1/8/07

Diez años sin Richter


El 1 de agosto de 1997 moría en Moscú Sviatoslav Richter. Tenía 82 años y llevaba retirado más de un lustro.



Es inútil glosar su figura, enigmática, fascinante, odiosa en ocasiones pero siempre genial.



Nos limitaremos a proponer una audición de su madurez, lo cual nos permite acercarnos a la obra del último periodo de Beethoven (y así recordamos la intermitente serie de Opera ultima que estamos escuchando)



La Sonata Nº 26 en si bemol, Op. 106, conocida como Hammerklaviersonate, no fue compuesta por Beethoven sólo para explotar las posibilidades del nuevo instrumento que se desarrollaba en Viena. Sumido en una crisis creativa durante algunos años, olvidado por el público, sordo, enfermo y lleno de amargura, la Sonata emerge como una rabiosa reivindicación de su talento.



Richter en esta ocasión saca menos músculo que en otras grabaciones del último Beethoven, lo cual parece más apropiado, visto el carácter ensimismado de esta partitura. Magistral el juego de intensidades que consigue por ejemplo en el Allegro, donde no escatima plenitud a los acordes iniciales pero sabe regular el sonido de la segunda idea, distinguiendo las voces con una claridad estimulante. El enigmático Scherzo no suena en ningún momento ligero: la coda, con esa alteración métrica sorprendente, es arrasadora. Por supuesto la Sonata gravita en torno al enorme Adagio sostenuto, música trascendente, entre el lamento y el éxtasis, que Richter recrea con intensidad catártica. La fuga es, junto a la Grosses Fuge, el mostrum contrapuntístico de Beethoven. Sigue siendo una música demasiado grande y compleja para nosotros, pobres mortales, pero el pianista ucraniano nos ayuda a seguir entendiéndola.



Podemos decir que la furia creadora de Beethoven encuentra correspondencia en un Richter inspirado.



Grabación de 1975 en Praga.



Disfrutadla.



http://www.megaupload.com/es/?d=N2IQQPK0


25/7/07

Cielo e mar!

Hace escasas semanas se difundieron inquietantes noticias sobre la salud del Maestro, seguidamente desmentidas por su hija. Al poco tiempo, hubo que soportar una absurda escena a la que se prestó el propio Pavarotti al llamar en directo a un programa de televisión y anunciar la grabación de un nuevo disco de Pop.

No es éste el Pavarotti que quiero recordar y cuando lo juzgue la posteridad, ojalá que más tarde que pronto, desde luego que se pondrán las cosas en su sitio.

El verdadero Pavarotti, al que de nuevo rendimos homenaje, es éste:











Enzo Grimaldo no fue un personaje que frecuentara Pavarotti. Tras las 6 funciones de San Francisco en 1979, sólo lo recuperó para el Festival de Verona (en la Arena) el siguiente año. La Gioconda es una ópera difícil de programar debido al reparto necesario y la la injusta fama de vulgar que desde siempre le han adjudicado. Además puede adivinarse que el papel, escrito en puridad para un lírico-spinto que además canta en una tesitura muy central, no debía de resultarle cómodo. Sin embargo también ofrece grandes momentos de efusión melódica para un tenor lírico. Quizá el más resplandeciente de todos, "Cielo e mar" es la quintaesencia del aria de tenor romántico. En realidad empezamos a escuchar desde la escena anterior, donde Enzo dialoga con la tripulación (se suprimió el coro de niños); momento en el que Pavarotti luce una bella media voz, acariciadora, bien timbrada y dulcísima ("Buona notte") En el aria apreciamos las virtudes que le adornaban en aquellos años dorados: timbre brillante, perfecta colocación en toda la tesitura, incluso en la zona media-grave (Ah! quell'uom che vi sospira) y dicción nitidísima (aunque comenzaban a asomar tímidamente las erres arrastradas) Confiado en la solvencia del cantante, el intérprete se dedica a modular y colorear el sonido, alcanzando momentos mágicos como O sogni d'ôr!, con la voz deshaciéndose a flor de labios entre el piano y el pianissimo. También hay discretos rubati y portamenti (alguno no tan discreto, pero sí expresivo) como en homenaje al viejo estilo. Por si fuera poco, encuentra el acento adecuado, fervoroso y anhelante, para evitar que esta ispirata meditazione se convierta en una peroración. También son inolvidables las frases finales, susurradas como en trance, de una pasión ensimismada. El registro agudo rinde como en los mejores días (tras dieciocho años de carrera) con dos ataques refulgentes al si bemol, el último tomado desde abajo, siguiendo la tradición.
En resumen, un Enzo que nos hace rememorar la Edad de Oro de los tenores.


Enzo (alla ciurma)
Ed or scendete a riposarvi.
Io vigilo solo sul ponte
le inimiche flotte.
(Guarda le stelle.)
È tardi.
Marinai e Mozzi
Buona guardia.
Enzo
Buona notte.
(La ciurma scende sotto il ponte.)
Scena IV Enzo solo.
Enzo (guardando il mare con ispirata meditazione)
Cielo! e mar! l'etereo velo
splende come un santo altar.
L'angiol mio verrà dal cielo?
l'angiol mio verrà dal mare?
Qui l'attendo; ardente spira
oggi il vento dell'amor.
Ah! quell'uom che vi sospira
vi conquide, o sogni d'ôr!
Per l'aura fonda
non appar né suol né monte.
L'orizzonte bacia l'onda!
l'onda bacia l'orizzonte!
Qui nell'ombra, ov'io mi giacio
coll'anelito del cor,
vieni, o donna, vieni al bacio
della vita e dell'amor...
Ah! vien!...

