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15/6/10

Escuchas intempestivas: "Un ballo in maschera" (II), Bailes en el MET y La Scala


Las presentes grabaciones permiten establecer una interesante comparación entre el "estado del arte" verdiano en los dos mayores teatros del mundo durante los años cincuenta. Además se tendrá en cuenta la reciente audición del registro de 1940.

En 1957 no podía haberse imaginado otro reparto en Milán para "Un Ballo in maschera", aunque en realidad ya había pasado el mejor momento de la pareja protagonista. Ésta es la primera prevención que suscita Giuseppe di Stefano, por entonces ya en parábola descendente. El timbre conservaba parte de su atractivo en la franja central, pero el canto ya estaba limitado al rango mezzoforte y en la zona de pasaje la emisión se empañaba. "La rivedrà nell'estasi" se despacha con un fraseo más bien vulgar y en la cadencia dispara un sib penoso. En todo caso la partitura no le pone en grandes aprietos vocales hasta el cantabile "Ma se m'è forza perderti", donde desdeña la expresión íntima y aristocrática de la página y se entrega a un canto plano, siempre en voz plena y forzado. Hacen su aparición todos los vicios que pronto iban a convertirse en norma: los jadeos al final de las frases, los ataques a squarciagola y la enojosa dicción duplicada de las consonantes para dar énfasis ("Come sse ffossse l'ultima"). En definitiva el típico canto que intenta ser seductor por medio de una entrega superficial y previsible, pretendidamente "verosímil". Sigue desconcertando el éxito de estos modos entre el público y aun más que se perpetuaran en cantantes como Carreras, Domingo o el Pavarotti maduro. En esta línea aborda, es de suponer que desatado completamente, "Sì, rivederti Amelia" abriendo la emisión a más no poder para obtener el máximo volumen posible: la consecuencia lógica es que el sonido se desparrama, en"E nella tua beltà" se va hacia la garganta y finalmente los agudos son dignos de una exhibición de mal gusto en Sanremo. Cualquier parangón con Tucker - lleno de slancio pero siempre controlado - es sonrojante. En general la comparación con el americano mostrará además que di Stefano ignora numerosos signos de expresión; en la Barcarola basta escuchar el pasaje "staccato e leggerissimo", pulcramente respetado por el primero mientras el italiano no es ni ligero ni canta en staccato. En el caso de "É scherzo od è follia" la liberalidad de Pippo para medir las notas y los silencios ronda la desvergüenza y la licencia de la risa acaba por convertirse en remedo. Sin embargo se ha de reconocer que al comienzo de "Ah! Perchè qui" hay nobleza en el fraseo y que en la escena de la muerte se muestra contenido y atenúa la emisión de forma plausible (aunque la belleza seráfica de Björling ya no esté a su alcance). El intérprete seguía suscitando simpatía, pese a todo hay algo de inefablemente mediterráneo en su forma de cantar los melismas de la Barcarola y en los números cómicos tiene una chispa vedada al sueco. El problema es la falta de seriedad artística de quien se antepone al personaje, aunque su personalidad extrovertida se adapte al mismo en buena parte de la ópera, ofreciendo una visión parcial del mismo y por añadidura salpicada de momentos de mal canto.

Por su parte el Riccardo de Richard Tucker es el más enérgico que se recuerda en la segunda mitad de S. XX, pero bajo la guía de Mitropoulos alcanzó además los matices y claroscuros que distinguen a una gran creación. T. retrata un personaje intensamente pasional pero que en público se desenvuelve con despreocupación y un sentido del humor electrizante. Su cancán es frenético y sonriente, sobre todo a partir de "Dunque signori aspettovi", donde poco hay que objetar en cuanto a articulación y ligereza. Siguiendo esta línea bienhumorada, y al contrario que Björling, hace suya la tradición italiana (que conocía mucho mejor que su colega sueco) e incorpora hábilmente una risilla a "Scherzo od è follia". Por supuesto el resultado en lo musical es mucho más rigoroso que en di Stefano y nos pone ante un Riccardo con el que es imposible no simpatizar. El timbre, se dirá, no tiene la belleza que exhibían ambos tenores citados; bellezas que el oyente de inmediato identifica como un rasgo tanto moral como físico del personaje. Admitiendo esto, y con las debidas reservas, puesto que a Verdi raras veces le preocupó este punto, a cambio Tucker se revela como una vocalidad más adecuada. Tómese la Barcarola, en la que sólo podría pedírsele un poco más de elegancia en las notas de adorno y mayor contención en algún ppp: por lo demás es una ejecución de un brío irresistible. Esta pieza, en apariencia sencilla, define al tenor verdiano por la mezcla de bravura y ligereza que precisa. No hay una nota en la que la voz de Tucker no suene timbrada, intensa de vibraciones y redonda. Incluso toma el intervalo descendente desde el lab3 al do grave, esa broma que Verdi gastó a los intérpretes de Riccardo valiéndose de las capacidades de Gaetano Fraschini. Esto nos habla de una emisión de apoyo modélico y colocación nítida, que también le permitía ser más elegante y exihibir un legato mucho más pulcro que di Stefano en "La rivedrà nell'estasi" (su cadencia tampoco es elegantísima, pero el sib es estupendo). Es posible que a algunos oyentes su modo de acentuar les resulte enfático o que encuentren dudosos algunos sollozos y golpes de glotis. Sin embargo debe precisarse que estos recursos no son los típicos trucos de quien fuerza, no puede sostener la línea o ha de cortar bruscamente el sonido. A este respecto debe escucharse su gran escena y el duettone con Amelia. En el aria, al contrario que en di Stefano, las expansiones, fáciles y timbradísimas, siempre conservan la línea y tienen el contraste de la contención. Así resulta estremecedor en "Chiusa la tua memoria nell'intimo del cor" y las frases que siguen al estupendo ascenso al sib agudo (cruz de tantos tenores). Tampoco cabe comparación en cuanto a "Sí, rivederti, Amelia": Tucker en efecto se desmelena, pero como sólo saben hacerlo los grandes. Cuentan que el la natural que emitía en ese "Anco una volta l'anima" sonaba largamente en los oídos del público todavía después de haber salido de escena. Aun en grabación este pasaje catártico, tan significativo armónicamente, conmociona y deja un efecto perdurable. Así, el personaje que se deleitaba en la melancolía de un amor imposible en "La rivedrà nellèstasi" termina por entregarse al éxtasis en la renuncia precisamente. Ésta es la clave para relativizar los excesos de énfasis en algunos momentos (por ejemplo al final de cada estrofa de la Barcarola): existen pero con un sentido dramático musical. Así era Tucker. Lo fundamental es que están integrados en el canto y aún no se habían convertido en un recurso estandarizado como en años sucesivos. Otra cuestión que se le suele reprochar es la dicción, en este caso buena con la excepción del Trío (donde di Stefano le aventaja también en slancio). Cambia algunas palabras, como de costumbre, y tiene un olvido llamativo al comienzo de "Teco io stò" (algo mucho menos habitual en un músico de su talla) Por último hay que reconocer que en "Ella è pura" la voz de Tucker parece un poco ingrata y aunque es en todo momento noble no canta con abandono, resultando algo avaro de sfumature.

En realidad se puede resumir diciendo que Tucker es un Riccardo aristocrático, un hombre racional en el que la pasión, como amor que hace sufrir, es un afecto del espíritu que se consigue domeñar mientras que di Stefano es un ser inmaduro arrastrado por su sensualidad. Esta contraposición entre lo romántico verdiano y lo verista es más clara evidentemente durante el dúo del segundo Acto. Di Stefano es moroso y sensual en "Non sai tu che se l'anima mia". Además del terciopelo del timbre en la franja central, explota esos ataques suyos con un pequeño efecto de suspiro. Sin embargo en "Quante volte dal cielo implorai, la pietà che tu chiedi da me" y el siguiente sib la emisión se descompone y de repente estamos ante la expresión visceral del Osaka de "Iris". Por su lado Tucker resulta más confesional con un sonido recogido, aunque levemente gutural, y emite esas frases perfectamente ligadas y con sendos reguladores tras los pasos por el la agudo. Si se sigue atentamente "La mia vita, l'universo..." se aprecia que di Stefano no respeta de la misma forma los signos de <>. En la primera exclamación "M'ami Amelia" ambos son convincentes. En Tucker hay además dos sonoros golpes de glotis en la más radical tradición pertiliana que suenan como una sacudida. Sin embargo la columna de aire se mantiene estable, más que en di Stefano, como demuestra el hecho de que aplica además un regulador forte-piano. Esta forma de pasar de la emisión plena a la recogida es la clave para que la fuerza expresiva de Verdi sea siempre señorial. A pesar de que el americano emite un sib más en regla, es difícil decidir quién es más arrebatador en el pasaje a piacere que culmina en "Estinto tutto" (fuori di sè indica Verdi). Ambos se muestran seguros en el descenso previo al do# ("...Nell mio seno"). Ninguno de los dos observa con rigor el "a mezzavoce dolcicissimo" con que debe atacarse "O qual soave brivido", pero Tucker es más distinguido y respeta mejor la inquieta escritura. Con el siciliano uno tiene la impresión de que Riccardo está en plena seducción de Amelia, cuando la situación es muy otra. En el clímax no parecen tener problemas con la espesa orquestación, pero di Stefano evidentemente fuerza más. En los últimos compases añade una puntatura de mal gusto (y deslucida) doblando el si agudo de la soprano. Mientras en el MET el dúo se cerró de forma algo insatisfactoria, con Milanov preparando su do y Tucker ateniéndose a lo escrito, en La Scala di Stefano acompañó a Callas meritoriamente. Incluso en la página donde di Stefano contaría con le ventaja de tener una voz y un temperamento más "amorosos", es el americano quien resulta más profundo.

