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29/6/10

Escuchas intempestivas: Karajan dirige "Tosca"


Cuando se leen las continuas referencias despectivas hacia la dicción de Joan Sutherland, uno podría preguntarse por qué se le ha perdonado este defecto a Leontyne Price, que cultivó un repertorio donde es mucho más importante. Al margen de que en estos problemas participaban las inflexiones típicas del idioma inglés (como se percibe en el color de las vocales) en realidad en su origen estaba la emisión, caracterizada ésta por un desequilibrio entre registros muy perceptible: timbradísimo y luminoso el superior, entubados y mates los inferiores. El resultado de esta fonación es que de hecho hay una Price en cada tercio de la tesitura. Ante todo resplandece la soprano de las grandes efusiones líricas de "Non la sospira", "Vissi d'arte", "Ed io venivo a lui" y "Amor che seppe a te vita serbare": la que canta con línea flexible, sfumata, llena de abandonos eróticos en las smorzature, cautivadora por la morbidez y una personalísima voluptuosidad que le otorga la tenue veladura del timbre. La guía de Karajan potencia por encima de otros factores esta inclinación hedónica que culmina por supuesto en el "Vissi d'arte". En un acceso de entusiasmo podría sostenerse que los trece segundos que dura el lab (2:45) se cuentan entre los más bellos jamás preservados por el disco. No se trata sólo del esplendor violinístico del filado de Price, sino de la increíble dulzura del fondo didujado por el director austriaco. Las reservas existen, puesto que el tono es de un abandono extremo, faltando un fraseo un poco más incisivo al comienzo y más atención a las peticiones de "Con anima" prescritas por Puccini. Aun sin poseer esta capacidad natural para acentuar con vigor, ni tampoco exigírselo la batuta, el slancio vocal le permite triunfar en los momentos más dramáticos del segundo Acto, cuya exigente tesitura domina sin que se perciba esfuerzo en ningún momento. Su contribución a la escena de la tortura está por ello a la altura de la tremenda tensión creada por director y Scarpia. Esta Tosca es sin embargo menos convincente en los pasajes centrales, donde la emisión se entuba y se ponen en evidencia la irregular prosodia y la falta de nitidez de la dicción. Así se percibe en "Il tuo sangue o il mio amore volea" o "Com'è lunga l'attesa!", la primera parte del dúo con Mario o ciertas exclamaciones de cuño verista ("Sogghigno di demone", "Ecco un artista") donde inevitablemente suena exótica, ajena al estilo tanto por cualidades vocales como por acento. En "E avanti a lui..." tampoco ayuda el hecho de que decidiera afrontarlo en voz cantada: teniendo en cuenta la calidad de su instrumento en esa zona, habría sido más eficaz un declamado. Por tanto la desigualdad vocal se traslada a la interpretación. El punto más débil, como era de esperar, se halla en un registro grave por lo general entubado pero que en algunos casos suena decididamente abierto o ventrílocuo ("L'anima mi torturate", "Or gli perdono!"). Por otro lado, la belleza de la zona alta no excluye que en realidad el extremo adolezca de ciertas tiranteces y sobre todo una acusada tendencia a achicarse, faltándole a menudo la robustez de la verdadera soprano spinto. El caso más claro es el do de la "Lama": un verdadero agudo de soprano ligera, hasta tal punto la resonancia dominante es de "cabeza". En definitiva una encarnación incompleta, aun en su fascinación vocal, con la que la crítica italiana se ha mostrado siempre sorprendentemente benevolente.

26/6/07

Noches de Ópera: La Fanciulla del West


Ópera que nunca ha disfrutado de la aceptación de los aficionados europeos, y no digamos de popularidad, se ha reprochado a la Fanciulla el repetir esquemas de La Bohème o Tosca. También las tremendas dificultades vocales de la pareja protagonista han militado contra su establecimiento en el repertorio, si bien en el MET disfrutó de numerosas reposiciones desde su estreno mundial el 12 de octubre de 1910 con dirección de Arturo Toscanini. Entonces protagonizaron la función Enrico Caruso, Emma Destinn y Pasquale Amato. Retrocedemos más de 50 años buscando un reparto de una estatura legendaria similar para encontrar una de las pocas versiones redondas de La Fanciulla del West.


