karajan (grabó con él desde el Conte di Luna hasta un Hansel y Gretel en italiano) en Marcello. Una voz de timbre agradable, simpática al oído y cantante notable, posiblemente es el mejor de la discografía. El resto de los bohemios, Schaunard y Colline, son encarnados por Gianni Maffeo y nada menos que Nicolai Ghiaurov, a quien, siendo el mayor bajo del último tercio de siglo, nunca le importó figurar al lado de estrellonas haciendo papeles secundarios. La comunicatividad y el buen humor de los bohemios es otra virtud de la grabación.

En el Acto II se completa el cuarteto principal con otro de los puntos discutidos de esta Bohème: la Mussetta de Elizabeth Harwood. Cantante escasamente asociada a este repertorio (cantó mucho Gilbert & Sullivan o Britten), hay que decir que cumple sobradamente con las exigencias del difícil papel a medio camino entre lo característico y lo lírico. Le da picardía y gracia al personaje en su Valse, a tempo muy lento, y acaba con un filado perfecto. La voz, agridulce, puede provocar rechazo. En este acto, tanto Pavarotti como Freni iluminan sus pocas frases, como el exultante “Questa è Mimì”. Hay que destacar que ambos no sólo son intérpretes magistrales de las grandes melodías puccinianas, sino también del canto conversacional, que en sus voces suena desenvuelto, variado y elocuente. De ello también son prueba las primeras frases de Rodolfo en el Acto I, donde el personaje ya queda delineado con pasmosa facilidad

El Acto III es quizá el más bello de La Bohème. Es como una huida hacia delante de la pareja Mimì-Rodolfo. Puccini se permite aquí recurrir a toques descriptivos para reflejar el ambiente invernal, el frío, la nevada. La orquesta cita “Sì, mi chiamano Mimì”, pero ya suena débil y quebradiza, como reflejando la vida que se extingue en la joven. El duetto entre Mimì y Marcello (“Mimì! - Speravo di trovarti qui”) es de gran emotividad con momentos estremecedores de Freni, como su “O buon Marcello, aiuto!” o el relato de los celos de Rodolfo (“Rodolfo m'ama. Rodolfo m'ama mi fugge e si strugge”) Temible para un tenor lírico, “Mimì è tanto malata”, es una página cercana al estilo verista de la Giovane Scuola. Pavarotti resuelve holgadamente los ascensos continuos por encima del la3, y destaca el cierre de la página, “per richiamarla in vita”, con un expresivo golpe de glotis perfectamente integrado en la línea de canto. Tras un extraño, todo hay que decirlo, rallentando de Karajan (“Mimì! tu qui?”) se llega al punto culminante de la grabación, que es el fin de acto. “Donde lieta uscì”, la conmovedora despedida de la costurera, encuentra en la sencillez de Freni el vehículo ideal. La orquesta respira con la cantante, que pone el corazón en su “Se voi… se voi serbarlo come ricordo d’amor”, ascensos al si natural cálidos y redondos. Se entiende que esta fuera la voz que dejó a Karajan “folgorato” la primera vez que la escuchó. El cierre a media voz acariciadora. Se ha llegado a decir que la soprano modenesa no sabía cantar piano: aquí está la prueba en contrario, como tantas a lo largo de esta grabación. El cuarteto “Dunque è propio finita” es uno de los pocos números de este género que escribió Puccini (además del trío de Butterfly, o el concertante de Turandot), todos magistrales y muy diferentes del estilo verdiano. Llevado con mano maestra por el director salzburgués, tenemos la línea principal cantable de Mimì y Rodolfo y el cómico contrapunto de Marcello/Mussetta. Una pena que Pavarotti no apianara sobre los sol3 de “rimavo con carezze”, frase bellísima de todas formas. Y si hay un momento en La Bohème que a mí me mate, definitivamente es “La brezza della sera balsami estende sulle doglie umane”, cuando por fin los dos protagonistas cantan juntos. Es la expresión de un profundo deseo de felicidad que íntimamente se sabe ya imposible. Señalar algún sonido forzado de Pavarotti en la zona grave, compensado con la dulzura de las más líricas (“Ci lasceremo alla stagion dei fior…” filado con buenos resultados) que resulta muy apropiada al lado de la delicadeza de Freni.