(Agradecemos a Producciones Nangis el regalo de la grabación)






26/6/07

Noches de Ópera: La Fanciulla del West


Ópera que nunca ha disfrutado de la aceptación de los aficionados europeos, y no digamos de popularidad, se ha reprochado a la Fanciulla el repetir esquemas de La Bohème o Tosca. También las tremendas dificultades vocales de la pareja protagonista han militado contra su establecimiento en el repertorio, si bien en el MET disfrutó de numerosas reposiciones desde su estreno mundial el 12 de octubre de 1910 con dirección de Arturo Toscanini. Entonces protagonizaron la función Enrico Caruso, Emma Destinn y Pasquale Amato. Retrocedemos más de 50 años buscando un reparto de una estatura legendaria similar para encontrar una de las pocas versiones redondas de La Fanciulla del West.


La partitura de Minnie compite con las inclementes exigencias sobre el registro agudo de Turandot, pero alternando efusiones líricas dignas de una Mimì. La dificultad de ofrecer el agudo squillante capaz de imponerse a la orquesta sin convertir al personaje en una fiera ha parecido insuperable. Recordemos el hecho de Leontyne Price llegara a cantarlo en sólo 5 ocasiones y decidiera abandonarlo en el ápice de su carrera. Eleanor Steber (1914) estaba en 1954 en el mejor momento para la tarea: una voz de lírico-spinto penetrante, con un bello y timbradísimo agudo, capaz incluso de sostener el do de “Laggiù nel Soledad”. Pero lo que es aun más relevante, Steber se mueve con comodidad por el canto conversacional pucciniano, sin dejar nada que desear en cuanto a dicción y fraseo, por ejemplo en la conflictiva escena de las cartas (concluida con magníficos ataques al si bemol)
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Del Monaco, en estado de gracia, exhibe una voz todavía juvenil y lo que es más importante, mucho más mórbida que apenas 6 años después. Agobiante la riqueza del timbre en el registro de pecho, que el papel – a medida de Caruso – permite lucir en todo su terciopelo baritonal, mientras el ascenso por el pasaje no presentaba (entonces) problemas apreciables. Extraordinario el registro agudo, no exactamente en punta pero sí de un bronce vibrante. Asombra como traspasa la orquesta su “La mia vergogna” o el gigantesco si natural en “Addio, mia California!” Como en todas sus colaboraciones, Mitropoulos inspira a del Monaco un fraseo lleno de claroscuros, libre de ese acento permanentemente colérico con el que se le suele identificar (ejemplo de ello es la melancolía del dúo del Acto I, con unas arcadas sonoras insuperables) Es de lamentar que el tenor florentino no hiciera propios tales matices expresivos en su grabación de estudio del papel.
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Gian Giacomo Guelfi, como del Monaco una voz descomunal, es muy eficaz en el rudo personaje de Rance, que tiene indicaciones en la partitura como “con voz áspera y estridente”. Barítono de fonación y acento inconfundiblemente veristas, se halla en su elemento en los diálogos que animan la lucha entre fuerza bruta y sensualidad. Hay que destacar la amargura de su “Minnie, dalla mia casa” o su amenazante participación en el Finale Secondo.
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Fanciulla precisa un conjunto de comprimarios de altura, requisito que se cumple sobradamente con un grupo de cantantes italianos encabezados por el gran Piero de Palma. Emocionante de verdad el nostálgico canto que acompaña la huida de los amantes.
Además de los efectivos vocales, esta función contó con uno de los mayores directores – no sólo de foso – del S. XX: Dimitri Mitropoulos. Por fortuna la toma sonora es lo bastante decorosa para apreciar muchos detalles de su dirección, que según Elvio Giudici “suscita en la orquesta un sonido intenso, suave y penetrante a la vez, que crea tensión narrativa sólo con los contrastes entre la cortante energía (…) y la mórbida pero excepcionalmente sonora cantabilidad.” Particularmente poderoso es el final del Acto II, con el amenazante pizzicato de los contrabajos subrayando las variaciones de tensión de la partida de póker, desatada finalmente en una página al borde de lo expresionista que nada tiene que envidiar a las más salvajes del Acto II de Tosca. Mitropoulos, campeón de la música de la Segunda Escuela de Viena, no podía dejar de potenciar los aspectos más modernos de esta partitura.

Johnson - Mario Del Monaco
Minnie - Eleanor Steber
Rance - Gian Giacomo Guelfi
Nick - Piero De Palma
Ashby - Vito Susca
Sonora - Enzo Viaro
Trin - Brenno
Ristori Sid - Lido
Pettini Bello - Virgilio Carbonari
Harry - Valiano Natali
Joe - Enzo Guagni
Happy - Agostino Ferrin
Larkens - Giorgio Giogetti
Billy Jackrabbit - Paolo Washington
Wowkle - Laura Didier Wallace - Giorgio Tozzi
Castro - Mario Frosini
postiglione - Alberto Lotti Camici
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Dimitri Mitropoulos
Firenze, 15 de junio de1954.
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(Grabación subida a Operashare por Lewis1962)
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Disfrutadla.

