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2/10/13

Cumbres verdianas (I):"Luisa Miller", Escena Tercera del Acto Tercero.

Adelantándonos a la fecha del Bicentenario, proponemos la audición de una antología personal pero nada original de escenas verdianas. No faltarán  momentos afortunados en los que el Maestro se hace digno heredero de la inefable melodía belcantista: algo que por temperamento e inspiración no fue el rasgo definidor de su arte. Por ello reconoceremos la grandeza ante todo en la forma en que la música amplifica palabra y situación escénica revelando todo su potencial dramático y sicológico. Y en esa conjunción de música, poesía y acción Verdi siempre nos contará algo esencial y universal acerca del ser humano

El Tercer Acto de "Luisa Miller", desde la Escena Tercera en particular, se cuenta entre lo mejor compuesto por el Maestro hasta esa fecha. Se admira en la pieza no sólo la elevada inspiración melódica que parece galvanizar a los personajes, como insuflando vida y verdad en sus rasgos arquetípicos, sino la fuerza dramática de las transiciones, que justifican el empleo de las formas tradicionales en un todo coherente. Una escena, por tanto, que satisfará por igual a los amantes de la melodía y a los de la verdad dramática.
 
Tras la emocionante oración de Luisa, la "tinta" musical cambia poco a poco. Entra, inobservado, Rodolfo: "Prega! Ben di pregare è tempo", exclama, pero sottovoce, como sugiere el trémolo en ppp de los violines, mientras envenena la bebida (es interesante observar que en el drama de Schiller Ferdinand espera a que Luisa haya admitido haber enviado la carta). La orquesta adquiere un papel cada vez más destacado al describir los sentimientos que los cantantes ocultan. Un fuerte unísono y una serie de "ademanes" abruptos de la cuerda y el clarinete bajo indican el momento en el que Luisa levanta la vista sobresaltada, pero sin hablar. Rodolfo interroga con aparente serenidad. Sotto voce e tremando pide Verdi en el segundo "L'hai tu vergato?". Tras la fatal pregunta, la orquesta retrata la duda de Luisa, que se fuerza a responder: "Sí". Sigue un furioso tutti. "M'arden le vene... Una bevanda!", exclama Rodolfo con más dolor que ira: sus actos son fruto de la desesperación. Luisa le da de beber sobre un acompañamiento que bien podría haber aparecido en "Macbeth": flauta y clarinete bajo al unísono, alternando con rápidos diseños en la viola y el chelo; entonces una nota tenida de la trompa y una cadencia en modo mayor bajo la siniestra luz de la supertónica bemolada. "Todo ha terminado", exclama Rodolfo ("Inorridito" prescribe la partitura) - un redoble de timbal subraya el "No" de Luisa. Verdi: "Silenzio terribile". Sigue una transición en forma libre de gran efecto: primero el tenor rompe su espada, momento estupendo por la intensidad romántica. Verdi, como en determinados monólogos ("Chi mi toglie ", "Pari siamo") varía entonces el tempo con un instinto dramático de maestro. Un fervoroso Largo "Quel'occhi, in cui splende" contrasta con la articulación neta y agresiva en las frases centrales que culminan Tutta forza ("Un'anima d'inferno!"). Estas imprecaciones dan paso a un bellísimo Andante. Merece la pena citar el texto original de Schiller, adaptado con fortuna por Cammarano:
 
Louisa: Llora, Walter, llora. Tu compasión será más justa conmigo que tu ira.
Ferdinand: ¡Te equivocas! ¡Éstas no son las lágrimas de la naturaleza! No son ese cálido rocío que cae como bálsamo sobre el alma herida y en su camino animan los sentimientos sin vida. Son lágrimas solitarias y congeladas. El espantoso y eterno adiós a mi amor.

28/7/11

Cosas de foniatras (I)

En los foros de ópera he podido leer varias veces, unas en tono amistoso y otras no, la acusación de que los aficionados que tenemos interés por la técnica vocal somos más foniatras que melómanos. Vamos a intentar demostrar que el verdadero canto relaciona íntimamente técnica, música y expresión. Dedico esta serie de audiciones en particular a mi amigo el forero Alberich.

Cualquiera de los solos de tenor del "Réquiem" de Verdi que grabó Luciano Pavarotti con Herbert von Karajan podría servirnos de ejemplo. No conozco ningún otro registro donde se refleje la gama de colores e intensidades de la partitura con resultados expresivos tan emocionantes. Y, en fin, esa voz que casi parece venida de otro mundo: un timbre de tenor "tocado" como si fuera un violín, algo que parecía reservado a la voz de soprano. A Pavarotti le debió de quedar grabada la lección de Karajan, porque durante toda su carrera mostró haber interiorizado los recursos técnicos necesarios, incluso  bien entrados los años 80 y en declive (con Muti).


Por no extenderme demasiado, sólo una notas sobre el solo del "Hostias", unos 48 segundos celestiales. Esta página destruye el mito de Pavarotti como un tenor que se basaba sólo en unas dotes privilegiadas. Sólo con una bella voz bien impostada de natura en el registro medio no se canta así esta música. Pavarotti fue un cantante más reflexivo de lo que se le reconoce y meditó mucho la forma de atacar este solo, concretamente su primera nota. Ésta, un mi natural, no es nota de pasaje del tenor (que en el caso de Pavarotti era siempre el fa# y a veces el fa) sino de preparación, como se dice en jerga. Es decir, sólo debe empezar a aplicarse el sombreado de las vocales de forma ligera (la "a" cercana a la "o", la "o" casi como una "ou" francesa, etc). Sin embargo Verdi prescribe dolcissimo, se trata de una música que debe transmitir un sentimiento de unción, de recogimiento, de paz augusta. Se trata de encontrar antes que una dinámica (al contrario del aria, donde abundan los p y pp) un color y una textura que correspondan al radiante do mayor. Finalmente decidió seguir el ejemplo de Bergonzi y cubrir la emisión de la "o", es decir, adelantar el pasaje para acceder al registro superior y así poder emitir esa media voz nítida, pura, casi inmaterial. De hecho en todos los mis de la frase "Hostias et preces tibi" están ya en registro "de cabeza". La emisión cubierta se revela la base de la dinámica suave: el sonido abierto no puede regularse si no es afalsetándolo o velándolo en la garganta (escúchese a di Stefano). En "Domine" se mantiene la media voz y tenemos por tanto un re un poco redondeado (de preparación) seguido de un mi con apoyatura de nuevo "pasado" (increíblemente bello) y caída a un do central en la que conserva la posición del mi para conseguir aplicarle el diminuendo prescrito. Es decir, ¡un tenor llevando el registro superior a una nota que es plenamente "de pecho"! La técnica adaptándose al objetivo musical y expresivo. En la siguiente frase, ataca suavemente ("Tibi") y refuerza para cumplir con el crescendo hasta el sol agudo. En esta versión con Abbado incluso omite la pequeña toma de aire que hacía con Karajan. Todo limpiamente y con una soldadura entre registros desde el mi que hace difícil percibir que exista un pasaje. Ataca el fa y recoge a continuación la emisión ("Offerimus") para realizar la última escala descendente, siempre en registro superior, hasta el último do (de nuevo) con un bonito trino intermedio.

Canto, en fin, digno de entrar en cualquier antología de la Golden Age, que demuestra que Pavarotti sabía cantar medias voces auténticas en tesituras comprometidas, algo que no practicó con la debida constancia. El color de su mezzavoce recuerda un poco al de Beniamino Gigli, cuyo uso de las resonancias superiores es aun más intenso. La textura así obtenida es incluso más delicada, quizá un punto acaramelada, pero no le permite emitir un sol agudo squillante como el de Pavarotti. Éste fusiona esmalte y metal de una forma milagrosa.

Posteriormente se puede apreciar la diferencia técnica con Ghiaurov, que sí apunta el cambio de registro al atacar el la2 ("Hostias...") pero posteriormente canta con evidente predominio de la resonancia central. El resultado es que no puede ser dolcissimo pese a la magnífica calidad de su timbre.

28/8/09

La discografía de Rigoletto (IX): Los grandes en la sombra (1)

Después del deseable - para todos - paréntesis, retomamos el tema para fijarnos en una serie de intérpretes de "Rigoletto" que por distintas razones no alcanzaron el debido reconocimiento.

La genealogía del barítono made in U.S.A. - raza hoy extinta - se remonta a los años treinta, cuando dos nombres comenzaban a aparecer asiduamente en el MET: Lawrence Tibbett y Robert Weede. Sobre Tibbett ya nos extendimos merecidamente y es sin duda el más famoso de los dos, mientras sobre Weede (1903-1972) ha caído el olvido. Nacido en Baltimore, dio sus primeros pasos profesionales en compañías de provincias americanas y la radio de Nueva York. Ganó el Caruso Memorial Price, lo que le permitió estudiar en Milán. Cantó en el MET entre 1936 y 1945, pero el teatro donde desarrolló su carrera de forma estable fue el War Memorial de San Francisco. También actuó en musicales y operetas. Su voz, ciertamente más modesta que la de Tibbett, no era particularmente agradable aunque sí bien emitida y sólida, dotada de agudos firmes y timbrados pero también capaz de adelgazarse de forma modélica. Su dicción, aunque delataba ocasionalmente sus orígenes, era bastante buena. De uno de sus principales papeles, Rigoletto, nos ha quedado un testimonio valioso:

Metropolitan Opera House
31 de enero de 1942

Rigoletto...............Robert Weede
Gilda...................Hilde Reggiani
Duque de Mantua..........Bruno Landi
Maddalena...............Bruna Castagna
Sparafucile.............Nicola Moscona
Monterone...............Lansing Hatfield
Borsa...................Alessio De Paolis
Marullo.................George Cehanovsky
Conde de Ceprano...........Wilfred Engelman
Condesa de Ceprano........Maxine Stellman
Giovanna................Helen Olheim
Paje....................Edith Herlick

Orchestra & Chorus of the Metropolitan Opera
Director: Ettore Panizza

Weede parece acentuar intencionadamente los colores menos agraciados (nasales y guturales) de su timbre en algunos pasajes - "Fa ch'io rida", "Sì, vendetta", "Solo per me l'infamia" - como si quisiera con ello retratar la deformidad del personaje. Sin embargo también sabe emitir medias voces ligeras y timbradas para expresar sus sentimientos más nobles y sinceros: a pesar de la imprecisión rítmica es conmovedor su ataque a "Deh, non parlare", mientras en "Piangi fanciulla" llega incluso a crear la ilusión de una voz bella a través de la morbidez y dulzura del legato. En cuanto a los monólogos, está particularmente inspirado en "Pari siamo", mostrando todos los claroscuros expresivos tantas veces ignorados. Weede no era un barítono dramático como Tibbett, pero la amplitud del fraseo y la agresividad del acento sí son genuinamente dramáticos. En cuanto a la "Invectiva" su arrojo es efectivo, destacando la firmeza del agudo. En "Miei signori" hay cierta tendencia al mezzoforte, pero existe un patetismo sincero (como en la escena final) En definitiva, un verdadero Rigoletto.

Esta grabación esconde un segundo artista de gran talla aun más olvidado si cabe, pues el tenor Bruno Landi (1905-1968) pertenece a esa generación de cantantes italianos (1) a la que la Segunda Guerra Mundial impidió desarrollar su carrera como habría correspondido a sus capacidades. Durante sus años como artista del MET desempeñó sobre todo papeles de tenor lírico ligero: Nemorino, Almaviva y Ernesto, pero también Rodolfo y Duque de Mantua. Landi es en realidad uno de los últimos ejemplos de tenore di grazia, una clasificación que tiene que ver más bien con un estilo de canto: el que se escucha en la elegancia y el virtuosismo con que afronta sobre todo las páginas "frívolas" del Duque. Su "La donna è mobile" está cincelada con una elegancia y una ironía despreocupada que no se han escuchado en los últimos tiempos ni siquiera a Alfredo Kraus (un Duque siempre más arrogante) y los pianissimi en "accento" nos devuelven de pronto al mundo de los virtuosos como Fleta, Koslovski o de Lucia. Una lástima el portamento usado en el si agudo en la cadencia. El mismo preciosismo se escucha en "Bella figlia dell'amore" ("Le mie pene consolar"). Sin embargo también es un intérprete moderno que diseña un personaje impulsivo: escúchese el recitativo "Ella mi fu rapita", incisivo, de fraseo amplio, o la alternancia de frases impetuosas en la Ballata y la Canzona. Es en las páginas "serias" donde mejor se refleja esa afortunada fusión entre canto di grazia a la antigua y la agresiva escuela posterior a Caruso. Su ataque a media voz de "Parmi veder" cautiva por la dulzura y estupendo legato y en "È il sol dell'anima" el uso del rubato y los reguladores son de verdadera escuela belcantista, pero en ambos casos impacta también el brío del acento, igualado por el brillo y plenitud con que domina la tesitura. Escuchándolo uno se da cuenta de hasta qué punto "lírico ligero" se ha convertido en una matrícula de la que se han apropiado tenores ligeros puros (a los que un papel como el Duque termina poniendo en su sitio). Landi no poseía una voz atractiva ni espectacular, pero técnicamente su Duque no tiene fisuras (el único pero es el reb de "Addio, addio") y en cuanto a estilo es de los más completos que se pueden escuchar.