En el Acto IV, volvemos a la destartalada buhardilla de los bohemios. La animada cháchara de Rodolfo y Marcello deriva en el nostálgico “O Mimì, tu più non torni”, donde podemos disfrutar de la viril voz de Panerai, contrastando su evocación de Mussetta, que es exclusivamente sensual, con la de Rodolfo, llena de cariño y añoranza (“E tu cuffietta lieve…”, precedido de una afortunada y luminosa intervención orquestal, que es como un recuerdo de la felicidad pasada) Canto a mezzavoce de alta cuna para concluir la página. De nuevo se debe elogiar la naturalidad de los diálogos entre los bohemios, así como el sentido del humor que transmite cada uno de ellos.
Mirella Freni, a través de los años, se ha apropiado de la escena de la muerte de Mimì como ninguna otra cantante de su generación (ni de las anteriores), y en esta grabación ya se muestra insuperable en cuanto a empatía con el personaje y resultados vocales. A recordar para siempre la emoción que transmiten ambos en su reencuentro (“Ah, come si sta bene qui! Si rinasce, ancor sento la vita qui...”), o la maravillosa “Sono andati? Fingevo di dormire” (que siempre me ha recordado la intensidad ardiente de la Manon Lescaut) culminado en “Sei il mio amor, e tutta la mia vita”, verdadero cri de cœur lleno de una pasión desesperada (justo cuando ambos se abrazan, si hablamos de puestas en escena tradicionales (2)). Los “Mimì! Mimì!” de Pavarotti, justos de expresión, son el epílogo más adecuado a tanta belleza.

He aquí, por fin, los Actos III y IV.

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(1) “La voz de Pavarotti es la voz de la juventud (…) La (presente) Bohème tiene en Pavarotti al Rodolfo más creíble que pueda escucharse en disco” – Rodolfo Celletti, Op. Citada.
(2) En realidad, se abrazan justo antes de "Sono andati", cuando la orquesta cita "O soave fanciulla", un momento irresistiblemente emotivo. Aquí Karajan lo borda. Por supuesto, se aceptan correcciones de este tipo.

[L1]

3/5/06

Luciano Pavarotti (II): La Bohème. El papel de una carrera


Luciano Pavarotti hizo de La Bohème su carta de presentación durante casi 30 años de carrera. Su debut sobre un escenario se produjo precisamente con el papel de Rodolfo el 29 de abril de 1961, en el Teatro de Reggio Emilia, cantando para sus paisanos. Fue una actuación que premiaba al vencedor del Concurso Achille Peri de canto, curiosamente junto al bajo Dmitri Nabokòv, hijo del autor de Lolita, quien cantaba Colline. (Como dato histórico, citaremos que la dirección de escena la asumió la legendaria soprano Mafalda Favero) Asimismo, fue la ópera con la que apareció por primera vez en La Scala, en 1965, de la mano de Herbert von Karajan. Entonces, como tantas veces, su Mimì fue Mirella Freni. Desde ese momento y hasta finales de los 80, cuando hubo de dejarlo de lado debido al progresivo oscurecimiento de su voz, cantó el papel más de 300 veces según algunas fuentes. Posiblemente y dada la inclemencia de la escritura de Puccini, esa dedicación fuera excesiva. Cuando eligió el papel en 1986 para conmemorar sus 25 años de carrera, ya acostumbraba a cantar “Che gelida manina” medio tono baja. Recuperó a Rodolfo, en plena decadencia, para una función conmemorativa del centenario del estreno de la ópera (1996) acompañado de la Mimì de Freni y el Colline de Ghiaurov. Fue también una manera de rendir honores a los dos intérpretes más cualificados de la pareja protagonista, y una ocasión más memorable por cuestiones sentimentales que artísticas.

