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3/11/15

Daniel Barenboim en concierto: la gran tradición en Málaga

http://www.teatrocervantes.com/es/genero/musica/ciclo/132/espectaculo/1776
El pasado día 29 de octubre Málaga recibió al músico más importante en activo actualmente. Al frente de su orquesta West-Eastern Divan, interpretó  la trilogía sinfónica final de Mozart en un concierto que cabe calificar de excepcional. Sin embargo hay que reconocer que el comienzo supuso una gran decepción por un primer tiempo de la Sinfonía nº 39, de planteamiento premioso y contemplativo, que no se animó en ningún momento debido a una dirección que parecía funcionar "con el automático". Por fortuna desde el Minueto el maestro se implicó del todo, algo que no sólo se percibió en la energía de sus gestos, sino en su inmediata transmisión al fraseo de la orquesta. Desde entonces el resultado fue excelente, demostrando por encima de todo la asombrosa versatilidad de Barenboim. Atendiendo a su afinidad natural y sus últimos derroteros, podría haberse temido un Mozart "prusiano" y muy al contrario destacaron los tiempos vivos, las texturas diáfanas, el equilibrio entre secciones y la fluidez del discurso. Una forma de hacer música siempre enraizada en la tradición (puede decirse que B. es la encarnación de la Gran Tradición romántica del S.XX; poco historicismo por aquí ) siempre personal, pero siempre poniendo al autor por delante. Se debe mencionar en primer lugar una magistral nº 40, cuyo intenso contrapunto se presentó lleno de fuertes contrastes y asperezas, como los amenazantes acordes de las trompas de un primer tiempo angustioso,  obsesivo. Este mismo interés por la polifonía, trascendido en desafío intelectual, marca también el desarrollo de la nº41, donde quizá hubo demasiada seriedad. Pasmosa desde luego la resolución fugada del Finale, que sí requiere ese sentimiento de grandeza, de consumación. De esta joven orquesta, impresiona ante todo el magnífico timbre de la cuerda, cuyos empaste y legato representan lo mejor de la ya invocada Gran Tradición y que en Mozart no tienen sustitución posible. Más discreta, sin embargo, la familia de viento madera, cuya sonoridad fue curiosamente sumisa. Admirable la respuesta de todas las secciones ante el mínimo gesto expresivo del director, cuyo compromiso transmite una juventud inagotable desde hace ya casi cincuenta años.

1/5/10

"Simon Boccanegra" desde La Scala en el cine


Nada - ni la edad ni una reciente operación de un cáncer - parece detener a Plácido Domingo, motor y razón de ser de la continua aparición de "Simon Boccanegra" en los carteles de los principales teatros de América y Europa durante el último año. El jueves día 29 de abril se retransmitía en vivo una de las funciones de la serie que actualmente se está desarrollando en La Scala. Domingo, que empezó su carrera cantando zarzuelas en modestos escenarios de México hace más de cincuenta años, apareció en las pantallas de cine de todo el mundo como un mito viviente, más allá del bien y del mal y reconvertido en barítono para la oportunidad. Su entrada en escena fue tan impetuosa como siempre y se espera de él, lo cual de inmediato transmitió la certeza de una forma física óptima. En cuanto a su estado vocal, uno diría que sigue burlando al mismo diablo: cada vez que abre la boca lanza un gran mentís socarrón contra el sentido común. Con el lógico desgaste, el timbre sigue lozano, pleno y colorido en la franja media; pese a la emisión muscular y fibrosa, hasta el fa agudo consigue sonidos firmes, amplios y con el mordiente de un violonchelo (el segundo "E vo gridando amor!"). Se percibe sin embargo el oscurecimiento artificial del grave - entubado - pero sorprendentemente esto no desequilibra el resto del edificio canoro. Cuando canta pasajes declamados en la zona central uno no puede decir si está ante un tenor de 70 ó 50 años y, lo que es más importante, se es consciente de estar escuchando ópera de verdad; algo que actualmente no puede darse por supuesto y que le sitúa en una categoría rara a pesar del declive. La omisión de este hecho sería mezquina y embustera. Sin embargo que Plácido Domingo siga conservando su voz en condiciones dignas, por asombroso que resulte, no debería impedir que se reconocieran aspectos más importantes cuando se trata de cantar y de hacer música. Los problemas llegan en las grandes frases ligadas, las fundamentales del papel, donde se muestra corto e irregular de alientos: así se percibió en la fantástica "Sublimarmi a lei sperai sopra l'ali della gloria", deslavazada y sin grandeza; en las evidentes dificultades del comienzo de "Piango su voi" y en la línea económica y sumaria de "Figlia, a tal nome". Evidentemente, a pesar del refuerzo en el denso sombreado que ha explotado siempre, el timbre no convence como barítono (una simple cuestión de dónde y cómo debe sonar). Además, aunque no se puede esperar que aprenda ahora a usar la media voz, su Simón canta igual durante toda la ópera, ya sea el hombre de estado, el corsario, el padre o el moribundo - que ama, impreca y se extingue en un perenne mezzoforte. Sin embargo sorprendió (es un fa agudo) con un bello efecto dolcissimo en el famoso "Figlia" del primer Acto. Por otro lado, en el terreno del accento, Domingo sigue siendo comunicativo pero en realidad siempre emplea, cualquiera que sea la naturaleza de lo que dice el texto, su habitual énfasis entre crispado y seductor. Bueno un poco para todo, pero sin verdadera variedad. No encontró, por tanto, el éxtasis de "Sia d'amistanze italiche" o "Anco una volta benedirla voglio", la melancólica ternura de "Del mar sul lido tra gente ostile" o la transfigurada expresión de "Gran Dio, li benedici". Reconozcamos de una vez, a pesar de todo, que esta forma de recitar, por reconocible y sincera, termina suscitando simpatía hasta en el oyente menos predispuesto en su favor. Sus incondicionales, por supuesto, tienen motivos para estar contentos, puesto que sigue ofreciéndoles con generosidad lo mismo de siempre. Si esto coincide o no con lo que exige Verdi parece ser lo de menos.