Con Reggiani no hay sorpresas y es la típica Gilda ligera aunque su timbre penetrante le da algo de carácter en "Tutte le feste". En "Caro nome" en cambio resulta metálico y posiblemente crecido de afinación. Moscona hace un personaje válido (pero su fa grave en el primer Acto es inenarrable)

En cuanto a Panizza, la toma evidentemente no nos deja apreciar del todo su labor orquestal, electrizante como siempre aunque por momentos algo pasada de volumen. Lo que sí resplandece es el cuidado con que estimula la fantasía de sus cantantes, permitiéndoles usar el rubato y las medias voces. Su acompañamiento en "Parmi veder" y "È il sol dell'anima" es una lección para la mayor parte de directores italianos sucesivos sobre lo que ha de ser el concertador de melodrama. Por encima de todo, un director de voces.

La grabación tiene varios cortes breves pero inoportunos, aunque se deja escuchar.



Metropolitan Opera House
22 de junio de 1972

Rigoletto - Matteo Manuguerra
Gilda - Joan Sutherland
Duca - Luciano Pavarotti
Sparafucile - Ruggiero Raimondi
Maddalena - Joann Grillo
Monterone - Edmond Karlsrud
Giovanna - Carlotta Ordassy
Marullo - Russell Christopher
Borsa - Leo Goeke

Orchestra & Chorus of the Metropolitan Opera
Director: Richard Bonynge

Durante los años 70 Rigoletto tuvo a Milnes y Cappuccilli como intérpretes más famosos. Matteo Manuguerra (1924-1998) no tuvo ni los medios suntuosos de Cappuccilli ni la zona aguda de Milnes, pero a cambio no caía en sus exhibiciones gratuitas y ante todo estaba pendiente de hacer un personaje. A poca distancia de la grabación Decca de la ópera, se representó en el MET una serie de funciones donde Milnes dejó constancia de su vacuo bufón, además con notables problemas vocales que el estudio disimularía. Un Rigoletto creíble sólo se escuchó en el segundo reparto, en la voz de un Manuguerra ya veterano (aunque debutó profesionalmente en 1962) Con una voz de barítono lírico, discreta y un poco nasal pero bien emitida, demostró que el personaje está en los matices, no en las explosiones coléricas ni en el disparo de agudos. Este Rigoletto es un ser herido y vulnerable, lleno de tristeza, como se escucha en el estupendo "Pari siamo", incluso en frases que suelen acentuarse con sarcasmo ("Questo padrone mio"). Manuguerra por tanto se decanta por el patetismo en sus monólogos y las efusiones líricas en los dúos con Gilda (aquí sin cortes en "Veglia, o donna"), habiendo sido quizá el último intérprete capaz de cantar las medias voces y pianissimi de la partitura (la cantinela de "Piangi, fanciulla" a partir del segundo verso, los signos de cresc. y dimin. en "Pari siamo") No pretende pasar por barítono heroico en la "Invectiva", que es más bien la expresión de un ser acorralado hasta el extremo, y en "Miei signori, perdono" - muy bien cantado - se acentúa esta perspectiva ("Tutto al mondo"). Un Rigoletto completo a pesar de que en algún momento se percibe falta de expansión y amplitud ("Ah! Moria" o "Dio! sii ringraziato")

Sobre la magnífica interpretación de Pavarotti ya se habló hace un año. Sólo se puede añadir que habría sido una buena oportunidad para que Bonynge hubiese estimulado a Pavarotti a profundizar en las raíces belcantistas del papel, inclinándose más por su faceta de tenore di grazia (para empezar, incluyendo las cadencias). Como Duque arrogante y spavaldo es un verdadero fenómeno (el "Addio, addio" resulta estrepitoso) pero un pequeño contraste habría supuesto la perfección.

Joan Sutherland aún estaba en una forma estupenda y sólo se percibe alguna tensión en la exigentísima tesitura de "Quanto affetto! Quali cure!", en cualquier caso cantado con legato de alta escuela y un timbre argénteo y angelical. Se constata que la veladura del registro central quedaba más exagerada en el registro de estudio de 1971, percibiéndose aquí una dicción más nítida de lo que el tópico ha hecho creer. También su implicación es muy superior y en particular resulta mucho más conseguido el retrato del personaje. En "Caro nome" hay frases ("Ah! Fin l'ultimo sospir") que no sólo desprenden inocencia juvenil, sino un íntimo sentimiento de ensoñación amorosa: en definitiva, lo que exige la página. El virtuosismo en este caso sigue siendo asombroso, los portamenti no escritos son más discretos, la cadencia tiene una facilidad irreal y los trinos son magníficos (en especial con el que sale de escena roba el aliento por su belleza). En "Tutte le feste" los arcos de melodía ("Amor mi protestò") se acentúan con verdadero estilo y carácter verdianos, recogiendo la voz tras el forte. En el debe, la insistencia en las puntature del Cuarteto y el Trío del tercer Acto, parte de la herencia más antimusical de la ópera y por otro lado sin la facilidad de años atrás. En cambio el mib de la "Vendetta" es un estupendo remate a una interpretación excitante por parte de ambos artistas.

Raimondi nunca fue reconocible como timbre de bajo, pero al menos cantaba mórbido y sin estridencias.
La dirección de Bonynge es vibrante y llena de cantabilidad, aunque un poco uniforme (excepto acompañando a su señora esposa).

(1) Otros nombres que vienen a la cabeza: Giovanni Malipiero, Carlo Tagliabue o Cloë Elmo.


21/12/08

La discografía de Rigoletto (VIII)

La discografía de la ópera durante los años ochenta son testimonio de un nuevo y duradero hundimiento del canto verdiano, mientras declinaban los principales artistas de la década anterior y los nuevos parecían perder la base técnica imprescindible.

Philips (1984) Renato Bruson, Edita Gruberova, Neil Shicoff, Robert Lloyd, Brigitte Fassbaender. Orquesta y Coro de la Academia de Santa Cecilia, Giuseppe Sinopoli

En su década de máximo prestigio, mientras llegaban a su ocaso Cappuccilli y Milnes, Renato Bruson fue el Rigoletto de la primera edición filológica de la ópera. Esta circunstancia favoreció a sus medios de barítono lírico pues le eximía de las puntature de la tradición, temibles para una voz corta y descubierta en el agudo. Bruson es un protagonista alejado de alardes atléticos innecesarios pero también falto de la genuina energía electrizante del barítono dramático. Su principal virtud es un legato finísimo, prácticamente único desde los años 80 en adelante, que luce en los momentos lírico-patéticos. Menos notables son sus vocalizaciones (por ejemplo en “Veglia, o donna”) y la variedad dinámica y de colores, limitada por una mezzavoce un tanto fibrosa (pero musical) En la invectiva le falta la vena grandiosa victorhuguiana, quizá por la ausencia de metal, quizá por la esencia lírica de su articulación.

Edita Gruberová mejora su Gilda respecto de la edición fílmica para DG. Corrige la mayor parte de sus habituales ataques heterodoxos (es decir, con notas arrastradas) y canta las más de las veces sin los relamidos acentos que solía usar en el repertorio italiano. El esmalte de su timbre – dulce y delicado pero algo frío – conviene al personaje y su virtuosismo instrumental es sobresaliente. Sin embargo, su fraseo es irritante al comienzo de “Tutte le feste”, existen varias notas planas a las que va dando vibrato de forma artificiosa en “Piangi, fanciulla” y no se entiende qué pretendió camuflando su voz tras una cortina de estertores grotescos en la escena final.

Neil Shicoff no tiene a favor un timbre ni atractivo ni personal, pero canta con gran corrección y ateniéndose a lo escrito. En sus mejores momentos (“È il sol dell’anima”; “Parmi veder”) consigue que se perdonen las medias voces destimbradas y el agudo abierto. En los peores sostiene la tesitura fatigosamente (el Cuarteto) e incomoda por una dicción discreta (la Balada). Su mayor problema es la falta del genuino abandono tenoril y de verdadera personalidad.

Tanto Lloyd como Fassbaender cantan decentemente, pero parecen fuera de su terreno, particularmente enfática la segunda.

Sinopoli protagoniza la grabación al diseccionar la partitura y reconstruirla con la frialdad de un cirujano. A veces el resultado ofrece nuevos colores y perspectivas de músicas trilladas pero muy a menudo es una subversión caprichosa y arbitraria. Parece olvidar que no se trata sólo de que se escuche todo, sino de distinguir la importancia de los distintos planos que existen. Por ello no se puede seguir sin irritación como el solo de chelo del dúo Sparafucile-Rigoletto acaba por perder importancia a favor de los sencillos acordes de su bajo, o la absurda caja de música que acompaña la coda de “Caro nome”. Los tempi de las transiciones son letárgicos, como intentando extraer algo novedoso a toda costa hasta del último compás. También resultan monótonos en los dúos de padre e hija y ponen al límite a Bruson en su cantabile “Ebben, io piango”. La furia filológica de Sinopoli elimina las tradiciones más absurdas pero también aquéllas que forman parte del acervo musical de “Rigoletto”: el si natural de “La donna è mobile” es el caso paradigmático. Sin embargo permite que Bruson omita los trinos en el primer Cuadro o Gruberová cante en staccato un pasaje de “Caro nome” que está indicado legato.


Decca (1989) Leo Nucci, June Anderson, Luciano Pavarotti, Nicolai Ghiaurov, Shirley Verrett. Orquesta y Coro del Teatro Comunale di Bologna, Riccardo Chailly

Leo Nucci ha sido el principal Rigoletto de las últimas décadas, llegando recientemente a las cuatrocientas representaciones de esta ópera. La medida en que esto refleja la decadencia de la cuerda de barítono se puede comprobar en este registro de Decca. Sobrio y ligero en el primer Cuadro (donde incluso trina al parodiar a Monterone) no logra convencer sin embargo en su monólogo “Pari siamo”, pues ignora los importantes claroscuros que deben interiorizar la furia del personaje. Tampoco en los dúos con Gilda, donde su emisión muscular le impide emitir medias voces ligeras y timbradas, en su caso descoloridas y sofocadas. También las notas breves le causan problemas. En realidad Nucci se confía casi exclusivamente a una dicción incisiva y una buena variedad de acentos propios del actor cantante que siempre ha sido. Logra momentos electrizantes en la Invectiva, pero la falta de verdaderas sfumature y modulaciones hace que en “Miei signori, perdono” resulte pobre de intenciones y resultados. En otras ocasiones, su extraño timbre, gutural en el grave y escasamente sonoro en el registro medio, no termina de llenar las amplias melodías del papel (“Non morir, mio tesoro”)

June Anderson es una Gilda de radiante voz, quizá no todo lo timbrada que debería en el agudo, pero trina con claridad y su acentuación es emotiva.

En su segunda grabación del papel, Pavarotti deja sentir claramente el declive inevitable tras una década llena de excesos. El timbre presenta inflexiones espurias, pierde plenitud en el agudo y las notas de paso tienden sonar descubiertas o rozadas. Afortunadamente Chailly logró arrancarlo en parte del conformismo y la falta de gusto que le aquejaban en esos años, los rasgos de su verdadero declive por entonces. La Balada es ligera y elegante; vuelve a estar seductor en el minuetto, quizá motivado por la presencia de Anna-Caterina Antonacci. Se muestra precipitado al sostener las grandes frases de “È il sol dell’anima” y “Parmi veder”, pero logra un estupendo recitativo “Ella mi fu rapita”. Su peor momento es sin duda la cabaletta, donde suena igualmente forzado en ambos extremos y cae en una acentuación vulgar. Su fraseo sigue conservando encanto en el Acto III a pesar de los problemas audibles en el Cuarteto. Los agudos al final de "Possente amor" y "Addio, addio", claramente añadidos durante la edición del registro, hablan de poca honestidad y hacen que el oyente esté menos dispuesto a disculpar los comprensibles signos de cansancio.

Ghiaurov y Verrett cantan con personalidad, pero el ocaso de ambos es más evidente aun que el de Pavarotti.

Estupenda dirección de Chailly, no novedosa pero sí presidida por la cantabilidad y la elegancia. En ese sentido opuesta a Sinopoli, pues ofrece una versión de la tradición limpiando los añadidos discutibles. Sin embargo deja a los cantantes un tanto a su aire, en particular a Nucci.


Con esto se pone punto y final a la discografía oficial, en tanto que las aportaciones de los años siguientes hasta la actualidad no han alcanzado siquiera niveles dignos. Las siguientes entradas las destinaré a cubrir las ausencias dejadas por el estudio de grabación.