Los años no pasaron en balde y Zinka Milanov ya no es la soprano del registro de 1940. Sin embargo la tesitura de Amelia le era favorable y no se escucha ni de lejos el naufragio del "Ernani" del siguiente año. De hecho hasta cierto punto uno puede pensar que comparativamente, teniendo en cuenta la diferencia de edad, su estado vocal es mejor que el de Callas. Desde el punto de vista dramático las cosas no han cambiado mucho y M. se muestra tan hierática en algunos puntos que resulta increíble que pueda suscitar algo parecido al amor en un Ricardo en sus cabales. Sin embargo Mitropulos consigue arrancarle pasajes de raro lirismo, como el da capo de "Morrò, ma prima in grazia" o el ataque de "Consentimi, o Signore", donde explota la expresividad de su media voz. El dominio de la tesitura en "Ma dall'arido stello" es aún notable, sobre todo en los filados, pero desde el punto de vista expresivo la sección central es más bien anticuada y el grave final cae en la caricatura. El papel era menos favorable para Maria Callas, dada la tesitura central y la ausencia de agilidades. Además Amelia, un personaje burgués sometido sin remedio a las circunstancias, no estaba especialmente cerca de la rebeldía espiritual de la intérprete. Se percibe ya el adelgazamiento del sonido en los registros medio y grave, pero no hay problemas capitales en la emisión (más allá de los connaturales). Con estos precedentes uno sólo puede admirar la construcción del fraseo, la devota fidelidad al legato, el uso expresivo de pequeños portamenti y la valentía temeraria para afrontar los dilatados clímax de Gavazzeni en sus arias y el dúo. Escuchar sus intervenciones en el Trío "Odi tu come fremono" supone entrar en un mundo expresivo diferente al de Milanov. Es cierto que desde "Mai più non vedrà", en el da capo de "Morrò, ma prima in grazia", emplea el recurso fácil al timbre trémulo y el sollozo, bordeando así lo plañidero, pero esta página podría bien contarse entre lo mejor del legado de Callas por los claroscuros de la línea vocal (es más prudente que Milanov en el filado, pero su gama intermedia es mucho más amplia) la expresión ensimismada, la infinita melancolía de la cadencia. No se queda atrás la gran aria del segundo Acto, superada como si las dificultades no existiesen, incluyendo un amplio do agudo ligado de forma magistral. El dúo con di Stefano muestra la fortuna habitual con que ambos se complementaban, pues Callas corresponde el ardor - un tanto demasiado físico - de di Stefano con una expresión doliente e introvertida; en realidad no llega a abandonarse a sus sentimientos amorosos y los grandes gestos expresivos (los "T'amo!") suenan como el desahogo de una mujer acorralada. Exactamente lo que sugiere el texto.



Los cincuenta fueron malos tiempos para el personaje de Renato. Josef Metternich tenía una voz robusta y agudos claros y penetrantes, pero siempre más estentóreos que timbrados. Como intérprete era una auténtica nulidad, puesto que cantaba todo en forte, apenas sabía recitar y su fraseo transmitía la literalidad de un papagayo. Lo peor llega sin embargo cuando intentaba ser expresivo insertando sollozos y retorciendo la emisión en la peor línea veristoide. Su dicción era también deficiente, lo que proporciona momentos humorísticos en "Odi tu come fremono" o el concertante. Ni qué decir tiene que Ettore Bastianini canta incomparablemente mejor, más aun teniendo en cuenta que esa noche lo encontró más motivado que de costumbre. No fue así desde el principio, aunque lo cierto es que "Alla vita che t'arride" es una página que pocos han cantado teniendo en cuenta su clara inspiración donizettiana. B. ofrece una interpretación de sólida rutina, con su estupenda pero monocorde voz plena y dispara el esperable agudo en el cadencia. Ningún uso del rubato ni del claroscuro, que tampoco se sugieren desde el podio. Al comienzo del Trío del segundo Acto, como en general en todos los pasajes de carácter dialogado, se pone en evidencia su monotonía como intérprete. No hay ni pizca de misterio o tensión y llega a parecer que esté anunciándole a Riccardo que se ha servido el desayuno en palacio. Mucho mejor marchan las cosas en su segundo solo: pese al tono "taurino" de su emisión la voz es broncínea, de verdadero barítono dramático. En el recitativo es fiero e incisivo, aunque no distingue en absoluto los tres "Vendicator!" finales. En "Eri tu" sí hay un cambio de intención y color al cantar "Quell'anima, la delizia dell'anima mia" y la transición de la agitación a la nostalgia está bien resuelta en "Dell'amico tuo primo..." al cantar suavemente. El ataque del idílico "O dolcezze perdute" es estupendo por la media voz aterciopelada, poco frecuente en él, e incluso al elevarse la tesitura ("D'un amplesso che l'esser...") se abstiene de la voz plena (aunque la emisión se constriñe). Reproduce correctamente los grupetti, otro de sus problemas habituales. También merecen elogio el legato en el gran ascenso al sol agudo y la contención en las frases finales, con atención a los signos expresivos y la intención de no resultar estentóreo en ese peliagudo fa3 que debería cantarse pianissimo.

Por su parte Simionato aún estaba en forma, aunque se percibe una especie de escalón, de momento ligero, entre el registro medio y el inferior. La voz suena fácil y timbradísima, especialmente en los agudos y según transcurre "Re dell'abisso" también los graves comienzan a adquirir más plenitud. La dicción nitidísima y la acentuación teatral de quien nació para cantar tienen la eficacia habitual en esta artista. La tesitura de contralto penaliza más a Jean Madeira, que fuerza un tanto el registro inferior, a veces abierto y hueco (el último "sospir" en "Della città all'ocaso" es más bien ventrílocuo)

Entre las dos sopranos que cantaron Óscar Eugenia Ratti tenía la voz más agradable, pero los tempi de Gavazzeni no tienen tanta frescura como los que Mitropoulos pone a disposición de Roberta Peters, que además es más precisa en las agilidades.

La dirección de Gavazzeni favorece durante toda la función tiempos lentos y sonoridades voluminosas y densas. Verdi pide en realidad texturas magras y más intensas que sonoras y esta concepción responde más bien a la influencia de las suntuosas orquestaciones veristas: el resultado es que en algunos pasajes se engulle a los cantantes más que acompañarlos. En cuanto a los tempi, la lentitud tiende a ablandar los ritmos, lo cual resulta perjudicial en músicas como el cancán y las danzas de la última escena. El concertante "Ve' se di notte" arranca con una premiosidad realmente desafortunada, perdiéndose completamente el nervioso efecto humorístico que resaltaban tan bien Panizza y Mitropoulos. La página no despega pese a la enérgica presencia de Callas y resulta injustificadamente solemne hasta la pesadez. Tiene, no obstante, detalles de verdadero director de voces como el rallentando involvidable del duettone. Es el griego Mitropulos quien parece comprender mejor el sonido y el fraseo verdianos y aunque hay unos pocos momentos en los que su dramatismo resulta un poco recargado (en la introducción de "Re dell'abisso") su brío implacable, la capacidad para pasar de lo serio a lo humorístico, la mezcla de flexibilidad cantable y ritmos vibrantes obran el milagro. Al gran concertador y motivador se debe también conceder mérito en la actuación de Tucker y en la agudeza de Moscona y los conspiradores en sus intervenciones. Sólo se puede lamentar que la obstinación de Rudolph Bing retrasara la llegada de Callas al MET, privándonos de que se hubiera materializado una colaboración entre los dos monstruos griegos.

Riccardo: Giuseppe Di Stefano
Amelia: Maria Callas.
Renato: Ettore Bastianini
Ulrica: Giulietta Simionato
Oscar: Eugenia Ratti
Silvano: Giuseppe Moresi
Samuel: Antonio Cassinelli
Tom: Marco Stefanoni

Orchestra e Coro della Scala di Milano, 07.12.1957
Gianandrea Gavazzeni

Amelia..................Zinka Milanov
Riccardo................Richard Tucker
Renato..................Josef Metternich
Ulrica..................Jean Madeira
Oscar...................Roberta Peters
Samuel..................Nicola Moscona
Tom.....................Norman Scott
Silvano.................Calvin Marsh
Judge...................James McCracken
Servant.................Charles Anthony

Orchestra and Chorus of the MET
Dimitri Mitropoulos

Ambas grabaciones pueden encontrarse fácilmente en la www.

http://www.todoperaweb.com.ar/musica_256.html

15/12/06

Los tenores de los 60 (II)

Gianni Raimondi (1923): En plenitud de sus medios, sorprende la escasa atención que le prestaron las discográficas a Raimondi, pues gozó de un predicamento importante en esta década.  No era para menos, puesto que presumía de una estupenda voz de tenor lírico, amplia y viril. La extensión tocaba fácilmente el do agudo y exhibía verdadero squillo, resultado lógico de una técnica de sombreado y pasaje sin fisuras. Técnicamente Raimondi pareció conformarse con asegurar este registro agudo, clave en su ascenso, pero no profundizó en la modulación y regulación del sonido. El sustento del aire parecía estar pensado exclusivamente para un discreto mezzopiano y también mostraba algunas rigideces para ligar frases amplias. Su dicción era irreprochable.
El intérprete se basaba en efusiones más bien genéricas que evidenciaban su principal problema: la falta de una verdadera personalidad, si no original o inconfundible, al menos reconocible. Esto, rodeado como estaba de personalidades arrasadoras, fue fatal para él. Aunque gozó de reputación de cantante fiable, nunca supo imponer algo más que una voz agraciada y sus agudos. Tampoco pareció sentirse cómodo en el estudio de grabación y sus pocos trabajos discográficos no lo muestran especialmente inspirado. Limitado para construir interpretaciones por su capacidad para el claroscuro, restaban la emotividad honesta, ajena a excesos, la entrega y la cordialidad inmediata del timbre. Mientras estuvo en plena forma destacó en los papeles extremos de la cuerda como el Duca, Fernando y Arturo. Como en los casos de Devereux y Percy faltaba el verdadero estilo belcantista que sólo podía dar la variedad dinámica, pero la corrección de su fonación ya supuso un paso adelante con respecto al canto de los cincuenta. Fue, además, el Rodolfo favorito de Herbert von Karajan, como demuestra que lo escogiera para la filmación de La Bohème con dirección artística de Franco Zeffirelli. Éste fue el punto culminante de su carrera. Con la década, evolucionó hacia cometidos de lírico spinto con igual autoridad, pero cayó a menudo en la rutina, como muestran sus actuaciones en Pollione o Arrigo.
A la sombra de di Stefano durante los cincuenta, parecía haber llegado su oportunidad con el declive de éste. De estos primeros años de la siguiente década datan importantes funciones en La Scala, sobre todo dentro del repertorio de la Giovane Scuola (Pinkerton, Fritz, Rodolfo). El ascenso de Pavarotti fue paralelo al relativo ocaso de Raimondi como primera figura, algo simbolizado por el debut en La Scala del modenés sustituyéndolo como Rodolfo (en aquella ocasión por enfermedad). Desde 1969 hasta 1977 se vinculó a la Ópera de Hamburgo: es una parte de su carrera ciertamente olvidada. Si bien el relativo oscurecimiento del nombre de Raimondi es de lamentar, también hay que reconocer un temprano ocaso de sus medios, evidenciado por la aparición de sonidos duros y los problemas de fiato a finales de los sesenta.