19/6/07

Las verdades del canto: Carlo Bergonzi habla en RNE.

El pasado 15 de junio el programa de RNE “Clásicos Populares” radiaba una entrevista en directo con Carlo Bergonzi. A punto de cumplir los 83 años, el Catedrático se expresó con enorme lucidez y una dicción nitidísima, schietta que dirían los italianos. Lamentó la rapidez con la que los jóvenes cantantes se lanzan a hacer carrera (asunto sobre el que sería posible apuntar algún matiz) y sobre todo la pérdida de los valores de tesón y perfeccionismo en la adquisición de la técnica. Técnica cuya base, para irritación de algunos, Bergonzi considera una y única: el apoyo del sonido sólo sobre el diafragma, consiguiéndose así su proyección hacia fuera. Características fonadoras que sin duda llevan ya décadas en vías de extinción. Asimismo denostó la pérdida de relevancia de los cantantes en la política de los teatros y en las prioridades del público. No faltaron alabanzas hacia la afición española que le aplaudió durante su carrera, con una puya implícita hacia la actual (pero no sólo la española).

Ponemos a vuestra disposición sólo la entrevista aunque el programa incluyó varias audiciones ya suficientemente conocidas con las notas de Ricardo de Cala. Crítico del abc, de Cala lleva con sentido la conversación. Los comentarios de los presentadores habituales del espacio son un pequeño peaje.

La figura de Carlo Bergonzi ya ha sido glosada en este espacio, así que os dejo simplemente con la grabación sin más comentarios.

http://media.putfile.com/Entrevista-a-Bergonzi

La Barra Libre agradece a Raoul de Nangis y Dindymena por proporcionar el material

27/5/07

Recital de Mariella Devia en Málaga (8/05/07)

Mariella Devia, a sus 59 años recién cumplidos, retiene de modo asombroso la mayor parte de las cualidades con las que se ha convertido en referencia del repertorio belcantista romántico. El paso del tiempo sólo se deja sentir en algunos sonidos duros al cantar forte sobre la zona media-alta. Por lo demás, son sensacionales el sustento y dosificación del aire, que le permite ligar arcos canoros enormes sin rastro del temido vibrato amplio (tan común a ciertas edades) y con una seguridad de entonación absoluta. En su recital malagueño del 8 de mayo, Devia cantó con una perfección que rara vez volveremos a escuchar. Resplandecía un legato inmaculado de variedad dinámica infinita, con una facilidad para la messa di voce digna de un instrumento de cuerda. A destacar la plenitud de las medias voces, la claridad de los trinos y la seguridad del sobreagudo.
Con estas condiciones, siempre he creído que un cantante ha de ser capaz de transmitir, de emocionar al público. Sin embargo, tras la primera parte, constaté con cierta irritación que no fue así en este caso. Irritación no tanto por la indudable monotonía de ciertos tramos del recital, como por la sospecha de que una cantante con medios más comunes y presupuestos expresivos menos estilizados, pero directos, me habría hecho disfrutar más. La tópica falta de sentimiento de Devia se había hecho realidad, sobre todo en las canciones de Rossini, faltas de gracia y de chispa. Quizá la suficiencia técnica de la cantante se transmitía a su canto, excesivamente sobrio, de una acentuación demasiado seria. Las cosas no habían mejorado con una impecable aria de Adelaide di Borgogna ni con la bellísima “Qui la voce sua soave” de I Puritani, donde se echaron en falta la fragilidad y el desconsoloado patetismo del personaje . Hay que reconocer que una cosa como la cabaletta “Vien diletto” no se puede escuchar todos los días: el público enloqueció con el mi bemol sobreagudo, sostenido a placer, redondo y brillantísimo. Pero fue una sólo una nota. No ayudaba el conservador programa, injustificable dada la plenitud de la artista. Las canciones de Rossini y Bellini fueron ejercicios intachables de estilo, ni más ni menos.
En la segunda parte, mi escepticismo aumentó pues las canciones de Donizetti escogidas resultaron tener menos interés musical. Por suerte, fue comenzar “Piangete voi” de Anna Bolena, y el recital dio un vuelco. El acento áulico de la cantante encuentra su sitio sin duda en las reinas donizettianas, pero además supo darle a su canto una mayor espontaneidad. Cautivadora la perfecta dicción del recitativo, de una propiedad impresionante, y magistral lección de canto elegíaco en “Al dolce guidami”, lleno de momentos felices, en particular un paso del pianissimo al forte escalofriante. Inolvidable la cadencia, donde la frescura del timbre podría haber hecho creer que estábamos escuchando a una cantante 25 años más joven. En definitiva, la esperada sublimación expresiva del estilo. Destacable la tercera canción de Verdi, L’Abbandonée, donde sostuvo la altísima tesitura con una clase insultante, y espectacular la cabaletta, con repetición, de I Lombardi. Devia se debió contagiar del entusiasmo del público, pues ofreció tres propinas de un nivel muy superior al programa. Una estrofa de “Addio del pasato”, cantada en un hilo de voz, de una contención enorme sólo rota en el si bemol agudo conclusivo. Dando un enorme salto expresivo, “Quando men vo”, donde estuvo casi chispeante. Y para cerrar, “Casta diva”. Si bien a Devia le falta rotundidad vocal para el personaje, ofreció una lección de canto italiano, con todas las virtudes apuntadas puestas al servicio de la melodía. Hipnóticas la línea exhibida, la claridad de los adornos, la perfecta articulación incluso en los momentos más comprometidos. En la cadencia, ligada con una amplitud de alientos pasmosa, la plateada voz evocó reflejos lunares. “Increíble, increíble”, murmuré en los últimos compases. Un recital, en resumen, planteado de un modo incomprensiblemente cicatero, que creció hasta convertirse en algo memorable. Acompañamiento compenetrado y servicial de Ida Iannuzzi.

