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28/7/13

El acento verdiano (II): "Ah, solo per me l'nfamia..."

La reciente representación de "Rigoletto" ha despertado las ganas de escuchar como es debido esta cumbre del melodrama, lo que da pie a reanudar nuestro pequeño repaso por la relación entre accento y parola scenica verdianos con un conciso monólogo del protagonista hacia el final del segundo Acto.

RIGOLETTO
(Fra sè)
Ah! Solo per me l'infamia
A te chiedeva, o Dio
Ch'ella potesse ascendere
Quanto caduto er'io
Ah, presso del patibolo
Bisogna ben l'altare!
Ma tutto ora scompare
L'altar si rovesciò!

Leyendo estas palabras, que recogen con fortuna el gusto de Hugo por la expresión patética, podemos comprender por qué Verdi apreciaba el libreto de Piave pese a todas las objeciones que se le puedan poner. Sin embargo es el tratamiento del compositor el que consigue liberar y trascender la poesía de los versos, sintetizando el hundimiento moral definitivo de un hombre que lo ha perdido todo. Se  trata de un pasaje que sobre la partitura no tiene ningún valor: la primera mitad se desarrolla sobre un inquieto fondo de las cuerdas y está basada en frases que baten repetidamente sobre el do3 al comienzo ("Solo per me l'infamia") y después sobre el reb ("Ah, presso...") con puntuales ascensos al fa para poner de relieve las exclamaciones de dolor. Es por tanto sólo a través del accento  y los claroscuros del intérprete como se pone de manifiesto toda su eficacia en cuanto parola scenica. La segunda mitad es un nervioso diseño de semicorcheas y silencios, como un balbuceo entrecortado, que concluye con una desolada caída al do2 ("Rovesciò"). Todo está consumado. De nuevo, el resultado es algo más que la simple suma de palabra y música y podemos decir: "He aquí el melodrama". Verdi es parco es signos dinámicos, destacando el crescendo del comienzo, pero dos pistas nos advierten de no cantar exclusivamente fuerte: la indicación "Fra sè" y el hecho, común en toda la ópera, de que Rigoletto se exprese entre interjecciones que no son gritos de rebelión física, sino suspiros que vienen del alma.

Incluso en un pasaje así Tito Gobbi (3:18) deja sonidos horripilantes en cada ascenso por encima del mi, bien que se muestre contenido y no explote como era de esperar el temido"birignao". No obstante, poco de monólogo y siempre el mismo color, lo cual es malo pero con el color de Gobbi aun peor, excepto al final (segundo "Tutto scompare...")  http://open.spotify.com/track/1YwTEqO6sGyCnpQ6ccEfiz
 
El joven Cornell MacNeil (3:38) ofrece una pequeña antología de lo que es el melodrama: fraseo de verdad, con claroscuros casi en cada sílaba, y acentos reveladores. Bien resaltada la oposición de la línea entre "Potesse ascendere" y "Caduto er'io". Emotivo ataque a media voz en "Ah, presso". El legato de manual no le impide acentuar como es debido "Quanto" y "Ben l'altare". Ensimismado cierre. Sólo puede cantar así quien domina todos los resortes del passaggio y su adelanto para aligerar y colorear. Es quien nos da una idea de cómo debían de cantar en escena los grandes barítonos de los años veinte. 

Renato Bruson (3:36) parece un simple elemento más en el conjunto diseccionado por Sinopoli con el tempo lentísimo habitual en este registro: escuchamos el clarinete y cada nota de las cuerdas, pero el cantante canta justo de alientos ("Quanto") y lo que es peor, cuando dice algo tan tremendo como "Ah, presso del patibolo" parece que esté leyendo la carta de ajuste. Ante la falta de colores y acentos, de nada sirve el fondo. Esto no es el melodrama. 


Dado que el Rigoletto de Dietrich Fischer-Dieskau se caracteriza por su gran variedad de colores y acentos, sorprende la avaricia con que los emplea en este pasaje donde son esenciales. El barítono berlinés, sabe que se trata de un monólogo interior, pero los acentos y las vocales afalsetadas contribuyen a que suene un poco plañidero. Hace melodrama todo lo bien que puede hacerlo un cantante que no era en esencia de melodrama.


La interpretación de Leo Nucci (4:43) es metronómica, siguiendo simplemente el tempo sin rubato alguno. La misma uniformidad se aplica al color y las dinámicas, como es normal en un cantante cuya emisión es firmemente muscular. Algunos acentos son justos ("Ch'ella potesse...") siempre mesurados, pero resulta monótono. Podemos decir que el pasaje pasa inadvertido.
http://open.spotify.com/track/0Tc5LJvLAnjuiCvtybhPGL

Amplitud y vigor no le faltan a Leonard Warren, en 1950 en plena forma, pero la indicación "Fra sè" no existe para él y lo que escuchamos es una (aparatosa) exhibición de su voz que produce admiración y fastidio (por su tono faríngeo) a partes iguales. La dicción y la prosodia, de primera lectura.
http://open.spotify.com/track/5GLV134iXTQkxIv1vNWyt1
 
La cuestión suscitó interesantes reflexiones aquí.

17/7/11

Ha muerto Cornell MacNeil

"Lo tenía todo: voz, técnica y presencia. Pero por encima de eso era un gran señor". (Carlo Bergonzi)
Su carrera.

MacNeil nació el 24 de septiembre de 1922 en Minneapolis (Minnesota). Su madre era una cantante que llegó a estudiar con Ernestine Schumann-Heink. Muy indisciplinado para seguir la carrera de piano, acepta prepararse como barítono con Friedrich Schorr, entonces profesor en la Hartt School of Music de Hartford. Actúa en varios musicales junto a su esposa en Nueva York, alterna trabajos como operario en el teatro y en una fábrica de ordenadores. Finalmente (1950) llega la oportunidad de debutar profesionalmente en “The Consul” por elección de Gian Carlo Menotti (tras escucharle cantar “Eri tu”). Es el compositor quien le sugiere que prepare el repertorio tradicional. Tras más de dos años de estudio, se decide a abandonar su empleo y se une a la compañía de la New York City Opera con la que debuta en 1953 (“La Traviata”) Durante tres temporadas canta Escamillo, Rigoletto y Valentin, entre otros. Su carrera comienza a despegar con los debuts en San Francisco (1955) y Chicago (1957) pero es la recomendación de di Stefano (1) a la La Scala la que precipita su presentación (1959) en el teatro milanés; a pesar de no haber dispuesto de ensayos, tal es el éxito que Ghiringhelli le ofrece un contrato nada más concluir la representación de “Ernani”. Dieciséis días después aparece en el MET como Rigoletto y Bing lo compromete con el teatro, convirtiéndose en el principal barítono de la casa, tras la muerte de Leonard Warren, durante casi dos décadas. Las compañías discográficas comienzan a mostrar interés en MacNeil, aunque de forma intermitente, desde “La Fanciulla del West” para Decca. En junio de 1959 decide trasladar su residencia familiar a Roma: su intención es perfeccionar el idioma (y su pronunciación llegará a ser impecable). Al ligarse de esta forma a Italia, MacNeil logra un favor de los públicos peninsulares insólito en un cantante norteamericano: Roma, Palermo, Parma y Génova se unen al entusiasmo milanés durante la década de los 60. Sin embargo es la compañía del MET la que acumula mayor número sus actuaciones: seiscientas cuarenta y tres hasta diciembre de 1987, cuando decide despedirse (“Tosca”) debido a sus problemas cardiacos. Desde entonces su vida transcurre tranquilamente entre Ontario y Virginia, apenas relacionada con el mundo de la ópera. Murió el 16 de julio de 2011.

(1): Cantó Sharpless frente al Pinkerton del siciliano en Chicago (1957)

22/11/08

"Oh, de' verd'anni miei"

El Emperador Carlos, el antagonista de la ópera "Ernani", es uno de los más bellos papeles escritos por Verdi para barítono. En realidad hasta entonces no se había compuesto nada para esta cuerda de semejantes nobleza y grandiosidad. Antonio Superchi, creador del papel, nació (1813) y murió (1893) en Parma, por tanto era estricto coetáneo y coterráneo de Verdi. Hasta entonces había cantado los más importantes papeles de Donizetti, Mercadante y Bellini, en algunos casos como bajo cantante. A partir de Ernani su repertorio incluye no sólo Nabucco, sino los posteriores Foscari, Ezio, Miller y Rigoletto. Se retiró en 1854. Fue uno de los más importantes barítonos de la primera mitad del S. XIX. Superchi cantó bastante en España.

Superchi fue muy elogiado tanto en el viejo repertorio como en el nuevo. Al margen de las puntature añadidas posteriormente, la elevada escritura de "Vieni meco" o el aria "O, de' verd'anni" dejan adivinar que Superchi había de poseer una voz fácil en el agudo, casi tenoril, basada en una una emisión fluida y relajada. Verdi debió aprovechar esta capacidad para la caracterización noble del personaje, también reflejada en la galantería de "Da quel dì". Todas las páginas citadas exigen un canto a flor de labios impecable, sin tensiones, además de cuidados adornos. Sin embargo el personaje tiene una vena imperiosa no menos exigente: "Oh, de' verd'anni miei" concluye en una grandiosa exaltación, "Lo vedremo veglio audace" es rica en acentos heroicos; hay abundantes indicaciones "con forza" y "marcato" dentro de frases enormes ascendentes en ambas arias. Además hay que tener en cuenta la idealización del monarca que sublima sus sentimientos; luego hablamos de un personaje áulico, no de un hombre común dominado por bajas pasiones. Por tanto es necesaria una voz amplia y rotunda, pero capaz de aligerarse, y un cantante que domine el estilo grandioso tanto como los acentos líricos. Es decir, la esencia del barítono dramático verdiano.

Pasamos a las audiciones.


Mattia Battistini (Contigliano, 1856 – Colle Baccaro, 1928) el llamado "Re dei baritoni e baritono dei re", representa el ejemplo más resplandeciente de cantante áulico del S. XIX. Nacido en una familia rica e influyente, Battistini vivió como un príncipe toda su carrera. Adorado por las monarquías europeas, colmado de honores y riqueza, en sus giras tenía una verdadera corte comparable a la de un Rey. De hecho cantó en Rusia veintitrés temporadas (desde 1892), llegando a trabar amistad primero con el Zar Alejandro III y luego con Nicolás II. Su influencia (y la del tenor Masini) creó una escuela de canto en Rusia destruida durante el estalinismo. El canto de Battistini fue un reflejo de su personalidad de cantante de la nobleza. Fue uno de los últimos valedores del canto decimonónico puro, basado en el belcanto, cuyos preceptos llevó a los papeles verdianos. Las grabaciones que se han preservado muestran al cantante con 50 años cumplidos, por tanto no en plenitud, pero hay que recordar que cantó hasta los años 20 con dignidad. A pesar del sonido (grabación acústica) se aprecia la personalidad de una voz peculiar: timbre claro, casi de tenor, de cierta debilidad en el grave, centro amplio pero ligero y agudo fácil y pleno. Destaca la absoluta igualdad de registros, que junto a la amplitud de alientos (administrados con la libertad habitual entonces) permitían un legato pulidísimo, auténtica referencia. Todo ello nos permite hacernos una idea de cómo sonaban los barítonos para los que escribió Verdi, entre ellos Superchi. También su estilo nos transporta en el tiempo, llegando a sonar anticuado o arbitrario a un oyente acostumbrado a los seguidores de Ruffo: los Bastianini, Protti, Cappuccilli, etc. Hay que escucharlo como muestra de una forma de cantar de otra época, más refinada, estilizada, contenida.