La partitura de Minnie compite con las inclementes exigencias sobre el registro agudo de Turandot, pero alternando efusiones líricas dignas de una Mimì. La dificultad de ofrecer el agudo squillante capaz de imponerse a la orquesta sin convertir al personaje en una fiera ha parecido insuperable. Recordemos el hecho de Leontyne Price llegara a cantarlo en sólo 5 ocasiones y decidiera abandonarlo en el ápice de su carrera. Eleanor Steber (1914) estaba en 1954 en el mejor momento para la tarea: una voz de lírico-spinto penetrante, con un bello y timbradísimo agudo, capaz incluso de sostener el do de “Laggiù nel Soledad”. Pero lo que es aun más relevante, Steber se mueve con comodidad por el canto conversacional pucciniano, sin dejar nada que desear en cuanto a dicción y fraseo, por ejemplo en la conflictiva escena de las cartas (concluida con magníficos ataques al si bemol)
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Del Monaco, en estado de gracia, exhibe una voz todavía juvenil y lo que es más importante, mucho más mórbida que apenas 6 años después. Agobiante la riqueza del timbre en el registro de pecho, que el papel – a medida de Caruso – permite lucir en todo su terciopelo baritonal, mientras el ascenso por el pasaje no presentaba (entonces) problemas apreciables. Extraordinario el registro agudo, no exactamente en punta pero sí de un bronce vibrante. Asombra como traspasa la orquesta su “La mia vergogna” o el gigantesco si natural en “Addio, mia California!” Como en todas sus colaboraciones, Mitropoulos inspira a del Monaco un fraseo lleno de claroscuros, libre de ese acento permanentemente colérico con el que se le suele identificar (ejemplo de ello es la melancolía del dúo del Acto I, con unas arcadas sonoras insuperables) Es de lamentar que el tenor florentino no hiciera propios tales matices expresivos en su grabación de estudio del papel.
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Gian Giacomo Guelfi, como del Monaco una voz descomunal, es muy eficaz en el rudo personaje de Rance, que tiene indicaciones en la partitura como “con voz áspera y estridente”. Barítono de fonación y acento inconfundiblemente veristas, se halla en su elemento en los diálogos que animan la lucha entre fuerza bruta y sensualidad. Hay que destacar la amargura de su “Minnie, dalla mia casa” o su amenazante participación en el Finale Secondo.
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Fanciulla precisa un conjunto de comprimarios de altura, requisito que se cumple sobradamente con un grupo de cantantes italianos encabezados por el gran Piero de Palma. Emocionante de verdad el nostálgico canto que acompaña la huida de los amantes.
Además de los efectivos vocales, esta función contó con uno de los mayores directores – no sólo de foso – del S. XX: Dimitri Mitropoulos. Por fortuna la toma sonora es lo bastante decorosa para apreciar muchos detalles de su dirección, que según Elvio Giudici “suscita en la orquesta un sonido intenso, suave y penetrante a la vez, que crea tensión narrativa sólo con los contrastes entre la cortante energía (…) y la mórbida pero excepcionalmente sonora cantabilidad.” Particularmente poderoso es el final del Acto II, con el amenazante pizzicato de los contrabajos subrayando las variaciones de tensión de la partida de póker, desatada finalmente en una página al borde de lo expresionista que nada tiene que envidiar a las más salvajes del Acto II de Tosca. Mitropoulos, campeón de la música de la Segunda Escuela de Viena, no podía dejar de potenciar los aspectos más modernos de esta partitura.

Johnson - Mario Del Monaco
Minnie - Eleanor Steber
Rance - Gian Giacomo Guelfi
Nick - Piero De Palma
Ashby - Vito Susca
Sonora - Enzo Viaro
Trin - Brenno
Ristori Sid - Lido
Pettini Bello - Virgilio Carbonari
Harry - Valiano Natali
Joe - Enzo Guagni
Happy - Agostino Ferrin
Larkens - Giorgio Giogetti
Billy Jackrabbit - Paolo Washington
Wowkle - Laura Didier Wallace - Giorgio Tozzi
Castro - Mario Frosini
postiglione - Alberto Lotti Camici
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Dimitri Mitropoulos
Firenze, 15 de junio de1954.
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(Grabación subida a Operashare por Lewis1962)
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Disfrutadla.

19/5/06

Luciano Pavarotti (III): Con Mirella Freni en La Bohème (2/2)


Y voces, rozagantes, frescas, juveniles, tiene esta versión, pues tanto Pavarotti como Mirella Freni estaban en pleno apogeo vocal en 1972. Ambas voces tenían unas características muy similares en cuanto a extensión, amplitud y timbre, lo que hacía que empastaran de un modo muy especial, sonando como un solo instrumento. Nada extraño si tenemos en cuenta que fue Ettore Campogalliani el maestro de canto de ambos (y de Scotto, Bergonzi y Tebaldi). Singulares en ambas voces eran la redondez, esmalte y luminosidad en los registros centrales y superior, donde alcanzaban su máxima belleza (como corresponde a voces líricas) así como la total homogeneidad en toda la tesitura y su seguridad en la zona alta (holgadamente hasta el do sostenido sobreagudo) Quizá aventajara Pavarotti a su coterránea y coetánea en squillo, fiato y facilidad en el piano, mientras que la Freni ha sido más completa como músico. En todo caso, en pocas grabaciones los encontraremos más inspirados y musicales.