El recital, cortesía de Radamès:
http://italianidad.crearforo.com/recital-mariella-devia-en-malaga-9-05-07-es3709.html

En estos días hemos sabido que el esposo de Mariella Devia ha fallecido. Desde aquí nuestro cariño y condolencias.

13/5/07

Vallée d’Obermann


Durante los años que pasó viajando con la Condesa d’Agoult por Europa, Liszt esbozó varios cuadernos de impresiones musicales que llamó Album d’un voyageur. Veinte años después, ya en 1855, las somete a revisión y publica dos colecciones, Suisse e Italie, tituladas Années de pèlerinage. La primera de ellas, Suiza, refleja las emociones sentidas en las inmensidades alpinas, y es muestra de la inquietud romántica por la relación entre hombre y Naturaleza. Aunque en no pocas de las piezas se roza lo meramente descriptivo, sí hay poesía en “Las Campanas de Ginebra” o “La Capilla de Guillermo Tell” y por encima de todas, en “El Valle de Obermann”. Además de las vivencias suizas, Liszt compuso bajo la impresión de la novela "Obermann", de Etiene Jeane Senancour. Por otro lado, en una ocasión comentó que el Valle imaginario de su inspiración no era otro que Fontainebleau. Pocas veces alcanzó el húngaro la profundidad de esta composición en tres secciones. La primera, interrogativa y angustiada, basada en frases descendentes, encuentra cierto alivio contemplativo en la segunda idea, una de la inspiraciones más felices del autor. Una tremenda crisis lleva a la inmarcesible recapitulación, que nos conduce hacia la necesaria catarsis. El final, sin embargo, escapa a las limitaciones del arquetípico triunfo romántico, persistiendo siempre una sombra de incertidumbre.


Acudimos a la interpretación de Vallée d’Obermann más grande jamás registrada, la que firmó Claudio Arrau en 1969. El pianista chileno encarnaba la tradición romántica del piano, ya que su maestro en Berlín, Martin Krause, fue alumno de Liszt. Un linaje incomparable si recordamos además que Liszt estudió con Czerny, discípulo de Beethoven.
La seriedad del fraseo de Arrau, que podía ser un punto excesiva en otros universos, hace plena justicia a las ineluctables cuestiones que plantea la primera parte. Su sonido, redondo, corpóreo pero nunca duro, hermosísimo, brilla en la delicadeza de los cristalinos arpegios que inician la última sección, dichos con la habitual liquidez de su registro agudo y una articulación que roza lo insuperable. Pero también en la enérgica sección central, con ese absoluto control de los diversos planos enfrentados, trinos y poderosas escalas, y la peroración conclusiva que, sobre un acompañamiento admirablemente sostenido, acumula más y más fuerza hasta el delirio.
Una versión que ha quedado grabada en mi inconsciente, hasta el punto de esperar, siempre que escucho el “Valle de Obermann” los matices, el sonido e incluso las respiraciones de Arrau.


(Publicada en FC como obra de la semana)

Partitura, cortesía de Scarbo.

7/5/07

Noches de Ópera: Aida

Vamos a empezar a escuchar una serie de grabaciones históricas de ópera con una Aida representada en el Teatro Colón de los años dorados (1968).