En la gran aria de Carlos del Acto III, Battistini frasea con gran amplitud pero sin cargar la voz como escucharemos a Ruffo. Es de destacar como canta las notas breves ("Miei", "Credei") con esa ligereza casi galante completamente perdida hoy en las cuerdas graves. Podemos imaginarnos el squillo con que esa voz se expandiría en el teatro al atacar la imaginativa fermata ("Il nome mio")

Oh, de'verd'anni miei (Battistini)



Titta Ruffo, la voce del leone, significó para la cuerda lo que Caruso para los tenores: una revolución vocal y expresiva, además de un modelo que se imitó sin éxito. Con Ruffo las sutilezas y elegancia del belcanto cedieron ante la espontaneidad y la potencia; el fuoco verdiano fue sustituido por la pasión y la sensualidad; la glorificación de la melodía fue esculpida por el ímpetu declamatorio. Es decir, fueron los cantantes que simbolizaron la irrupción de la Nuova Scuola verista. No es que Ruffo careciera de las virtudes de la escuela tradicional: su técnica era solvente, su legato muy pulido, sabía cantar con una media voz canónica. Sin embargo su voz alteró los paradigmas baritonales vigentes: su timbre grueso y voluminoso, resonante, de un metal bruñido y oscuro en el centro, era lo opuesto a los sonidos claros y ligeros de Battistini. Su resolución del agudo era atronadora, brillantísima incluso hasta el la natural. Curiosamente, el grave era el punto débil de su voz. Con estos medios a su disposición, Ruffo prefirió la extroversión y el lucimiento a la elegancia belcantista, buscando siempre la verdad dramática en vez de la estilización. También su vida fue la opuesta a la de Battistini, pues Ruffo nació en la pobreza, llegando a ser paradigma de cantante del pueblo tanto como Caruso.

Escuchando sólo su “Gran Dio!”, entendemos lo que supuso la voz de Ruffo. Potentísima y suntuosa, de un volumen que todas las crónicas recuerdan inmenso, no estaba hecha para caracolear en los adornos de “O de’verd’anni miei”. En toda la página hay una impaciencia arrolladora, como si quisiera devorarla. La voluntad de impactar se revela en los ataques a las notas agudas, siempre al máximo y sostenidas al límite (como en el caso del final) Nótese la falta de rotundidad del grave en el recitativo.

Oh, de' verd'anni miei (Ruffo)



Riccardo Stracciari (1875-1955) era una verdadera voz de barítono dramático: amplia y potente, dotada de hermoso timbre claro y penetrante. Sin embargo su escuela era la clásica, lo que en su tiempo le valió la acusación de frialdad. Su inmensa clase se demuestra en esta aria, donde la voz crece y decrece con una facilidad absoluta, perfectamente apoyada sul fiato; los adornos de la página surgen con voz ligera pero sonora; el legato es inquebrantable. No pueden dejar de destacarse los agudos, sobre todo el la bemol que cierra el aria, atacado con arrogancia, desahogo y squillo casi de tenor. En resumen, la esencia del canto verdiano: una voz poderosa, perfectamente homogénea del agudo al grave, plegada a los preceptos del belcanto.

Oh, de' verd'anni miei (Stracciari)

Giuseppe di Luca (1876-1950) poseía una bella voz de barítono nobile que gracias a su inteligencia y dominio técnico le sirvió para cometidos más dramáticos de lo que le habrían correspondido. En su interpretación del aria encontramos las pequeñas limitaciones de su instrumento en los extremos, particularmente los agudos ligeramente abiertos, pero siempre musicales. Quizá el mayor dicitore de todos los citados, es fascinante la nitidez de su dicción, la perfecta articulación del texto, el matiz siempre personal de su fraseo (“Il nome vostro piomba”)

Oh, de verd'anni miei (De Luca)

Giuseppe Danise (1883-1963) no ha gozado de la fama de los anteriores, aunque su arte alcanzó cotas similares. Para más detalles sobre su carrera, se puede consultar aquí. Esta interpretación de su madurez le muestra con una voz que linda la de barítono bajo, de timbre oscuro y potente, siguiendo la estela de Ruffo en su fraseo amplio y heroico. En el recitativo consigue claroscuros muy expresivos (“Che siete voi”) mientras en el aria quizá cante con una voz demasiado plena, magníficamente emitida en toda la gama, desde luego.

Oh, de' verd'anni miei (Danise)

Carlo Tagliabue (1898-1978), epígono del barítono italiano, fue una voz de barítono nobile timbradísima en el agudo y más débil en el grave. No se escucha aquí al mejor Tagliabue, algo incómodo en los adornos de la página, cantada en uniforme plena voz excepto el bello diminuendo de "Ah, della virtù...". Sin embargo ahí están las señas de la vieja escuela ("uno de los ultimísimos", según Celletti) en una voz sonora y mórbida en toda su extensión, impecablemente emitida.

Oh, de' verd'anni miei (Tagliabue)



El aria del Acto III en la voz de Cornell MacNeil es uno de los grandes momentos verdianos del siglo pasado. A pesar de que aprendió muy tarde el italiano, MacNeil resuelve con autoridad el recitativo, gracias a una dicción privilegiada entre los cantantes americanos y la articulación esculpida con variedad. En el aria sortea con corrección los adornos, en algunos momentos incluso con ligereza. Pero el punto fuerte es la arrebatadora belleza del timbre, viril y acariciador al tiempo ("L'incanto ora disparve") o las enormes frases como "Ah, e vincitor dei secoli", donde la voz suena con una brillantez y facilidad insultantes. La fermata siempre permitió a MacNeil echar abajo los teatros, practicamente apropiándose de la función. La arrogancia del ataque al la bemol, si no squillante sí de enorme plenitud y brillo, suscita comparaciones con Stracciari.

Oh, de' verd'anni miei (MacNeil)


Os propongo encuesta sobre las audiciones.

12/8/08

La Discografía de Rigoletto (VI)

Prosiguiendo el recorrido por la discografía oficial, llegamos a los años marcados por el renacimiento poscallasiano del belcanto. Este movimiento alcanzó lentamente a la producción verdiana y con aun mayor dificultad a las cuerdas masculinas, pero los primeros resultados se escuchan claramente en varios casos. Por tanto los cantantes que aún se adherían a los modos veristas quedan aun más en evidencia.



Bastianini no llegó a hacer de Rigoletto uno de sus papeles importantes y este alejamiento en su carrera, simbólico de sus dificultades para convencer de verdad en Verdi, se explica escuchando esta grabación. No existe el mínimo reflejo de la psicología del personaje, en primer lugar debido a su incapacidad para emitir verdaderas medias voces. Escuchar cantinelas como “Deh, non parlare al misero” en un invariable mezzoforte, pesado y ayuno de claroscuros y modulaciones, se convierte en una experiencia monótona, inacabable. Bastianini delata su extracción verista con un resonante timbre forjado en un metal atractivo pero monocorde; una emisión expuesta a nasalidades y sonidos opacos en la zona alta; el recurso a los detestables ataques aspirados en las vocalizaciones y los sollozos para disimular problemas de fiato. Añadamos cierta inercia dramática y el resultado es un fraseo de escaso interés – ambos monólogos pasan sin pena ni gloria – que incluso hace añorar la imaginación de Gobbi.
Scotto (29 años) aún no tiene madurado el personaje y su voz aparece ligeramente chillona y aniñada, pero la variedad dinámica de su canto y su seguridad en toda la tesitura bastan para poner en evidencia a Bastianini. Aunque suena muy ligera en varios momentos, cincela un fraseo sutil que la aleja de las sopranos jilguero.
Un joven Kraus ya es un espléndido Duca, de vocalità impetuosa pero adherido a la tradición galante del personaje. En efecto su voz aparece squillante y luminosa, con ese característico tono argénteo pero algo monocromo y carente de calidez. La variedad de ataques (desde el pleno de fulgor metálico al mórbido) y las regulaciones de volumen perfectamente integradas en un fraseo ligadísimo ya recrean de forma incomparable la compleja escena del Acto II, en su interpretación un ejemplo de verdadero canto di grazia. Además incorpora la cabaletta “Possente amor” con un virtuosismo estrepitoso (no falta ni una nota y canta re4 al final). Se le puede reprochar cierta seriedad en el Acto III o la carencia de expansión voluptuosa en el Cuarteto, acaso necesaria para haberlo distinguido de la galantería de “É il sol dell’anima” (donde raya a altura similar a “Parmi veder”)
Vinco y Cossotto aún no son la estupenda pareja del posterior registro de Kubelík, pero frasean con gracia y sin rastro de vulgaridad.
Gavazzeni ofrece al fin un acompañamiento cálido, de sonidos alternativamente muelles y nerviosos, predominando una cantabilidad flexible. Destaca el entendimiento con Kraus en “Questa o quella” y “Possente amor”, donde le permite pequeños rubati demostrando que la fidelidad a lo escrito es compatible el respeto a la tradición. Por supuesto aún se conservan las puntature habituales excepto, aleluya, el reb de Gilda en el Cuarteto (pieza dirigida con estupendo equilibrio entre solistas) Sin embargo se echan de menos las cadencias de “Parmi veder” y “É il sol dell’anima”. La toma sonora no es muy nítida por desgracia, con las voces ligeramente veladas.


Decca (1961) Cornell Macneil, Joan Sutherland, Renato Cioni, Cesare Siepi, Stefania Malagú. Orquesta y Coro de la Academia de Santa Cecilia, Nino Sanzogno

MacNeil en su mejor papel y también en su trabajo discográfico más conseguido. Los resultados rememoran a los grandes barítonos de los 20 con un canto de una belleza inaudita en su cuerda tras la II Guerra Mundial: voz oscura y densa (lo que le aleja de aquéllos) pero acariciadora, dúctil y ligera cuando es necesario, incluso en zonas elevadas del pentagrama. MacNeil poseía la robustez vocal precisa y un fraseo de gran amplitud que llena los momentos dramáticos del papel: el monólogo y la imprecación admiten pocas comparaciones con barítonos contemporáneos y mucho menos posteriores (remitimos a los comentarios de la anterior entrega). Sin embargo su canto destaca más por los claroscuros, los ensimismamientos líricos que potencian la faceta paterna del personaje, rebosante de ternura. Esto es especialmente cierto en los dúos con Sutherland, que en las voces de ambos reciben las mejores versiones de la discografía. Ningún barítono – repito, ninguno – de la segunda mitad de siglo XX ha igualado la dulzura y ductilidad de las medias voces y la fluidez del legato de “Ah, deh, non parlare al misero”, “Veglia, o donna” (ensoñador, mágico) o “Piangi, fanciulla”. Según Elvio Giudici, de esta manera se “restituye a Rigoletto la capacidad de regresar, en la primera escena con su hija, a los años de felicidad perdida, expresada en la pastosidad de las medias voces verdaderas. Si se quiere, tampoco él es muy efectivo en materia de fraseo, pero la expresividad indirecta que proviene de tal perfección de canto, expresa en su caso la emoción por medio de una suerte de estilización sublimada. Puede no gustar, es cierto. Pero mientras en el teatro lírico el medio de expresión sea el canto, no veo las razones por las que la perfección vocal máxima unida un mínimo de fraseo deba considerarse más aburrido y reprensible que su exacto contrario; es más, a mi parecer es totalmente al revés." Algo que puede considerarse una bandera en los tiempos que corren.
Joan Sutherland exhibe un insuperable virtuosismo en “Caro nome”, con los trinos – los pequeños y los más conspicuos – perfectamente definidos, las notas picadas de precisión absoluta y una estupefaciente cadencia. Quizá se puede reprochar la lantitud del tempo elegido o la profusión de portamenti. El personaje adquiere verdadera personalidad en su voz bellísima, sonora, amplia y de una nitidez argentina (su famosa veladura del medium era discreta en 1961). Si añadimos su sencilla y directa expresividad y un fraseo bien modulado (“Quanto affetto!... quali cure!” es de una dulzura subyugante) tenemos la encarnación de la soprano angelical del S. XIX.
Cioni, entonces bajo la protección del Clan Bonynge, tiene un timbre desigual, en ocasiones agradable pero tendente a un color nasal y antipático por ejemplo en “La donna è mobile”. Sorprendentemente sus mejores momentos están en “Parmi veder”, donde busca con honestidad un fraseo contrastado, si bien recurre al destimbramiento para apianar el sonido (como todas las veces que lo intenta) La emisión se opaca sobre el passaggio (resulta apuradísima en las frases ascendentes de “È il sol dell’anima”) y bordea el berrido por encima del la natural. A su favor, la naturalidad tenoril de su canto, superficial pero espontánea. No es extraño que su carrera durara pocos años.
Siepi, más engolado que en su primer Sparafucile, sigue luciendo el mismo fraseo inteligente que arranca al personaje de la vulgaridad. Discreta Malagú.
Hay que atribuir parte de mérito a Sanzogno en el rendimiento de MacNeil (se recuerda la esporádica frialdad de su Renato con Solti) y Sutherland (normalmente incómoda sin Bonynge) No puede dejar de elogiarse la supresión de la gran mayoría de cortes. Por lo demás, su orquesta acompaña sin sugerir demasiados matices y en algunos momentos es algo pesante y excesivamente sonora. Se le puede reprochar que no eliminara el mi bemol del Cuarteto o los horribles gritos de Rigoletto al final del Acto I.