Giuseppe di Stefano (1921): A pesar de su decadencia en los 60, di Stefano se mantuvo en los escenarios gracias al carisma del intérprete, sostenido por sus incondicionales pese a lo poco que quedaba de su voz, seguramente la más amada de la segunda mitad de siglo. En sus inicios el instrumento era fácil, corpóreo y aterciopelado en el centro y dotado de una luminosidad solar en la zona alta. Además, llegó a recordar a los tenores di grazia en el gusto y la morbidezza de la emisión, adornada de medias voces y sonidos mixtos excepcionales (des Grieux, Faust). Sin embargo, nunca tuvo resuelta la emisión por encima del pasaje, de hecho extendía su registro de pecho hasta el do4, abriendo por tanto el sonido de forma antimusical (especialmente en el belcanto) y dañina para la voz. Por otro lado, Di Stefano siempre denostó la emisión con “suono coperto” porque la sentía reñida con la dicción "auténtica" que buscó toda su vida. Ello, unido a una naturaleza pasional, que le impulsó a cantar papeles de spinto y a buscar efectos veristas, precipitó su desgaste (“Total, que cantó bien 7 años”, apuntaba Rodolfo Celletti) y le hizo caer muchas veces en la vulgaridad: para principios de los 60, di Stefano era un tenor permanentemente esforzado, que caía en sonoridades a veces engoladas y otras abiertas, y apenas retenía algo del apasionado fraseggiatore que fascinaba en los primeros 50 como Cavaradossi, Pinkerton o Rodolfo.
Aparte de las numerosas cancelaciones que supusieron buenas oportunidades para Pavarotti, su influencia, matizable, en cuanto a dicción y fraseo fue imprescindible en su formación. Pippo es el ídolo de Pavarotti, Domingo y Carreras, quienes en algunos aspectos le imitaron incluso sus vicios.


Richard Tucker (1913-1975): Con una amplia carrera casi exclusivamente americana fue, junto a Jussi Bjoerling, uno de los favoritos del Met, con cuya compañía cantó más de 600 veces los grandes papeles verdianos y veristas. Poseía una sólida voz de spinto, de centro sombreado y registro agudo fulmíneo, por lo menos hasta el si3. Admirables la segura afinación y la igualdad en toda la tesitura, a pesar de un timbre no muy grato. Tucker era un tenor vehemente, con una comprensión mayor del canto italiano que la mayoría de los cantantes anglosajones (recordemos que fue Radamès en la Aida de Toscanini) lo que demostraba en la variedad de acentos y el ímpetu de su fraseo. Sin embargo, su dicción era algo espesa, así como su pronunciación italiana, lo que en algún momento ha recordado los defectos endémicos de la escuela norteamericana (“la patata en la boca”), en Tucker más derivados de la guturalidad propia del idioma inglés que de un problema técnico (pues su apoyo sul fiato era casi canónico) Posiblemente ésta sea la causa de la menor apreciación que ha gozado entre los públicos latinos (su debut en La Scala llegó en una fecha tan tardía como 1969) Tucker asumió los papeles más pesados con prudencia, lo que le permitió estar todavía en forma durante los 60, mientras sus rivales declinaban. Brilló especialmente en Don Álvaro, Radamès, Riccardo, des Grieux, Rodolfo o Eléazar.


Jon Vickers (1926): Ya con una carrera importante a sus espaldas, alcanzaba entonces su prestigio y reconocimiento máximos, tras su consagración en el Covent Garden con Don Carlo (1956). Una sólida voz de tenor dramático, con un rango dinámico amplísimo, desde unos fff atronadores hasta el ppp susurrado, recurso del que quizá abusara (derivando a veces en el rechazable falsete). En la base de esta personalísima voz, una técnica heterodoxa, que podía producir sonidos plenos y robustos y otros con escaso apoyo, con una tendencia a los ataques imprecisos (recordemos su legendario gallo en Bayreuth). Tampoco su timbre, árido, con un metal poco noble y aun leñoso en la zona aguda (¡aunque cantó Duca en sus inicios!), correspondía a los cánones, y la afinación siempre fue uno de sus grandes problemas. Suplió su escaso idiomatismo en el repertorio italiano con su inteligente y respetuosa aproximación a la partitura. Las virtudes apuntadas y la entrega total del intérprete hacían perdonables sus defectos. Sus mejores papeles en el repertorio que nos ocupa fueron Canio, Otello y Don José, donde la penetración sicológica del artista en los personajes dio resultados imperecederos. También fue memorable en Tristán, Florestán, Siegmund o Peter Grimes.


Audiciones:


Desafortunadamente no tenemos a mano la Favorita grabada por Gianni Raimondi, hasta donde sabemos el único (1) registro de estudio que hizo (¡!) junto a la banda sonora de la Bohéme de Zeffirelli y von Karajan. Según ha escrito Leone Magiera en "Pavarotti, Metodo e Mito", Raimondi se bloqueaba ante el micrófono. Así pues, recurrimos a registros en vivo para retratar a este cantante postergado.

Del excelente Duca de Rigoletto que hacía este tenor, viril y arrogante, escuchamos su briosa (como pide la partitura) Balada. La tesitura de “Questa o quella” es bastante grave, lo que pone en dificultades a las voces más ligeras. Raimondi no tiene problemas (“A quant’altre d’intorno mi vedo) y asciende con suficiencia al la bemol, quedando quizá algo fijo el último. Roba unos cuantos alientos en el fraseo, aunque transmite un buen humor muy de agradecer. Sin especiales matices, es sobresaliente su intervención en “È il sol dell’anima”, gracias a la calidez de acentos y la seguridad de la zona aguda (penetrante la3 en “Agli angeli”) En la cabaletta toma el re bemol, aunque interpola alguna nota para prepararlo. Leyla Gencer, que tampoco tuvo suerte con las discográficas, da relieve a Gilda con una voz más importante de lo habitual en este papel y una expresión ensimismada.
“La donna è mobile” es despachada con algo de vulgaridad, aparte de un si natural que por lo menos en la grabación suena estridente (es posible que tuviera tendencia a crecer la afinación del registro agudo). En “Bella figlia dell’amore” liga con gusto las primeras frases, aunque respira para acceder al primer si bemol agudo, lo que de nuevo delata un fiato corto. Un Duca impetuoso, diferente del aristocrático Bergonzi o del refinado Kraus. Grabación del Colón de los años dorados (1961)

Arturo de I Puritani es un papel cuyas exigencias en el registro agudo son sólo comprensibles pensando en los tenores del S.XIX, que resolvían las notas por encima del sol3 mediante los sonidos mixtos. Raimondi pertenece a ese selecto club de tenores que han cantado el papel asumiendo los sobreagudos a plena voz: Nicolai Gedda, Alfredo Kraus y Luciano Pavarotti son los más destacados. Sin la corrección estilística de los citados, Raimondi sin embargo es una excepción en aquellos años, reciente el Arturo aguerrido de Mario Filippeschi.
Quizá la más difícil aria de salida del repertorio, “A te, o cara” tiene escrito un do# sobreagudo, aquí resuelto con seguridad. Además, moldea con cuidado la melodía belliniana, sin descuidar la intención de esta declaración de amor (alguna inflexión recuerda a di Stefano). El público del Colón rompe a aplaudir tras el agudo que interpola al final de la segunda estrofa. Otra vez acompaña al tenor la soprano turca Leyla Gencer, a quien escuchamos en el dúo del último acto. Cálido y afectuoso en “Nel mirarte un solo istante”, sosteniendo un do4 estupendo. Atención a la expresión transida de la Gencer en “Pur tre secoli di sospir e di tormenti”. “Vieni fra queste braccia” está baja medio tono, algo habitual en un papel que Alfredo Kraus calificó de “inhumano”. Sin embargo, el público enloquece con razón, pues es un Arturo apasionado e impetuoso, que canta unos reb sobreagudos espectaculares (aunque no particularmente bellos). Ambos están para comérselos en la conclusión, con un do al unísono admirable. A pesar de que las aspiraciones y golpes de glotis que incorpora a “Credeasi misera” no están muy en estilo, su interpretación, nerviosa, heroica, es convincente. Supera con solvencia la temible frase “L’ira saziate, Ah!, Poscia...” pasando por re bemol4 y do agudo. Grabación de 1961.

De la función inaugural de La Scala de 1963, con la preciosa L’Amico Fritz de Mascagni, escuchamos el maravilloso dúo del último acto. Desconsoladoramente bella la Suzel de Mirella Freni (su “Non mi resta che il pianto” entusiasma al público). Le responde Raimondi, más tierno que seductor (como corresponde al personaje) en su declaración “Io t’amo, t’amo, dolce mio tesor”, frase musical que encuentra en ambas voces – líricas, radiantes – un vehículo ideal para expandirse hasta el éxtasis del postrero “Imparadisa il cor!”, peligroso momento (do agudo casi a cappella) que ambos hacen mágico.