La joven Martina Arroyo poseía entonces una de las voces de soprano spinto más bellas que se hayan escuchado. La morbidez de la emisión y la calidez del timbre inevitablemente ofrecían una Aída resignada y angelical, en la línea de Leontyne Price. Con respecto a su ilustre antecesora, Arroyo ofrecía una dicción mucho más nítida, un fraseo más intencionado y un registro grave de mayor sonoridad (como se aprecia en “Ritorna vincitor!”) Además la variedad dinámica del registro agudo era asombrosa, desde los ensoñadores pp al comienzo y el final de “O patria mia”, hasta la plenitud squillante del Concertato del Acto II o las saetas, de un dorado metal vibrante, del dúo con Radamès. En todo el Acto III exhibe legato de alta escuela, destacando un “Fuggiam gli ardori inospiti” de agobiante belleza. Si añadimos a las sobresalientes cualidades referidas la expresividad natural de la cantante, entenderemos que su Aída no aparezca empequeñecida entre los monstruos que la acompañan.
En cuanto a Carlo Bergonzi, sin duda es una de sus mejores encarnaciones de Radamès. Personalmente considero que la cumbre en el personaje la marcó en la Aida del MET de 1963, oportunidad donde la perfección canora se traducía en emotividad por medio de la sublimación del estilo, algo así como el ideal del canto verdiano (1). Sin embargo, es comprensible que se pueda preferir ésta debido a la mayor generosidad del intérprete, que llega en ocasiones al desmelenamiento (dúo con Aída del Acto III, donde por fortuna Arroyo le da buena réplica) pero siempre dentro de los límites del buen gusto. En un día de gran voz, Bergonzi supera las dificultades que presenta el papel para una voz lírica, en particular en la escena con Amneris del Acto IV, con enorme inteligencia (canta a media voz de “Svanita ogni speranza, Sol bramo di morir” en lugar de forzar el grave) Desde el recitativo “Se quel guerrier io fossi!” resplandecen la perfecta scansione (articulación) del fraseo, la nobleza del acento, el concepto de un personaje siempre “bien cantado”. Por supuesto, su Radamès es el enamorado, el que cincela “Morir si pura e bella” y “O terra, addio”, más que el de “Io resto a te!”. El agudo, si bien nunca squillante, rinde con una apreciable eficacia (aunque el endemoniado si bemol conclusivo de “Celeste Aida” quede algo falto de mordiente).
En muchos aspectos el último barítono verdiano, Cornell MacNeil dio lo mejor de sí en el Colón durante una década de apariciones casi anuales. Haciendo malo el tópico que le retrata en temprana decadencia (debutó en 1951) para finales de los 60, luce una voz en imponente plenitud, sin apreciable presencia del temido vibrato amplio. El timbre, oscuro y rotundo en la zona grave, ya retrataba al hosco guerrero (“Morte invan cercai”) Sin embargo, Rigoletto por antonomasia, encontraba los expresivos (y taimados) acentos del padre en el gran dúo del Acto III (“Rivedrai le foreste imbalsamate”) Dueño de unos medios heroicos, asombra la expansión de “Dei faraoni tu sei la schiava” y el inmenso arco canoro (con un portamento felicísimo) de la conmovedora, inmarcesible “Pensa che un popolo vinto, straziato”. Uno de las más grandes interpretaciones de Amonasro jamás captadas.
Biserka Cvejic con un timbre quizá algo claro, pero lleno y brillante, destaca más en el registro agudo que en el grave. Una Amneris femenina y juvenil, menos temible de lo que se espera en el Acto III, pero bien cantada y más idiomática de lo que se podría suponer.
Nicola Rossi-Lemeni hace descender el nivel, sin impresionar especialmente ni como voz ni como acento.
Bartoletti regala una interpretación italianísima, con rallentandi y calderones, deja lucirse a los cantantes (en particular a Bergonzi), con los que canta y respira, pero sin sonoridades masivas. El nivel orquestal y coral alcanzado por los cuerpos estables del Colón es digno de destacarse.

Es una grabación que en su momento Mike Richter subió a OperaShare. Disfrutadla.

http://rapidshare.com/files/29779316/AIDA68.zip

(1) Comentarios aquí: http://estanochebarralibre.blogspot.com/2006/12/los-tenores-de-los-60-i.html y extractos aquí http://estanochebarralibre.blogspot.com/2007/02/1-ao-de-barra-libre-actualizaciones-de.html

30/4/07

Rachmaninov, Obras Completas IX: Canciones Opp. 21 y 26

La faceta de Rachmaninov como compositor de canciones es poco conocida más allá del famoso Vocalise, que por lo demás se suele escuchar en transcripciones para orquesta o solista. Sin embargo, la facilidad y el lirismo de su inspiración siempre evocaron la melodía vocal, por lo que necesariamente había de estar cómodo en el género. Tras algunas canciones de juventud, compone los primeros ciclos. Vamos a comenzar a escuchar los Opp. 21 y 26.

En general la escritura vocal de Rachmaninov es casi operística, destacando la dramaturgia de la Op. 21, nº 1, titulada Destino, con una narrativa que recuerda a Erlkönig sobre un acompañamiento que cita con claridad la Quinta de Bethoven. También hay algo de dúo de ópera en la cuarta del Op. 26, con el concurso de un barítono. El ciclo Op. 21 es más lírico, destacando las efusiones melódicas de las números 3, 9, 7 y 12, resplandecientes en la versión elegida, la de Elizabeth Söderström. Su timbre de soprano lírica pura se pliega a los numerosos recogimientos de la séptima, irradia luz y juventud en la nº5 del Op. 26 y embruja en la joya de esta colección (“Ante mi ventana”) de vagos ecos orientalizantes. La artista domina el idioma ruso, la dicción suena fluidísima y destaca el fervor del acento en las 4 y 14 del Op. 26. Acompaña el joven Ashkenazy, en la cima de su virtuosismo como se comprueba en muchas de las canciones, con una escritura compleja, en particular “No soy profeta” y “Suplico piedad!” También sabe encontrar la delicadeza de “La respuesta” y la variedad chopiniana de “Cristo se alza”, refrenando un toque que a menudo fue excesivamente metálico.