Sobre la importancia histórica de este registro, se expresa Rodolfo Celletti: “El recibimiento de la crítica no fue entusiástico. Sin embargo era notorio el nuevo rumbo respecto de las ediciones de los años cincuenta. Se anticipaba, de modo discontinuo y aproximativo, el derrumbamiento de dos falsos mitos: la opinión de que Verdi debía dirigirse a gran velocidad y suprimiendo buena parte de los signos de expresión; el equívoco de imponer sobre la interpretación la llamada verdad dramática, como por varios decenios la había diseñado la tendencia al canto declamatorio deducida del verismo y el drama musical. (…)
Como sea, con todos sus defectos e incoherencias, este es un “Rigoletto” de notable limpieza de las ediciones precedentes. A principios de los años sesenta, sin embargo, era difícil entenderlo. Nunca, quizá, MacNeil ha cantado tan bien: con una técnica excelentísima, es decir, línea espléndida, buen legato, voz dócil, sonidos impecables en toda la tesitura, medias voces auténticas. Quizá le falte una personalidad tímbrica o interpretativa de verdad irresistible. Sin embargo en Gramophone se habló de cierta inmadurez, mostrando el encaprichamiento de la crítica inglesa por los barítonos veristas” [en particular, por Gobbi]


D.G. (1963) Dietrich Fischer-Dieskau, Renata Scotto, Carlo Bergonzi, Ivo Vinco, Fiorenza Cossotto. Orquesta y Coro del Teatro alla Scala de Milán, Rafael Kubelík.

Es probable que Fischer-Dieskau no cantara nunca el papel en vivo, por lo que su Rigoletto carece de tinta teatral genuina. A cambio su aproximación es la más fiel a la partitura de toda la discografía . En efecto encontramos a un músico sobresaliente que analiza cada palabra, compás y situación del libretto y ofrece una síntesis de todos estos aspectos de una cultura indudable. Pasajes como “È là? Non è vero?”, donde cada una de las tres repeticiones tiene un acento e intensidad distintos (pero cantando siempre) son muestra de la variedad a la que llega el fraseo de F-D. La principal virtud de este Rigoletto es la coherencia del personaje, recreado con una vulnerabilidad que suscita la simpatía del oyente. El Buffone irónico y ligero del primer cuadro es un actor que se quita el disfraz en el segundo: la morbidez y dulzura de las medias voces y el estupendo legato recrean un canto patético conmovedor junto a Gilda. Como era previsible, su timbre de barítono lírico - claro y delgado, descubierto además en el agudo - resulta ligero en el Acto II. Sin embargo, con el auxilio de Kubelík y las ventajas del estudio, F-D busca más la fuerza expresiva a cambio del impacto de verdadero barítono verdiano, profundizando así en la imagen de indefensión de Rigoletto. Las buenas intenciones tienen fortuna en “Cortigiani, vil razza” por la nitidez de su dicción, el acento perentorio y agitadísimo y la perfecta articulación de su canto, en la que cada nota tiene el peso correcto. Incluso está notable ante las tremendas dificultades que le opone “Sì, vendetta”, ejecución fascinante por el impulso común de solistas y dirección. Renata Scotto ha comentado las numerosas repeticiones de cada escena que exigió F-D, recalcando que Bastianini hizo bastantes menos. No todas las consecuencias de esta meticulosidad son positivas puesto que en algunos momentos es demasiado obvia y artificiosa, como si la búsqueda de matices en cada palabra fuera impuesta a la música por encima de la prosodia y el acento que exige por sí misma (por ejemplo la primera frase que le dirige a Gilda). En definitiva, un canto analítico que revela hasta el último detalle escrito pero más intentando decirlo todo de la partitura que del drama, como si tratara de una sucesión de Lieder y no de un personaje de ópera; en cierta forma ajeno al acento de melodrama, ese énfasis moderadamente teatral, que en cambio sí se puede reconocer en Taddei y MacNeil e incluso en interpretaciones menos pulcras como las de Merrill . Quizá sea el final lo más flojo de su actuación: aquí su fraseo termina por sonar algo relamido y se pone más de manifiesto la insuficiencia vocal. Palidece ante la magnífica actuación de Scotto. Por supuesto también se puede señalar el tenue destimbramiento de la mezzavoce, algunas notas (“O gioia!”) donde el sonido es plano en el ataque para luego darle vibrato, los graves abombados o la modesta riqueza del timbre, sobre todo al lado de los coloreadísimos del resto del reparto. En resumen, las objeciones a una voz que delata su extracción ajena al melodrama. Sin embargo, las cualidades apuntadas bastan en la mayor parte de los casos para elevar su bufón por encima de una larga lista de barítonos italianos de los años 60, lo cual es sangrante.
Renata Scotto muestra un timbre considerablemente más amplio que en su anterior registro, lo que de entrada le proporciona mayor personalidad a Gilda, pero además su fraseo ha crecido en modulaciones y variedad de acentos. Un simple recitativo como “Giovanna, ho dei rimorsi” nos da una impresión importante y por una vez no suena ñoño; nunca “Tutte le feste” ha expresado tal pasión y madurez (impresionante “dagl'occhi il cor, il cor parlò”) Mayor mérito tiene el relieve que consigue otorgar a su música en los dúos con Rigoletto, pues ya hemos comprobado como puede parecer decorativa (en otras sopranos) ante el patetismo de la que canta el barítono: “Quanto affetto!... quali cure!” exhibe legato y matices de alta escuela, hasta el punto de robarle protagonismo a Fischer-Dieskau. En “Caro nome” moldea la melodía con sutiles variaciones de volumen, sus trinos son estupendos y la coloratura nunca deriva hacia la exhibición. Sólo se puede reprochar la dificultad con que realiza la cadencia, donde aparecen con más intensidad los sonidos metálicos que caracterizarán el resto de su carrera. Están presentes esporádicamente y podría debatirse hasta que punto la riqueza del juego de intensidades es consecuencia o razón de los mismos.
Bergonzi se encontraba en la década de su máximo prestigio después de haber cantado la mayor parte de los papeles verdianos de peso. Era una técnica soberbia lo que le permitía aún afrontar la elevada tesitura del Duca, nunca cómoda para su voz, lírica pero algo corta. Tampoco su timbre es exactamente bello, pero sí posee un calor que unido a la elegancia del canto le permite ser seductor. El mayor mérito de este Duque es reunir la gentileza de un tenor di grazia y la expansión afectuosa que desde Caruso se asocia al papel, por supuesto atemperada por el músico riguroso que es Bergonzi. Sólo se echa de menos un punto más de arrogancia de Tenor en la Balada o la Canzona, por otro lado tan distinguidas como las de Kraus, y el agudo squillante que nunca poseyó. En el resto de la partitura, explota una voz bruñida y resonante pero bien capaz de hacerse mórbida en “È il sol dell’anima” (que conserva un matiz púdico adecuado a las palabras y a quien van dirigidas) o la conclusión de “Ella mi fu rapita!”(puede que el más bello de la discografía) El punto máximo (quizá de la grabación) llega con “Parmi veder le lagrime”, impecable desde el primer (y comprometido) sol agudo, ligadísima y acariciadora. Una ensoñación (acunada con mimo por Kubelík) de un individuo inconstante, capaz de creerse (y hacernos creer) su repentina ternura. La cadencia (no exactamente la escrita por Verdi) es una muestra de belcantismo rarísima en los tenores de los últimos 60 años.


Si la actuación del tenor romagnolo en “Bella figlia dell’amore” puede considerarse algo contenida se debe a la urbanidad con que todos los solistas se integran en la concertación: el resultado disculpa a Bergonzi, pues es el mejor Cuarteto que puede escucharse en disco: el equilibrio, la fluidez de la narración, la naturalidad con que se llega a los clímax, la oportunidad de escuchar por fin los amenazantes “io saprollo fulminar” del protagonista. Y es que a pesar de los cantantes reunidos, la importancia de esta grabación sigue agigantándose sobre todo por la dirección de Rafael Kubelík. Su orquesta nunca es de trazo grueso, no hay lugar para las explosiones resonantes, pero acompaña con un colorido que crea atmósferas, comenta sentimientos, en definitiva contribuye a la narración. En vez del embarullado acompañamiento habitual de “Cortigiani, vil razza”, escuchamos la sangre golpeando las sienes de Rigoletto en los intercambios entre secciones de la cuerda; en “Miei signori, perdono” el violonchelo y el corno inglés tiñen el canto de F-D de dolorosa tristeza. Sorprendentemente en un músico adherido a las corrientes musicales centroeuropeas, respeta y consigue integrar algunas de las tradiciones más comprometidas en una ejecución rigurosa: nunca antes (ni después) los agudos de “Sì, vendetta” sonaron más inevitables para culminar la que es además una interpretación soberbia (Kubelík hace escuchar un verdadero fulmine cuando las trompetas subrayan las palabras de Rigoletto “Te colpire”) Es decir, una lección para tantos directores que o bien se inclinaron por aceptarlas en toda su vulgaridad (Erede) o las eliminaron sin más (Muti y Sinopoli).
Ivo Vinco es un notable Sparafucile, aunque la voz es discreta y se le escapa el matiz irónico del personaje. Un lujo la autoritaria Maddalena de Cossotto: junto a la arrojadísima Scotto, ambos son instrumentos más de la magnífica orquesta que recrea una formidable escena de la tormenta.

RCA (1963) Robert Merrill, Anna Moffo, Alfredo Kraus, Ezio Flagello, Rosalin Elias. Orquesta y Coro de la RCA italiana, Georg Solti.

Robert Merrill es básicamente igual a sí mismo, con los inconvenientes de que su voz ha perdido algo de brillo en el agudo y suena menos mórbida (particularmente en los dúos con Gilda).
Anna Moffo poseía un timbre carnoso, cálido y sensual que le otorgaba una feminidad novedosa al papel; no obstante a veces la carnalidad de su canto es excesiva, más propia de Manon (uno de sus mejores papeles) por ejemplo en los portamenti o la acentuación esporádicamente melindrosa y lacrimógena (de alguna forma las exageraciones de Renée Fleming recuerdan a Moffo) Por otro lado su ascenso hacia el registro superior está ligeramente entubado (lo cual una vez más confirma el toque sensual de ciertas impurezas vocales) sus trinos y notas picadas no siempre son pulcros y el sobreagudo se hace estridente. Con todo, su Gilda es una mujer con una personalidad bien definida.
Alfredo Kraus, en estado de gracia, supera en algunos aspectos su anterior Duca. Sin embargo en “Questa o quella” o “Possente amor” está ligeramente encorsetado por los tempi de Solti, que delata así su fidelidad al credo toscaniniano de abolir la fantasía en el belcanto. En cambio su “É il sol dell’anima” muestra un fraseo sfumatissimo, cincelado con el abandono más genuino que quizá se le haya captado en disco: el abandono del virtuoso. Por supuesto mantiene la nitidez absoluta de la dicción, la articulación clarísima, el agudo squillante, el legato inquebrantable en toda tesitura y rango dinámico (algo así como el completo opuesto de di Stefano) Todo ello resplandece en “Parmi veder le lagrime”, de nuevo a gran altura y culminada con una cadencia excepcional, tanto que casi no se lamenta la supresión del si bemol (aun más extraña cuando canta otras puntature habituales). Quizá impulsado por Solti, Kraus redondea su Duca con la arrogancia del Cuarteto, siempre ajeno a la sensualidad de otros tenores por la propia naturaleza de su timbre, pero logrando un deseable contraste con el tono áulico que domina su concepto del personaje.
Sólido Flagello (no especialmente matizado) y pícara Elias como Maddalena, con un timbre muy apropiado.
Solti, casi como en sus cercanos registros de Don Carlo y Falstaff, extrae un sonido orquestal con un excesivo predominio (más propio del drama musical) de metales y percusión, pero el brío de su acompañamiento y su tono predominantemente sombrío (estupenda la escena entre Rigoletto y Sparafucile) son muy efectivos (con las salvedades apuntadas más arriba). Además limpia los añadidos menos afortunados de la tradición (algo que debió de agradecer Moffo) y respeta las cadencias escritas (del Duca) que cortaba Gavazzeni.