Nuevamente en compañía de Mirella Freni, escuchamos una función vienesa de La Bohème bajo dirección de Herbert von Karajan. En su aria retrata a un Rodolfo de fraseo efusivo y juvenil, pero algo impersonal. El timbre es idóneo para el papel, pues a la robustez de la zona media y grave se une el brillante registro agudo. Nos recuerda ese fiato corto en los finales de frase, que tiende a romper ligeramente. La proyección del sonido por el encima del paso es sobresaliente, como demuestra en “Talor dal mio forziere” y el penetrante do agudo. Ardoroso “O soave fanciulla”, junto a la radiante Mimì de Freni, para ensimismarse en la medias voces de“Fremo nell’anima, dolcezze estreme” y estupendo do4 fuera de escena. El racconto del Acto III supone una prueba muy dura para un tenor lírico, pero Raimondi tenía el suficiente empuje para superarla, como se comprueba en “Amo Mimì sovra ogni cosa all mondo” o “Di sangue ha rosse”. Para respetar la continuidad de la escena, no suprimimos la despedida de Mimì, donde Freni ya era una maestra (1963). Raimondi se muestra sensible al comenzar el Cuarteto, con una ensoñador “Addio sogni d’amor”. Algo justo el fiato en “Rimavo con carezze”, que queda falto de matización. Tras las exigencias dramáticas de “Mimì è tanto malata”, el papel vuelve a exigir la efusión y los tonos cálidos y melifluos de un tenor lírico en frases como “Mentre a primavera c’è compagno il sol”, la bellísima “Balsami stende sulle doglie umane” o “Alla stagion dei fior”, que Raimondi canta a media voz (lab agudo). Mussetta es una ligerita Hilde Güden y Marcello el inevitable – y estupendo – Rolando Panerai.

1: El joven Cónsul Sharpless, habitual de la Tertulia del Foyer, me recuerda que también grabó La Traviata con Scotto.


Las contradicciones del arte de Giuseppe di Stefano quedan expuestas en esta interpretación del aria de Faust. Con un timbre seductor, medias voces aterciopeladas (“En cette pauvreté”) podemos comprobar como abre los sonidos en la zona alta (“Tu fis avec amour”) perdiendo metal, aunque entonces – 1951 – el sonido seguía siendo bello. Sobre el do agudo que apiana al final se han escrito tantos elogios que parece que nadie advirtiera que está abierto. Hay que reconocer que el diminuendo, hasta un ppp delicuescente, es ciertamente embaucador. Grabación de la Ópera de Chicago.

Lo mismo puede decirse de “Che gelida manina”, insinuante y viril desde la primera frase. Ya se notan problemas (1951) en “Chi son? Che faccio…”, o “Talor dal mio forziere”, pero también frases de enorme belleza: “Tosto si dileguar”. Es casi aterrador el do agudo, aún brillante, pero cantado sin el giro previo imprescindible (en "La-a spe...") que permitiría enmascararlo . Aquello, simplemente, no podía durar mucho. Hipnotizante regulador para terminar (“Vi piaccia dir”)

La legendaria Tosca de 1953 sigue vigente gracias a la dirección de Victor de Sabata y la encarnación de la protagonista por parte de Maria Callas. Muy atractivo el Cavaradossi de Pippo, para el que tenía la voz ideal de tenor lírico pleno. Controlado por de Sabata, cantó a su máximo nivel, aunque realmente todas las notas por encima del la agudo estén abiertas o engoladas y los legendarios pianissimi sean ya falsetes (por tanto no lo señalaremos en cada punto para no resultar repetitivos). La calidez de acentos es la mejor baza de su “Recondita armonia”, como escuchamos en “La ardente amante mia”. Expansivo en la conclusión, se observa como la voz se le va quedando en la gola, sobre todo en el si bemol agudo. La empatía entre Callas y di Stefano fue absoluta durante la carrera de ambos, y así se palpa en el dúo del Acto I. Nótese la complicidad expresiva entre la punzante Tosca de Callas (cada uno de sus “Mario!” es diferente) y las cariñosas reconvenciones de Cavaradossi (“Lo nego e t’amo”, “Prezioso elogio!”, “Mia gelosa!”) El experto en el “arte de hacerse amar” frasea como nadie “Qual occhio al mondo” o “Mia vita, amante inquieta”. Aún es excepcional en ciertos aspectos su “E lucevan le stelle”, con ese timbre acariciador que coloreaba – entonces – con tan buen gusto. La voz se deshace en un hilo en la gran frase “Disciogliea dai veli”, pero ya es un sonido sin apoyo, afalsetado, que se separa completamente de la voz plena. Sin embargo conserva su belleza en la difícil “Tanto la vita”, que según Lauri-Volpi es temible para un tenor lírico. Si Corelli encarnó al Cavaradossi heroico, di Stefano fue el Cavaradossi lírico.

En los 50 di Stefano fue asumiendo papeles cada vez más pesados, en particular los del verismo, que eran los más cercanos a su temperamento. Los papeles verdianos, aparte de oponerle dificultades a menudo insuperables en el pasaje y el agudo, no terminaban de adecuarse a su estilo apasionado y excesivo, en cierta forma carente de nobleza. Mientras la voz aguantó, que fue durante pocos años, los resultados a menudo fueron excitantes. En el caso de Cavalleria Rusticana, lo racial se aliaba a lo musical, pues di Stefano es siciliano. En 1953 grabó Turiddu bajo la dirección de Tullio Serafin junto a Maria Callas con sobresalientes resultados. La difícil Siciliana – incide de forma continua sobre el paso – era idónea para el canto expansivo y sensual de di Stefano, aunque se echen de menos las sutilezas de un Gigli (sobre todo al final). Bien resueltos los ascensos a la zona aguda. Irreprochable en el Addio alla madre, con expresión trémula y conmovida (“Mamma… Mamma. Quel vino è generoso”) Las subidas al agudo (“Un bacio, un bacio, mamma”) se abren pero son musicales – y muy expresivas.
Su Canio, aparte de tener un timbre arrebatador, es más humano que otros escuchados. Enlaza con arrojo “Sul tuo amore infranto”, con brillantes agudos y es bellísima la frase “Ridi del duol che t’avvelena il cor!”, al borde del llanto. Más que ira, hay espanto y dolor en esta interpretación. Sin duda, una de las que más hayan podido influir en José Carreras, que tanto le ha admirado desde siempre. Grabación de 1954 con la misma compañía que Cavalleria. .

Retrocedemos hasta 1947, un año después del debut profesional de di Stefano (en la Manon de Massenet) para apreciar la mayor frescura de la voz en este recital grabado con Alberto Erede. El “Adiós a la vida” es muestra del instinto infalible para colorear una frase y hacerla suya (“Mi cadea fra le braccia”) El “Lamento de Federico” nos recuerda que hubo unos pocos años donde cantó muchos de los más bellos sonidos emitidos por tenor alguno, además con un gusto excepcional. Fascinante el color de “Come l’invidio”, o la postrera “Mi fai tanto male, ahimè!” En aquellos años, Pippo era el tenor más querido por el público.

El perfil del tenor siciliano nunca estaría siquiera esbozado sin escucharlo cantando Napolitanas, género en el que sus modos calurosos, al borde de lo hormonal, encontraban un terreno incluso más propicio que en la ópera. Se ha llegado a escribir, no con poca malicia, que di Stefano cantaba como un gondolero. Sin embargo, este gondolero meridional nos fascina desde sus “Catarì, Catarì” de la conocida canción de Salvatore Cardillo “Core’ngrato”. En “Tu nun'nce pienze a stu dulore mio” sintetiza lo que debe ser la expresión en este género, sincera pero volcada hacia el exterior. El agudo final está pegado a la gola. “Torna a Surriento” fue compuesta por Ernesto de Curtis para promocionar el turismo en la bahía napolitana, y nadie mejor que Pippo para dar voz a esas soledas latitudes. Frases como “Dinto ‘o core se ne va” nos muestran al encantador de serpientes en estado puro. Una lástima, como en la estupenda “‘O sole mio” de Eduardo di Capua, que los agudos que se quedan atrás. Son grabaciones de 1953, con dirección y suponemos que arreglos de Dino Olivieri.


Richard Tucker esperó hasta los 60 para incorporar Radamès a su repertorio, pero lo cantó en versión de concierto en 1947 bajo la batuta de Arturo Toscanini. Recientemente reeditada en DVD, esta Aida es imprescindible a pesar del mediocre reparto femenino, destacando también por el Amonasro de Valdengo. Escuchamos – de nuevo – “Celeste Aida”, donde se puede admirar como la orquesta del Maestrissimo canta con Tucker. Con la voz fresca, timbradísimos ascensos al si bemol agudo, como siempre, atacados por el mismo centro de la nota. Se respeta – ¡cómo no! – la alternativa prescrita por Verdi al morendo del sib en “Un trono vicino al sol”.

El Cavaradossi de Tucker compitió en el MET en los 50 con el de Jussi Bjoerling y en los 60 con el de Franco Corelli, quienes aportaban timbres más seductores y personalidades quizá más envolventes (por lo menos en el caso del italiano). Sin embargo, hacía una interpretación fogosa y arrojada muy satisfactoria. Aquí está el efusivo “Amaro sol per te” que le entona a la apolínea Tosca de Renata Tebaldi para convencernos. Cantar junto a ella era un problema para cualquier tenor, no sólo debido al caudal canoro de la soprano pesarense, sino al metal en punta, al descomunal squillo de su emisión. Tucker supera la prueba, como comprobamos en ese si agudo al unísono y el posterior dúo sin acompañamiento (momento en el que ambos cantantes quedan totalmente expuestos sin posibilidad de pegar capotazos) donde casi la aventaja en brillo y riqueza. Aprovechamos para recordar a la Tebaldi, fallecida hace dos años (19 de diciembre). Grabación realizada en el MET en 1956, dirige Dimitri Mitropoulos.