A pesar de la vivacidad y la alegría de la escena de los bohemios, podemos decir que la historia realmente arranca con las frases “Oh! sventata, sventata! La chiave della stanza Dove l'ho lasciata? - Non stia sull'uscio; il lume vacilla al vento”. En ese momento la música nos dice que algo maravilloso va a pasar. Pavarotti canta un exultante “Che gelida manina”, con todo el ardor juvenil que se requiere (1). El ascenso al sib3 es como un rayo de sol. La voz suena fresca, vibrante, nerviosa, con esa imposible mezcla de liquidez y metal que sin embargo falta un poco en la zona grave (particularmente en “Ma il furto non m’accora”) De nuevo, Karajan respira con el cantante y la culminación del aria en el do4, resplandeciente (aunque el si natural de “speranza” esté algo abierto) es una maravilla por timbre y plenitud. La conclusión, ya se comentó, en una acariciadora media voz. Da la réplica ella en su ensoñadora “Sì, mi chiamano Mimì” donde encontramos frases que desde entonces ha hecho suyas para siempre y es difícil disfrutar en otras interpretaciones: la volata descendente, tras atacar en piano en “Di primavere” consigue algo al alcance de pocos cantantes, que es retratar a un personaje en una frase (recordemos que Freni ya había cantado con Karajan el papel en la Wiener Staatsoper, en 1963, y lo tenía madurado). Igualmente inolvidable es “Ma quando vien lo sgelo…” donde la orquesta del director austriaco canta con la Freni y de verdad nos creemos que esta música podría derretir una glaciación y traer la primavera… Se acaban los calificativos para describir la belleza de “O soave fanciulla”, duetto arrebatador cuya música parece brotar de las arias de los protagonistas. Escuchar estas voces al unísono con el incandescente canto de la orquesta es puro deleite sonoro. Ambos acaban en piano, precisamente sobre la palabra “amor”... para morirse ahí mismo. Mágica y sugestiva la sonoridad que crea Karajan mientras los enamorados conversan (“No per pietà… Sei mia…”) Siguiendo la tradición, ambos emiten un do agudo al unísono desde fuera de la escena, en vez del sutil ascenso al do5 en pianissimo previsto por Puccini sólo para Mimì, algo seguramente fuera de las posibilidades de Freni.

Del resto del reparto, primeramente destacar a Rolando Panerai, cantante muy apreciado por Karajan (grabó con él desde el Conte di Luna hasta un Hansel y Gretel en italiano) en Marcello. Una voz de timbre agradable, simpática al oído y cantante notable, posiblemente es el mejor de la discografía. El resto de los bohemios, Schaunard y Colline, son encarnados por Gianni Maffeo y nada menos que Nicolai Ghiaurov, a quien, siendo el mayor bajo del último tercio de siglo, nunca le importó figurar al lado de estrellonas haciendo papeles secundarios. La comunicatividad y el buen humor de los bohemios es otra virtud de la grabación.

En el Acto II se completa el cuarteto principal con otro de los puntos discutidos de esta Bohème: la Mussetta de Elizabeth Harwood. Cantante escasamente asociada a este repertorio (cantó mucho Gilbert & Sullivan o Britten), hay que decir que cumple sobradamente con las exigencias del difícil papel a medio camino entre lo característico y lo lírico. Le da picardía y gracia al personaje en su Valse, a tempo muy lento, y acaba con un filado perfecto. La voz, agridulce, puede provocar rechazo. En este acto, tanto Pavarotti como Freni iluminan sus pocas frases, como el exultante “Questa è Mimì”. Hay que destacar que ambos no sólo son intérpretes magistrales de las grandes melodías puccinianas, sino también del canto conversacional, que en sus voces suena desenvuelto, variado y elocuente. De ello también son prueba las primeras frases de Rodolfo en el Acto I, donde el personaje ya queda delineado con pasmosa facilidad