24/10/08

La discografía de Rigoletto (VII)




Nueva edición de Decca basada en Sutherland y dos de los elementos más valiosos en sus respectivas cuerdas durante aquella década. Lo cual en el caso de Sherrill Milnes es indicativo de una crisis baritonal que hoy es endémica. Milnes adolece de una emisión cuanto menos extraña, con variaciones en la colocación, el color y la firmeza del sonido. Y una afinación que sin ser errónea deja la sensación desasosegante de duda. El timbre a veces parece voluminoso e hinchado, otras le falta sonoridad y en el grave es endeble (“Lievi quel capo amato...”) Como se ha señalado repetidas veces, esto fue producto de una obsesiva imitación del sonido de Leonard Warren que no acaba aquí, sino que aparece también – mal realizada, se entiende – en un fraseo “caligráfico y minimalista” (Giudici) que pierde de vista el conjunto de la frase musical. Por otro lado, se demuestra que no es una voz de verdadero dramático (como tal, "es una ficción", escribió Celletti) al resultar falto de cuerpo en los momentos de “Pari siamo” que piden “Con forza” (“Dannazione!”, etc) Tampoco tiene fortuna en los pasajes líricos, aunque se ciñe a las dinámicas normalmente, pues su media voz es opaca e inexpresiva. Honesto en cambio en “Cortigiani, vil razza”, pero genérico de caracterización. Lamentables las risotadas del primer Cuadro, que colaboran a borrar del drama al personaje.
Sutherland sigue cantando a un nivel más alto que la mayoría de las Gildas, pero el timbre se ha tornado ligeramente mate y la dicción es menos clara. Mantiene en cambio la seguridad en los trinos, sobreagudos y coloratura. No sólo falta de dramatismo, sino de interés por el texto, su Acto III resulta monótono.
Pavarotti se hallaba en el apogeo vocal tras diez años de carrera en los que el Duque había sido uno de sus papeles más demandados. Esta relación tan intensa había de durar otros diez años y se basó primeramemte en un timbre cálido, lleno de vibraciones plateadas y la emisión muelle y luminosa en toda la tesitura. Los amplios agudos de nitidez squillante completaban el milagro. Una personalidad sonora así tenía que retratar un Duque exuberante y sensual por fuerza. Brillantísimo por tanto y algo superficial a ratos en las piezas de lucimiento. Sin embargo cincela un “Ella mi fu rapita” espléndido, apoyado en una dicción insuperable, aun más clara en comparación con sus compañeros de reparto. Su fraseo aquí es vívido, con muy eficaces contrastes entre la voz plena timbradísima (“Sull'orma corsa ancora mi spingesse!”) y la sedosa voluptuosidad de “Talor mi credo”. Menos imaginación pone en juego en el aria, aunque la sección central rara vez ha sido más amorosa, así logrando integrar la página en el retrato del personaje (algo que no siempre se consigue) Ha de lamentarse que Bonynge no le sugiriera incluir la cadencia de Verdi. Remata la escena con soltura en la cabaletta, con un amplio re natural sobreagudo incluido. En el Acto III la vivacidad y el humor de sus intervenciones le separan del resto del reparto, con un “Bella figlia dell’amore” irresistible. Sin embargo sus momentos más hermosos son el arrebatador minuetto con la Condesa (escúchese como acentúa “inebria, conquide, distrugge”; "perfecto", según Celletti) y “È il sol dell’anima”, lleno de un abandono casi erótico (¡a pesar del texto!) La belleza de su canto llega al ápice en el pasaje que escala hasta el sib agudo y la acariciadora cadencia, donde ambas voces hacen belcanto puro. En resumen, el punto fuerte de la grabación, un Duque cuya lujuriosa belleza vocal expresa su propia lascivia ("un depredador insaciable", según Giudici).
Aunque se presentaba como un lujo, Talvela no es un Sparafucile enteramente satisfactorio. La voz es estupenda, pero algo pétrea y nasal en la zona alta. Imponente en el segundo Cuadro (pero quizá demasiado) en el Acto III se entrega a declamaciones estentóreas de la peor especie. Por ejemplo es absurdo el acceso de hidrofobia que le sobreviene al discutir con Maddalena (“Al diablo ten va!... ) o en la indescifrable “Entr'esso il tuo Apollo, sgozzato da me, gettar dovrò al fiume...” Tourangeau es una Maddalena de tonos guturales y poca personalidad.
Bonynge ofrece un fondo terso y colorido sobre el que sus cantantes pueden cantar relajadamente; demasiado en el caso de Sutherland, a la que le falta motivación. Por otro lado, su orquesta carece de valores narrativos sobresalientes. En cuanto a las tradiciones tiene poca justificación que en una grabación que tenía la voluntad de recuperar para el belcanto esta ópera siguieran presentes el reb de Gilda en el Cuarteto, el re al final de Terceto o el fa grave que prolonga Talvela en el segundo Cuadro. En cambio, se optó incomprensiblemente por eliminar la cadencia de “Parmi veder le lagrime”. Merece destacarse la magnífica grabación, vívida y brillante, de las mejores de Decca.

Acanta (1977). Rolando Panerai, Margherita Rinaldi, Franco Bonisolli, Bengt Rundgren, Viorica Cortez. Coro de la Staatsoper de Dresde, Orquesta de la Staatskapelle de Dresde. Francesco Molinari-Pradelli.

Después de la recuperación del buen canto perceptible en los años precedentes, esta edición aparece como un grosero retorno a las malas costumbres. Panerai nunca fue un barítono dramático verdiano y por descontado el declive (53 años) no iba a cambiar esto. Los pasajes lírico-patéticos ("Deh, non parlare", "Veglia, o donna", "Miei signori, perdono") ponen en evidencia la falta de un canto correctamente apoyado en el aliento, inhábil por tanto para cumplir con el exigente legato de la melodía: en las frases amplias es incapaz de seguir los signos dinámicos (><) y en cuanto se eleva la tesitura el timbre se opaca y se acentúa el vibrato. En estas circunstancias, dañada la base belcantista del papel, la estilización dramática se destruye (la interpretación de "Pari siamo" es planísima) y Rigoletto queda despojado de su nobleza. Nobleza que tampoco poseía el timbre de Panerai, simpático y comunicativo, pero plebeyo en el fondo. En este sentido, es un epígono de Bastianini, sin la robustez del sienés además. No obstante, en beneficio del florentino, hay que decir que no carga las tintas en su "Invectiva", que está más implicado en la acentuación y que cuando puede cantar en un registro medio deja alguna frase apreciable. Rinaldi tenía una voz de lírica dulce y timbrada, pero el temprano declive (se retiró en 1981) se siente en el agudo abierto y la opacidad de la media voz. La artista es sensible ("V'ho ingannato") y por lo menos su Gilda no es un pájaro mecánico, pero la elevada escritura de "Veglia, o donna" la incomoda y su virtuosismo es discreto en "Caro nome".
Franco Bonisolli fue una de las voces peor aprovechadas de las últimas décadas. Dotado de un timbre de tenor lírico fácil y espontáneo, su empeño en camuflarlo tras un repertorio de trucos para sonar más toscamente viril se pone de manifiesto a lo largo de toda la grabación. Entregado al abombamiento del centro, ignora el correcto paso del sonido, y por tanto nasaliza ("Ella mi fu rapita!") cuando no entuba, contrariamente a su fama los agudos son planos y pobres (véase el la de "È amor che agli angeli"), el legato en las grandes frases y las notas breves lo ponen en dificultades (los golpes de glotis abundan, sobre todo en el aria) y difícilmente puede modular en zonas elevadas. Como ejemplo del fracaso vocal basta escuchar "È il sol dell'anima", que comienza con un canto bastante válido, pero que cuando llega el stringendo ("D'invidia agl'uomini, sarò per te!") lo muestra incapaz de sostener la tesitura si no es al borde del grito. En el tercer acto parece más aceptable, ya que no le falta arrogancia y hay menos problemas. Por decirlo de alguna forma, la Canzona y el Cuarteto sufren un poco menos sus modos casquivanos.
Rundgren y Cortez son una pareja rutinaria, aunque no cantan mal.
La concertación de Molinari-Pradelli vuelve a ser irrelevante. No sugiere matices reseñables a sus cantantes: permite, por ejemplo, que Rigoletto y Sparafucile lleven toda su escena a plena voz (uno se pregunta para qué existe un director). La magnífica orquesta suena siempre al menos en forte, sepultando a los cantantes durante el Trío y rozando lo pueblerino en la stretta de "Sì, vendetta".

Emi (1978) Sherril Milnes, Beverly Sills, Alfredo Kraus, Samuel Ramey, Mignon Dunn. Philharmonia Orchestra, Ambrosian Opera Chorus. Julius Rudel.

Con la voz más plena y sonora que siete años antes, Milnes sigue fiel a su desconcertante fonación. Y a los chuscos resabios del primer Cuadro. Prácticamente idéntico a sí mismo, la acentuación es algo impersonal (pero característica) Con los cortesanos (Acto II) salpica su canturreo de suonacci realmente feos y su invectiva parece ligera, sobre todo por el acompañamiento de Rudel. El principal problema en “Miei signori” y los dúos con Gilda es la heterodoxia de su mezzavoce, sofocada y sus habituales portamenti. Las intenciones son buenas excepto por algún sollozo aquí y allá.
Beverly Sills firma uno de sus peores trabajos para el disco: la voz está desgastadísima, estridente y desagradable en el forte. Aún conserva un notable dominio sobre las dinámicas y en piano el timbre recuerda la pasada dulzura. Los perfectos trinos son lo único que puede salvarse de un “Caro nome” tremendo, su re bemol en “Addio, addio” es para preguntarse por las razones que llevaron a incluirlo y sus intervenciones en el Cuarteto son penosas.
Alfredo Kraus retornaba a los estudios tras una ausencia demasiado larga para firmar un tercer Duque cuyo único objetivo parece haber sido superarse a sí mismo. Con la voz cada vez más refugiada en la máscara, los registros medio y grave han perdido nitidez, volumen y belleza (la "sequedad" de la que se suele hablar). Por el contrario su arte para regular y colorear la emisión en el pasaje y el squillante agudo siguen siendo insuperables. Tanto se regodea Kraus en esta habilidad que se echa de menos que no optara por algún sonido más franco y espontáneo (en la cadencia de la Balada, por ejemplo) Muy distanciado en el primer Cuadro, se anima en el dúo con Gilda aunque su timbre parece empobrecido en la cadencia. En su elemento, cincela con maestría el recitativo de su gran escena, cerrado además en un solo fiato. Su “Parmi veder le lagrime”, lentísima y contemplativa, se fractura del conjunto del drama pero ofrece un canto ligadísimo (“Per te le sfere agli angeli”) y una cadencia magistral, trino incluido, de verdad fiel al dolcissimo prescrito (aunque rompe el sonido al final) De un pulcro virtuosismo en su cabaletta, curiosamente desaparece en las frases de la stretta, hasta emerger con un timbrado re sobreagudo. En el tercer acto sigue cantando impecablemente, pero se echan de menos tanto el atractivo como el slancio arrogante de los años pasados. Parece imposible escuchar frases tan largas y perfectamente moduladas como en el Cuarteto (en “Le mie pene consolar” apiana un sib y lo liga a "Bella figlia") pero siempre tienen más valor técnico que expresivo. Este canto calculado además consigue que el Duque parezca más un galán maduro que un “giovin giocondo”.
Ramey canta magníficamente con una voz mórbida y elegante. Dunn es una Maddalena por lo menos simpática. Buen acompañamiento de Rudel, sin novedades que reseñar, vivaz y colorista, en ocasiones con demasiado volumen. No puede decirse que sea ni idiomático ni original.



DG (1979) Piero Cappuccilli, Ileana Cotrubas, Plácido Domingo, Nicolai Ghiaurov, Elena Obraztsova. Coro de la Staatsoper de Viena, Orquesta Filarmónica de Viena, Carlo Maria Giulini.