El resto del reparto estuvo encabezado por la Amelia de Anja Arteros, soprano de rango lírico sin el espesor ni el metal verdianos, pero que cantó con apreciable línea. La emisión del grave, que el personaje frecuenta, está engolada y a veces abierta (en el segundo acto hubo alguno penoso), pero el resto de la voz está razonablemente bien emitida pese al agudo sin punta (algo que en vivo debe restarle presencia). Atendió la variedad dinámica de la partitura con medias voces y pianissimi convincentes y, descontando alguna ñoñería, recitó con propiedad - sin entusiasmar nunca - incluso en los momentos más dramáticos del primer Acto. Digamos que los defectos apuntados también los mostraban - en mucha menor medida - importantes Amelias del pasado. Tiene buena figura y es una actriz correcta.

El tremendo personaje de Fiesco se encuentra fuera de las posibilidades del veterano (61 años) Ferruccio Furlanetto, en realidad ya bastante limitado para el canto en general. Intolerablemente engolado y duro de sonido, incapaz de modulaciones y no digamos medias voces, luchó con los ascensos al fa# nasalizando y forzando. Es una incógnita cómo se le debe de escuchar en el teatro. Al comienzo de "A te le estremo addio" añadió algún gimoteo, pero por lo menos restan la autoridad y el oficio en escena.

Fabio Sartori se encargó del intenso papel de Adorno con unos medios que como mucho son de tenor lírico. El timbre carece de cualidades destacables y en la emisión de los agudos la cabeza parece a punto de explotarle, ya que ignora el giro correcto hacia la máscara. Tampoco resulta solvente en las dinámicas suaves, pero tiene cierta idea del canto y se le puede escuchar dentro de una rutina anónima a la que tampoco ayuda nada su nula presencia escénica. Su actuación se limitó a extender su brazo derecho en los momentos enfáticos, sin tener luego mucha idea de cuándo volver a dejarlo caído. No se puede ser optimista sobre el desarrollo futuro de su carrera si sigue en este repertorio.

Apreciable el Albiani - estupendo personaje que cantaron en algún momento grandes Bocanegras - de Massimo Cavalletti. Voz de barítono lírico, nítida y bien emitida, debe cuidar más el registro superior, pues parece frágil. Aunque no convencieron determinados momentos en los que exacerbó la dicción sin conseguir un verdadero acento agresivo, su interpretación fue plausible.

Se volvió a confirmar la falta de interés de Daniel Barenboim hacia este repertorio. La orquesta mostró el sonido oscuro y un poco confuso que caracteriza al director argentino. Los tempi elegidos fueron lentos y sin "presión horizontal", es decir, continuidad en las frases. Fue demoledora la indiferencia con que sonó la maravillosa melodía de "Figlia, a tal nome", además casi irreconocible por caída y plomiza. Los pasajes dramáticos los solventó con sus habituales formas expeditivas cuando hace ópera italiana, más basadas en volumen de metales y percusión que en slancio y convicción. Al comienzo del segundo Acto un sector del loggione aprovechó para abuchearlo, algo que no sabemos si se repitió durante los saludos finales, por cortarse la retransmisión antes de que apareciera en escena. Quien no se libró de las protestas fue Furlanetto, lo que parece un poco excesivo teniendo en cuenta la categoría de los bajos que se escuchan actualmente.

El coro mostró alguna estridencia en los tenores, pero sigue siendo una garantía en Verdi por la fuerza y amplitud.

La nueva producción de La Scala - convencional y con una dirección de actores discreta - pasó sin pena ni gloria a pesar de los lujosos vestuarios.

Una noche, por tanto, que únicamente habrá satisfecho a los interesados en escuchar a Plácido Domingo. Los aficionados que quisieran escuchar también a Verdi tienen motivos para mostrarse apáticos ante una clase de espectáculo que sólo contribuye a elevar el ego del divo. Mientras, el nivel del canto sigue descendiendo entre aplausos y publicidad.

5/8/07

Barenboim y la West-Eastern Divan arrasan en Málaga

El pasado 3 de agosto Daniel Barenboim se presentó en Málaga con la orquesta que fundó junto a Edward Said. Además de representar un bastión de la cultura y la razón frente a la barbarie, este conjunto integrado por jóvenes palestinos, israelíes y españoles ha alcanzado un alto nivel musical.