El Acto III es quizá el más bello de La Bohème. Es como una huida hacia delante de la pareja Mimì-Rodolfo. Puccini se permite aquí recurrir a toques descriptivos para reflejar el ambiente invernal, el frío, la nevada. La orquesta cita “Sì, mi chiamano Mimì”, pero ya suena débil y quebradiza, como reflejando la vida que se extingue en la joven. El duetto entre Mimì y Marcello (“Mimì! - Speravo di trovarti qui”) es de gran emotividad con momentos estremecedores de Freni, como su “O buon Marcello, aiuto!” o el relato de los celos de Rodolfo (“Rodolfo m'ama. Rodolfo m'ama mi fugge e si strugge”) Temible para un tenor lírico, “Mimì è tanto malata”, es una página cercana al estilo verista de la Giovane Scuola. Pavarotti resuelve holgadamente los ascensos continuos por encima del la3, y destaca el cierre de la página, “per richiamarla in vita”, con un expresivo golpe de glotis perfectamente integrado en la línea de canto. Tras un extraño, todo hay que decirlo, rallentando de Karajan (“Mimì! tu qui?”) se llega al punto culminante de la grabación, que es el fin de acto. “Donde lieta uscì”, la conmovedora despedida de la costurera, encuentra en la sencillez de Freni el vehículo ideal. La orquesta respira con la cantante, que pone el corazón en su “Se voi… se voi serbarlo come ricordo d’amor”, ascensos al si natural cálidos y redondos. Se entiende que esta fuera la voz que dejó a Karajan “folgorato” la primera vez que la escuchó. El cierre a media voz acariciadora. Se ha llegado a decir que la soprano modenesa no sabía cantar piano: aquí está la prueba en contrario, como tantas a lo largo de esta grabación. El cuarteto “Dunque è propio finita” es uno de los pocos números de este género que escribió Puccini (además del trío de Butterfly, o el concertante de Turandot), todos magistrales y muy diferentes del estilo verdiano. Llevado con mano maestra por el director salzburgués, tenemos la línea principal cantable de Mimì y Rodolfo y el cómico contrapunto de Marcello/Mussetta. Una pena que Pavarotti no apianara sobre los sol3 de “rimavo con carezze”, frase bellísima de todas formas. Y si hay un momento en La Bohème que a mí me mate, definitivamente es “La brezza della sera balsami estende sulle doglie umane”, cuando por fin los dos protagonistas cantan juntos. Es la expresión de un profundo deseo de felicidad que íntimamente se sabe ya imposible. Señalar algún sonido forzado de Pavarotti en la zona grave, compensado con la dulzura de las más líricas (“Ci lasceremo alla stagion dei fior…” filado con buenos resultados) que resulta muy apropiada al lado de la delicadeza de Freni.

En el Acto IV, volvemos a la destartalada buhardilla de los bohemios. La animada cháchara de Rodolfo y Marcello deriva en el nostálgico “O Mimì, tu più non torni”, donde podemos disfrutar de la viril voz de Panerai, contrastando su evocación de Mussetta, que es exclusivamente sensual, con la de Rodolfo, llena de cariño y añoranza (“E tu cuffietta lieve…”, precedido de una afortunada y luminosa intervención orquestal, que es como un recuerdo de la felicidad pasada) Canto a mezzavoce de alta cuna para concluir la página. De nuevo se debe elogiar la naturalidad de los diálogos entre los bohemios, así como el sentido del humor que transmite cada uno de ellos.
Mirella Freni, a través de los años, se ha apropiado de la escena de la muerte de Mimì como ninguna otra cantante de su generación (ni de las anteriores), y en esta grabación ya se muestra insuperable en cuanto a empatía con el personaje y resultados vocales. A recordar para siempre la emoción que transmiten ambos en su reencuentro (“Ah, come si sta bene qui! Si rinasce, ancor sento la vita qui...”), o la maravillosa “Sono andati? Fingevo di dormire” (que siempre me ha recordado la intensidad ardiente de la Manon Lescaut) culminado en “Sei il mio amor, e tutta la mia vita”, verdadero cri de cœur lleno de una pasión desesperada (justo cuando ambos se abrazan, si hablamos de puestas en escena tradicionales (2)). Los “Mimì! Mimì!” de Pavarotti, justos de expresión, son el epílogo más adecuado a tanta belleza.

He aquí, por fin, los Actos III y IV.

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(1) “La voz de Pavarotti es la voz de la juventud (…) La (presente) Bohème tiene en Pavarotti al Rodolfo más creíble que pueda escucharse en disco” – Rodolfo Celletti, Op. Citada.
(2) En realidad, se abrazan justo antes de "Sono andati", cuando la orquesta cita "O soave fanciulla", un momento irresistiblemente emotivo. Aquí Karajan lo borda. Por supuesto, se aceptan correcciones de este tipo.

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