Grabaciones de 1975.

Songs op.21 (1902) - I. Destino
Songs op.21 (1902) - II. Ante una nueva tumba
Songs op.21 (1902) - III. Ocaso
Songs op.21 (1902) - IV. La respuesta
Songs op.21 (1902) - V. Lilas
Songs op.21 (1902) - VI. Soledad
Songs op.21 (1902) - VII. Qué belleza aquí
Songs op.21 (1902) - VIII. Al morir un pajarillo
Songs op.21 (1902) - IX. Melodia
Songs op.21 (1902) - X. Ante el icono
Songs op.21 (1902) - XI. No soy profeta
Songs op.21 (1902) - XII. Cómo duele el corazón

Songs op.26 (1906) - I. El Secreto del corazón
Songs op.26 (1906) - II.Un Dios vengativo se ha llevado todo
Songs op.26 (1906) - III.Tendremos reposo
Songs op.26 (1906) - IV. Dos despedidas
Songs op.26 (1906) - V. Amor mío, escapemos
Songs op.26 (1906) - VI.Cristo se alza
Songs op.26 (1906) - VII. A los niños
Songs op.26 (1906) - VIII. Suplico piedad!
Songs op.26 (1906) - IX. Solo otra vez
Songs op.26 (1906) - X. Ante mi ventana
Songs op.26 (1906) - XI. La fuente
Songs op.26 (1906) - XII. Noche de luto
Songs op.26 (1906) - XIII. Nos encontramos ayer
Songs op.26 (1906) - XIV. El anillo
Songs op.26 (1906) - XV. Todo perece

Disfrutadlas.

Op. 21

Op. 26

27/3/07

Rachmaninov Obras Completas VIII. El Caballero avaro

“El Caballero avaro”, la segunda ópera de Rachmaninov, se basa en un relato de Alexander Pushkin. Fue estrenada en el Bolshoi en 1906 bajo la dirección del propio autor.
Si en Francesca da Rimini la lujuria era el tema central, aquí el pecado del protagonista es la avaricia. El joven caballero Alberto lleva una vida de derroche y lujo que su padre, el Barón, se niega a seguir financiando. Como resultado, acumula deudas con un prestamista (judío, por supuesto) que le sugiere una solución para que Albert pueda disfrutar de las riquezas de su progenitor y él recuperar el empréstito: envenenar al anciano. Albert rechaza la idea y decide pedir auxilio al Duque, señor de la corte local.
En la segunda Escena, el Barón se extasía ante su fortuna, pero no puede reprimir la angustia que le produce la ida de morir y que su hijo la dilapide.
En la tercera Escena, el Duque acepta presionar al Barón a petición de Albert. Éste escucha escondido la conversación entre ambos nobles. El Barón defiende su derecho a mantener a salvo su fortuna de un hijo ladrón. En ese momento Albert aparece y se declara ultrajado: llama mentiroso a su padre, quien le desafía a un duelo, aceptándolo éste. El Duque expulsa a Albert de la corte; el corazón del Barón no puede resistir la situación y muere, reclamando no al hijo pródigo, sino las llaves de sus cofres de oro.

La partitura es sombría y opresiva, en particular el preludio de la primera escena. La única concesión al lujo orquestal se da al final del monólogo del Barón, en la reluciente evocación del oro.
Que la disfrutéis.

5/3/07

Opus Ultimum (II): La Séptima de Sibelius

La Séptima Sinfonía en do fue compuesta entre 1918 y 1924, empezando Sibelius a esbozarla al mismo tiempo que finalizaba la Sexta. Durante el proceso creativo, como presagiando la lógica de su propio discurso, el plan original sufrió numerosas metamorfosis. En efecto, el autor anotaba en su cuaderno de trabajo en 1918: “Séptima Sinfonía: joie de vivre y energía vital con ingredientes “Appasionata”. En tres movimientos – el último un Rondó Helénico”. Sin embargo, el resultado fue muy diferente de lo previsto, lo que motivó incluso que Sibelius no estuviera seguro de querer llamarlo “Sinfonía”, estrenándose en Estocolmo con el título de Fantasía Sinfónica.



La culminación de una carrera.