Pavarotti canta Rodolfo siguiendo la tradición de los grandes tenores líricos del SXX: Gigli, di Stefano, Bjoerling y Bergonzi. Aunque el papel exige más bien un lírico spinto en el Acto III, siempre se ha preferido la luminosidad y claridad tímbrica de aquellas voces para reflejar el espíritu juvenil del poeta bohemio. La tesitura es normalmente central, aunque incurre en la zona aguda contra densos acompañamientos de la orquesta: pensemos en el famoso do4 de Che gelida manina, incomodísimo, o el Cuarteto del Acto III. Sin embargo, Rodolfo es también un papel de grandes frases líricas, que exige del intérprete pleno control de las dinámicas más suaves. Un doble desafío que es difícil superar.

Luciano Pavarotti paseó el papel por los grandes teatros del mundo, y se conservan varias grabaciones en vivo que atestiguan su supremacía en el mismo durante el último tercio del SXX: en 1977, se retransmitió desde el MET, y por primera vez para la televisión, bajo la dirección de Levine y la compañía de Renata Scotto; en 1979, en la Scala, con Carlos Kleiber e Ileana Cotrubas; y cerrando este arco temporal, en San Francisco, con Mirella Freni (1988). Los aficionados madrileños recuerdan las funciones allá por 1970 en el Teatro de la Zarzuela. Como curiosidad, existe grabación de su debut en 1961, donde no se puede evitar sonreír al escuchar el murmullo de admiración que provoca el do agudo cantado en Che gelida manina.

Para Rodolfo Celletti, “no hay voz que pertenezca a Rodolfo más que la de Luciano Pavarotti. Es un caso de perfecta adhesión entre una voz y un personaje (…) La cordialidad, la sencillez, la expansión, la comunicación, el chispeante humor son los de un hombre que se impone al tenor y canta - ¡y cómo! – pero con la naturalidad de quien habla” (1)

La presente grabación no ha sido superada desde su realización en 1972, en la berlinesa iglesia de Jesucristo, alcanzando la categoría de clásico al igual que las de Beecham-de los Ángeles-Bjoerling en los años 50 y Serafin-Tebaldi-Bergonzi (años 60). Como principales virtudes artísticas que la hacen más redonda que las citadas, tenemos la plenitud del cuarteto principal, más la lujosa presencia de Nicolai Ghiaurov como Colline, y la superioridad de la Orquesta Filarmónica de Berlín, que ofrece bajo la devota batuta de Herbert von Karajan un festival para el oído. Merece la pena extenderse un poco en este punto, pues no han faltado voces que rechacen la aproximación de Karajan a la partitura, más bien al concepto que tiene de la misma, pues la plasmación de éste es irreprochable. Se habla de extravagancia en los tempi, que tienden a ser lentos, o de una fría perfección, de una visión decadente. Lo cierto es que el director salzburgués acaricia las melodías puccinianas con una delectación que algunos pueden rechazar como mórbida, pero que para mí revela la profunda devoción que tenía por esta música. Exagerando un poco, un amigo llegó a comentarme: “Es como Knappertsbusch dirigiendo Wagner” Es cierto que en algunos momentos este ensimismamiento en la melodía pone a los cantantes a prueba (como en la frase “Vi piaccia dir” de Rodolfo, donde Pavarotti acepta el desafío de la batuta y realiza un bellísimo piano, aplicando además una sfumatura hipnotizadora todo sul fiato), pero también que los mima y les permite lucirse. Es inolvidable el abandono del Valse de Mussetta, que describe bien – y con humor - al personaje en su procacidad, y la brillantez del concertante que le sigue, donde la dirección de las voces es magistral, y la prestación de la orquesta de Karajan deslumbrante. A la altura de los mejores trabajos de este músico, incomparable director de ópera, como Madama Butterfly, Tosca (ambas en Decca), Der Rosenkavalier (DG) u Otello (Emi), todas partituras que se adaptaban bien al estilo lujoso con que las pulía hasta la perfección. Además, la toma de sonido es inmejorable, de las mejores de Decca, con las voces ligeramente destacadas sobre el suntuoso entramado orquestal.Cont.-

Actos I y II:
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