En el programa, la Obertura Leonore III, las Variaciones Op. 31 de Schönberg y la Sinfonía Patética de Chaikovski. Barenboim es uno de los últimos representantes de la dirección de orquesta tradicional y así quedó claro en la Obertura de la ópera Fidelio: tiempo mesurado, sonidos robustos cimentados en una cuerda grave muy presente y maderas penetrantes. Estas características nos recuerdan las versiones de los grandes directores alemanes del S. XX, herencia que intermitentemente ha restado espontaneidad a la fantasía de Barenboim durante su carrera. No en esta oportunidad, pues por momentos hubo verdadero fuego lo que permite hablar de emulación y no de su tramposo ersatz, la imitación. El gran tema de la Obertura es difícil de exponer con claridad sin llegar al estruendo, algo parecido al del Allegro con brio de la "Heroica", pero Barenboim y su gente le dieron grandeza, en particular en la recapitulación, con una cuerda que se lució con bravura.

Captada la atención del público, se le sometió a la difícil prueba de las Variaciones de Schönberg, una de las primeras grandes obras dodecafónicas del autor. Pieza, por otro lado, que también ha de oponer grandes escollos a una orquesta de tan corta vida (Herbert von Karajan consideraba que sólo se le podía hacer justicia en el estudio de grabación) Reconociéndome lejos de captar aún la estructura o el devenir de esta música, me sorprendí atrapado por la violencia de timbres y armonías y la riqueza concertante de la obra. Los músicos de la WED estaban encantados del resultado, como expresaron braveando a sus compañeros de las distintas secciones al final. (Curiosamente fui casi incapaz de escuchar al violonchelo en ninguna de sus intervenciones)

En la segunda parte se volvió al repertorio establecido con una partitura que siempre se corre el riesgo de trivializar. Por suerte apareció de nuevo el Barenboim libérrimo y arriesgado. No tanto en el primer tiempo, que tiene algunas transiciones difíciles de poner en pie a pesar del impulso que tuvo toda la interpretación. Muy bellas las frágiles filigranas del Allegro con grazia, donde concedió libertad a la orquesta. Inmensa recreación de la Marcha, de una energía elástica y sonido potente: desde el triunfante tutti, director y sus músicos alcanzaron un estado de gracia, permitiéndose incluso un regulador pocos compases antes del final. Como tantas veces habrá pasado, parte del público (disciplinadísimo incluso durante el Schönberg) prorrumpió en aplausos siguiendo la vieja creencia de que fortissimo equivale a final de la obra (ay). He de reconocer que me uní a ellos convencido de que ejecución presenciada bien valía que se parara el espectáculo; en fin, me lo pidió el cuerpo. Sin embargo Barenboim atacó sin pausa el Adagio lamentoso, muy dramático y marcado por una urgencia que no daba respiro, ni siquiera en la cantabilidad de su segundo tema, destruyendo así todo atisbo de sentimentalismo. Espeluznante el fraseo de las cuerdas, guiadas por gesto frenético, en el pasaje previo al golpe de gong.

Tras el enorme éxito cosechado se concedió una propina, un riesgo tras una obra como la Patética, pero seguramente el propio Chaikovski habría aprobado como posludio el lirismo del Entreacto de Carmen.

Gran noche.

5/6/06

Tristan und Isolde

Hace unas semanas hice un comentario sobre las "horas bajas" que parecía estar viviendo Ben Heppner, lo que motivó una comunicación de ese buen amigo de la bitácora que es Alberich, en la que reinvindicaba a este tenor.

Para demostrar la excelencia que puede alcanzar Heppner, Herr Alberich, haciendo honor a su pedigrí wagneriano, ha puesto a disposición de la Barra Libre una grabación privada que él mismo realizó en la Ópera Unter de Linden (Berlín) en 2003.

Heppner aporta al papel una belleza tímbrica inaudita desde hace décadas de aspirantes a heldentenoren vociferantes, voces guturales y otros atentados canoros. Una voz venida de otra época, sonora, timbrada y viril, pero capaz de cantar (sí, cantar) con dulzura. Heppner parece más suelto en alemán que en el repertorio italiano, donde suena siempre algo envarado. La compañía quizá invitara a al despliegue emocional, pues es volcánica la intensidad de Waltraud Meier como Isolde, y ello a pesar de sus carencias vocales cada vez más agravadas (agudos gritados casi todos, o frecuentes engolamientos)

Profundo conocedor de la partitura, Barenboim cumple sin llegar a alcanzar el fuego de la pareja protagonista.

De momento, se ofrece el Segundo Acto.


http://www.megaupload.com/?d=ANTE0EJV

http://www.sendspace.com/file/op3v6p (Alternativo)

Tristan -Ben Heppner
Rey Marke -Kwangchul Youn
Isolda -Waltraud Meier
Kurwenal - Andreas Schmidt
Melot - Reiner Goldberg
Brangäne - Rosemarie Lang

Staatskapelle Berlin
DANIEL BARENBOIM