La Forza del Destino fue una ópera tan priviliegiada por las voces de los años 50 y 60 que espanta su orfandad de intérpretes en la actualidad. Junto a Bergonzi, del Monaco y Corelli, el tenor americano fue el principal intérprete de Don Alvaro. Atendemos a una función muy especial, pues fue la primera (2) en el MET después de la muerte de Leonard Warren sobre el escenario cantando “Urna fatale”. Visiblemente emocionados, Renata Tebaldi, Tucker, Mario Sereni y Jerome Hines le rindieron tributo con una de las grandes noches de ópera de la historia del teatro. Una tristeza profunda invade la escena del tenor, en especial cuando exclama “O quando fine avràn le mie sventure”. Tucker siempre tuvo muy presentes a los intérpetes italianos de los años 20 y 30, como demuestra esta “O tu che in seno”. Los ataques al agudo van acompañados de pequeños golpes de glotis y no esquiva el singhiozzo cuando ayuda a reforzar un acento, lo cual en esta oportunidad administra sabiamente (a veces abusaba de este recurso) llegando a conmocionar. Impresionante si bemol3 en “Leonora mia, pietà”. El Alvaro de Tucker, heroico de medios, es sin embargo más vulnerable que el de del Monaco. Escuchamos los tres dúos de Carlo y Alvaro, donde Sereni sustituyó muy dignamente a Warren (Recordemos que en aquellos años Guelfi, Protti, Bastianini, Merrill o el sensacional MacNeil estaban también disponibles) En “Solenne in quest’ora” Tucker transmite la debilidad del convaleciente con su canto a media voz, sin cargar las tintas en los ascensos al agudo. En “Voi che si larghe cure”, arrebata a pesar de un timbre poco grato; escúchese la nobleza del canto en "No, d'un imene il vincolo" o como enlaza “Ah! E s’ella vive insieme”. Impresionante su invocación al final del acto, “Al chiostro, all'eremo, ai santi altari / L'oblio, la pace chiegga il guerrier”, con un si bemol apoteósico. El complejo dúo del último acto nos muestra a Tucker plegándose a un canto introvertido que según avanzan las provocaciones de Carlo (estupendo Sereni, a pesar de ese vibrato rápido) se va crispando. Bello regulador en “Assistimi Signore” y bien enlazada esa sublime frase que es “Sulla terra l’adorata / Come in Cielo amar si puote”, aunque no le haga justicia del todo: en esa tesitura su habilidad para apianar era algo limitada. Nótese la plenitud del descenso al grave de “Io mi prostro al vostro pié”, donde otros se quedan sin aire; Tucker era un spinto puro. Tremendo el “Uscite!”, que traspasa la orquesta con una energía incontenible, así como el fraseo en la stretta “Ah! Vieni, vieni!”, una especialidad de la casa.

Llegamos al final de la carrera de Tucker, que murió en 1975 antes de un concierto que iba a ofrecer con su amigo Robert Merrill. Unas pocas semanas atrás había cantado La Juive en el Liceu de Barcelona, provocando una enorme conmoción. Eléazar era un papel recientemente asumido, muy amado por el tenor. Escuchamos un ejemplo palmario de la capacidad de un intérprete para comunicar superando la barrera del idioma – su pronunciación francesa era deficiente – y ciertas limitaciones técnicas – tenía entonces 61 años y el fiato era administrado algo libremente. El registro agudo evidenciaba desgaste, pero seguía expandiéndose con un metal envidiable. Esta “Rachel, quand du seigneur” es de 1974.

2: Por indicación de Andrea, forense de Ópera Actual, aclaramos: el mismísimo día posterior a la función del 4 de marzo de 1960, fecha de la muerte del barítono americano, hubo representación de Andrea Chénier con Bergonzi, Milanov y Bastianini. La que escuchamos fue la primera Forza que volvió a reunir al reparto del día fatídico (Tebaldi-Tucker-Hines)

Es curioso que el verismo atrajera a Jon Vickers, pero cantó Pagliacci en muchas ocasiones y desde una perspectiva que por austera y contenida no le impidió construir un personaje temible. Podemos escuchar verdadera congoja en el recitativo de su escena, con un escalofriante “Tu sei Pagliaccio!”. Sensacional “Vesti la giubba”, cantado con una severidad que nos recuerda a su Otello. Estremecedor el cambio de expresión dentro de la frase “E se Arlecchin t’invola Colombina”. A partir de ese momento incorpora perfectamente un sollozo al canto, haciéndolo conmovedor. Los ascensos al agudo son trabajosos pero contundentes y alejándose del verismo más truculento, prefiere conservar la dignidad del personaje terminando a media voz. Sin duda debió de aterrorizar al público del Colón (1968) con su “No, Pagliaccio non son!”, que transmite un genuino sentimiento de ultraje. Gran fraseo de “Più che in Dio istesso in te!”, previo paso por un si bemol agudo que ataca desde abajo pero hace crecer magníficamente. Más prudente el posterior “O meretrice abietta!”. De nuevo podemos oponer el irracional Canio de del Monaco al de Vickers, que lo ve como un hombre que no deja de serlo a pesar de que lo arrastren sus pasiones. Amenazante, terrible, pero con un fondo de humanidad hasta la última frase.

De nuevo buscamos el juego de las comparaciones escuchando el Otello de Vickers, que empezó a adquirir relevancia en los 60 coincidiendo – todo hay que decirlo – con el declive de del Monaco. De su segunda grabación de la ópera, ya maduro en 1973 y con la rutilante orquesta de Herbert von Karajan, seleccionamos sus mejores momentos – que también los tiene menos afortunados, como el “Esultate!”. Sobre un encendido acompañamiento de Karajan, Vickers desgrana el dúo “Già nella notte densa”, respetando casi todas las indicaciones dinámicas y expresivas, con la notable excepción del piano sobre “E mi colga nell’estasi”. La voz, ya desgastada y al borde del graznido en el agudo, se pliega en los momentos líricos, huyendo de las expresiones altisonantes. Dudoso canto afalsetado en “Già la pleiade ardente in mar discende”, que ha dado problemas a más de un tenor, pero elogiable su media voz en “Venere splende”, algo que ni siquiera en disco se respeta normalmente. Maravillosa, resplandeciente la Desdemona de Freni, con un canto cálido y medias voces acariciadoras. Vickers era un gran actor vocal, como demuestra el hecho de que superara una pronunciación italiana defectuosa (esas erres arrastradas…) para comunicar las intenciones del texto. Lo comprobamos en el dúo del Acto III, donde llega a resultar terrorífico (“Corri alla tu condanna…”) A continuación es interesante resaltar la calma con que inicia su “Dio! Mi potevi”, al borde del susurro y acumulando tensión de modo que en la frase “L’anima acqueto”, con ese pianissimo, el personaje parece expresar la resignación del que lo ha perdido todo. Lástima, de nuevo, esa pronunciación de las consonantes. Bien resuelto el ascenso al si bemol agudo, más correcto que el impreciso “O gioia!” conclusivo. Aprovechando un acompañamiento idóneo, la interpretación de “Niun mi tema” es genial sin discusión. Lejos de las tonantes intervenciones de del Monaco, canta a media voz prácticamente todo el monólogo. Nótese la particular forma de rebañar el sol agudo de “O gloria”. Toda la interpretación parece dirigida a la exclamación “Ah! Morta” donde el sonido crece de un modo que nos conmociona. Hay grandeza shakespeareana en la muerte del Otello de Vickers.

Raimondi - Di Stefano
Tucker - Vickers

2/4/08

Noches de Ópera: Il Trovatore

A petición de un gran admirador de Richard Tucker, pongo a vuestra disposición este registro realizado durante una función de Il Trovatore:

Metropolitan Opera House (28-02-1966)

Manrico.................Richard Tucker
Leonora.................Martina Arroyo
Conde de Luna...........Cornell Mac Neil
Azucena.................Nell Rankin
Ferrando................Louis Sgarro
Ines....................Shirley Love
Ruiz....................Charles Anthony
Mensajero...............Hal Roberts
Gitano...................Luis Forero

Director...............George Schick

La grabación fue realizada obviamente desde dentro del propio teatro y tiene una calidad apenas aceptable, con frecuentes oscilaciones.
El reparto cuenta con un cuarteto principal cantado íntegramente por artistas americanos y permite comprobar las debilidades y fortalezas del canto verdiano que se hacía entonces en Nueva York. Vocalmente no existen problemas capitales, sobre todo en los casos de Martina Arroyo y Cornell MacNeil. Arroyo, a quien ya escuchamos como Aida, poseía una sólida y bellísima (de oro puro) voz de genuina spinto. Vocalista excepcional, capaz de cantar espléndidamente los pasajes legato y con pulcritud las agilidades, como intérprete es algo inferior pero resulta expresiva y cálida en las amplias cantinelas. Algo parecido se puede decir de MacNeil, quien exhibe un timbre suntuoso, siempre con esa carusiana combinación de brillo y terciopelo. La imponente sonoridad y la lucidez del agudo son de gran cantante verdiano. Sin embargo su Conde tiene además acentos de nobleza casi inencontrables ya en los barítonos italianos de la época: basta escuchar la dulzura con que ataca "Il balen del suo sorriso". Por su parte Richard Tucker aporta al protagonista su potente voz y la aguda intención del fraseo que siempre le caracterizaron, pero se muestra a menudo verista y aunque aún estaba en forma, resulta demasiado maduro para el personaje. A pesar de la corrección de su canto, la faceta belcantista está ausente. La dicción es mejorable y además se inventa varios pasajes. Es curioso el efecto arcada que se percibe al atacar los agudos (y canta la "Pira" un tono baja). Nell Rankin era un cantante de la casa, honesta y con medios nada desdeñables. Su Azucena está bien cantada y acentuada. El resto del reparto y la dirección se mantienen en la discreción.
En el cuarto archivo contiene dos propinas: Macneil canta dos magistrales arias de "Un Ballo in maschera". Representación de Oviedo en 1974. Atención no sólo a los resonantes agudos, sino al canto piano de "Eri tu".

Disfrutadlo.