Electrocord (1965) Nicolae Herlea, Magda Ianculescu, Ion Buzea, Nicolae Rafael, Dorothea Palade. Orquesta y Coro de la Ópera de Bucarest, Jean Bobescu

Herlea vivía años de cierta fama en el momento de realizar esta grabación, pues debutaba en el MET en 1964, teatro al que volvía para cantar Rigoletto precisamente en ese mismo año, alternándose con MacNeil. Voz de barítono de noble dotada de un timbre sonoro y sombreado (recuerda a Taddei en más de un momento) adolecía del vicio verista de abombar el registro central. El resultado es que la tesitura del dúo del Acto I le resulta ardua (sobre todo al comienzo de “Deh, non parlare”) y ha de cantar a plena voz, mórbida y agradable, pero a plena voz. Tampoco los tempi lentísimos ayudan a superar la monotonía resultante. Su invectiva, salpicada en la escena previa de sonidos deformados, le muestra en la línea de la conmoción de Taddei, aunque su dicción es menos clara y su articulación no tan efectiva (resulta ligeramente irregular, concretamente para atacar el sol agudo tradicional) El cantabile “Miei signori, perdono” le muestra de nuevo cantando en mezzoforte y sin extraer demasiado contenido de las vocalizaciones. Un canto, en resumen, de acentos expresivos, a veces muy afortunados, pero que no profundiza en los claroscuros más sutiles. Resta el registro agudo, bien timbrado y potente en situaciones favorables (alguna nota aislada como la “Maledizione!” final)
Ianculescu tenía una Voz de soprano lírica, sonora y de bello colorido, pero la emisión en el registro agudo no parece enteramente controlada y aparece registrada de forma extraña, como si el sonido se desenfocara. Llama la atención algún filado hermoso, pero su canto es muy anónimo y decorativo en “Caro nome”.
Caso parecido a Herlea, el tenor Ion Buzea luce un timbre cálido y amplio en el centro, pero el paso hacia el agudo no es muy brillante: es llamativo como cambia la complicada “e” de “Se mi punge” (al final de la Balada) por una cómoda “a” para la que además toma aire (la misma trampa que usaba Tagliavini) También encuentra dificultades en las grandes frases de “È il sol dellánima” (la endiablada “D’invidia agl’uomini sarò per te”) En su gran escena hay varias faltas de estilo poco comprensibles, como las respiraciones del recitativo (hace muy mal efecto la de “Lo chiede il pianto Della mia dilecta”) No le ayuda nada el lentísimo tempo de “La donna è mobile” pero hace una sensual canzonetta al lanzar “Bella figlia dell’amore”. En general sus agudos son voluminosos y brillantes pero ligeramente abiertos, faltándole el nítido squillo de una emisión más correcta. La expresividad de Buzea está más ligada a una espontaneidad genérica que verdadero interés por frasear. Su dicción, eso sí, es la mejor de todo el reparto, que suena realmente exótico, con un Sparafucile muy engolado. La dirección es posiblemente la más mortecina que se haya escuchado.

Emi (1967) Cornell MacNeil, Reri Grist, Nicolai Gedda, Agostino Ferrin, Anna di Stasio. Orquesta y Coro de la Ópera de Roma, Fancesco Molinari-Pradelli.

Casi coincidiendo con las representaciones del MET donde lo acompañó precisamente Nicolai Gedda, MacNeil registró de nuevo su principal papel. Si bien seguía en forma, resulta inferior a sí mismo debido a la presencia – aún tímida – del temido vibrato amplio junto a pequeñas economías de fiato. Se ha exagerado mucho sobre el desgaste que presentaba su voz, que sí se puede percibir en varios puntos. Empezando por un timbre que no exhibe la misma redondez y brillo en el agudo (aunque la voz de MacNeil nunca fue del todo fonogenica) un registro de paso oscilante y esporádicas irregularidades en la emisión. Carece además de la misma facilidad en “Deh non parlare”, donde se aprecia que la zona media no posee el terciopelo de antaño, ni su “Veglia o donna repite” el milagro de las medias voces aladas del registro Decca. Sin embargo, la prudencia que muestra en varios momentos tiene el efecto positivo de retratar un personaje más frágil, cada vez más refugiado en sonidos acariciadores, casi suspirados. De hecho MacNeil se muestra más incisivo de acento en su Monólogo (un “Pari siamo” tan matizado como siempre) y la escena con los cortesanos. La “Invectiva” tiene más impulso que la escuchada junto a Sanzogno, por ejemplo es notable como martillean sus “Assassini!” junto a la orquesta, pero es audible algún sonido forzado. En “Miei signori, perdono” busca matices más introvertidos que comunican la vulnerabilidad del personaje: un bellísimo “Tu taci” filado hasta el ppp o el cuidado puesto en adelgazar el timbre en el pasaje clave “Tutto al mondo, tal figlia è per me”, pero sostiene con esfuerzo la tesitura de la segunda parte, perjudicado además por realizar ligaduras no previstas. En cambio no existen problemas apreciables en la escena posterior con Gilda, donde escuchamos a un cantante entregado en exclusiva a la interpretación. En varios momentos supera la expresividad de su primer registro, por ejemplo la transida “Ma tutto ora scompare... l'altare... si rovesciò!” o al dirigirse a su hija moribunda como si entonara una canción de cuna (“Angiol caro, mi guarda, m'ascolta... parla, parlami, figlia diletta!”)
Lamentablemente esta vez no tiene una Gilda a la altura pues Reri Grist, ligerísima, ni siquiera es capaz de dulcificar su timbre metálico en los dúos. Tampoco tiene más interés su fraseo infantil y para colmo no exhibe un virtuosismo que a estas alturas llame la atención.
Gedda no frecuentó al papel y desde luego se entiende debido a lo poco que tenía que ver su personalidad vocal con el arrogante y sensual Duque. Por otro lado se percibe un medium algo ensanchado y gutural, lo que redunda en una falta de brillo en los registros de paso y superior sorprendente en este cantante (su ascenso al primer sib de “Bella figlia dell’amore” es menos que mediocre, aparte de la falta de gracia de la página) El único momento donde se identifica con la música y consigue modular su voz con intención es “È il sol dell’anima”. En el resto de la ópera su fraseo suena envarado y enfático.
Agostino Ferrin y di Stasio son una pareja de mercenarios poco relevantes. Sin saber hasta qué punto puede culparse a la transferencia a CD, la orquesta de Molinari-Pradelli es estruendosa, con una coda de “Sì, vendetta” que ronda lo chabacano.

18/6/08

Rigoletto: La humanidad herida

A estas alturas de la serie, conviene detenerse para aclarar cuáles son los criterios considerados para juzgar a los protagonistas de "Rigoletto".

Antecedentes:

“Sì, per Dio, ciò non sbaglia!”

Durante 1850 Verdi trabajó en Stiffelio para el Teatro Grande de Trieste, pero debió atender al contrato en vigor con La Fenice. La obra de Hugo ya había sido mencionada en una carta de 1849, mientras trabajaba en “Luisa Miller”:

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“Hay que pensar seriamente en el libreto de la ópera que se pondrá en escena el día después de Pascua (…) Sobre el asunto, sugerid a Cammarano “Le Roi s’amuse” de Vich. Hugo. Hermoso drama con situaciones estupendas, en el cual existen dos papeles magníficos para la Frezzolini [Soprano creadora de I Lombardi y Giovanna d’Arco] y de Bassini.” (Carta a Vincenzo Flaùto; 7-9-1849)

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A pesar de los problemas que plantearía la censura, la decisión estaba tomada: “Tengo en mente otro asunto, que si la Policía lo permite, es una de las grandes creaciones del teatro moderno (…) Es grande, inmenso e incluye un personaje que es uno de los mejores del teatro de universal. La historia es “Le Roi s’amuse” y el personaje al que me refiero es Triboulet. Si se contrata a Varesi, nada mejora para él ni para nosotros (…)
Apenas recibas esta carta ponte a correr por toda la ciudad y busca una persona influyente que pueda obtener el permiso para ponerlo en escena. Despiértate; deprisa.” (Carta de a Piave del 28 de abril de 1850)

Se percibe la impaciencia del genio que ha encontrado una idea que lo estimula; un personaje que le permitiría explorar nuevas situaciones y emociones.

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“Le Roi s’amuse es quizá el más grande drama de los tiempos modernos. ¡¡Triboulet es un personaje digno de Shakespeare!! (…) Es un asunto que no puede resultar mal (…) Recordarás hace seis años, cuando Mocenigo sugirió Ernani, que yo exclamé: “Sí, por Dios, esto no puede fallar”. Pues bien, ahora, revisando diversos asuntos, cuando me pasó por la imaginación “Le Roi s’amuse” fue como un relámpago, una inspiración y me dije lo mismo: “Sí, por Dios, esto no puede fallar”. Por tanto, involucra a la Presidencia [de La Fenice], remueve Venecia y consigue que la Censura permita el sujeto.” (Carta a Piave del 8 de mayo de 1850)

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La Humanidad herida

Es fácil darse cuenta de que Verdi pensaba en construir su ópera enteramente alrededor del Bufón, lo cual por fuerza significa que veía en él una gran complejidad y variedad de sentimientos que iban a movilizar su imaginación. Esto inmediatamente descarta las visiones simplificadoramente brutales de Rigoletto que se han podido y se pueden escuchar. Estas líneas, aparte de comentar la música y la poesía que canta Rigoletto para establecer los requisitos mínimos que ha de cumplir un barítono para interpretarlo de verdad, tienen un objetivo adicional: rebatir una propensión existente entre algunos cantantes a presentarlo como un personaje ridículo y despreciable.

Se ha debatido mucho sobre la maldad de Rigoletto. Sin pretender llevar a cabo un sicoanálisis del personaje vamos a realizar unas reflexiones basándonos en las fuentes principales, que aunque suene a perogrullo son:

- Su música.
- Su texto.

Sobre la base literaria de Rigoletto conviene acudir al propio autor del drama. Tras la prohibición de las representaciones de “Le Roi s’amuse”, Hugo hizo publicar la obra con un Prefacio donde defendía su creación de las acusaciones de inmoralidad.