Grabación que ocupa los lugares de privilegio en las recensiones habituales, muestra sin embargo rasgos de la decadencia que ha asolado el canto de las óperas de Verdi. Cappuccilli tenía las bases para ser un verdadero barítono verdiano, empezando por el color y el metal genuinos (a diferencia de Milnes) Entregado sin embargo a la búsqueda de la sonoridad cada vez más voluminosa de una voz que ya era robusta, su canto adoleció de vicios veristas que no le permitieron llegar al meollo de Rigoletto durante su carrera. Y que en 1979 habían se habían cobrado cierto desgaste perceptible en un timbre falto de terciopelo en el registro central y en la dureza del agudo, que se empaña esporádicamente. Bajo la guía de Giulini, sin embargo, Cappuccilli consigue completar un retrato coherente en el que se encauzan sus impetuosos modos. Su “Pari siamo” contrasta con eficacia la furia declamatoria (“Vil scellerato, mi facesti voi”) y la reflexión dolorosa (“Altro che ridere”) En los dúos con Gilda, siempre su punto débil, se pliega a las medias voces necesarias (algo mates) y un legato notable, aunque no llega al ensimismamiento lírico quizá por falta de convencimiento, quizá por lejanía estilística. Siempre más cercano a la expresión grandiosa, su “Cortigiani, vil razza” es poderoso pero el agudo se le queda sorprendentemente atrás. Gran parte del atractivo de Cappuccilli en el teatro fueron sus gigionate (exageraciones). Gobernado por Giulini cantó mejor que nunca, pero se puso en evidencia hasta qué punto dependía de aquellos momentos demagógicos y electrizantes para compensar una ligera monotonía expresiva.
Ileana Cotrubas carecía de la dimensión vocal y dramática verdiana. Así de sencillo. El timbre es dulce y de color agradable, pero no tiene ni cuerpo suficiente ni el brillo metálico imprescindible en la zona alta. Sus trinos y notas picadas son discretos en el aria, donde además no parece sobrada de fiato. Si se suma un acento lastimero invariable de principio a fin (¿dónde queda el despertar amoroso de “Caro nome”?) el resultado, además de insuficiente en lo vocal, es de una antigüedad expresiva que roza el ridículo.
Domingo mantenía el Duque en repertorio por aquellos años a pesar de que su vocalismo, nunca especialmente cómodo en el papel, ya manifestaba rasgos incompatibles con sus exigencias. El timbre, resonante y bruñido en el centro, se velaba al ascender por el passaggio, lo cual es constante en la partitura. El catálogo de problemas vocales es amplio: los ascensos al sib de “È il sol dell’anima” parecen extraídos con fórceps, su “Ella mi rapita” le muestra con una emisión dura y nasal (no se puede ni mencionar el enmascaramiento del sonido), no hay una intervención en “Bella figlia dell’amore” que no haga pensar cómo pudo quedar satisfecho con el resultado, la cadencia de la Canzona es incluso embarazosa. Es cierto que aplica una variedad de acentos e intenciones que intentan reflejar el carácter del personaje en cada situación, pero al no corresponderse con verdaderas modulaciones de una voz pesada y gruesa, en muchos casos el resultado es artificial y hasta irritante (la Balada y "Bella figlia dell'amore")
Ghiaurov no parece especialmente implicado en el papel, al que aporta prestancia tímbrica y un fraseo señorial, pero ni pizca de humor o algún pasaje memorable. Tampoco Obraztsova hace algo más que explotar un timbre de llana sensualidad.
Por aquellos años Giulini iniciaba una relación discográfica con la Filarmónica de Viena que daría frutos tan definitivos como su Bruckner o el ciclo Brahms. Aquí hay intervenciones de enorme calidad como la tinta misteriosa que inicia el segundo Cuadro o el Acto III. Incluso un pasaje tantas veces trivial como el canto de los violines al final de “Pari siamo” tiene en este caso una dulzura y una expresividad cautivadoras. Sin embargo, inevitablemente, semejante orquesta posee una sonoridad demasiado suntuosa y potente para asociarla a la sobriedad verdiana. En “Cortigiani, vil razza”, se opta más por el impacto sonoro que por la lacerante intensidad de Kubelík, aparte de que no apremia a Cappuccilli más que a cantar con el máximo volumen. A las puertas de su última etapa creadora, Giulini elige tempi reposados que en conjunto son coherentes pero menos dramáticos, vívidos y narrativos de lo deseable.



Se agradece al forero jth el haber facilitado la grabación de Panerai. Disfrutad de las audiciones.


14/9/08

Luciano Pavarotti (VIII): El día en que cambió su carrera



Si los compromisos con Decca ocuparon gran parte de su agenda antes de las vacaciones (“Rigoletto” y “Lucia di Lammermoor”) en la temporada 71-72 supera por vez primera las 50 actuaciones en vivo. La compañía del MET presentó precisamente “Rigoletto” en la Metropolitan Hall de Tokio durante el mes de septiembre. Una de esas funciones ha quedado registrada en vídeo, siendo el documento completo más temprano de Pavarotti sobre el escenario. Con la misma ópera se presentó por primera vez en Alemania (seis funciones, una de ellas muy accidentada, en Hamburgo y Berlín). Debut a finales de octubre de un nuevo papel (el decimocuarto; Riccardo de "Un Ballo in maschera") en San Francisco. Desde entonces, el War Memorial será su campo de pruebas antes de presentarse en escenarios más peligrosos. Con este paso Pavarotti entraba en el repertorio de lírico-spinto verdiano, siempre problemático para un tenor lírico puro. A cambio del volumen limitado de su voz (así se comentó) supo explotar una proyección perfecta, basada en los sonidos squillanti y una emisión sin resonancias espurias. Existe grabación que atestigua el éxito obtenido junto a la magnífica Amelia de Arroyo. Se presenta en la Lyric Opera de Filadelfia con La Bohème. Retorno a Alemania para acabar el año representando Lucia di Lammermoor (junto a Scotto) y La Bohème.

Comienza 1972 en los EE.UU con una función de I Puritani junto a Beverly Sills, quien tuvo que alentarlo para que superara sus temores respecto de la torturante tesitura del papel: el triunfo de ambos intérpretes es apoteósico. Tras 4 funciones de La Bohème en Miami llega el día clave en Nueva York: 17 de febrero de 1972, estreno de “La Fille du régiment”. A pesar de tratarse de un espectáculo diseñado a medida de Joan Sutherland (la ópera no se reponía en el MET desde los tiempos de Lily Pons) fue Pavarotti quien consiguió el que muchos años después recordaría como triunfo de su vida. Al día siguiente todos los diarios de New York hablaban de sus nueve does agudos en “Pour mon âme”. Harold Schoenberg ("New York Times") lo declaró el “rey del repertorio lírico italiano” y comparó su dimensión vocal con la de Beniamino Gigli, a quien según él superaba en buen gusto y musicalidad. También en la revista Opera de Londres, siempre escéptica hacia Pavarotti, se hicieron eco de los parangones con Gigli, añadiendo: “En su aria (…) las aclamaciones debieron de escucharse desde New Jersey.” Comenzó a acuñarse entonces la expresión “King of high C’s”. El MET explotó esta producción el resto de la temporada llevándola a Boston, Cleveland, Atlanta, Memphis, Nueva Orleáns, Minneapolis y Detroit. Pavarotti cantó 15 funciones en total, alternadas con “La Bohème” y un “Rigoletto” espectacular. Se iniciaba no sólo su reinado en el teatro neoyorkino sino su captura por parte del público norteamericano, siempre necesitado de un referente como lo tuvo en las décadas precedentes (Corelli, del Monaco, Bjoerling, Martinelli, Gigli y Caruso) En este proceso de consolidación tuvo gran importancia la actividad de Herbert Breslin, ya encargado no sólo de su publicidad, sino convertido en su representante. Se ha querido ver en las maquinaciones publicitarias de Breslin gran parte de mérito en el impacto creado por estas funciones de "La Fille", pero a este respecto se puede citar al propio empresario: “Su emergencia como estrella de máximo nivel se basó en su virtuosismo como cantante” (“Pavarotti: My own story”, 1981). En años sucesivos la influencia de Breslin en la carrera de Pavarotti crecerá cada vez más, no siempre para bien.

El 22 de abril participa en la Gala de Despedida de Rudolph Bing, Gerente del MET durante veintidós años. Su actuación junto a Joan Sutherland es de los mayores atractivos del evento a pesar del nivel estelar de todos los participantes. Algunos medios establecen ya la que habrá de ser la competición por el favor del público con Plácido Domingo, rival desde entonces en popularidad. El retorno a Europa (julio) propicia su debut en el Festival de la Arena de Verona. Este escenario al aire libre siempre fue favorable a voces poderosas como Corelli y del Monaco, lo que suscitó dudas sobre la adecuación de un instrumento lírico para impresionar en el viejo anfiteatro romano. Según Leone Magiera (“Pavarotti. Metodo e mito”) su voz se extendió con inaudita riqueza de colores, logrando amplio reconocimiento en el llamado “gran Verdi” (el del repertorio spinto) en la exigente tierra del melodrama, siempre más renuente a conceder la aprobación, dispuesta a escrutar a la nueva estrella consagrada en América. Durante el verano se traslada a España para una rara actuación en San Sebastián (“La Bohème”) y comenzar la nueva temporada. Es el período en el que el apogeo vocal se entrega a manos llenas y comienza a cantar más y en todas partes.

Se adjunta la evolución en el número de actuaciones durante las siete anteriores temporadas:


Representaciones /Recitales:


1965-66: 33
66-67: 49 / 5
67-68: 45 / 6
68-69: 31 /2
69-70: 36
70-71: 42 / 1
71-72: 54 / 2



Audiciones:

El registro que se ha conservado de una de las funciones japonesas de “Rigoletto” es el documento audiovisual más temprano que tenemos de Pavarotti sobre las tablas. En “È il sol dell’anima” fascina con el habitual acento afectuoso, más que con la variedad dinámica que sólo aparece en el acariciador cierre del solo inicial (“Sarò per te”) También está disponible la cabaletta, donde pasa un momento de inseguridad y omite el re bemol. Unas semanas después, en una representación berlinesa, tendría un sonoro percance en esta nota, el extremo superior de su tesitura aprovechable. El vídeo también deja testimonio de la discretísima aptitud de Pavarotti como actor.














A continuación comprobamos como una mala noche puede tenerla incluso un cantante en plena forma. Todo transcurre por cauces normales hasta la cabaletta con Gilda, concluida con un escandaloso gallo al cantar el re bemol. El resto de la función se recupera del incidente, con un recitativo "Ella mi fu rapita" magnífico. Sin embargo el aria, estupenda, la culmina con un sib donde se opaca su habitual brillo. Al final del Cuarteto tiene un nuevo y sonoro incidente sobre el último si bemol.

Rigoletto. Deutsche Oper de Berlín. Octubre de 1971 (otras fuentes indican enero de 1972). Köth, Murray. Jesús López-Cobos.

Acudimos a la representación de “Un Ballo in maschera” del 11 de noviembre de 1971, una de las primeras de su debut en el papel protagonista. Proponemos la audición de los momentos más destacados de este personaje, con el que Verdi fue tan generoso.
A pesar de que nada más abrir la boca uno identifica de buena gana al personaje en la nobleza y cordialidad del timbre, no se puede negar la superficialidad de su “Là rivedrà nell’estasi”: obvia los dolcissimi (“La sua parola udrà sonar d’amor”) y tiene alguna duda en el sol agudo de “dolce notte”. Parece centrarse desde la modulación de “Ah! Ma la mia stella”.
En el habitualmente criticado can-can “Ogni cura si doni” es muy adecuada la genuina joie de vivre de su canto, de una ligereza chispeante.
En los primeros compases de la Barcarola se lanza con demasiado peso sobre la melodía, efectivamente con brio pero sin respetar los pp y ppp escritos. Mejor en las frases que se piden con slancio (“L’Averno ed il cielo”) y los pasajes staccato e leggerissimo, que hace ágilmente. Brillantísimo ascenso al si bemol agudo.
En sus intervenciones en el Quinteto “È scherzo od è follia” renuncia con buen criterio a intercalar risillas innecesarias: la propia escritura, con sus notas breves y silencios ya la sugieren y es el acento del cantante el que ha de hacer el resto, como es el caso, pues prácticamente se podría imaginar una sonrisa en sus exclamaciones.
El gran momento de la representación llega en el inmarcesible dúo del Acto II. Pavarotti entra en escena con acentos urgentes y viriles. En “Il tuo nome intemerato” desciende con suficiencia al re grave. En su confesión amorosa varía hacia el acento íntimo al entonar “Non sai tu” y ataca con slancio los grandes arcos canoros que culminan en sib agudo ("Quante volte dal ciel"). Sigue muy convincente en su súplica, con un bello diminuendo al reclamar “Un sol detto”. La desbordada efusión de su "M’ami, Amelia” es un momento espléndido por unir la más sincera expresión con una belleza vocal inclemente (nótese como mantiene la igualdad al descender al mi grave en "Amelia”). El empaste entre el dorado metal de Arroyo y el plateado esmalte de Pavarotti es felicísimo en los arrebatados unísonos. A continuación se muestra lleno de noble fuego en el pasaje “Ah, sia distrutto”, a pesar de la difícil tesitura que de improviso le lleva desde la octava grave hasta un gran sib (faltó sin embargo el contraste piano en “Fuorchè l’amor”) En este caso se echa de menos una guía más rigurosa de Mackerras que hubiese hecho respetar la extática mezzavoce dolcissimo de la cabaletta: Pavarotti ataca “Oh, qual soave brivido” con el acento justo, de íntimo gozo, pero no se pierde el verdadero contraste con la espléndida expansión que alcanza en “Astro di queste tenebre”. Llegando al culminante retorno a la música de amor, la única pega la encontramos al atacar su “Irradiami d’amor”, donde hay un par de notas centrales abombadas, algo excepcional en él que sólo se explica por posible inseguridad para superar la barrera de la orquesta. El timbre de esos años era prieto y brillante, pero no grande y la zona central no era la más sonora de su tesitura. El cierre del dúo es cada vez más entusiástico, con dos voces relucientes entregadas a un fraseo de gran efusión lírica. Para locura del público, ambos se lanzan sin cautelas contra un do agudo (no escrito para el tenor) squillantissimo y deslumbrante. Hasta el momento el Riccardo de Pavarotti era un personaje sentimental, simpático, pero un poco superficial para ser un noble que se debate entre el deber y el amor. En este dúo, a través de la entrega vocal temeraria y la efusiva interpretación, crece de forma asombrosa hasta convertirse en un hombre que se consume en una pasión autodestructiva. Para completar un retrato semejante la gran escena del Acto Tercero, la de la renuncia al amor, es la clave. Y Pavarotti en este caso no acierta a expresar toda la hondura del sentimiento de abdicación, de resignada despedida. En el recitativo no encuentra los matices necesarios más allá de un “E taccia il core” atacado con dulzura. En el aria se echan de menos unas dinámicas más contenidas y el Conde pierde así algo de su distinción patricia: Pavarotti confía en su acento sincero y afectuoso pero la sección central (Cupo, sempre piano) carece del debido contraste elegíaco. El bello diminuendo que sí observa en “Nell intimo del cor” parecía exigir una continuidad. La cadencia, con refulgentes ascensos a sib y la natural, queda indebidamente extrovertida. En cambio sí convence ese canto de nuevo arrebatador en la cabaletta, llena de un entusiasmo casi insensato: de nuevo el cantante infalible lanzándose sin aprensión contra las repetidas frases entre el sol y el sib agudos. Es decir, estamos ante un personaje convincente sólo de forma parcial y en pasajes fulgurantes.
Ya hacia el final, en la escena con Arroyo durante la fiesta es francamente afortunado, por su expansión amorosa, el “Invan ti celi” que le dirige a Amelia; también la imperiosa acentuación de “Ne so temer la morte”, nobilísima y ardiente (y con un timbre soberbio): como impregnada de un sentimiento de viril aceptación de la fatalidad.
En su solo final puede resultar una voz demasiado lozana para un personaje en agonía; se echa de menos mayor contención tímbrica como la del remate de “Iddio m’ascolta”, con un hermoso morendo. Sin embargo frases como “Io l’amai ma volli illeso” con esa morbidez, estupendo legato y ese timbre conmovedoramente dulce rememoran las crónicas del tenore della bella morte, Napoleone Moriani, uno de sus antepasados directos en la cuerda de tenor lírico (aunque quien estrenó Riccardo fue su antítesis, el tenore della maledizione: Gaetano Fraschini)