17/10/10

Noches de Ópera: Apoteosis de Sutherland

Además del belcanto, la ópera romántica francesa fue la gran especialidad de Joan Sutherland. Uno de los hitos de su carrera en este repertorio fue "Les contes d'Hoffmann", habiendo sido la primera cantante en décadas que asumió los cuatro papeles principales de soprano. Toda una hazaña teniendo en cuenta el extenso rango vocal de las mismas, desde la soprano de agilidad (Olympia) hasta Giulietta, más bien cercana a la mezzosoprano. La Decca llevó al estudio (1971) esta ópera en la primera edición filológica de la misma, fundamental para su revalorización, que llevó a cabo Richard Bonynge expresamente para el registro. Un par de años después el MET estrenaba producción para el lucimiento de la diva, que obtuvo un triunfo espectacular en cada uno de los personajes. Como era previsible, uno de los grandes momentos de la noche es "Les oiseaux dans la charmille", la canción de Olympia en el Acto tercero. Acostumbrados a sopraninos con voz de pito, es un placer un timbre pleno, amplio y vibrante en esta página. Escalas, notas picadas, trinos, no hay pirueta vocal que la soprano no domine con un magisterio insultante: en la segunda vuelta de la canción hay un trino situado a una altura inverosímil. Sólo una ligera vacilación en el último sobreagudo nos recuerda que estamos ante una mujer de carne y hueso. El público, según se escucha, apreció las dotes cómicas de Sutherland durante el número. Impresionantes también sus gorgoritos del vals. En cuanto al Acto veneciano, en principio el más alejado de sus fortalezas, siendo cierto que no le permite mucho lucimiento (aún no se había recuperado la página solista de Giulietta) se puede hablar con toda razón de éxito. Aunque no tan completo como en la edición discográfica, el retrato de la odiosa cortesana es sorprendentemente vívido por el trabajo sobre el acento y ni siquiera desmerece frente a los entusiastas avances de Domingo. Es sin embargo el Acto de Antonia el que consagra una grandísima interpretación. Aunque el papel está pensado para una voz con un color más juvenil que el que tenía a esas alturas de su carrera, la gentil melancolía del canto ("Elle a fui, la tourterelle") y la púdica expresión amorosa (escena con Hoffmann) son casi ideales para el personaje - quizá se echa de menos algún claroscuro más en la Canción de amor. Por último, el slancio del fraseo, el nervio del acento y la lucidez de su registro superior no admiten comparaciones en el magistral Trío, una página donde las sopranos líricas encuentran serios problemas. Los últimos compases de este número podrían citarse como uno de los momentos culminantes de una carrera: el terrorífico ascenso al do#5, un intervalo casi impracticable, está resuelto con una perfección en la que se resume toda una vida de estudio de la técnica. Una nota que no sugiere ningún esfuerzo y que sin embargo resulta hiriente en su límpida belleza. Si en la grabación de estudio resulta admirable este pasaje, en vivo parece incluso inhumano. No se queda atrás su intervención en el maravilloso Cuarteto del Epílogo. Aquí la voz de Sutherland sobrevuela el conjunto con una facilidad monstruosa. Los agudos son verdaderos relámpagos: no puede imaginarse sonido más deslumbrante.

10/3/13

El acento verdiano: "Testimone del vostro valor, ammirarne le prove saprò! "

Dado que es el año Verdi, intentaremos dedicarle una serie de entradas a los aspectos que han creado el mito vocal del cantante verdiano, fuente inagotable de fascinación, confusión y polémicas. Para aclarar aquello que se suele llamar acento verdiano,  se propone una breve escucha comparada de un momento tenoril particularlemente atractivo. Durante el tercer Acto de "La Forza del Destino" aparece una frase que en su concicisón sirve para definir la escritura del tenor verdiano. Tras el acartonado dúo "Amici in vita e morte", Verdi le regala a Don Alvaro una de las grandes intervenciones de la ópera: fiera, noble y viril: "Testimone del vostro valor, ammirarne le prove saprò!". Las circunstancias han hecho de Álvaro amigo de Carlos de Vargas, que ha jurado matarlo. Antes de descender al campo de batalla, ambos intercambian juramentos de amistad y se profesan mutua admiración. El barítono también tiene una frase excelente, Con voi scendere al campo d'onor, emularne l'esempio potrò, pero la escritura del tenor es aun más espectacular. Es un pasaje de bravura, de los que deben estremecer al oyente, como por ejemplo encontramos más tarde en "Al chiostro, all'eremo", que sigue al duetto "Voi che si largue cure" (sobre la que posiblemente se proponga una nueva escucha).
 
 
 
Se trata de una frase que comienza sobre el do central, salta a un arrogante lab (una blanca) y sigue con un caracoleo por el pasaje para rebotar hasta el sib, la nota aguda verdiana por excelencia.
 
Además de superar la dificultad técnica estricta, se requiere una forma especial de morder la palabras, de escandirlas, en definitiva de darles énfasis y un carácter, reflejando así la situación dramática. Esto es lo que suele llamarse acento y es la mayor dificultad de cantar Verdi, puesto que la energía que debe darse a la emisión nunca debe suponer esfuerzo, ni la claridad de la declamación rotura del legato.

http://open.spotify.com/track/4cHMc2R8IB8IbGNElEEA0M

Como espectáculo, Franco Corelli parece imbatible. Al igual que en la mayor parte de los ejemplos escogidos, incorpora una pausa razonable entre ("valor" y "ammirarne") y prepara el sib enlazándolo al intervalo sol-lab anterior. Entre las virtudes: arrojo, seguridad y un gigantesco y squillante sib, pero en la segunda mitad de la frase el acento, el énfasis, se desinfla un poco. Lógicamente, el alarde desequilibra el conjunto.

http://open.spotify.com/track/1ZXrxGCj0EIGeK86bceNDg

Por su parte, el joven Josep Carreras (hacia 00:50) ya se movía en el límite entre lo cantando y lo gritado. No hace pausas, pero el salto al lab suena forzado y aunque le sobran slancio y caudal, el sonido es más bien fibroso. El énfasis y la energía se cobran forzaduras en su voz lírica.

http://open.spotify.com/track/2uKW49tJBW4Gy6ES9YyBeZ

Nítido, vigoroso y squillante, Richard Tucker parece un poco comedido para sus modos habituales. Hace la pausa y toma el sib con un curioso efecto arcada.

http://open.spotify.com/track/4kPLnw6KxnjZIb8mb6KiNU

No es sorprendente que Plácido Domingo (2:40), estando además bajo la guía de Muti, respete lo escrito y cante toda la frase sin pausas. Maduro pero fresco de voz, todo marcha bien hasta el sib, tomado con evidente esfuerzo y más bien pobre.

http://open.spotify.com/track/0byvJgB4Z0gLPED1rC9eum

Incluso en una de sus grandes veladas Carlo Bergonzi (hacia 00:40) pasa un poco de puntillas por la frase. Los agudos son discretos por metal y duración. Lo que suena antes es el presunto barítono John Shaw.
 
 
Años más tarde (Liceo, 1971) el mismo Bergonzi muestra mayor vigor y acentos más fieros, bien que no pueda competir en cuanto a squillo con Corelli o Masini. Sin embargo es ejemplar la sabiduría con que afronta el sib y aún conserva energía para acentuar las siguientes palabras ("le prove saprò"), apoyándose en consonantes sonoras y vibrantes. Tiene también interés el fraseo de su compañero, el barítono Herlea.

http://open.spotify.com/track/32gUjlS4Cc1ABv3eK672Rd

No hace una elección sabia Mario del Monaco (00:20), que comienza con arrojo y virilidad, pero introduce la pausa a destiempo y ataca directamente el sib, normalmente su mejor nota, pero aquí más bien abierta.

http://open.spotify.com/track/46RsnMzxvZA6rEMZOnG5HR

Caso aparte es Galliano Masini, cantante cuyos timbre broncíneo y modos aguerridos imitaron tanto del Monaco como Corelli. Hace la pausa lógica entre el lab de "valor" y "ammirarne". Slancio, nobleza, squillo a raudales y tensión hasta el final: Masini jamás estuvo mejor que en este registro, estableciendo un paradigma de tenor verdiano. También es el mejor acompañado, porque no se encontrará ningún barítono más nítido y altisonante que Tagliabue. De todos los escuchados, posiblemente sean los más creíblemente caballerescos.

Agradecemos al forero Rupert de Hentzau su aportación bergonziana a la cata.

21/2/07

1 AÑO DE BARRA LIBRE: ACTUALIZACIONES DE DESCARGAS

Se cumple un año de la apertura de este espacio. Aprovecho para agradecer a todos cuantos se han pasado por aquí su interés.
Esta semana procuraré actualizar la mayor parte de los enlaces publicados para celebrar este primer año de vida.
Especial Pedro Lavirgen: http://www.megaupload.com/?d=OJA6IQ0N
Baladas de Brahms por Benedetti-Michelangeli: http://www.megaupload.com/?d=RPFA2XDU
La Bohème de Karajan: http://www.megaupload.com/?d=GNZN5QH2 y http://www.megaupload.com/?d=HEBJGD31
Audiciones de Pavarotti (1961-1967): http://www.megaupload.com/?d=WM2YRP4Y y
http://www.megaupload.com/?d=V9FYFDJG
Pour mon âme por Pavarotti: http://www.megaupload.com/?d=6FB2Y60F
Rusalka y Thaïs por Fleming: http://www.megaupload.com/?d=ABQ8IN5K

Tenores de los 60:
http://www.megaupload.com/?d=OA0CRWC6 (Bergonzi y Corelli)
http://www.megaupload.com/?d=2S993GEW (Raimondi y di Stefano)
http://www.megaupload.com/?d=9PCTXPJM (Tucker y Vickers)
http://www.megaupload.com/?d=PN4YL7J9 (Gedda y del Monaco: incluso el "Esultate!" que faltaba en el enlace original)




Un saludos a todos.

12/10/07

Luciano Pavarotti VII: Apogeo vocal y triunfo (2/3)

Luciano Pavarotti habría cumplido 72 años hoy, 12 de octubre. Maestro, la única forma que tengo de agradecerte todo los momentos que me has regalado es continuar con esta serie, donde espero hacerte justicia. Siempre te llevaré en mi corazón.




Ya establecido en La Scala, acepta seguir interviniendo en la producción milanesa de "I Capuleti e i Montecchi", que personalmente detestaba por cantar el papel de tenor villano. Para Pavarotti la voz de tenor es la de la bondad y fue desagradable para él asumir la condición de antagonista y por añadidura, segundo tenor. Vapuleada por la crítica debido a la revisión anacrónica del papel de Romeo ejecutada por el joven Abbado, tras exhibirse en Utrecht, Roma, Edimburgo y Montreal, se entierra para siempre en 1968 en Milán. Repite triunfo con Tonio en Londres (1967), lo que permite que la Decca realice grabación de La Fille. La Scala le pide el papel en italiano que canta con aplauso unánime, extendiéndose aun más la fama de sus facilísimos do agudos. Sin duda confiado por el éxito en esta empresa, continúa incorporando papeles cada vez más extremos: en 1968 debuta con éxito Arturo de I Puritani en la patria de Bellini, Catania. Mención aparte merece el asalto al gran mercado de Estados Unidos. Debuta en San Francisco en noviembre de 1967, teatro que convertirá en favorito para probar sus nuevos papeles. Por supuesto, el papel para la ocasión es Rodolfo y Mirella Freni es su Mimì. Retorna en 1968 con un Edgardo que provocó un “incendio” en el público (según Arthur Bloomfield, crítico local) Todo parece preparado para el asalto a la Metropolitan Opera House. El 23 de noviembre de 1968 llega la oportunidad con La Bohème en compañía de Mirella Freni. Sin embargo se interpone una gripe asiática, canta la primera función con buenas críticas (1) y ha de abandonar la segunda tras el primer acto. La decepción es tremenda y regresa a su casa en Módena ni siquiera avisar a su familia. Sin embargo tiene la satisfacción haberse consolidado en su patria. En Italia Pavarotti y Freni ya son la pareja del momento. Durante la temporada 68-69 de La Scala aparecen en tres producciones con La Bohème, Manon y de nuevo La Figlia del Reggimento . El mayor triunfo curiosamente llega con la ópera de Massenet cantada en italiano. Nuevas representaciones de I Puritani en Bolonia, son aclamadas en 1969 (“Ambos reverdecieron los laureles de los años de oro del melodrama”, en palabras de Celletti) Aquel mismo año la Rai graba la ópera bajo la dirección de Muti, con resultados menos notables en el caso de Pavarotti.

