30/8/08

Hijo espiritual


La anterior audición nos sirve de excusa para proponer una de las escasas obras que siguieron la senda abierta por Beethoven en sus últimos Cuartetos.

Cuando se habla de la precocidad creativa de Mendelssohn suelen destacarse el Octeto de cuerdas o la Obertura "El Sueño de una noche de verano", compuestos a una edad tempranísima. Incluso se ha sugerido que probablemente nunca repitió la frescura de inspiración de estas partituras aunque ganara evidentemente en oficio con los años. Sin embargo es una obra menos conocida, el Cuarteto nº 2 (1827) la que muestra los más impresionantes rasgos de madurez y, aun más, de osadía. Mendelssohn hizo un explícito homenaje a Beethoven en esta obra, de una admirable cercanía expresiva a los últimos Cuartetos del compositor de Bonn - que seguramente conoció durante su infancia en los conciertos que se celebraban en la residencia familiar. El adolescente Mendelssohn asume el lenguaje beethoveniano, en particular del monumental Op. 132, con una soltura e inspiración asombrosas. Quizá en la Historia de la música no haya un caso semejante de genialidad tan temprana. Este hecho aislado, no sólo en su producción sino único entre sus contemporáneos, no tuvo inexplicablemente continuidad; en sus obras de cámara de madurez se mostrará hijo de su tiempo, el Romanticismo, creando obras magistrales como el Cuarteto Op. 80 o el Trío en re menor, pero que ya no miraban hacia el futuro.

Este Cuarteto está planteado en los cuatro movimientos habituales, pero cada uno de ellos presenta variaciones de tempo; el primero tiene una serena introducción, casi un canto llano, que se crispa de improviso para dar paso al "Allegro vivace", marcado por la nerviosa entrada en canon de los cuatro instrumentos. Es particularmente memorable la apasionada idea que cierra la exposición (viola y después violín)

El Adagio está estructurado en tres secciones; las extremas basadas en un pacífico canto. La central es una fuga que mira sin duda hacia Bach (otro de los dioses del universo estético de Mendelssohn) pero repitiendo el logro beethoveniano de su plena integración expresiva en un tiempo lento.

Después del homenaje a la forma abstracta por excelencia, sorprende la extrema sencillez del Intermezzo, con la melodía de sabor popular confiada al violín y apenas acompañada por pizzicati. Más aun desconcierta la recapitulación, tras el movido "Trío", resumida abruptamente, concluida en enigmático susurro.

El final comienza con un dramático recitativo (viola) sobre un fondo de trémolos que lleva el título "Ist de wahr?" ("¿es verdad?"), una referencia al Op. 135 de Beethoven. Sin embargo es el Op. 132 el citado en el agitadísimo Presto, de desarrollo fugado. Se sucede una transición al Adagio donde reaparece la fuga del "Adagio non lento" y se resuelve finalmente el conflicto con una cita de la Introducción del Tempo I. Por tanto, incluso se adelanta la "forma cíclica" que tanto explotará el Romanticismo tardío.


Las damas del Klenke Quartet nos ofrecen esta maravillosa música. Es otra sugerencia de Lord Illingworth.

1 comentario:

fujazz dijo...

woow

la obra se siente viva por si sola