En resumen, una primera aproximación a la que evidentemente le faltaba más experiencia para completar la natural afinidad hacia el personaje y los fascinantes arrebatos líricos con los matices más introspectivos.

Un Ballo in machera. War Memorial Opera House, San Francisco. 11 de Noviembre de 1971. Arroyo, Bordoni, Donath, Dalis. Charles Mackerras.



En enero siguiente se programa una función de “I Puritani” en Filadelfia cuyo registro podría haber sido la referencia de la ópera. Por desgracia se completó el reparto con elementos menos que adecuados al repertorio y la falta de tiempo obligó a prescindir de los ensayos, optándose por realizar numerosos cortes. No sólo los tradicionales en el Dúo del tercer acto, sino incluso en “Credeasi misera”, debido a la complejidad de la escritura de conjunto (*). Aun teniendo en cuenta la rebaja en las exigencias del tremendo papel, éste es un Arturo memorable, que ofrece al mejor Pavarotti en los pasajes supervivientes. Comparando con la grabación cuatro años anterior (Catania) Pavarotti canta con más morbidez “A te, o cara”, moderando la plenitud de la emisión, que pliega en buenas medias voces (“E l’esultar”) y haciendo portamenti más discretos. Ataca con una facilidad destacable un do#4 no sólo squillante y sostenido, sino de una belleza purísima. En las frases sucesivas (“Si raddoppia il mio contento…”) habría sido deseable que diferenciara esta sección de la inicial, como es preceptivo en el belcanto. En este sentido son ejemplares las smorzature y rallentandi practicados por Fleta en su registro de 1923; lo cual nos recuerda que en la segunda mitad de S. XX la corrección (Fleta es en cambio algo irregular en el fraseo de la primera sección) ha ocupado el lugar de la fantasía en los cantantes. Y la obstinada ignorancia de los directores de orquesta, al final los responsables de no sugerir o permitir estos embellecimientos. Amplios, radiantes, con un timbre arrebatador sus “A tanto amor”, el último modulado con dulzura y en un solo aliento. También hay que detenerse en las intervenciones de Beverly Sills, quien realiza en dos ocasiones un triple regulador sobre la palabra “Amor” (f-p-f-p).
Los cortes se dejan sentir en “Non parlar di lei che adoro”, en todo caso superado con efusión (“E la vergin mia adorata”) y con un timbre tanto más expresivo según se eleva la tesitura.
Pavarotti siempre sobresalió en el breve dúo con Ricardo, en este caso un pésimo Louis Quilico, barítono completamente ajeno a lo que significa el belcanto. El fraseo vigoroso (atención a la entrada “Sprezo audace”), el timbre squillante (fulmíneo en el ascenso al agudo) y la aceptable vocalización (se ayuda de pequeños golpes de glotis) no hacen desear nada más.
Llegando al Acto III, el que consagra un gran Arturo, en su escena (“Son salvo”) la dicción nítida, el fraseo emotivísimo, recrean la añoranza del exiliado. Escúchese el abandono con que ataca “O patria, o amore”, como apiana “La terra su natia” (sol bemol), el filado de “Il mio pianto” o la dulzura de “Ove t’aggiri tu?”. Por desgracia se suprime una estrofa de “Ad una fonte”, pero lo que queda es un canto mórbido (“Compagno nel cammin”) evocador, patético en su plateada belleza (“Sempre eguali ha i luoghi e l'ore”).
Pavarotti vuelve a escena prodigando acentos amorosos. Su cantabile “Nel mirart¡ un solo istante” es la encarnación del joven héroe romántico, llegando al paroxismo del sentimiento (tras un timbradísimo do agudo) en “Lontan da te” (un punto excesivo para este repertorio, si se quiere) Como es habitual se suprime el bellísimo Andante “Da quel dì che ti mirai” y entramos directamente a “Vieni fra queste braccia”, transportado medio tono hacia abajo para evitar los re naturales (como siempre hizo). Pavarotti se lanza de lleno contra el episodio: quizá se habría necesitado más juego con el rubato (qué tendría que decir Guadagno, toda la función con prisa) para darle variedad al fraseo (“Non mi sarai rapita” o “Ah, vieni” son buenas oportunidades para la modulación o un expresivo allargando) pero éste resulta convincente, acariciador gracias a la suavidad privilegiada de la emisión. Suavidad que se combina de forma imposible con metal squillantissimo en los ataques (de una precisión absoluta) al reb4, verdaderos clarinazos de trompeta de plata. Estamos en uno de esos momentos donde los cantantes transforman el riesgo en éxtasis. La reacción del público lo dice todo.
Lo que debería haber sido la culminación de la noche nos deja a medias, pues de “Credeasi, misera” sólo queda la segunda stanza (además con la tradicional intervención de Elvira cantando música que está escrita para Arturo). Las razones de este corte parecen incomprensibles. Se puede acusar a Pavarotti de beneficiarse de la menor duración de la exigente aria, pero también es cierto que ha de atacar inmediatamente la sección más enérgica. Y lo hace con un fraseo heroico, levemente enfático, que consigue que el nuevo clarinazo (reb4) llegue como algo natural e inevitable tras la tensión acumulada. Hay un ligero problema al cerrar el do4 inmediatamente posterior, pero es menor. En la cadencia se puede apreciar ese sonido en punta, buscando una posición elevadísima pero siempre redondo (“Perfidi”) y que podía alternar con el más acariador de "Di crudeltà".

"I Puritani". Lyric Opera, Filadelfia. 18 de enero de 1972. Sills, Plishka, Quilico. Anton Guadagno.




El 17 de febrero, en plena forma por tanto, por fin llega la gran noche de Luciano Pavarotti, aquélla que como se ha dicho lo convirtió en superestrella. Poco importó que apenas hubiese alguna mejoría en la pronunciación francesa desde las funciones de Londres: la espontaneidad de la expresión y la química que existía con Sutherland permitieron un tipo de comunicación por encima de esa limitación. Se escucha en el dúo del primer Acto, lleno de complicidad y ternura desde el recitativo. La dulzura del ataque de "Depuis l'instant ou, dans mes bras", la efusión de "Et puis enfin, de votre absence", la sencilla alegría de la cabaletta (atención a la cadencia intermedia) son ragos de un personaje cuyo enamoramiento una puede tomarse más en serio que cuando lo canta un tenorino, pero que no deja de ser amable y ligero.

Llegamos por fin al momento con el que cambió toda su carrera: "Ah!, mes amis quel jour de fête", exclama Tonio y podría servir de divisa al canto de Pavarotti, desbordado de alegría, generoso, despreocupado, entregado con frenesí al público. En la cabaletta se disfruta una voz elástica y de una energía inacabable, que se pasea con irrisoria facilidad por los saltos al do4, squillantissimi, atacados con una exactitud pasmosa. Esta interpretación, con el do final cortado algo bruscamente, es algo inferior a la que hemos escuchado anteriormente. Quizá es el momento de plantearse hasta qué punto abusó Pavarotti de este excitante do agudo, como se percibe no sólo atacado al volumen máximo posible, sino prolongado hasta agotar la reserva del aire. Un hábito poco prudente, en todo caso que bordea la "gigionata". Al margen de ese detalle es interesante apuntar que Pavarotti no tenía problemas para cantar do agudo en cualquier vocal: las conflictivas “e” y “o”, que tienden a retener la voz en la parte anterior de la boca, aquí aparecen perfectamente colocadas. En la versión italiana se canta algún do sobre la “i”, lo que tampoco le suponía problema. La novedad, aún asombrosa, es que una voz de esta plenitud lírica pudiera asumir semejante tesitura, concebida para el mixto o falsete reforzado.

H. Schoenberg elogió especialmente el estilo exhibido en “Pour me rapprocher” y aunque se pueden recordar las objeciones de Celletti sobre un canto demasiado sensual y extrovertido, basado más en la voz plena que en el susurro íntimo, el resultado es personalísimo. Escúchese la dulzura del acento en “dans les combats”, así como el filado en “cesser d'aimer”. En la sección central el fenomenal si agudo y el diminuendo sobre la escala descendente consiguen un efecto felicísimo. Como el bello regulador del final, que al fin nos da un Tonio de una sencilla emotividad.
Pensamos que su discreto francés (aun más en vivo) es perdonable ante tal derroche de cualidades.

"La Fille du régiment". Metropolitan Opera House. 17 de febrero de 1972. Sutherland, Resnik, Corena.