En este año de 1968 se produce el primer encuentro con Herbert Breslin, que comienza haciéndose cargo de su publicidad. En un año se convierte en su representante y se encarga de revitalizar su carrera americana.

La temporada 1969-70 comienza por primera vez en América con una Bohème en San Francisco junto a Dorothy Kirsten. Según la crónica de Arthur Bloomfield, recogida una década más tarde por la revista Time, durante la función del 1 de octubre se produjo un importante terremoto justo mientras Pavarotti cantaba “Che gelida manina”. Con toda calma, tras un pequeño intercambio con el apuntador, concluyó la página sin perder el compás, dejando al público clavado a los asientos a pesar de la amenaza de tumulto por el pánico (2). También en el War Memorial Opera House recupera su excelso Nemorino tras casi tres años. Únicas dos apariciones en un teatro mexicano con La Bohéme y Lucia , ésta su primera actuación junto a Beverly Sills. Regresa a Italia debutando Oronte de I lombardi en Roma, papel que no volverá a asumir. Coincide con Renata Scotto, soprano con la que en el futuro la relación se agriará. La temporada 69-70 de La Scala se abre con una reedición de la Manon protagonizada por Mirella Freni. Hay un paréntesis de unos meses dedicado al estudio y las grabaciones y termina la temporada con dos funciones de La Bohéme junto a Freni en el Teatro de la Zarzuela. En el volumen dedicado por la Asociación de Amigos de la Ópera de Madrid al vigésimo quinto aniversario de su fundación, se recuerda así aquella Bohéme: “Fue la noche del milagro lírico”

En estos años el número de actuaciones por temporada oscilaron entre las 33 de la 1968-69 y las 54 (49 en escena) de la 1966-67.

La temporada 70-71 comienza en España, apareciendo por primera vez junto a Freni en Oviedo y Bilbao, que entonces hermanaban sus temporadas líricas para ofrecer un nivel estelar. La función de Manon ovetense hubo de suspenderse tras el Acto I por indisposición (una cistitis) de Freni. En reunión con el alcalde de la ciudad se acordó ofrecer la Escena de San Sulpicio como compensación tras la recita de L’Elisir d’Amore: se evitaba así la devolución del importe de las entradas a los espectadores y los cantantes percibían sus emolumentos íntegros. La velada concluyó en apoteosis muy avanzada la madrugada. Tras un Réquiem verdiano en Roma (del que hay grabación audiovisual) vuelve al MET con Lucia y La Traviata, ésta en compañía de Sutherland tras más de tres años sin coincidir sobre un escenario. Es revelador anotar que como Edgardo el MET alternó esa temporada a Domingo, Sándor Kónya, Aragall y Richard Tucker; como Alfredo se escuchó también a Bergonzi, Kraus, Aragall y Domingo.
Fin de año en La Scala como Nemorino. Comienza 1971 en el Liceu con excelentes funciones de Lucia di Lammermoor y La Bohème, en este caso fue además la primera colaboración con Montserrat Caballé. Regreso al MET con La Bohème, esta vez obteniendo un sonoro éxito (existe grabación en la que detiene la recita con “Che gelida manina”) La temporada finaliza con Rigoletto en el Covent Garden, donde la crítica se sigue resistiendo como analizaremos, y en Catania. Se inicia la cuenta atrás para la explosión de fama.


(1) Douglas Watt en the New York Daily News, refirió: “Rodolfos aceptables son comunes, pero los extraordinarios escasean (…) No sólo posee una voz de tenor de metal brillante y entonación perfecta, también es un intérprete exuberante (…) "Pavarotti simplemente atravesó la habitación y tomó la mano de Mimì con seguridad. Es indicativo de su acercamiento al papel. Con suerte, su personalidad iluminará más de un rincón oscuro del MET". Destacó además la ausencia de tiempo para ensayar y que hubiera estado afectado por una laringitis.
Peter G. Davis en The New York Times: “Mr. Pavarotti triunfó principalmente por la belleza de su voz, un instrumento brillante, liberado, con un buen metal squillante en el agudo que se hace cálido en un centro homogéneo y esmaltado. Un tenor que puede emitir el do agudo con tal abandono, resolver delicadas medias voces y atacar las frases de Puccini con ese fervor va a ganarse a cualquier audiencia, y Pavarotti la tuvo comiendo en su mano. Como actor cantante Pavarotti no es el peor, pero su presencia escénica es generalmente rígida y poco convincente, dejando algo que desear.”

(2) La anécdota recuerda una referida por Rodolfo Celletti sobre una función romana de La Bohème en la que Beniamino Gigli, al descontrolarse el fuego de la estufa en el Acto I, siguió cantando mientras lo apagaba tranquilamente con un extintor. Ambas nos hablan de técnicas vocales incorporadas como algo automático.

Audiciones propuestas:


La Figlia del Reggimento supuso en 1968 un importante desafío para Pavarotti, pero mucho más para Mirella Freni, ausente de La Scala desde el sabotaje a su Traviata por parte de los viudos de Maria Callas (1964) y en crisis vocal debido a una reciente enfermedad digestiva que le impedía desarrollar la respiración profunda precisa para el canto. Freni, madurada como artista más temprano que su hermano de lactancia, había sido una fuente de apoyo importante en los años de formación de Pavarotti, por lo que éste se consideró en la obligación de ayudarla a superar aquellas horas bajas. para ello consiguió convencer a Freni de que adoptara el método de Joan Sutherland en la espiración del aire, una especie de apoyo mixto que posteriormente explicó como inspirado en el llanto de los bebés (!) Los resultados fueron espectaculares, en particular en los trinos y sobreagudos, fundamentales para afrontar el papel de Maria (se cantó la versión italianizada con recitativos) El éxito de ambos fue indudable y La Scala volvió a programar La Figlia la siguiente temporada. Escogemos tres fragmentos de la representación del 11 de febrero de 1969. En el dúo del Acto I apreciamos como el idioma libera totalmente a los cantantes, comunicativos sin límites también en los recitativos (recordemos su facilidad para el canto conversacional pucciniano) Evidentemente se escucha un Tonio mucho más robusto de lo que sería filológicamente correcto, además fraseado de forma romántica, pero hay que rendirse al squillo argentino, la cordialidad del timbre, los filados acariciadores. Los ataques al do agudo de "Qual destin, qual favor" son seguros y plenos. "Per viver vicin" casi resulta arrogante para el personaje, con la pastosidad resplandeciente del centro, los lujosos smorzandi, el metal del agudo.

De una de las funciones de su primer Arturo de I Puritani, escuchamos una amplia selección (28-03-1968). Uno asocia el resto del reparto más bien a una función de Il Trovatore, pero cumple con mayor corrección de la esperada: Tucci es una Elvira excesivamente rotunda, Protti un Riccardo de noble acento pero estilo dudoso y el joven Raimondi encarna a Giorgio. Uno no puede más que sorprenderse ante el arrojo y la seguridad exhibidas por un debutante en papel tan extremo. Es más que probable que el joven tomara como modelos a Gianni Raimondi, siempre una referencia en cuanto a la cobertura del sonido, y a Giuseppe di Stefano por el romanticismo del fraseo. Por fortuna prevalecen el ejemplo técnico de Raimondi y el calor del acento del siciliano. No obstante desde “A te, o cara” se percibe la diferencia principal con ambos tenores, que es la absoluta – para la extrema tesitura – relajación en la emisión, mórbida, ligera y sin embargo de un timbre pleno. No encontramos el preciosismo de un Alfredo Kraus, su equlibrado juego de intensidades, pues Pavarotti (como en el registro Decca) canta con voz demasiado plena esta página. Bello do sostenido, de un squillo nitidísimo y enorme solvencia de alientos en las largas frases que concluyen la página. Si en su aria de salida encontramos el acento amoroso del tenor belcantista, en el dúo con Riccardo aparece el imperioso tenor romántico. Suficientes agilidades y fulgurante paso por el agudo, además de la incisiva dicción, le permiten no resultar ligero al lado del potente Aldo Protti. Por si fueran pocas, las monstruosas dificultades del último Acto deben afrontarse tras una larga pausa. De nuevo hay que elogiar la nitidez de la dicción y el metal del timbre exhibidos en la Canción del Trovador, página que en esta voz anticipa el Trovador verdiano. En el dúo con Elvira el dominio técnico del cantante permite que el intérprete se entregue totalmente en matices como “Che provai lontan da te” o “T’amo d’inmenso amor”, donde las purísimas medias voces expresan el paroxismo del sentimiento aun más que los vibrantes ataques al agudo. Al igual que en “Vieni, vieni fra queste braccia” (cantado medio tono bajo) Pavarotti se lanza sin aprensión contra las dificultades de “Credeasi misera”, fraseando con amplitud heroica y cantando un estupendo re bemol (en lugar del fa sobreagudo escrito) aunque parece algo precipitado el do4 posterior. Nuevamente deja constancia de que su seguridad vocal le permite ocuparse enteramente de la interpretación y concluye con un diminuendo (“di crudeltà”).

