13/10/08

La Filarmónica Checa

La Sala Dvořák del Rudolfinum


Recientemente tuve la oportunidad de disfrutar las bellezas y el encanto de la ciudad de Praga. Entre los cuales destaca la Filarmónica Checa, fundada en 1896, una de las glorias orquestales de Europa. La clase de esta orquesta ha sido forjada por varias de las grandes batutas del S. XX: Talich, Kubelík, Ancěrl y Neumann se sucedieron como directores titulares desde 1919 hasta los años 90. Actualmente, tras una década de inestabilidad, la responsabilidad del cargo se comparte entre Mácal y Manfred Hóneck hasta que por fin Eliahu Inbal se incorpore como tal en 2009.

El Concierto que presencié era el quinto de la presente temporada y se basó en el siguiente programa:

(Viernes, 3 de octubre. Sala Dvořák )

P. I. CHAIKOVSKI: Sinfonía No. 3 en Re.
S. RACHMANINOV: Concierto No. 3 para piano en re menor, op. 30.

Orquesta Filarmónica Checa
Piano, Alexander Toradze
Zdeněk Mácal

La dirección de Mácal fue solvente y sobria en ambos casos: vaciando de sentimentalidad fácil las dos obras, dinámica, caracterizada antes por un impulso constante que por las fluctuaciones, pero con el suficiente vigor para que la Tercera de Chaikovski (una Sinfonía a la que no le faltan pasajes artificiosos) sonara fresca. Sólo se hizo desear mayor vivacidad en la Polonesa del último tiempo, atacada con ligera pesantez.

No se puede explicar lo emocionante que es el Rach3 en vivo, con sus fogonazos de melodía que surcan el rapsódico discurso. Y eso que Toradze no estuvo a la altura. Por un lado le faltaron dedos en pasajes clave: en la tremenda escala que recorre todo el piano durante la cadencia, por ejemplo, donde hubo notas faltas de nitidez sepultadas por una mano izquierda excesiva. Por otro lado, tendió a tocar demasiado fuerte con la nada aceptable intención de hacerse oír por encima de la orquesta. Así sucedió en el bellísimo Adagio. Este afán de destacar por delante de la música hace más difícil disculpar los problemas anteriores.
La orquesta lució sobre todo el magnífico timbre de sus violines: el tamaño de la Sala permite que a uno lo envuelva ese sonido amplio, cálido y de brillo generoso, pero siempre esmaltado, no metálico. En la Elegía de la Sinfonía y la desatada coda del Concierto, uno deseaba no escuchar nada más. Magníficas maderas, redondas y plenas, impecables los solos de trompa (no es escuchan así en nuestras orquestas) y metales fulgurantes perfectamente empastados. La calidad del conjunto resplandeció en el genial Scherzo chaikovskiano, de equilibrio admirable.

Durante esta temporada la Filarmónica hace una gira europea que recalará en España.