Ya en plena efervescencia de popularidad, la compañía del MET monta un “Rigoletto” para Sutherland y Pavarotti a su retorno de la gira con “La Fille du régiment”. Fueron un total de cuatro funciones junto a Joan Sutherland y los Bufones de Milnes y Manuguerra. Harold Schoenberg comentó en el "New York Times": “Los hay que miran con sospecha esos repartos de grandes estrellas. Tontos que son. Ciertamente este “Rigoletto” es la cosa más grande de este tipo que uno puede recordar. Cuando se tiene a un grupo de artistas como los que oímos el sábado, todos trabajando juntos e intentando extraer lo máximo de la música, todos con voces de gran calibre, bueno, pues resulta que la gran ópera y el gran canto siguen vivos” (“A prima donna progress. The autobiography of Joan Sutherland” - 1998)
Tras las dos primeras funciones, Milnes abandonó la tercera en el Segundo Acto correspondiéndole a Matteo Manuguerra cantar el resto de representaciones. La correspondiente al 22 de junio ha quedado registrada en grabación “in house” y se puede disfrutar del estupendo Rigoletto de Manuguerra, superior desde cualquier punto de vista al de Milnes (lo cual hace lamentar que la elección para el registro Decca fuera el norteamericano)
Siempre se le ha reprochado a Pavarotti la extroversión con que cantaba tanto “Questa o quella” como su gran escena del Acto II, quizá obviando el hecho de que una personalidad vocal así difícilmente podría haber ofrecido el Duque refinadísimo de la tradición de los tenores di grazia. Pavarotti se adhiere al aspecto más arrogante y sensual de la otra versión del Duque, la fundada por Caruso, siempre con di Stefano como un modelo más admirado que emulado (por fortuna). Así su Balada es un poco excesiva en cuanto a sonoridad y brillo; apunta la línea ligera y chispeante que debería presidirla en “Del mio core l’impero non cedo meglio ad una…” pero pronto se dedica a la exhibición de timbre y comunicatividad. En cuanto a “Ella mi fu rapita”, vuelve a deslumbrar en el recitativo, lleno de efectivos contrastes entre acentos incisivos (el segundo “Ella mi fu rapita”) y abandono lírico (“Talor mi credo, “Lo chiede il pianto”) que además se corresponden con un timbre sucesivamente squillante y sedoso. En el aria no encontramos ni siquiera los ligeros problemas de su registro Decca (el portamento para llevar la voz del re de “amata” al sol de “Ei”) sin embargo es perceptible un pequeñísimo roce en “soccorrerti”. Aunque no siempre atiende a los signos de diminuendo, lo compensa con el acento afectuoso y dulce (“Ned ei potea soccorreri”) Si acaso, reprocharle el reluciente sib prolongado de forma innecesaria y la idea de hacer crecer el sol agudo conclusivo tras una bellísima modulación (“Per te”) De nuevo se hurta la cadencia verdiana, que no parece haber cantado nunca, lo cual resulta inexplicable habiendo tenido el apoyo de los Bonynge.
Su canto en el dúo con Gilda contiene una sugestiva contradicción entre las palabras que hablan de amor casto y un fraseo arrebatador, lleno de rapaz sensualidad (“Ora che accendono”) A excepción de los grupetti (no muy nítidos) es una interpretación pulcra en lo musical pero sobre todo exaltada, impresionante en el pasaje “D’invidia agli uomini, sarò per te” creciendo hasta un gran sib para recogerse en suaves “Sarò per te” y “amiamoci”. Esta vez finaliza una vibrante cabaletta acompañando a Sutherland a un enorme reb4 (esta vez no hubo problemas).
En el Acto III encontramos a un intérprete desbocado, pero en el sentido de que tal es la seguridad técnica que en su canto no hay ataduras ni precauciones, sólo la alegría incontenible de un entregarse, un extático compartir el estado de gracia vocal y de personalidad. Esto se percibe en una Canzona de un trazo, elástica y vibrante, esta vez ligeramente matizada en su segunda estrofa. Estupenda cadencia, merece la pena atender al brillo del “di” y por supuesto al excepcional si natural, sobre la vocal “e”, temible para tantos tenores (entre ellos, Gigli) aquí perfectamente cubierta y sin embargo amplia, llena, fulgurante. Aun más spavaldo (arrogante) se muestra en la escena con Maddalena y el Cuarteto. Seguramente recordando aquella interpretación alla Caruso que le exigió Serafin, su galantería es exagerada y guasona (“Nel gaudio e nell’amore”, “La bella mano candida”) Magnífica la Canzonetta que lanza el conjunto, en particular por la morbidez en la repetición de “Tu puoi le mie pene consolar”. Impresionante el segundo ataque al si bemol, sobre el que realiza un regulador de volumen magistral. Cuando un cantante exhibe tal facilidad irrisoria en una pieza de esta dificultad (las subidas finales al sib son limpísimas) corre el riesgo dar la impresión de frialdad, aquí evitada gracias a un canto voluptuoso y el acento cordial.

Metropolitan Opera House. 22 de junio de 1972. Manuguerra, Sutherland.

Prueba de la expectación que suscitaron las representaciones es que existen registros de las funciones de los días 10 y 14 de junio, una de ellas “in house” y la otra realizada desde el escenario (con un característico sonido metálico).

Adelantando unos meses hasta el otoño de ese mismo año, traemos una nueva colaboración con Beverly Sills. En esta ocasión se trata de una función de “Lucia di Lammermoor” de las seis representadas en la War Memorial Opera House de San Francisco. Es una de las grandes recreaciones de Edgardo por parte de Pavarotti, aunque sigue faltando la escena de la Torre de los Ravenswood. Por desgracia de nuevo se debe sufrir un reparto menos que mediocre que impide que este registro sea una referencia de la ópera. Pavarotti entra en escena impetuoso, con un recitativo elocuente, lleno de urgencia (nótese la acentuación de “La mia perdita intera”) Es afortunada la moderación en el brillo y el volumen al atacar “Sulla tomba”, en particular el sottovoce de “Al tuo sangue” para posteriormente recuperar el sonido amplio y vibrante hasta un estupendo sib (donde sigue la tradición de cantar “Ah” en vez de “Sì”) Sills era una Lucia ligera de voz pero expresiva e intensa. Pavarotti resulta afectuoso en el tempo di mezzo, con su mejor intención en “Io di te memoria viva, sempre o cara serberò”. Sin embargo algo se le escapa en “Verranno a te”, con menos justificación cuando Sills lo canta en un hilo de voz, melancólico y evocador. Por supuesto es expresivo y amoroso gracias a la morbidez del timbre y el acento cálido (“Spargi un’amara lagrima”) pero la plena voz no permite llegar a la melancolía y la añoranza que se escucha a Pertile o Schipa (¿quién más lo hizo?) El registro incluye un hecho desconcertante en la cadencia, donde Donizetti escribió mib4 para Edgardo y do5 para Lucia. Lo habitual es escuchar un si bemol al unísono, pero en este caso se cambian los papeles: Pavarotti canta un discreto do agudo y Sills muestra el inicio de su declive en un estridente mib5. Seguramente fuera una iniciativa de Sills, siempre pendiente de añadir una cuota de espectáculo como muestra en varias ocasiones a lo largo de esta función. El efecto no es nada afortunado y es mejor fijarse en el excelente cierre.
Una de las grandes bazas de Pavarotti en el papel llegaba en el Segundo Acto, en la escena del matrimonio. Las exigencias del papel anticipan en este caso a Verdi, lo que se percibe ya en el Sexteto. Aquí luce la nitidez de su dicción, el brillo, su fraseo enérgico y cortante. Pero es la llamada “Maldición”, el Finale Secondo, donde simplemente sobresale por encima de cualquier otro Edgardo escuchable. Principalmente por el abandono heroico con que ataca su imprecación, enlazando “Il cielo e amor” con un primer la agudo (“Maledetto sia l’istante”) y fraseando con ímpetu irresistible y verdadera indignación. Timbradísimo segundo la (“Che di te”) y está sobresaliente al transmitir la agitación de un hombre que se expresa de forma entrecortada pero siempre dentro de los límites del canto (“Abbominata, maledetta, io doveva da te fuggir!”) La partitura indica en este punto “Ah, ma di Dio la mano irata vi disperda!”, culminada en la natural, pero se cree que fue Gaetano Fraschini (1816-1887), el Tenor de la Maldición, quien impuso la tradición de sostener el la agudo durante varios compases (“Ah, vi disperda!”) como se escucha aquí a Pavarotti con magnífico resultado: un la3 de platino puro que, cuando parece que ya no puede brillar más, crece hasta una squillante plenitud. Prodigioso. En esta escena Pavarotti sin duda se fijó en el arrebatado ejemplo de di Stefano; pero mientras el siciliano caía en lo verista debido al registro agudo desprotegido, el tenor modenés conservaba la noble fiereza del héroe romántico gracias al decoro vocal. Ziliani aconsejó a su protegido que acometiera con prudencia este pasaje; se comprueba como supo transmitir la sensación de arrojo e incluso temeridad, quedando el férreo control técnico en segundo plano.
La escena final de Edgardo es (junto a la de Gennaro) una de las que consagraron a Napoleone Moriani (1808-1878) como “Tenore della bella morte”, contribuyendo a crear la imagen angelical y doliente del héroe romántico. El recitativo evoluciona desde la resignada contención inicial, haciéndose más agitado y expansivo (“Ingrata donna!”) para caer en el desconsuelo en la conclusión. Primero susurra ese “Tu delle gioie in seno” en dulcísima media voz, luego reforzada (sol agudo) con efecto muy afortunado para conducir de forma natural al “Io della morte”, con timbradísimos la-si bemol agudos. El aria “Fra poco a me rivovero” comienza en este tono conmovido, pero en la sección central se hace demasiado extrovertida, demasiado destinada al público, desaprovechando la oportunidad que en “Ah, rispetta almen le ceneri”, el comienzo del da capo, ofrece para cantar a media voz (escúchese la vieja grabación de Enzo de Muro Lomanto) Aquí se limita a prolongar un amplio sol agudo en el estilo distefaniano de los 50. Mantiene esta dinámica en forte (incluido un brillante la natural) hasta “Chi muore per te”, donde aplica un regulador estupendo y acentúa con fervor. Canta la cadencia habitual con ascenso algo brusco a un squillante si agudo) Habría sido deseable un cierre más recogido (“Per te”) Tras una escena de transición donde se percibe un claro descuadre, llega la escabrosa cabaletta, elegía de una punzante belleza que sitúa al tenor en la tesitura más comprometida, la del pasaje. Pavarotti respeta el piano indicado, es más ataca en un hilo de voz “Tu che a Dio spiegasti l’ali”, manteniendo la nitidez y calidad del timbre. Habría sido deseable que hubiese recurrido en más pasajes a esta media voz, pero sin duda el abandono de frases como “Ne congiunga il Nume in ciel” y la intensidad del famoso pasaje ("O bell'alma innamorata") que incide sobre el fa sostenido y el la (**) son encomiables. La segunda parte, ya moribundo Edgardo, indica “con voz rota”, y es lo que se escucha: entrecortada, disipada apenas adquiere sonoridad, pero siempre alejada de tentaciones naturalistas. Cosas como “A te vengo”, “O bell’alma, ne… congiunga”, pertenecen al mundo de una estilización vocal que termina por paragonarse a la transfiguración. Es decir, el mundo del belcanto.

(*) Siempre según la autobiografía de Beverly Sills.
(**) Durante décadas fue tradición trasponer la pieza medio tono hacia abajo; en este caso se respeta la tonalidad original de re mayor.

6/9/08

Un año después




El día 6 de septiembre de 2007 nos dejaba Luciano Pavarotti. Para recordarlo en este primer aniversario, os propongo una selección de canciones de cámara de Tosti y napolitanas.


Pavarotti canta canciones

12/11/07

Pavarotti en recital


Por petición privada (en realidad más de una) traigo este documento, que estuvo circulando hace poco en Operashare. Durante el 23 y el 24 de enero de 1978, Pavarotti grabó el presente recital para la cadena alemana NDR. Durante 1978, llegó a realizar unas 35 actuaciones en solitario por todo el mundo, tanto con orquesta como acompañado por John Wustman al piano. Esta faceta iría centrando cada vez más su carrera, pues le reportaba beneficios mayores que las funciones de ópera sin los inconvenientes de éstas (sobre todo los ensayos) y tenían mayor impacto publicitario, además reservado sólo para sí mismo. Lo que había de vanidad y ambición en esta tendencia había de ser respaldado por la personalidad y las cualidades vocales precisas para captar en solitario la atención del público, cada vez más rendido, sí, pero siempre vigilante para encontrar el fallo y la rutina. Rutina que llegaría algo después, en los años 80, cuando llevaría sus conciertos a escenarios cada vez mayores con ayuda de la amplificación, lo que ya en los 90 derivará en espectáculos masivos de más que dudoso gusto. No obstante estamos en 1978 y Pavarotti estaba en plena posesión de sus facultades, pletórico de voz y temperamento. El programa era básicamente el mismo que presentaría en el recital del MET de aquel mismo año, el primero ofrecido por un cantante en solitario en el Lincoln Centre. Junto a arias de ópera, aparecen canciones de géneros variados, desde el Lied y la canción de cámara italiana hasta la arietta barroca y la Napolitana.

El recital es una maravilla de principio a fin, mostrando un raro compromiso emocional para tratarse de una grabación televisiva. Pavarotti aparece mucho más delgado de lo habitual, ya con su famoso fazzoletto, comodísimo hasta en el primer plano más agobiante, transmitiendo esa sensación de cantar para cada uno de los espectadores que tanto se menciona como la clave de su seducción.

Parte I

Caro mio ben (Giordani)
Che farò senza Euridice ("Orfeo ed Euridice"; Gluck)
Che fiero costume ("Eteocle e Polinice"; Legrenzi)

Las primeras piezas, habituales ejercicios de cualquier cantante de formación clásica (por lo menos la primera y la tercera) resplandecen en una voz sonora que cumple los requerimientos de la vieja escuela en cuanto a homogeneidad y legato, siempre emitida sobre el aliento y perfectamente enmascarada. Además se puede disfrutar del brillantísimo trillo di forza que cierra el aria de Legrenzi, las amplias y liberadas frases del aria de Orfeo o las notas flotadas de la arietta de Giordani, que encerraría tantas dificultades para una voz sin resolver. Lejos del estilo melindroso que reina hoy en este repertorio, sin embargo evita excesos trasnochados desde el punto de vista expresivo.

Il Barcaiolo (Donizetti)
La Danza (Rossini)

Siguiendo un orden temporal, dos Canzonette del belcanto romántico. La sentimental Barcarola de Donizetti permite que su canto expansivo y generoso se luzca libremente, con un da capo encantador. Exuberante la Danza, si bien no parece totalmente cómodo en los saltos que caracterizan el famoso estribillo, pero sí dueño de un fiato espectacular.