Triboulet es deforme; es mezquino; un bufón de la corte: Triple desgracia que le hace malvado. Odia al Rey porque es un rey; a los nobles porque son nobles, a los seres humanos porque no están jorobados. Su único pasatiempo es el de poner a los nobles contra el rey, dejando que los más débiles se descalabren. Corrompe, pervierte y embrutece al rey, lo estimula hacia la tiranía, el vicio y la ignorancia; lo azuza contra las familias de alta cuna indicándole la esposa que seducir, la hermana que raptar, la hija que deshonrar. En manos de Triboulet, el rey sólo es una marioneta omnipotente que destruye a todos allí donde su bufón lo dirige. Un día (…) cuando Triboulet urge al rey a arrebatarle su mujer a Monsier de Cossé, St-Vallier se presenta y reprocha a viva voz al rey que deshonrara a su hija (Diane de Poitiers). Este padre (…) es burlado por Triboulet. El padre maldice a Triboulet. Todo el drama se desarrolla desde este punto. El sujeto del drama es esta maldición. (…) ¿Sobre quien cae esta maldición? ¿Sobre Triboulet, el Bufón real? No: sobre Triboulet, el hombre, que es padre; esta es la cuestión. No tiene nada en el mundo excepto su hija . La esconde en un lugar solitario (…) más y más aislada cuanto mayor es el libertinaje que extiende por la ciudad. La cría en la inocencia, la fe y la castidad. Su mayor miedo sería que llegara a caer en el mal, pues habiendo caído él mismo, sabe el sufrimiento que causa. Bien, la maldición golpeará a Triboulet en el ser que más ama, su hija. El mismo Rey al que impulsa al estupro, violará a su hija. El bufón será abatido por la providencia exactamente como St-Vallier.Una vez su hija es seducida y violada preparará una trampa para vengarse del Rey; su hija caerá en ella. Así pues, Triboulet tiene dos pupilos: el Rey a quien instruye en el vicio y su hija, a la que educa en la virtud. Uno destruirá a la otra. Quiere raptar a Madame de Cossé para el Rey pero será su hija a la ayude a abducir. Quiere matar al Rey para vengar a su hija, y termina por asesinar a su hija. El castigo no queda a medias. La maldición del padre de Diane se realizará sobre el pade de Blanche.

"Rigoletto" también se estrelló contra la Censura durante su génesis, pues no se admitía que una obra representara ni una maldición en escena ni el comportamiento libertino de un monarca. Precisamente las bases morales del drama de Hugo, en el que se pone en evidencia la superioridad moral del súbdito ante la nequicia del Monarca. Como condición para el estreno se exigió la supresión de la figura del rey libertino Francisco I de Francia (que reinó entre 1515 y 1547) pero más grave fue la propuesta por parte de La Fenice de un nuevo libreto. Verdi respondía´de esta forma en su carta del 14 de diciembre de 1850:

“¡¡Veo que incluso han ustedes rechazado que Triboulet sea feo y jorobado!! ¿Por qué? – “¡Un jorobado que canta!” – Podría objetar alguien. Bien, ¿por qué no? ¿Será efectivo? No lo sé, pero si yo no lo sé, tampoco quien propuso este cambio. Creo de verdad que sería extraordinario y bellísimo representar este personaje, de apariencia exterior deforme y ridícula, pero lleno de amor y pasión en su interior. Elegí este tema por sus cualidades y su particularidad y si se le arrebatan, no podré escribir la música. Me dirán que las notas pueden servir también para el nuevo drama, yo rerspondo que no comprendo en absoluto este razonamiento y digo francamente que mis notas, feas o hermosas, no las escribo por casualidad sino que procuro darles un carácter. En pocas palabras, un drama original y poderoso se ha convertido en algo frío y común (...) En conciencia de artista, no puedo poner música a este libreto”

Como se ha mencionado, a Verdi le inspiró la naturaleza humana, llena de profundo amor paterno, de un personaje exteriormente deforme y de un comportamiento ruin. Realmente era esta inquietante dualidad lo que provocó la persecución de la censura tanto del drama de Hugo como del libreto. La presencia de un ser como Rigoletto expresando sentimientos nobles y con un sentido de la justicia superior al de los personajes normales, rompía con la identificación tradicional entre belleza y bondad. Según William Weaver: “Rigoletto no fue el primero de los personajes contradictorios de Verdi. Podríamos mencionar la arrepentida villanía de personajes como Abigaille, MacBeth – humano en su maldad – o Carlo en Ernani. Pero sus contradicciones son más superficiales y predecibles; son cambios de opinión. A pesar de la deformidad que lo aparta de la humanidad normal, Rigoletto es la criatura de Verdi más profundamente humana, como también su papel más complejo y rico”

No se pretende demostrar la bondad de Rigoletto, sino su humanidad poliédrica, en la que caben amor, desprecio, miedo, ruindad, furia. Esta variedad de sentimientos se refleja en las condiciones vocales que exige el papel. A continuación se realizará un recorrido por todas sus intervenciones acudiendo a ilustraciones sonoras.


El papel

Con Rigoletto, Verdi continuó el proceso que separaba cada vez más a esta cuerda de la vocalità y los perfiles típicos de los bajos. No es de extrañar que a mediados del S. XIX surgiera la propuesta de llamar secondo tenore al barítono verdiano (1). En concreto hay que conceder la máxima importancia a las melodías cada vez más elevadas que se le conceden. Como en el caso de Carlos I (Ernani) la tesitura casi invade el terreno del tenor en las melodías nostálgicas, idílicas, intensamente líricas de los dúos con Gilda. Estas cantinelas requieren el uso de medias voces, sonidos reforzados y smorzature, una emisión ligera y clara que evoca el canto del héroe romántico, hasta entonces encarnado casi siempre por la voz de tenor. Este lirismo, además con matices patéticos muy diferentes de la grandiosa galantería del citado Carlo I, insufla en Rigoletto un aspecto positivo muy diferente del papel tradicional del barítono villano. Escuchamos como ejemplo de la visión romántica del personaje “Deh, non parlare al misero” en una versión de 1905. Nótese la ternura que invade todas las intervenciones de Rigoletto, como ese suspirado “Non uscir mai”. Es llamativa la ligereza y claridad de esta voz, la del barítono Antonio Magini-Coletti. Una curiosidad que merece la pena a pesar de la soprano Giannina Russ.

Acto I. Primer Cuadro

Se presenta al odioso personaje público que desarrolla en extenso Hugo. A pesar de sus breves intervenciones, se han aprovechado a fondo para pintar un Rigoletto monstruoso y grosero. Pensemos en las notas alargadas (“In tanto il marito”) o las odiosas carcajadas que algunos insertan en su primera intervención. Taddei ha mostrado sin embargo que se puede ser ligerísimo y chispeante al burlarse de Ceprano. Su dicción es estupenda, comunica todo el texto con vivacidad y sólo hace un pequeño rallentando al final.
La parodia de Monterone da aun más espacio para las payasadas vocales como falsetes o sonidos burdamente nasales. Comprobamos cuán diferente resulta este “Ch’io gli parli” cantado con ligereza, atendiendo (por lo menos con un trémolo) a los dos trinos que escribió Verdi en “Delirio” y “L’ore”. Taddei, dicitore incomparable, sólo recurre a una risilla. Mucho más eficaz su ironía que el tono teatral de Stracciari, esta vez muy desafortunado, pues para colmo añade unas feas risotadas durante la invectiva de Monterone. También Fischer-Dieskau se muestra contenido en esta escena y además trina con más claridad. Por tanto un Rigoletto que como buen bufón actúa con el lenguaje, en nuestro caso con el canto también. No es necesario pintar una especie de energúmeno que vocifera y emite todo tipo de sonidos feos (suonacci dirían los italianos) para transmitir la ironía y la mofa con que Rigoletto zahiere a los cortesanos. Él considera a Ceprano y Monterone dos más de esos pervertidos áulicos a los que el Duque ultraja pero que también disfrutan cuando otro es el ultrajado. La conmoción para Rigoletto es comprobar como Monterone, en vez de bajar la cabeza, desafía al Duque a costa de la libertad. Para Hugo y para Verdi era fundamental que fuera un poderoso el insultado por su siervo (Recordemos la carta ya citada donde Verdi lamentaba los cambios practicados al libreto) La dignidad en la defensa de su hija le eleva por encima de los cortesanos, le concede autoridad moral y hace temible su maldición. Una maldición de Marullo o Ceprano no tendría significado para Rigoletto. La de Monterone llega al corazón del padre, atravesando el disfraz de bufón y agitando sus propios temores. En todo caso Verdi no se extiende tanto como Hugo en el retrato de un Rigoletto que manipula al Duque, pues éste en la ópera es un sujeto con voluntad propia, no una marioneta como el Rey Francisco del drama.
Esta audición nos da la oportunidad de escuchar a Lorenzo Testi y a Antonio Zerbini, que cumplen con las condiciones de “un barítono de voz potente y entonada” que exigió Verdi para Monterone en el estreno de la ópera. También podemos disfrutar, en ambos casos, del estupendo sotto voce de los cortesanos y la soberbia concertación de Kubelik: sin estridencias ni sonidos exageradamente resonantes, permitiendo a las voces tomar protagonismo pero coloreando la expresión.

Acto I. Segundo Cuadro

Verdi no sólo caracterizó a Rigoletto a través de su propia música, pues como hemos visto, se podría decir que Monterone cumple la función de un alter ego que refleja sus sentimientos paternos. Si Monterone es el doble "positivo" de Rigoletto, el que sacude su conciencia al maldecirlo, Verdi también lo enfrenta con un doble "negativo", el que ofrece una imagen completamente inmoral de sí mismo: Sparafucile. Este papel excede con mucho el típico personaje característico. En primer lugar su participación en la trama está lejos de ser decorativa. En segundo lugar, su caracterización no es unidimensional, sino que tiene diferentes caras, matices y zonas de sombra. Además Verdi fue generoso con él, más con la calidad que la cantidad de su música.

"Quel vecchio maledivami"

Estamos en un callejón solitario. A un lado, una casa discreta protegida por muros impracticables. En la misma calle, una entrada al palacio de Ceprano. Rigoletto llega de incógnito. Música sombría que recuerda vagamente la que precedió su burla a Monterone. Sigue recordando la Maldición. Aparece Sparafucile, un asesino a sueldo que ofrece sus servicios para librarle de algún rival en amores, pues según él, lo tiene, afirmación que inquieta a Rigoletto. Un temor parece materializarse en su mente: interroga por las condiciones que exigiría por eliminar a un noble. El diálogo - casi un recitativo a dos voces que no se atiene a una forma tradicional - se desarrolla sobre un solo de chelo, una danza entre galante y siniestra que se anima según Sparafucile explica con sorna su modo de trabajar. Es su hermana quien atrae a la víctima hasta la casa donde el mercenario ejecuta los encargos. Rigoletto, entre espantado y admirado, despide al personaje pero toma nota de su nombre y dónde puede encontrarlo “all’occasione”. El asesino sale de escena con un fa grave, muchas veces prolongado más de lo aconsejable. Música libérrima, hecha de susurros y sombras, es uno de los números más afortunados de la ópera.
La entrada en escena de Sparafucile es anunciada por la cuerda grave; el violonchelo solista entona su extraña contradanza que comenta todo el dúo. Es la música de Sparafucile la que domina la página, Rigoletto sólo puede dejarse envolver en este nocturno, imitando en muchos momentos el semideclamado del asesino. Esto es un reflejo de la situación de ventaja de Sparafucile (su insinuación sobre los rivales de Rigoletto) y su propia seguridad profesional. Para Sparafucile es una mera negociación en la que le interesa atraer el interés de un posible cliente. Por ello es impensable escuchar a un cantante que intimide innecesariamente al Bufón con un canto estentóreo (Talvela) o terrorífico (Neri) en pasajes que deberían sonar más bien socarrones y arrogantes como “Soglio in città uccidere” y “È questo il mio stromento”. Asimismo, el tono confidencial del dúo debía acentuarse al darle su nombre (nada fácil cantar esa frase sobre mib repetidos en piano) y de la misma manera Rigoletto debería responder sottovoce (“E dove all’occasione?”) Incluso su salida de escena (fa2) debía de ser cantado a media voz. La cuerda grave despide al fascinante personaje.