Al poco tiempo (de su estreno) se publicó ya con la denominación de Sinfonía nº 7, considerándose en la actualidad la culminación del ciclo y uno de sus logros absolutos. Sibelius nunca se enfrentó al problema sinfónico de la misma forma dos veces; a la retórica heroica de las dos primeras y el juvenil neoclasicismo de la Tercera, sucedió un nuevo rumbo tomado con obras como “Las Oceánidas” y la Quinta, que le alejaba cada vez más de su temprana exaltación romántica o el trágico hermetismo de la Cuarta. Nos dice Matthias Henke: “La tendencia a evitar lo grandilocuente y presentar, por así decirlo, nada más que una destilación de los motivos del discurso musical es llevada a sus últimos extremos en la Séptima”. En el Sibelius maduro es el material el que establece la forma, como se comprobaba en el primer tiempo de la Quinta Sinfonía; el potencial de una idea, sus posibilidades desarrolladas al máximo son lo que determina la arquitectura de la obra. Así pues, Sibelius esculpió desde dentro hacia fuera este monolito sonoro en un único movimiento, en el que se suceden numerosos cambios de tempo manejados magistralmente mediante enormes pasajes accelerando y rallentando. En cierta forma, es la realización de un ideal propuesto por el primer tiempo de la Quinta o el último de la Tercera, que no es ajeno a las propuestas de la Sonata en si menor de Liszt o la Cuarta Sinfonía de Schumann. Son más o menos reconocibles las reminiscencias del primer planteamiento en tres movimientos, pues se pueden distinguir tres desarrollos en arco, en cuyo clímax aparece un motivo en los trombones sometido a un proceso de ósmosis con los diferentes contextos. La ambigüedad de esta figura (una segunda descendente seguida de una cuarta ascendente) ha suscitado las habituales interpretaciones más o menos plásticas que se asocian a la música de Sibelius. No parece absurda la imagen del Sol iluminando un paisaje a lo largo de las distintas fases del día, pero no es necesaria para disfrutar de la obra. Este motivo es el que cohesiona la Sinfonía, al tiempo que parece proponer nuevos caminos, da pie a la introducción de ideas y actúa como vértice de las continuas variaciones de tempo.

Audición.

Sin el ánimo – inútil por otra parte – de diseccionar la Sinfonía, podemos ofrecer la siguiente guía de audición basada en notas de Harry Halbreich:
Adagio en tempo 3/2: Desde el material más básico en los timbales un acorde de la bemol menor detiene una frase ascendente de la cuerda grave, creando un efecto desconcertante, como si buscando la luz de repente nos envolviera la oscuridad. Pronto las maderas instauran do mayor con sus melismas, disipando así las sombras y anunciando el clima de serenidad Olímpica que preside la partitura. ("Parsifal finés", la llamó Koussevitzki) Una tierna y bellísima cantinela, armonizada en coral, se despliega en las cuerdas con una calma única entre la música del torturado S. XX. Como por afinidad, los instrumentos de viento se incorporan con creciente confianza y preparan la primera aparición del augusto motivo de los trombones, expuesto en toda su gloria. Tras una llamada de atención de la percusión, las maderas entonan una sutil melodía que no es ajena al mundo de onírico de Debussy. Los oboes alteran el tempo con sus frases (Un pochettino meno adagio) Hay algo sensualmente panteísta en esta primera transición, como si la Naturaleza se despertara perezosamente bajo las primeras luces, benévolas y maternales, del día. Sin embargo, no tarda en aparecer un carácter ominoso, casi mecánico, en lo que se suele considerar un primer Scherzo (violines y maderas, Affrettando al Vivacissimo) La segunda afirmación de los trombones (Poco rallentando al Adagio), teñida de la sombra breve pero profunda de la tonalidad de do menor, actuaría como sección secundaria del episodio. Sin darnos cuenta nos encontramos (Poco a poco meno lento) con un nuevo Scherzo (Allegro molto moderato) desarrollado en una pequeña forma sonata. En la melodía principal, optimista y robusta, se ha creído reconocer una canción de marineros. Los diálogos entre maderas, cuerda y timbales van animándose (Poco a poco meno moderato) hasta que se desencadena una stretta (Vivace-Presto) y los metales enuncian poderosas frases ascendentes preparando el momento de mayor emoción de la Sinfonía. Los trombones entonan su última peroración sobre un ostinato de las cuerdas que crece y asciende de tesitura hasta desbordarse (Poco a poco rallentando all’Adagio). Silencio. Retorno de la melodía debussyana, pero esta vez en un clímax colosal de los metales sobre frases entrecortadas, inquietantes, de la cuerda. La densidad de texturas del pasaje, su épica monumentalidad, son un extremo refinamiento del coral de la Quinta, pero también evocan el vaivén del oleaje de “Las Oceánidas”. Un fortissimo atronador cierra la transición y los violines divididos cantan en su extremo agudo (Largamente molto), momento de una intensidad paralizante, para finalmente entonar una sencilla cadencia (affettuoso) mientras la trompas, dulcemente, memorablemente, reflexionan sobre la frase principal de la Sinfonía. Como cerrando un círculo, las maderas intentan recordar sus primeras frases, allá por el comienzo de la jornada, pero la emoción ya no puede sostenerse, la plenitud se ha alcanzado, la belleza es inefable: apenas pueden balbucir fragmentos de melodía. ¿Qué más se puede esperar en este momento? Casi de la nada, aparece una progresión armónica del Valse Triste. ¿Es, pues, la muerte? ¿O sólo un ocaso, al que seguirá un nuevo día? Un descomunal pizzicato no permite reflexionar sobre ello e introduce una postrera demostración de poder, como si el Sol incendiara el firmamento al hundirse en el mar. Y la orquesta lanza un acorde de do mayor contra la noche estrellada.

Como comprobamos, una simetría orgánica preside la Sinfonía, en el fondo un enorme Adagio que aloja dos Scherzi. Su coherencia y su lógica, características que más admiraba el autor en el género sinfónico, son mucho mayores de lo que una primera audición deja imaginar. Sibelius pudo preguntarse qué le quedaba por hacer tras tal apoteosis. Una Octava Sinfonía fue probablemente más que esbozada pero de inmediato destruida. Sólo quedaban por delante la música incidental de La Tempestad y Tapiola, que complementa a la Séptima con la inexorabilidad con que la noche ha de seguir al día. Después… Silencio hasta el final.