Escena de Rodolfo ("Luisa Miller", Verdi)

Rodolfo era en esos momentos uno de sus mejores papeles, más adecuado a sus medios que otros que iba asumiendo. Como siempre la incisiva dicción, de una nitidez restallante, ilumina un recitativo urgente y agitado, casi iracundo. El aria también parece invadida por la misma energía incontenible, por lo que se echa de menos algún matiz que hubiera terminado de destilar la melodía donizettiana. Este vigor en cambio resulta idóneo en la cabaletta, que entusiasma por el slancio del fraseo, por ejemplo en "Or la mia brama a volgere" y el penetrante timbre en el agudo.

Tiene interés también escuchar la entrevista concedida entre ambas partes, donde el Tenor se muestra lleno de energía y de proyectos como la preparación de Lieder de Schubert en alemán o arias rusas, que la desidia del Divo mandaría al limbo.

Parte II

Sonetti del Petrarca: “Benedetto sia” e “Pace non trovo” (Liszt)

Los Sonetti del Petrarca no son una música frecuente en la versión de tenor, que Liszt adaptó para barítono y finalmente redujo a piano solo. La sublime poesía de Petrarca nos llega en una voz para la que parece compuesta la inflamada música de Liszt, con una intensidad que la hace permanentemente actual 700 años después de ser escrita. En el primero de ellos, el lirismo elegíaco de la melodía tiene momentos de paroxismo inolvidables, como ese sonido reforzado en "Benedette", desde el dulcísimo ataque hasta una verdadera saeta punzante, el abandono de "i sospiri, et le lagrime, e 'l desio" o el resplandeciente agudo. Sigue el segundo, cuyo carácter más inquieto refleja muy bien el cantante desde el propio recitativo inicial. La ardiente melodía principal, encarnación del alma romántica ("Tal m'ha in pregion, che non m'apre nè sera") no puede ser mejor servida por una voz que se acaricia las notas y las palabras (atención a como remarca las antítesis de cada verso) Impresionante la culminación, con un amplísimo si agudo ("e ho in odio me stesso, e amo altrui") y el fervor de la media voz de "Pascomi di dolor, piangendo rido". Curiosamente, en ambos casos se cambia la palabra "mujer" por Laura (la conocida Laura de Noves, acaso imaginaria amada de Petrarca) algo que desconozco si es obra de Liszt.

Recitativo y Aria de Edgardo ("Lucia di Lammermoor", Donizetti)
'A vucchella, Aprile, Ideale y Marechiare (Tosti)
Me voglio fa 'na casa (Donizetti)

Edgardo fue un personaje fundamental al principio de su carrera, para el que era precisa una pureza de emisión parcialmente sacrificada en otros papeles. Voz, tanta voz, squillante y plena, pero canto algo ayuno del claroscuro genuino del belcanto, agudos atacados hasta el final del aliento en perjuicio del legato. El observador atento anotará la apertura de la boca de Pavarotti en la zona alta, síntoma de la búsqueda de espacio extra que nos habla quizá de cierto esfuerzo.

Pavarotti prodigó las canciones de Tosti desde sus primeros recitales de 1973. En ellas encontraba un mundo de melodía sensual, elegante y sentimental idóneo para su temperamento. En la graciosa Boquita, algo lenta, prodiga sus bellas sfumature; Aprile alterna efusiones robustas y exultantes con pasajes en insinuante media voz. Ideale se convierte en una experiencia que cada oyente debe valorar por sí mismo: cualquier cosa que se diga aquí será insuficiente para ponderar la sensibilidad del uso de la media voz, el acento fervoroso, la dulzura del timbre, la concentración vada vez mayor en el contenido de la palabra sin dejar de lado un legato inquebrantable. Exultante su Marechiare, aunque no sea fiel al espíritu de sus arabescos al ralentizarlos demasiado. Por último, nos encontramos a un hombre que canta la divertida canción de Donizetti con misma facilidad con que el resto de los mortales paseamos por la calle.


Wustman acompaña con abnegación pero es capaz de dar relieve a su tarea, sore todo en la maravillosa música de Liszt.


Como muestras del recital, aquí podéis escuchar "La Danza" y las inconmensurables "Ideale" y "Benedetto sia".










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12/10/07

Luciano Pavarotti VII: Apogeo vocal y triunfo (2/3)

Luciano Pavarotti habría cumplido 72 años hoy, 12 de octubre. Maestro, la única forma que tengo de agradecerte todo los momentos que me has regalado es continuar con esta serie, donde espero hacerte justicia. Siempre te llevaré en mi corazón.




Ya establecido en La Scala, acepta seguir interviniendo en la producción milanesa de "I Capuleti e i Montecchi", que personalmente detestaba por cantar el papel de tenor villano. Para Pavarotti la voz de tenor es la de la bondad y fue desagradable para él asumir la condición de antagonista y por añadidura, segundo tenor. Vapuleada por la crítica debido a la revisión anacrónica del papel de Romeo ejecutada por el joven Abbado, tras exhibirse en Utrecht, Roma, Edimburgo y Montreal, se entierra para siempre en 1968 en Milán. Repite triunfo con Tonio en Londres (1967), lo que permite que la Decca realice grabación de La Fille. La Scala le pide el papel en italiano que canta con aplauso unánime, extendiéndose aun más la fama de sus facilísimos do agudos. Sin duda confiado por el éxito en esta empresa, continúa incorporando papeles cada vez más extremos: en 1968 debuta con éxito Arturo de I Puritani en la patria de Bellini, Catania. Mención aparte merece el asalto al gran mercado de Estados Unidos. Debuta en San Francisco en noviembre de 1967, teatro que convertirá en favorito para probar sus nuevos papeles. Por supuesto, el papel para la ocasión es Rodolfo y Mirella Freni es su Mimì. Retorna en 1968 con un Edgardo que provocó un “incendio” en el público (según Arthur Bloomfield, crítico local) Todo parece preparado para el asalto a la Metropolitan Opera House. El 23 de noviembre de 1968 llega la oportunidad con La Bohème en compañía de Mirella Freni. Sin embargo se interpone una gripe asiática, canta la primera función con buenas críticas (1) y ha de abandonar la segunda tras el primer acto. La decepción es tremenda y regresa a su casa en Módena ni siquiera avisar a su familia. Sin embargo tiene la satisfacción haberse consolidado en su patria. En Italia Pavarotti y Freni ya son la pareja del momento. Durante la temporada 68-69 de La Scala aparecen en tres producciones con La Bohème, Manon y de nuevo La Figlia del Reggimento . El mayor triunfo curiosamente llega con la ópera de Massenet cantada en italiano. Nuevas representaciones de I Puritani en Bolonia, son aclamadas en 1969 (“Ambos reverdecieron los laureles de los años de oro del melodrama”, en palabras de Celletti) Aquel mismo año la Rai graba la ópera bajo la dirección de Muti, con resultados menos notables en el caso de Pavarotti.

En este año de 1968 se produce el primer encuentro con Herbert Breslin, que comienza haciéndose cargo de su publicidad. En un año se convierte en su representante y se encarga de revitalizar su carrera americana.

La temporada 1969-70 comienza por primera vez en América con una Bohème en San Francisco junto a Dorothy Kirsten. Según la crónica de Arthur Bloomfield, recogida una década más tarde por la revista Time, durante la función del 1 de octubre se produjo un importante terremoto justo mientras Pavarotti cantaba “Che gelida manina”. Con toda calma, tras un pequeño intercambio con el apuntador, concluyó la página sin perder el compás, dejando al público clavado a los asientos a pesar de la amenaza de tumulto por el pánico (2). También en el War Memorial Opera House recupera su excelso Nemorino tras casi tres años. Únicas dos apariciones en un teatro mexicano con La Bohéme y Lucia , ésta su primera actuación junto a Beverly Sills. Regresa a Italia debutando Oronte de I lombardi en Roma, papel que no volverá a asumir. Coincide con Renata Scotto, soprano con la que en el futuro la relación se agriará. La temporada 69-70 de La Scala se abre con una reedición de la Manon protagonizada por Mirella Freni. Hay un paréntesis de unos meses dedicado al estudio y las grabaciones y termina la temporada con dos funciones de La Bohéme junto a Freni en el Teatro de la Zarzuela. En el volumen dedicado por la Asociación de Amigos de la Ópera de Madrid al vigésimo quinto aniversario de su fundación, se recuerda así aquella Bohéme: “Fue la noche del milagro lírico”

En estos años el número de actuaciones por temporada oscilaron entre las 33 de la 1968-69 y las 54 (49 en escena) de la 1966-67.

La temporada 70-71 comienza en España, apareciendo por primera vez junto a Freni en Oviedo y Bilbao, que entonces hermanaban sus temporadas líricas para ofrecer un nivel estelar. La función de Manon ovetense hubo de suspenderse tras el Acto I por indisposición (una cistitis) de Freni. En reunión con el alcalde de la ciudad se acordó ofrecer la Escena de San Sulpicio como compensación tras la recita de L’Elisir d’Amore: se evitaba así la devolución del importe de las entradas a los espectadores y los cantantes percibían sus emolumentos íntegros. La velada concluyó en apoteosis muy avanzada la madrugada. Tras un Réquiem verdiano en Roma (del que hay grabación audiovisual) vuelve al MET con Lucia y La Traviata, ésta en compañía de Sutherland tras más de tres años sin coincidir sobre un escenario. Es revelador anotar que como Edgardo el MET alternó esa temporada a Domingo, Sándor Kónya, Aragall y Richard Tucker; como Alfredo se escuchó también a Bergonzi, Kraus, Aragall y Domingo.
Fin de año en La Scala como Nemorino. Comienza 1971 en el Liceu con excelentes funciones de Lucia di Lammermoor y La Bohème, en este caso fue además la primera colaboración con Montserrat Caballé. Regreso al MET con La Bohème, esta vez obteniendo un sonoro éxito (existe grabación en la que detiene la recita con “Che gelida manina”) La temporada finaliza con Rigoletto en el Covent Garden, donde la crítica se sigue resistiendo como analizaremos, y en Catania. Se inicia la cuenta atrás para la explosión de fama.


(1) Douglas Watt en the New York Daily News, refirió: “Rodolfos aceptables son comunes, pero los extraordinarios escasean (…) No sólo posee una voz de tenor de metal brillante y entonación perfecta, también es un intérprete exuberante (…) "Pavarotti simplemente atravesó la habitación y tomó la mano de Mimì con seguridad. Es indicativo de su acercamiento al papel. Con suerte, su personalidad iluminará más de un rincón oscuro del MET". Destacó además la ausencia de tiempo para ensayar y que hubiera estado afectado por una laringitis.
Peter G. Davis en The New York Times: “Mr. Pavarotti triunfó principalmente por la belleza de su voz, un instrumento brillante, liberado, con un buen metal squillante en el agudo que se hace cálido en un centro homogéneo y esmaltado. Un tenor que puede emitir el do agudo con tal abandono, resolver delicadas medias voces y atacar las frases de Puccini con ese fervor va a ganarse a cualquier audiencia, y Pavarotti la tuvo comiendo en su mano. Como actor cantante Pavarotti no es el peor, pero su presencia escénica es generalmente rígida y poco convincente, dejando algo que desear.”

(2) La anécdota recuerda una referida por Rodolfo Celletti sobre una función romana de La Bohème en la que Beniamino Gigli, al descontrolarse el fuego de la estufa en el Acto I, siguió cantando mientras lo apagaba tranquilamente con un extintor. Ambas nos hablan de técnicas vocales incorporadas como algo automático.

Audiciones propuestas:


La Figlia del Reggimento supuso en 1968 un importante desafío para Pavarotti, pero mucho más para Mirella Freni, ausente de La Scala desde el sabotaje a su Traviata por parte de los viudos de Maria Callas (1964) y en crisis vocal debido a una reciente enfermedad digestiva que le impedía desarrollar la respiración profunda precisa para el canto. Freni, madurada como artista más temprano que su hermano de lactancia, había sido una fuente de apoyo importante en los años de formación de Pavarotti, por lo que éste se consideró en la obligación de ayudarla a superar aquellas horas bajas. para ello consiguió convencer a Freni de que adoptara el método de Joan Sutherland en la espiración del aire, una especie de apoyo mixto que posteriormente explicó como inspirado en el llanto de los bebés (!) Los resultados fueron espectaculares, en particular en los trinos y sobreagudos, fundamentales para afrontar el papel de Maria (se cantó la versión italianizada con recitativos) El éxito de ambos fue indudable y La Scala volvió a programar La Figlia la siguiente temporada. Escogemos tres fragmentos de la representación del 11 de febrero de 1969. En el dúo del Acto I apreciamos como el idioma libera totalmente a los cantantes, comunicativos sin límites también en los recitativos (recordemos su facilidad para el canto conversacional pucciniano) Evidentemente se escucha un Tonio mucho más robusto de lo que sería filológicamente correcto, además fraseado de forma romántica, pero hay que rendirse al squillo argentino, la cordialidad del timbre, los filados acariciadores. Los ataques al do agudo de "Qual destin, qual favor" son seguros y plenos. "Per viver vicin" casi resulta arrogante para el personaje, con la pastosidad resplandeciente del centro, los lujosos smorzandi, el metal del agudo.