De los requisitos nombrados, Vinco y Ghiaurov cumplen al cantar con voz mórbida y bien modulada con el carácter nocturno y secreto del dúo. Por supuesto, Ghiaurov resulta más gallardo con su magnífico timbre, pero Vinco concluye la página sottovoce (y así iniciará con enorme coherencia Fischer-Dieskau – siempre el más sumiso y amedrentado de los escuchados – su “Pari siamo) Sin embargo quienes crean con mayor fortuna la atmósfera de conspiración son Zaccaria y Gobbi, que cantan toda la página sottovoce, casi a susurros (bien que con voces muy modestas) El caso contrario del estupendo Siepi, además en estado de gracia, pero que luce demasiado su resonante voz, solo modulada en “Sparafucil mi nomino” (además prolonga el fa grave sin razón) Le acompaña mucho mejor MacNeil, siempre más sutil que Protti aunque termine por participar en el juego de lucimiento de Siepi. Merece la pena detenerse en la versión de Italo Tajo, que en algún momento resulta algo ampuloso pero alterna sonidos ligerísimos y, lo que es más sugerente, es el más irónico y casi diríamos que simpático al relatar su modus operandi (no se puede escuchar su “Chi voglio attira”) De esta manera, más que un malvado común, tenemos un personaje en el que fácilmente Rigoletto puede verse reflejado por el distanciamiento y el humor con el que considera su trabajo, aunque éste sea matar gente: casi podría decirse que al igual que el Bufón es actor en la Corte, Sparafucile lo es con el puñal.

El encuentro con Sparafucile no sólo intimida a Rigoletto, sino que despierta los miedos que tiene enterrados en su mente. Por ello sus frases han de ser sottovoce, tanto por el incógnito de Rigoletto, como por el miedo que sus propias palabras le producen. El mercenario ofrece una solución a la permanente amenaza del Duque ("E quanto spendere Per un signor dovrei?") y a la vez le fascina (¿son sus Demonio! admirativos?) Rigoletto se asegura de saber dónde podría localizar a Sparafucile y queda solo con sus reflexiones.

"Pari siamo"

“Somos iguales; yo la lengua, él tiene el puñal”. Ambos, asesino y bufón, son temibles y a la vez forajidos por su condición. Aquél mata, Rigoletto usa la risa para vilipendiar a sus enemigos. Se mezcla la admiración por la seguridad del profesional con el horror de verse reflejado en el asesino. Es un recitativo (Adagio) crispado marcado por varias pausas. Retorna la reflexión anterior: “Quel vecchio maledivami”, sobre la cual Verdi indica claramente <>. Se inicia un Allegro donde Rigoletto, de nuevo en estilo declamatorio, acusa a la Naturaleza y a los hombres de haberle hecho “vil y desgraciado”. Más profunda es la rabia de ser deforme y bufón: “No poder, no deber más que reír - el patrimonio de todo hombre me es negado: el llanto”. Es importante notar que en “ridere” el tiempo vuelve a ser Adagio para hacerse Moderato al describir al origen de sus humillaciones: el Duque. "Este señor mío - joven, alegre, tan poderoso, bello – que mientras dormita me dice: ¡Hazme reír, bufón!”. En esta frase la tesitura se sitúa por encima del mib3, lo que sin duda es una imitación de la voz de tenor. La furia se apodera del pobre bufón: las indicaciones de Tutta forza y Con forza marcan sus exclamaciones: “Cómo os odio, cortesanos burlones, si soy inicuo es por causa vuestra sólo”. La orquesta, casi callada hasta ahora, prorrumpe en un ff. Nuevo cambio de tempo (Andante) y de estado de ánimo. Lejos de la nequicia de la corte “en otro hombre me transformo aquí”, un solo de flauta (dolce) establece un oasis de melodía. Nueva reflexión sobre la Maldición: “¿Por qué sigue turbando mi mente? ¿Me sobrevendrá desgracia?” y un intento de desdeñar tales oscuros presagios “è follia”. Abre la cancela de su casa y entra.

“Pari siamo" es el puente entre el mundo público y el privado de Rigoletto, entre la música declamatoria y la melodía intensamente lírica de “Deh, non parlare al misero”. Más importante aun, es la explicación del propio Rigoletto a su comportamiento. En su exclamación inicial ("L'uomo son io che ride!") expresa la similitud que ha percibido entre Sparafucile y él mismo, pues ambos usan su talento para el mal. El mal que Rigoletto es consciente que causa le devuelve a la maldición. Este pasaje exige un ímpetu declamatorio como el expuesto por Titta Ruffo en su primera grabación, pero inmediatamente Verdi le exige ejecutar un doble regulador (<>, como se escucha a Stracciari) sobre “Quel vecchio maledivami”. Parece entonces justificar su vileza (“O uomini, o Natura”) culpando a su deformidad y al desprecio de los hombres. He aquí la consecuencia: por fuerza se ha convertido en un ser sin sentimientos al servicio de un señor cuyas virtudes – belleza, poder, felicidad – le son humillantes. Retornan los tintes teatrales pero no hay que llegar a ser estentóreo, para que no resulte inverosímil la transición a un Adagio expresivo (estupendo aquí de Luca) que parece demandar la media voz sobre “Pianto”. En este punto es muy insuficiente Bastianini con sus aspiraciones. Mucho más comunicativos Ruffo o Danise combinando la media voz con un pequeño sollozo. También Galeffi, con su característico patetismo haciendo crecer el sonido para reducirlo después. Son matices que recrean un personaje vulnerable, lleno de dolor. Resulta anticuado Gobbi en su “Fa ch’io rida, buffone” comparado con Stracciari o sobre todo Danise, quien logra sonidos ligerísimos, casi de tenor y además imitando el bostezo del Duque: éste es el sentido de la frase. La furia de Rigoletto explota: reconoce su iniquidad y peor aun, se solaza en todo el mal que pueda causar a los cortesanos, ya que el Duque está fuera de su alcance. “Si soy inicuo es por causa vuestra”. Sin embargo, al reconocer su vileza se sitúa en un plano moral superior al Duque y los cortesanos, personajes completamente amorales. Llegamos a un punto donde Verdi pide “tutta forza” y se precisa un verdadero barítono dramático para impresionar en sus imprecaciones (“O dannazione”) Al reconocer su vileza, Rigoletto ha de tener la grandiosidad del drama romántico de Hugo, no la vulgaridad verista que exhibe Gobbi. En este punto Fischer-Dieskau resulta ligero comparado con cualquiera de los citados, en particular el titánico Ruffo. Rigoletto, pues, elige hacer el mal sólo como un disfraz para poder sobrevivir en la corte. En su hogar, junto a su hija puede ser otro hombre. Pero al ser consciente de hacer el mal, Rigoletto reconoce que la maldición de Monterone es justa, sobre todo porque se ve reflejado en un padre ultrajado. Sin embargo resultan más efectivos Galeffi y sobre todo Danise porque crean un contraste agudísimo al extasiarse posteriormente con la melodía sugerida por la flauta ("Ma in altr'uomo..."): inequívoca asociación con Gilda, con un mundo idílico, idealizado. Este punto es lamentable en las versiones duras, cuajadas de aspiraciones de Bastianini o Protti. La evocación dura un momento, pues la maldición ocupa de nuevo su mente aunque intenta suprimir ese pensamiento (Verdi indica morendo). “Mi coglierà sventura?” quizá es el presentimiento de un castigo más que de la desgracia. Con MacNeil y Danise este pasaje a media voz, casi trémula, nos pinta un personaje frágil, como herido por la imprecación de Monterone. La tradición ha impuesto un extrovertido sol agudo para concluir la página despejando los grises pensamientos.
De entre los antiguos, Danise parece el más completo porque con una voz rotunda y “squillante” llena los momentos dramáticos y su acento resulta menos sobreactuado que el de Galeffi o más espontáneo que el de Stracciari. El no exagerar las imprecaciones con rugidos o un canto heroico, permite que las inflexiones líricas sean más creíbles y el personaje nos parezca más humano. Llevar al límite los contrastes de la página, como hace Gobbi, termina por pintar un Rigoletto esquizofrénico. Con el equilibrio de Danise, su odio nace de una humanidad herida que se expresa en una voz que casi se deshace a flor de labios (“Il pianto”) o clama pidiendo justicia (“O dannazione”) También MacNeil, con una voz resonante pero morbidísima, sigue esta misma línea. Es impresionante la dulzura de su “Ma in altr'uom qui mi cangio!...”, una frase casi de tenor. Más que un personaje herido y lleno de odio, MacNeil ya piensa en el padre

Carlo Galeffi



"Deh, non parlare al misero"

Nada más entrar en el jardín, Gilda, la joven hija de Rigoletto, sale de la casa y se arroja en sus brazos. Los instrumentos de arco reflejan la alegría casi infantil de Gilda. Ambos intercambian muestras de cariño: “Sólo contigo encuentra alegría mi corazón oprimido.” Ella percibe la inquietud de Rigoletto y le interroga por las razones del aislamiento en que viven, sin familiar alguno. El Bufón ni siquiera le confía su propio nombre e insiste en que no salga nunca sola excepto para ir a la iglesia. Gilda pregunta entonces por su desconocida madre. Hasta aquí la escena se ha atenido al recitativo: evocando a la mujer que amó, Rigoletto se abandona por fin al canto. “Deh non parlare al misero” le permite expresarse en periodos simétricos a diferencia de la inquietud formal que manifestaba su partitura hasta el momento. Los pequeños adornos y el carácter elegíaco de esta melodía la vinculan al belcantismo, pero los pasajes donde lamenta la muerte de aquel “ángel que le amó por compasión” y agradece a Dios por su hija, llevan el sello inconfundible del patetismo verdiano. Sigue una exaltada transición donde Rigoletto proclama “Culto, familia, la patria, mi universo eres tú”, mientras ella se siente conmovida. Inocentemente le pide permiso para romper la reclusión en la que vive y visitar la ciudad de vez en cuando. Esto horroriza a Rigoletto: podrían secuestrarla, el honor de la hija del bufón no vale nada. Acude a su aya, Giovanna: ella asegura que nadie sabe de su presencia y que las puertas siempre permanecen cerradas. El pobre hombre confía en la palabra de la mujer y le dirige una cantinela afectuosa “Veglia, o donna”, aun más idílica que la anterior. Gilda invoca la protección de su madre desde el Cielo. Se oyen ruidos fuera. Rigoletto sale a la calle y el Duque aprovecha la cancela abierta para colarse con la connivencia de Giovanna, a quien arroja una bolsa de dinero. Rigoletto vuelve y le recuerda que nunca debe abrir a nadie; Giovanna pregunta: "¿Tampoco si fuera el Duque?" - “Menos que nadie a él”. Padre e hija se despiden cantando juntos. El Duque ha escuchado que Gilda es la hija de su bufón.