Escuchamos L’Elisir d’Amore, en una función del War Memorial de San Francisco de 1969. Un Nemorino quizá demasiado exuberante para algunos gustos, pero habría sido absurdo esperar el introvertido personaje pintado por Schipa en una personalidad tímbrica como Pavarotti. Un campesino robusto, lleno de ardor apenas contenido y sobre todo arrolladoramente “tenor” desde su cavatina de salida. Seducen la espontaneidad y la sencillez de “Essa legge, studia, impara”, el filado en el sol agudo con que inicia el da capo, la deslumbrante cadencia. Una presencia vocal así inevitablemente anula a la ligera Reri Grist en “Adina, perdona”, donde apenas puede comprenderse que la adinerada campesinita rechace a alguien que canta con ese abandono “Un poter che non sa dir” o “A te sol io vedo”. Naturalmente el gran Sesto Bruscantini (1919-2003) tenía recursos canoros y dramáticos para no verse abrumado por un Nemorino tan refulgente. La dialéctica del dúo "Ardir! Ha forse il cielo" entre ambos es riquísima, "Obbligato, ah, sì obbligato" frenéticamente divertido (con las risas del público como prueba) y nuestro tenor supera como si nada la cabaletta ("Veramente, amica stella", escrita enteramente en el paso) Está exuberante en la escena del Elixir, con una voz comunicativa que contiene una sonrisa, provocando carcajadas generales. Un inesperado Wixell le da prestancia al sargento Belcore, como siempre con menor calidad vocal que buen gusto. Frasea con intención y gracia, la voz entonces se mantenía flexible y también consigue sobreponerse ante el despliegue del tenor en "Cinque scudi": entre otras joyas, la spavalderia de "Ai perigli della guerra", rematado con un "Sol un giorno trionfar" insuperable, su espectacular "Dulcamara volo tosto a ricercar!" o la puntatura con que cierra la página. La culminación de la velada, por si todo lo anterior hubiera sido poco, llega con “Una furtiva lagrima”, de la que deja Pavarotti una de las dos o tres grandes versiones que existen. La nitidísima dicción, el metal deslumbrante, el juego de intensidades (etéreo filado en "Lo vedo") el finísimo legato, son perlas de un resplandor vocal irrepetible. Alucinante messa di voce, prueba de maestría técnica, para concluir una página gloriosa.

La Manon milanesa de 1968 se inició con polémica por parte del director previsto, Georges Prêtre, a quien no se avisó que, según la costumbre, la ópera se representaría en italiano. A poco del comienzo de los ensayos, los cantantes tenían aprendidos los papeles en su lengua materna y el director francés abandonó airado la producción echando pestes de la pereza de los cantantes italianos para los idiomas. El estupendo Peter Maag acudió al rescate y las funciones fueron un éxito, repetido la temporada siguiente. De nuevo la dupla Freni-Pavarotti demuestra su capacidad para encarnar parejas de enamorados, lo cual hace lamentar que nunca se produjera el encuentro en Romeo et Juliette o Faust, aunque fuese en italiano. La exuberancia de los timbres y la espontaneidad de los cantantes italianizan esta Manon aun más que el idioma, por lo que no gustará a los amantes de la fidelidad estilística. (Además se suprimió una escena del Acto III, integrándose la Gavotta en la escena del salón de juego) Sin embargo no se puede discutir la belleza del empaste de ambas voces, el lirismo encendido de los dúos, la valentía en todas sus intervenciones. Ambos intérpretes se encuentran cómodos en la sentimentalidad larmoyant de Massenet y son idóneos para sus respectivos papeles. Desde el exultante encuentro de los amantes ("A Parigi andrem") hasta la bellísima despedida del Acto V, con los arrebatadores unísonos en el agudo, la compenetración entre Freni y Pavarotti es total, pero destaca la incendiaria escena de San Sulpicio (clímax de la propia ópera) Aunque el tenor domina el comienzo del diálogo con sus timbradísimos ascensos al si bemol, Freni se adueña del escenario en su "La tua non è la mano"; la sensualidad de frases como "Non ha per me più baci la tua bocca"es irresistible, la intérprete parece poseída por la embriagadora música, llegando al borde del incidente vocal ("Deh, mi guarda"); el público incluso rompe a aplaudir en el transcurso del dúo. Ante tal vendaval Pavarotti mantiene el tipo y muestra verdadero scatto romántico en su "Io vivo del tuo amor! Respiro sol per te! Ah, vien, Manon, io t'amo!"Ambos cantan un radiante si bemol para concluir. La escena del Hotel Transylvanie, tan criticada habitualmente, resplandece primero con el maravilloso trío "Manon, sfinge fatale". Aquí Pavarotti es el héroe romántico encarnado en timbre y slancio, es uno de esos ejemplos donde asombra la homogeneidad del colorido en toda la tesitura, la imposible fusión de brillo metálico y dulzura, el abandono de "Ah! folle che tu sei, o quanto t'amo!", la dicción cincelada en diamante. El concertato final es arrasador, ambas voces se elevan con punzante belleza por encima de coro y orquesta.
Previamente se escucharon los dos solos de des Grieux. Página pensada para un canto exquisito que no huya del falsettone, "Chiudo gli occhi" permite calibrar la calidad de las medias voces de un tenor. Pavarotti, en general poco amigo de los sonidos aflautados, accede a los matices pedidos regulando la presión del aire. Deliciosos los dolce en "In fondo al bosco v'è" ("Au fond des bois") o en "Où se mirent les feuillages"(aunque tome el tradicional fiato extra para afrontar este último sol agudo, lo que Celletti ha calificado de superstición de tenor) Si bien de nuevo podría hacerse la objeción de troppa voce en algunos momentos, la ensoñación es culminada con un la natural resplandeciente bien apianado y un acariciador "Manon". La misma voz cegadora apabulla en la difícil "Io son sol", aunque en este caso con más razón se puede hablar de un canto demasiado extrovertido que ignora varios matices, empezando por la primera frase del aria, "Ah! Dispar", que en la partitura se marca piano. Los ataques al si bemol son resueltos con óptimo brillo y cierra la página con un “Vision” atacado a media voz y reforzado con efecto entusiasmante. Un des Grieux pucciniano, pero de la mejor clase.
Inolvidable el dúo del Acto V con frases acariciadoras ("Alza la fronte all'ebbrezza inmensa", "Ognor incantator") y la incandescente fusión de los timbres.

A finales de 1969 la Rai reunió un reparto casi inmejorable en torno a Thomas Schippers. Con las ventajas de la interpretación en vivo y un buen sonido radiofónico surgió una de los grandes registros de La Bohème. No es cuestión de repetir el examen del Rodolfo de Pavarotti, por tanto sólo se incidirá en algunos detalles. Primero de ellos, el desmentido de la absurda teoría, algunas veces repetida, según la cual sin Karajan este Rodolfo poco menos que no existía. Aún faltaban cuatro años para la grabación de Decca y con el Maestro austriaco sólo había cantado una vez el papel al debutar en La Scala. Sin embargo ya están presentes tanto el carácter como los detalles del personaje. Nerviosa, dulce, persuasiva, la voz recorre con facilidad insultante “Che gelida manina”, squillante en el agudo y mórbida en la media voz (“Vi piaccia dir” ya etéreo) El Acto III es particularmente afortunado, quizá galvanizados los solistas por el dramatismo de Schippers. Pocas veces se puede escuchar un fraseo que una la estupenda articulación (scansione) y el impecable legato de “Già un'altra volta credetti morto il mio cor, ma di quegli occhi azzurri allo splendor esso è risorto. Ora il tedio l'assale”. Sentidísimo en su monólogo, lleno de sfumature (“Ma, ho paura”) y penetrantes ascensos al agudo. Tras la radiante “Donde lieta uscì” de Freni, Pavarotti cincela el Cuarteto, con un abandono melancólico al principio, sutilmente sensual según los amantes se reconcilian, como en el bellísimo el filado (lab3) de “Alla stagion de fior” o el poco rallentando del final. El último Acto alcanza momentos de belleza desconsoladora con Freni ya convertida en una Mimì perfecta, si esta palabra puede usarse para describir una interpretación musical. Para un tenor es muy difícil no producir sensación de anticlímax frente a frases como “Ah, come si sta bene qui! Si rinasce, ancor sento la vita qui... No! tu non mi lasci più!” o esa desesperada “Sei il mio amore e tutta la mia vita!”. En el que es quizá su mejor Acto IV registrado, Pavarotti asombra en el arco musical de “O benedetta bocca” y mantiene la emoción al responder en el segundo caso “Ah, Mimì, mia bella Mimì!”. De nuevo hay que incidir en la facilidad de ambos cantantes para el canto conversacional, comunicativo, espontáneo, evocador de la felicidad pasada (¡Ese “Com’è bello e morbido” de la Freni!) Muy efectivo el afanoso fraseo de los últimos compases, como el de un hombre que apenas es capaz de contener el llanto. Brillantísimos y punzantes los ataques al sol# (“Mimì! Mimì!”)

Alfredo es un personaje ingrato para un Primo Tenore: su música es difícil de cantar, menos inspirada que la de Violetta y desde luego ni por asomo posee la relevancia sicológica y dramática de ésta, una de las grandes criaturas verdianas. Por todo ello, con un cometido complejo, el éxito siempre estará por debajo del de la protagonista. En 1970 lo cantó por última vez, sólo tres funciones en el MET, una de ellas junto a Joan Sutherland. Que Pavarotti optara por no recuperar la cabaletta “O mio rimorso” parece una absurda precaución en un tenor que superaba las exigencias de I Puritani, o bien se trataba de un corte invariable del teatro. Es de lamentar que no se llevara La Traviata al estudio en esos momentos, pues el personaje estaba hecho para la voz que se escucha en esta grabación. Alternando sonidos brillantes y otros mórbidos, el joven tenor introduce en el personaje un matiz de urbanidad burguesa muy bienvenida, distinguiéndolo así de su rapaz Duque de Mantua. Esto ya se aprecia en el Brindisi y los tonos púdicamente amorosos de “Un dì, felice”, pero está más destacado en su escena del Acto II. El aria contrasta ataques plenos de squillo (“Dell’universo inmemore”) con otros suaves, en particular los últimos compases, donde se hace justicia a las indicaciones de dolcissimo con un magistral regulador final. “Parigi, o cara” era un especialidad en esos años gracias a las sedosas medias voces, el legato pulidísimo y la dulzura del acento. Merecerá la pena que se escuche la función completa, pues si bien Sutherland carecía del aliento patético del personaje, deja muestras de canto de altísima escuela.


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