De una de las funciones de su primer Arturo de I Puritani, escuchamos una amplia selección (28-03-1968). Uno asocia el resto del reparto más bien a una función de Il Trovatore, pero cumple con mayor corrección de la esperada: Tucci es una Elvira excesivamente rotunda, Protti un Riccardo de noble acento pero estilo dudoso y el joven Raimondi encarna a Giorgio. Uno no puede más que sorprenderse ante el arrojo y la seguridad exhibidas por un debutante en papel tan extremo. Es más que probable que el joven tomara como modelos a Gianni Raimondi, siempre una referencia en cuanto a la cobertura del sonido, y a Giuseppe di Stefano por el romanticismo del fraseo. Por fortuna prevalecen el ejemplo técnico de Raimondi y el calor del acento del siciliano. No obstante desde “A te, o cara” se percibe la diferencia principal con ambos tenores, que es la absoluta – para la extrema tesitura – relajación en la emisión, mórbida, ligera y sin embargo de un timbre pleno. No encontramos el preciosismo de un Alfredo Kraus, su equlibrado juego de intensidades, pues Pavarotti (como en el registro Decca) canta con voz demasiado plena esta página. Bello do sostenido, de un squillo nitidísimo y enorme solvencia de alientos en las largas frases que concluyen la página. Si en su aria de salida encontramos el acento amoroso del tenor belcantista, en el dúo con Riccardo aparece el imperioso tenor romántico. Suficientes agilidades y fulgurante paso por el agudo, además de la incisiva dicción, le permiten no resultar ligero al lado del potente Aldo Protti. Por si fueran pocas, las monstruosas dificultades del último Acto deben afrontarse tras una larga pausa. De nuevo hay que elogiar la nitidez de la dicción y el metal del timbre exhibidos en la Canción del Trovador, página que en esta voz anticipa el Trovador verdiano. En el dúo con Elvira el dominio técnico del cantante permite que el intérprete se entregue totalmente en matices como “Che provai lontan da te” o “T’amo d’inmenso amor”, donde las purísimas medias voces expresan el paroxismo del sentimiento aun más que los vibrantes ataques al agudo. Al igual que en “Vieni, vieni fra queste braccia” (cantado medio tono bajo) Pavarotti se lanza sin aprensión contra las dificultades de “Credeasi misera”, fraseando con amplitud heroica y cantando un estupendo re bemol (en lugar del fa sobreagudo escrito) aunque parece algo precipitado el do4 posterior. Nuevamente deja constancia de que su seguridad vocal le permite ocuparse enteramente de la interpretación y concluye con un diminuendo (“di crudeltà”).

Escuchamos L’Elisir d’Amore, en una función del War Memorial de San Francisco de 1969. Un Nemorino quizá demasiado exuberante para algunos gustos, pero habría sido absurdo esperar el introvertido personaje pintado por Schipa en una personalidad tímbrica como Pavarotti. Un campesino robusto, lleno de ardor apenas contenido y sobre todo arrolladoramente “tenor” desde su cavatina de salida. Seducen la espontaneidad y la sencillez de “Essa legge, studia, impara”, el filado en el sol agudo con que inicia el da capo, la deslumbrante cadencia. Una presencia vocal así inevitablemente anula a la ligera Reri Grist en “Adina, perdona”, donde apenas puede comprenderse que la adinerada campesinita rechace a alguien que canta con ese abandono “Un poter che non sa dir” o “A te sol io vedo”. Naturalmente el gran Sesto Bruscantini (1919-2003) tenía recursos canoros y dramáticos para no verse abrumado por un Nemorino tan refulgente. La dialéctica del dúo "Ardir! Ha forse il cielo" entre ambos es riquísima, "Obbligato, ah, obbligato" frenéticamente divertido (con las risas del público como prueba) y nuestro tenor supera como si nada la cabaletta ("Veramente, amica stella", escrita enteramente en el paso) Está exuberante en la escena del Elixir, con una voz comunicativa que contiene una sonrisa, provocando carcajadas generales. Un inesperado Wixell le da prestancia al sargento Belcore, como siempre con menor calidad vocal que buen gusto. Frasea con intención y gracia, la voz entonces se mantenía flexible y también consigue sobreponerse ante el despliegue del tenor en "Cinque scudi": entre otras joyas, la spavalderia de "Ai perigli della guerra", rematado con un "Sol un giorno trionfar" insuperable, su espectacular "Dulcamara volo tosto a ricercar!" o la puntatura con que cierra la página. La culminación de la velada, por si todo lo anterior hubiera sido poco, llega con “Una furtiva lagrima”, de la que deja Pavarotti una de las dos o tres grandes versiones que existen. La nitidísima dicción, el metal deslumbrante, el juego de intensidades (etéreo filado en "Lo vedo") el finísimo legato, son perlas de un resplandor vocal irrepetible. Alucinante messa di voce, prueba de maestría técnica, para concluir una página gloriosa.

La Manon milanesa de 1968 se inició con polémica por parte del director previsto, Georges Prêtre, a quien no se avisó que, según la costumbre, la ópera se representaría en italiano. A poco del comienzo de los ensayos, los cantantes tenían aprendidos los papeles en su lengua materna y el director francés abandonó airado la producción echando pestes de la pereza de los cantantes italianos para los idiomas. El estupendo Peter Maag acudió al rescate y las funciones fueron un éxito, repetido la temporada siguiente. De nuevo la dupla Freni-Pavarotti demuestra su capacidad para encarnar parejas de enamorados, lo cual hace lamentar que nunca se produjera el encuentro en Romeo et Juliette o Faust, aunque fuese en italiano. La exuberancia de los timbres y la espontaneidad de los cantantes italianizan esta Manon aun más que el idioma, por lo que no gustará a los amantes de la fidelidad estilística. (Además se suprimió una escena del Acto III, integrándose la Gavotta en la escena del salón de juego) Sin embargo no se puede discutir la belleza del empaste de ambas voces, el lirismo encendido de los dúos, la valentía en todas sus intervenciones. Ambos intérpretes se encuentran cómodos en la sentimentalidad larmoyant de Massenet y son idóneos para sus respectivos papeles. Desde el exultante encuentro de los amantes ("A Parigi andrem") hasta la bellísima despedida del Acto V, con los arrebatadores unísonos en el agudo, la compenetración entre Freni y Pavarotti es total, pero destaca la incendiaria escena de San Sulpicio (clímax de la propia ópera) Aunque el tenor domina el comienzo del diálogo con sus timbradísimos ascensos al si bemol, Freni se adueña del escenario en su "La tua non è la mano"; la sensualidad de frases como "Non ha per me più baci la tua bocca"es irresistible, la intérprete parece poseída por la embriagadora música, llegando al borde del incidente vocal ("Deh, mi guarda"); el público incluso rompe a aplaudir en el transcurso del dúo. Ante tal vendaval Pavarotti mantiene el tipo y muestra verdadero scatto romántico en su "Io vivo del tuo amor! Respiro sol per te! Ah, vien, Manon, io t'amo!"Ambos cantan un radiante si bemol para concluir. La escena del Hotel Transylvanie, tan criticada habitualmente, resplandece primero con el maravilloso trío "Manon, sfinge fatale". Aquí Pavarotti es el héroe romántico encarnado en timbre y slancio, es uno de esos ejemplos donde asombra la homogeneidad del colorido en toda la tesitura, la imposible fusión de brillo metálico y dulzura, el abandono de "Ah! folle che tu sei, o quanto t'amo!", la dicción cincelada en diamante. El concertato final es arrasador, ambas voces se elevan con punzante belleza por encima de coro y orquesta.
Previamente se escucharon los dos solos de des Grieux. Página pensada para un canto exquisito que no huya del falsettone, "Chiudo gli occhi" permite calibrar la calidad de las medias voces de un tenor. Pavarotti, en general poco amigo de los sonidos aflautados, accede a los matices pedidos regulando la presión del aire. Deliciosos los dolce en "In fondo al bosco v'è" ("Au fond des bois") o en " se mirent les feuillages"(aunque tome el tradicional fiato extra para afrontar este último sol agudo, lo que Celletti ha calificado de superstición de tenor) Si bien de nuevo podría hacerse la objeción de troppa voce en algunos momentos, la ensoñación es culminada con un la natural resplandeciente bien apianado y un acariciador "Manon". La misma voz cegadora apabulla en la difícil "Io son sol", aunque en este caso con más razón se puede hablar de un canto demasiado extrovertido que ignora varios matices, empezando por la primera frase del aria, "Ah! Dispar", que en la partitura se marca piano. Los ataques al si bemol son resueltos con óptimo brillo y cierra la página con un “Vision” atacado a media voz y reforzado con efecto entusiasmante. Un des Grieux pucciniano, pero de la mejor clase.
Inolvidable el dúo del Acto V con frases acariciadoras ("Alza la fronte all'ebbrezza inmensa", "Ognor incantator") y la incandescente fusión de los timbres.

A finales de 1969 la Rai reunió un reparto casi inmejorable en torno a Thomas Schippers. Con las ventajas de la interpretación en vivo y un buen sonido radiofónico surgió una de los grandes registros de La Bohème. No es cuestión de repetir el examen del Rodolfo de Pavarotti, por tanto sólo se incidirá en algunos detalles. Primero de ellos, el desmentido de la absurda teoría, algunas veces repetida, según la cual sin Karajan este Rodolfo poco menos que no existía. Aún faltaban cuatro años para la grabación de Decca y con el Maestro austriaco sólo había cantado una vez el papel al debutar en La Scala. Sin embargo ya están presentes tanto el carácter como los detalles del personaje. Nerviosa, dulce, persuasiva, la voz recorre con facilidad insultante “Che gelida manina”, squillante en el agudo y mórbida en la media voz (“Vi piaccia dir” ya etéreo) El Acto III es particularmente afortunado, quizá galvanizados los solistas por el dramatismo de Schippers. Pocas veces se puede escuchar un fraseo que una la estupenda articulación (scansione) y el impecable legato de “Già un'altra volta credetti morto il mio cor, ma di quegli occhi azzurri allo splendor esso è risorto. Ora il tedio l'assale”. Sentidísimo en su monólogo, lleno de sfumature (“Ma, ho paura”) y penetrantes ascensos al agudo. Tras la radiante “Donde lieta uscì” de Freni, Pavarotti cincela el Cuarteto, con un abandono melancólico al principio, sutilmente sensual según los amantes se reconcilian, como en el bellísimo el filado (lab3) de “Alla stagion de fior” o el poco rallentando del final. El último Acto alcanza momentos de belleza desconsoladora con Freni ya convertida en una Mimì perfecta, si esta palabra puede usarse para describir una interpretación musical. Para un tenor es muy difícil no producir sensación de anticlímax frente a frases como “Ah, come si sta bene qui! Si rinasce, ancor sento la vita qui... No! tu non mi lasci più!” o esa desesperada “Sei il mio amore e tutta la mia vita!”. En el que es quizá su mejor Acto IV registrado, Pavarotti asombra en el arco musical de “O benedetta bocca” y mantiene la emoción al responder en el segundo caso “Ah, Mimì, mia bella Mimì!”. De nuevo hay que incidir en la facilidad de ambos cantantes para el canto conversacional, comunicativo, espontáneo, evocador de la felicidad pasada (¡Ese “Com’è bello e morbido” de la Freni!) Muy efectivo el afanoso fraseo de los últimos compases, como el de un hombre que apenas es capaz de contener el llanto. Brillantísimos y punzantes los ataques al sol# (“Mimì! Mimì!”)

Alfredo es un personaje ingrato para un Primo Tenore: su música es difícil de cantar, menos inspirada que la de Violetta y desde luego ni por asomo posee la relevancia sicológica y dramática de ésta, una de las grandes criaturas verdianas. Por todo ello, con un cometido complejo, el éxito siempre estará por debajo del de la protagonista. En 1970 lo cantó por última vez, sólo tres funciones en el MET, una de ellas junto a Joan Sutherland. Que Pavarotti optara por no recuperar la cabaletta “O mio rimorso” parece una absurda precaución en un tenor que superaba las exigencias de I Puritani, o bien se trataba de un corte invariable del teatro. Es de lamentar que no se llevara La Traviata al estudio en esos momentos, pues el personaje estaba hecho para la voz que se escucha en esta grabación. Alternando sonidos brillantes y otros mórbidos, el joven tenor introduce en el personaje un matiz de urbanidad burguesa muy bienvenida, distinguiéndolo así de su rapaz Duque de Mantua. Esto ya se aprecia en el Brindisi y los tonos púdicamente amorosos de “Un dì, felice”, pero está más destacado en su escena del Acto II. El aria contrasta ataques plenos de squillo (“Dell’universo inmemore”) con otros suaves, en particular los últimos compases, donde se hace justicia a las indicaciones de dolcissimo con un magistral regulador final. “Parigi, o cara” era un especialidad en esos años gracias a las sedosas medias voces, el legato pulidísimo y la dulzura del acento. Merecerá la pena que se escuche la función completa, pues si bien Sutherland carecía del aliento patético del personaje, deja muestras de canto de altísima escuela.


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