El dúo con Gilda debe ser el momento en que Rigoletto revele su faceta paternal. Como se ha comentado, la música cambia completamente desde la escena del encuentro, con frases amplias y ligadas. Incluso sus respuestas evasivas han de ser emitidas con suavidad, como escuchábamos en la audición de Antonio Magini-Coletti o la presente de MacNeil y Sutherland. De otra forma, con un Rigoletto autoritario que vociferara “Non uscir mai” o “A te che importa?” se crearía la impresión de un padre autoritario y represor que no tendría sentido escuchando la música que sigue. Su Andante con espressione “Deh non parlare al misero” es la liberación de la ternura oprimida. Música ligadísima, con pequeños adornos, sus signos de expresión y de dinámica exigen un canto mórbido y acariciador sólo posible con la emisión sul fiato que perdieron la mayor parte de los barítonos de posguerra. Las appoggiature (“Sentia quell’angelo”) sugieren de forma clara sollozos sublimados, lo cual excluye la opción de insertarlos reales. Ni siquiera al exclamar “Moria, moria”, primero con dolore y luego piangendo, que MacNeil resuelve aquí con sonidos a flor de labios. No llega sin embargo al ppp que marca Verdi al atacar “Sola tu resti al misero”, culminada con trasporto (“O Dio sii ringraziato) En el episodio que sigue, voz de barítono amplia y resonante exige su exclamación: Patria!... parenti!... dici? [amici]... Culto, famiglia, patria, (con effusione) Il mio universo è in te! Que culminan ambos en ff.
La petición de ver la ciudad (en el tempo di mezzo) provoca un canto excitado de Rigoletto, quien ingenuamente tranquilizado por el aya, se abandona de nuevo al canto en la cabaletta. “Veglia, o donna” (Allegro moderato assai. Affettuoso) es la página donde MacNeil marca más diferencias en toda la discografía de segunda mitad de S. XX, rememorando la grabación de Giuseppe Danise. A éste sólo se le pueden reprochar las pausas (mínimas) que realiza en “Che-a te puro confidai”, “Veglia-attenta”, “Che-altri fiori hanno piegato”, justo en contra de lo escrito por realizar otras ligaduras diferentes de las previstas. Sin embargo son únicas la facilidad con que su mezzavoce timbradísima se pasea por los ascensos al fa agudo (“Offuschi”, “ridona”), recogiéndose con dulzura inefable (pp) a continuación y las acciaccature de “Veglia attenta” y “Lo difendi”. Estas notas breves pueden escucharse despojadas de su contenido expresivo en las ejecuciones aspiradas de Bastianini o Protti. Por otro lado, incluso Leonard Warren tuvo que resolver los ascensos al fa a plena voz. Nada de esto hay MacNeil, que consigue una cosa casi imposible; ser tan dulce que no desentona al lado de los celestiales sonidos de Sutherland. MacNeil liga las frases como están escritas en la mayoría de los casos y sólo es inferior a Danise en el pp de “Veglia attenta”. Es particularmente feliz el ligero crescendo hasta el fa de “Che s'offuschi il suo candor”, recogiendo la voz y respetando la appoggiatura de “suo candor”. La ligereza y plenitud de su emisión son más que asombrosas en un timbre que era más oscuro que el de Danise. Tras la inquietud de la interrupción, la fusión de ambas voces es un bálsamo para el alma y los oídos maltratados. No hay cortes en esta versión y se puede disfrutar del pasaje final donde Verdi se extasió escribiendo belcanto y Rigoletto puede huir de una realidad adversa, reencontrarse con su humanidad y por un momento regresar a los años de felicidad perdida. Es decir, sublimación a través del canto.

Danise y Borghi-Zerni
Deh, non parlare al misero. MacNeil, Sutherland.
Veglia, o donna. MacNeil, Sutherland

Es de interés traer a Fischer-Dieskau para establecer las diferencias de su enfoque con el de los barítonos de estilo italiano. Recordemos que el dúo con Sparafucile acaba sotto voce y así comienza su monólogo F-D. No puede evitar algún sonido artificioso al reinventarse como barítono verdiano ("Non dover, non poter altro che ridere") pero la riqueza de colores es más que notable ("Giovin, giocondo, si possente, bello") Curiosamente su imitación del Duque no es nada sutil, por el contrario es más bien enfática. Más problemas le plantea el pasaje "Tutta forza", que le queda ligera o "Per cagion vostra è solo", donde la voz se abre y le faltan vibraciones más baritonales. En todo caso, hay cierto énfasis en estos momentos nerviosos y excitados que no termina de suplir la falta de squillo y resonancia. Mucho mejor en "Ma in altr'uomo..." En cuanto al dúo: F-D canta óptimamente con un respeto por las dinámicas y una variedad de colores encomiables. Pero aquí y allá hay frases manipuladas en las que pretende imponerse a la música: "A te dappresso, trova sol gioia il core oppresso" o la ligeramente relamida "Ah, Moria... le zolle coprano Lievi quel capo amato...", atacada con un sonido plano, bastante pálido, acentuada de forma meliflua y resuelta en el grave con discreción. Sin embargo es revelador en detalles como Me forse al mondo temono, D'alcuno ho forse gli asti... Altri mi maledicono... Quizá el problema de F-D sea la búsqueda de detalles hasta en la última sílaba, como olvidando que el valor intrínseco de la frase musical depende más del legato y las modulaciones que del matiz en cada palabra.



Final del Acto I (MacNeil, 1964)

Nuevamente tenemos que hacer referencia a Carlo Galeffi para comentar uno de los añadidos a la partitura que ha impuesto la tradición. Carlo Galeffi fue el principal Rigoletto de La Scala tras Titta Ruffo; debutó el papel en el teatro en 1912 y hasta 1940 cantó sesenta funciones, veinticinco de ellas bajo la dirección de Toscanini. En su biografía del cantante Arnaldo Marchetti registra que los gritos de “Gilda! Gilda!” al final del Acto I fueron introducidos por G. con el consentimiento de Toscanini en las representaciones scalígeras de 1922. No sólo por la fama del barítono, sino por el prestigio de gozar de la aprobación del Maestrissimo, la moda de estas exclamaciones se extendió rápidamente. Los años 50 incorporaron por supuesto la cuota histérica y las appoggiature malsonantes (“Giulda”) terminando por configurar un personaje neurótico. Situándose en la época de Galeffi, se entiende el deseo de añadir un efecto realista para impresionar al público. Eran los años de creación de óperas veristas y sus intérpretes inconscientemente podían trasladar los parámetros expresivos nuevos a las óperas tradicionales. Fuera de aquellos años, esta tradición es absurda. La partitura zanja cualquier discusión al indicar claramente: “Mira a Giovanna espantado; se tira de los pelos, intenta gritar pero no puede”.

Acto II

Ya tenemos planteado el drama de Rigoletto, falta su resolución. Creo que es buen momento para recordar la influencia de la obra de Hugo en el planteamiento de Verdi; por lo menos hasta el momento, porque desde este punto ambos divergen. Llegamos a la escena que mayores problemas opone al intérprete y la que por sus exigencias dramáticas más ha contribuido a crear la imagen de un Rigoletto tremebundo y estentóreo: la Invectiva a los cortesanos, "Cortigiani, vil razza dannata". Y sin embargo su entrada en escena exige un intérprete inteligente y sutil para transmitir la ironía en la que Rigoletto envuelve su dolor.

"Povero Rigoletto!... Lara larà... Cortigiani, vil razza dannata"

Se escucha a Rigoletto canturreando desde fuera del escenario. Finge indiferencia para no entrar en el juego de los cortesanos mientas ronda por la estancia buscando evidencias de dónde pueden haberla ocultado. Los cortesanos disfrutan con su angustia y se burlan de sus indirectas y sarcasmos. Incluso le responden que el Duque aún está durmiendo. Entra un paje anunciando que la Duquesa quiere hablar con su esposo. Borsa y Ceprano le contestan con evasivas y Rigoletto comprende de repente que Gilda está con el Duque. “Si perdiste tu amante búscala en otro lugar”, ríen los cortesanos. El Bufón revela: “¡Quiero a mi hija!” e intenta lanzarse contra la puerta del dormitorio, pero le bloquean el paso. Rigoletto los impreca en un feroz arioso e invoca (como Monterone) la mano justiciera del padre que defiende el honor de su hija. En vano, pues no puede superar por la fuerza a sus enemigos. Se derrumba, incluso apela al supuesto buen corazón de Marullo y finalmente suplica su compasión en un cantabile de enorme patetismo.

Su canturreo no debe ser vulgar o caricaturesco, ni sus sarcasmos hacia los cortesanos sonar como exabruptos. Además sus apartes deben ser distinguidos claramente de ambos. Traemos un Rigoletto burlón, Giuseppe Taddei, que colorea todos sus “Tra-la-la-rá” consiguiendo unir sus reflexiones angustiadas y los dardos hacia Ceprano y Marullo. En su invectiva, Taddei matiza sus imprecaciones de dolor hasta que se derrumba, indefenso, en “Miei signori, perdono”. Un verdadero canto del oprimido reclamando justicia. Es interesante establecer la comparación con Ettore Bastianini.

Audición comparada

Nadie puede negar que Bastianini impresiona por la robustez de la voz, pero más bien declama y ya resulta uniforme en la propia Invectiva porque es pobre de intenciones. Compárese con la forma en que Taddei diferencia entre la cortante "Vil razza dannata" y la introspección de "per qual prezzo vendesti il mio bene"; "A voi nulla" y "per l'oro sconviene". Incluso en los "Quella porta, Assassini", Bastianini vocifera mientras Taddei con sus secas corcheas se integra mejor en el pasaje. Nada de este patetismo, de estos contrastes hay en Bastianini, quien en el conjunto de la escena aun resulta aun mucho menos variado de acentos y modulaciones. Veamos en "Ebben io piango". Taddei cambia el acento completamente ("Ah, voi tutti") y es suplicante, casi tiene el llanto en el timbre. Morbidísimo en "Io piango". Nervioso en "Dimmi tu" y hace pequeñas diferencias entre los "È là, non è vero" para cerrar el pasaje a media voz ("Ohimè") En Bastianini no hay cambio de acento ni noticias de que exista la media voz. Llega el cantabile y Bastianini consuma su naufragio manteniendo el mezzoforte, vocalizaciones aspiradas (horribles) y tono nasal cuando sube la tesitura ("Ridate a me la figlia"). Las notas elevadas son potentes pero no fáciles ni timbradas, en mi opinión, y además las "prepara" ("Ridate... AAAAA MEEEE LA FIGLIA") algo de propio de malos cantantes. Esto nos vale para apuntar que T. cuida mucho mejor el legato que B.. El barítono genovés ataca "Miei sigonori, perdono" con una dulzura que ya pone en completa evidencia al sienés. Tampoco sus vocalizaciones ("Pietate") son irreprochables, pero no están aspiradas. Otras frases que en Bastianini pasan inadvertidas son "A voi nulla ora costa" o "Tutto al mondo". En T. destacan por la mezcla de dignidad y patetismo. Nótese como matiza en "Tal figlia è per me", con un pequeño rallentando cuyo secreto le estaba vedado a Bastianini. Sus "Signori, perdono" son tan suplicantes como imperativos: hay que suponer que debido al peso con que ataca la primera sílaba de "Signori". En Bastianini es inútil buscar estos detalles. Incluso en las pocas palabras de la cadencia ("Pietà, pietà, signori, pietà signori, pietà) Taddei consigue ofrecer mucho más que que su "rival", que sólo prolonga el primer "pietà" hasta que se queda sin aire, su gran recurso expresivo. Taddei utiliza un eficaz stentando para a continuación modular ("Signori") hacia el final. Y si hablamos de voces, T. no tenía nada que envidiar al color baritonal central de B., mientras en la zona alta suena (en este caso) más fácil, homogéneo y timbrado.

Poseedor de medios tan heroicos como los de Bastianini, pero mucho mejor dosificados, Cornell MacNeil además era capaz de suscitar un patetismo tan eficaz y auténtico como el de Taddei. Igualmente de interés en la escena previa, MacNeil encuentra matices conmovedores en los apartes. Su “Cortigiani, vil razza” sigue la estela de Tibbett en cuanto a dramatismo y la escala vocal casi heroica, además posiblemente necesaria en una sala como el Colón (grabación de 1961).
Se recurre de nuevo a MacNeil, esta vez al registro oficial de Decca, para mostrar nuevos matices en la escena del diálogo con los Cortesanos: es necesario que el acento y (hasta donde sea posible) el timbre ofrezcan tres caracteres bien diferentes. Mac destaca en particular en los apartes (“Ove l’avràn nascosta” y “Non è il suo”) susurrados con ese toque lacrimoso tan personal. Al dirigirse a los cortesanos no tiene la mordiente ironía de Taddei. Se mantiene fiel al canto en los “Lara-lara”, dejando que se impregnen poco a poco del tono vulnerable de los apartes (sobre todo los que siguen a “Voi dormiste”) Desafortunadamente, el tempo de la invectiva es pesado y la cuerda carece del impulso, esa precisión acuciante que se escucha en la grabación de Kubelík. MacNeil tuvo problemas en la invectiva cuando debutó en el MET (1959), pero aquí no carga las tintas y canta en todo momento, incluido un estupendo mi bemol agudo. Mac resalta muy bien el cambio de carácter de la sección “Ah! Voi tutti a me contro”, llegando a sugerir las lágrimas sólo por medio de una voz dulcísima y pequeñas pausas (“ Marullo! Signori! Dimmi tu”) Estupendo “Tu taci”, filado con una facilidad tenoril. En el cantabile no canta medias voces exactamente, ni su fraseo es trascendetal, pero dada la privilegiada morbidez de su timbre, este mezzopiano da muy buen resultado. Además su legato es de alta escuela. En el debe la elección de cambiar las ligaduras escritas por Verdi en la partitura al enlazar “Pietà-Ridate a me la figlia”, lo que le obliga a respirar a continuación en un punto no previsto. Pero por lo menos ahorra los enormes portamenti que añaden otros barítonos para realizar esa ligadura.


Pasamos a la versión de Fischer-Dieskau, interesantísima sin duda. No obstante en su escena previa encontramos algunas frases enfáticas (“Che dell’usato più noioso voi siete”, el excesivo detalle de las erres de “Voi dormiste”) o la búsqueda de un sonido más oscuro y resonante en “La giovin che sta notte”, que termina por sonar artificiosa. Es realmente meritorio como consigue transmitir la fuerza de la situación a través del fraseo perentorio, agitado, la dicción clarísima (excepto en un par de ejemplos) y la empatía con el magnífico acompañamiento de Kubelík (intenso pero no resonante) El efecto de “Quella porta, assassini” nunca ha sido reproducido con mejores intenciones que por F-D y Kubelík, bien que al primero le falta algo de contundencia. El cantabile es el retrato de un hombre destruido, quizá demasiado suplicante (“Tu ch’ai l’alma gentil”) La adhesión de F-D a las ligaduras de Verdi es absoluta, con lo cual no quedan frases a la mitad (“Ridate a me la figlia, tutto al mundo, etc”) En realidad, el único problema es el rechazo que pueda suscitar la abertura del timbre, que refleja un personaje fragilísimo pero que comparado con otros barítonos puede resultar relamido (el primer “È tal figlia per me”)


Tras estas audiciones se pone de manifiesto el principal desafío de esta gran escena, que va mucho más allá de la exhibición atlética. Verdi evita de nuevo escribir para Rigoletto una pieza en una forma establecida, ¿podía ser de otra forma tratándose de un personaje tan anticonvencional? La ira inicial es la de un hombre indefenso, es absurdo pensar en esos Bufones que de repente sacan el poderío de un Amonasro (escúchese a Tibbett en 1935). Sólo así es coherente la página como un todo y el pasaje donde Rigoletto va derrumbándose ("Ebben, io piango") puede dar paso de forma natural al patetismo del cantabile. Así, pues, la distinción entre las tres secciones es fundamental. En "Miei signori", las indicaciones "con lágrimas" deben conseguirse a través del acento y las medias voces, no de sollozos veristas. Es más, diríamos que es la fusión entre la mezzavoce del barítono y el timbre del corno inglés la que debe transmitir este llanto. Por tanto se está hablando de un estilo de canto típico del primer Verdi, en el que los recursos del belcanto no son alegóricos sino que están encaminados a obtener la verdad dramática. Los intérpretes que han volcado el papel hacia el superficial dramatismo verista han sido los incapaces de cumplir las exigencias belcantistas de la escritura.

¿Qué resulta de estas exigencias? Todas están encaminadas a presentar no sólo un personaje iracundo, sino un ser humano que odia, llora y suplica. En mi opinión, Verdi se empieza a separar de Hugo por la simpatía que es capaz de despertar en el oyente Rigoletto, convertido en voz que clama justicia y por ello digno de compasión. Algo para lo que Hugo no parece dejar lugar en su demoledor Prefacio. Si en esta escena un Rigoletto no consigue hacernos pensar que la maldición, más que instrumento de la Providencia para castigar a un ser vil, es fatalidad que golpea a un desgraciado, habrá fracasado en su interpretación.

Merecerá la pena dedicarle una entrada en exclusiva a "Cortigiani, vil razza" para recoger más audiciones y que los comentarios no resulten más prolijos en este momento.


"Piangi, fanciulla... Sì, vendetta"

El primer golpe se ha desplomado sobre Rigoletto. Su hija le confiesa como fue seducida y secuestrada. En ocasiones se ha querido ver el Rigoletto a un padre opresor o algo peor. Sin embargo, se muestra piadoso, sin lugar para el reproche o la crueldad de una personalidad dominante. Y eso a pesar de la hondura del dolor que le produce la caída de su hija. Para él representa lo único bueno en su vida (recordemos: “Culto, famiglia…”) . Cuando se consuma el ultraje, todas sus esperanzas de obtener para Gilda una vida lejos de la infamia (y el dolor que ésta trae) son destruidas: “Solo per me la infamia a te chiedeva Dio”. Se recomienda escuchar a Tibbett en este momento, interiorizando el dolor en una media voz estremecedora, como si le faltara la vida misma. O el derrumbamiento total que transmite MacNeil al exclamar, casi entre lagrimas: “Ma tutto ora scompare... l'altare... si rovesciò!” Al consolar a Gilda a pesar de su propio desconsuelo, Verdi consigue que Rigoletto adquiera estatura shakespeareana: el retrato ya está completo. En este momento, ya no es un ser despreciable que recibe el castigo divino, sino una pobre criatura, capaz de odiar y amar, sobre la que se abate la fatalidad. Lo cual parece más en consonancia con el pesimismo verdiano que con el moralismo de Hugo. La bellísima cantinela de “Piangi, fanciulla” es como un bálsamo que surge de un corazón destrozado: exige canto a media voz dulce y timbrada y un legato que acoja paternalmente a Gilda. Desde la grandiosa grabación de Danise, quizá el registro que más justicia le haga al dúo sea de nuevo el de Sutherland y MacNeil. La pureza y morbidez de la voz de Sutherland encuentran su igual en MacNeil. Atención, además de a las frases ya citadas, al ataque de “Ah, piangi, piangi, fanciulla”. La cabaletta “Sì, vendetta”, más allá de la oportunidad de lucimiento histriónico y vocal que ofrece al barítono, es el resultado de la identificación de Rigoletto con Monterone. Éste, como Sparafucile, es un alter ego de Rigoletto: el que despierta en él la voz de la justicia, ahora el único objetivo de su vida. Naturalmente, este acceso de furia ha dado origen a la tradición de un Rigoletto vociferante e hidrofóbico, que de nuevo rechazamos. No se pretende una cabaletta elegante, pero sí una que se concentre en la fuerza del acento y la agresividad de las notas breves. Recomendamos de nuevo la escucha de Tibbett, siniestro y contenido. Fischer-Dieskau aprovecha el acompañamiento idóneo (por tempo y matices) de Kubelík y frasea con toda la intención. De nuevo uno sueña con lo que habría sido esta grabación con MacNeil (que sufre la lentitud de Sanzogno) Ruffo, por supuesto, se encontraba a sus anchas en esta página, en su voz un ejemplo de gigantismo vocal. Escuchamos también a un barítono reciente que se ha convertido en un aclamado especialista en esta cabaletta. Sin embargo, Leo Nucci reproduce con suciedad las notas breves y su registro medio resulta escaso. Los agudos, la base de su fama, son fibrosos pero potentes.

“Tutte le feste” y dúo – Sutherland, MacNeil
Sì, vendetta - MacNeil, Sutherland
Sì, vendetta - Nucci, Anderson
Sì, vendetta - DFD, Scotto
Sí, vendetta (Ruffo)

Uno de los momentos que más profunda impresión dejó el Rigoletto de Galeffi en el público milanés fue el final del Acto II. Franco Abbiati , en su nota necrológica (Corriere Della Sera, 23-9-1961) recordaba: “(…) era incluso aterrador por el ímpetu del acento y la violencia desencadenada de los gestos en “Sì, vendetta”, que pronunciaba avanzando disimuladamente hacia el foso, como para maldecir un enemigo invisible en el público, como queriendo golpear un nudo fatal en el vacío. Gran, inolvidable artista, no voz de oro, sino de fuego.”

Esto nos sirve para presentar una nueva tradición añadida a la partitura. Para introducir la cabaletta, Verdi escribió una simple frase, Un vindice avrai, escrita enteramente sobre la nota “do” (caída al do2 en “inganni”) la última una blanca. A continuación, un silencio con calderón que la discografía sólo recientemente ha restaurado. Fue Carlo Galeffi quien optó por cantar un mi bemol3, atacado en piano, reforzado hasta la plenitud más resonante, de nuevo apianado (una messa di voce)y ligado al “Sì” de la cabaletta (tras lo cual se imponía una pausa para tomar aliento) Como se puede escuchar en las grabaciones de Stracciari y Danise, esta gesto se impuso pronto y todos los grandes barítonos, ligando o no el comienzo de la cabaletta, optaron por cantar este mi bemol. El problema llegó tras la guerra, cuando la técnica de los barítonos sufrió un declive desolador y voces con el registro de pasaje sin resolver se encontraban con esta nota, sobre la cual eran incapaces de realizar estas modulaciones. Desprovista del efecto dinámico vertiginoso y amenazante del doble regulador sólo quedaba la opción de prolongarla desmesuradamente hasta vaciar los pulmones, al máximo volumen posible, incluso abriendo el sonido, llegando en definitiva al grito. De ahí a los gruñidos que invadieron toda la frase había un paso.

Vamos a escuchar la grabación de 1928 de “Sì, vendetta”, donde se reflejan parcialmente las virtudes referidas. Para empezar hay que reconocer que las grabaciones de Galeffi muestran un patetismo algo recargado, aquí patente en los tintes lacrimógenos del fraseo. En este caso, el mi bemol es atacado en forte, reforzado y ligeramente apianado. Como colofón, dos de las puntature más peligrosas de la tradición: la soprano Maria Gentile (sobre la que no vamos comentar mucho) ataca un mib5 y Galeffi lab3 (una octava sobre lo escrito) Estas notas también han sido asumidas por intérpretes incapaces de ejecutarlas con dignidad, resultando verdaderos berridos. La de la soprano, con razón, ha suscitado más rechazo por comprometer la ejecución musical al interrumpir a la orquesta en un momento en que su movimiento debería ser inexorable.

Aun más claro es el regulador que nos canta MacNeil, quien también culmina la página con un estupefaciente lab agudo.

Scena ultima -

Durante todo el Acto III, Rigoletto se limita a intervenciones en recitativo (excepto sus amenazantes pasajes del Cuarteto) Sólo canta realmente cuando encuentra a su hija moribunda; en este dúo Verdi de nuevo le concede melodías amplias y patéticas, es decir, le permite reencontrarse su humanidad. Giuseppe Taddei, con su timbre cálido y aterciopelado y sus acentos emocionantes, nos envuelve en un canto humanísimo. Escúchese su conmovedor “Non morir, mio tesoro”. De nuevo, la piedad de Verdi por sus criaturas es más grande que el peso de la maldición. MacNeil, voz de padre por excelencia, convierte esta página en una canción de cuna para Gilda. Después de recordar cuál es la voz de barítono dramático necesaria en "Dio tremendo" (escúchese en cambio a Fischer-Dieskau) canta prácticamente a flor de labios “Angiol caro, mi guarda, m’ascolta” condensando toda la lacerada ternura del personaje. Sutherland vuelve a encarnar a la soprano angelical del S. XIX. Con estas voces desaparecen los tintes truculentos de la escena y la muerte de Gilda se convierte una transfiguración: en esta ocasión Verdi se acerca más al belcantismo puro. Casi se habría deseado que Mac omitiera el sibb3 del final: tras haber conseguido crear un Rigoletto de frágil humanidad, este gesto heroico parece de un dramatismo exagerado. No obstante existe una coherencia en la resolución armónica del pasaje con el do menor asociado a la Maldición, por lo que es aceptable desde el punto de vista musical; siempre que se CANTE, como se escucha a Mac, con voz timbradísima y brillante. La tradición de mantener esta puntatura a toda costa ha propiciado que sus peores intérpretes lleven el "malcanto" hasta las últimas notas del papel.

(1) Así lo contaban Rodolfo Celletti y Giorgio Gualerzi en su programa radiofónico "Albo d'oro della lirica".