Discografía sucinta.

La discografía de la Séptima es amplia, pero cinco registros dominan las referencias: Yevgeni Mravinski, Lorin Maazel, John Barbirolli, y los dos de Leonard Bernstein. Mravinski (en vivo, año 1965) es enormemente dramático, las secciones de cuerda tienen un gran relieve expresivo (escúchese la primera frase de la Sinfonía, o el alucinante fraseo de los violines en el Largamente molto). La continuidad del discurso no está reñida con la atención al detalle y las transiciones están traducidas con inexorable urgencia. Sería la versión definitiva de no ser por el particular sonido de los trombones de la Filarmónica de Leningrado, algo tremolantes en sus peroraciones. Es Maazel quien firma dicha versión soñada. La Filarmónica vienesa en sus manos se pliega a lo íntimo y camerístico del comienzo, pero también ofrece un sonido poderoso, con una claridad de planos absoluta en los momentos más complejos. Uno de los más grandes trabajos del director francés, permanece intocable por su dominio de los clímax, en particular del último, hasta ahora insuperado por la continuidad del canto de los metales sin ceder al tentador ostinato de los violines. A Barbirolli, que traza un Adagio cautivador, le fallan ligeramente los metales de la Hallé en ese punto (aunque el relieve de la sección de vientos en toda la partitura es de un colorido y una personalidad únicos; casi se percibe canto de pájaros en la stretta) Bernstein, en los años 80, afronta los pasajes capitales recreándose en su entusiasmo, por lo que oculta no pocos detalles en la apoteósica marea sonora de la Filarmónica de Viena. Hay varios excesos en las dinámicas a lo largo de la interpretación y no es raro que aparezca cierto énfasis fraseológico característico de sus últimos años. Una versión, como mucho de lo que grabó en su etapa europea, que retiene un atractivo irracional.
Vamos a escuchar una versión menos conocida de lo que debería, la que grabó el propio Leonard Bernstein más de veinte años antes con la New York Philharmonic Orchestra. El joven Lenny ofrece una Séptima repleta de esa joie de vivre en la que pensaba Sibelius, es una interpretación completamente positiva, en la que aun las zonas de sombra son acogedoras y cálidas. Una versión (como la de Barbirolli) de un romanticismo ingenuo y panteísta, con un sonido menos solemne y suntuoso que las anteriores (el registro vienés se inclina más hacia la sotisficación impresionista). De hecho el equilibrio entre maderas y cuerda, la transparencia de planos, el rigor en contar lo realmente importante, la ausencia de estruendos gratuitos, hacen pensar en el neoclasicismo de la Tercera (por ejemplo en los juegos entre percusión y vientos del primer Scherzo). Y todo con la fantasía y espontaneidad del primer Bernstein, que impregna de sensibilidad el Adagio inicial o propulsa la jubilosa stretta con enorme energía. No faltan momentos fragorosos, como el regreso del Adagio tras la última sección de los trombones o la potente ejecución del pizzicato poco antes del final.

Disfrutadla.

(Preparé este texto para la "Obra de la semana" que se propone en Foroclásico. Blog de la Obra de la semana.)

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Recordaremos a Jean Sibelius a lo largo de 2007, con ocasión del Cincuentenario de su muerte.

21/2/07

Luciano Pavarotti (VI): Apogeo vocal y triunfo (1/3)

Llegados a este punto, vamos a detenernos en una descripción de la voz y el arte de Pavarotti en el período de unos diez años que marcan su apogeo, cuando conquistó definitivamente una fama que ya no haría más que crecer. Sin duda en el posterior desbordamiento del fenómeno tuvo mucho que ver la maquinaria de la publicidad, pero el camino hacia el éxito lo cubrió durante años basándose en las cualidades de su voz. Voz sobre la que se ha hablado y exagerado tanto que tampoco han faltado los ataques injustificados e incluso las falsedades.


La voz

En los años que nos ocupan, la voz de Pavarotti correspondía a la de tenor lírico pleno. La tesitura cubría las dos octavas de tenor, desde el suficiente do2 hasta un sensacional re bemol4 (1). Por ello también se le ha clasificado como tenore acuto, para distinguirlo de otras voces líricas más cortas.
La seña de identidad de la voz siempre fue un timbre excepcional que podemos describir objetivamente, de acuerdo con las características que definen cualquier timbre, del siguiente modo: volumen medio, poco espesor, color claro y generoso mordiente o brillantez. El vibrato siempre estuvo bajo control y era muy natural. El tamaño de la voz era suficiente para un tenor lírico, si bien es cierto que fue un timbre más delgado, menos carnoso y corpóreo en el centro, que los de otros tenores líricos como di Stefano. Sin embargo, era un timbre lleno, de vibraciones diáfanas. La luminosidad, nunca dura ni cortante, sino esmaltada y redondeada, se desarrollaba plenamente hacia el agudo. La textura, resplandeciente y cristalina, pero sólida, recuerda a la de un diamante pulido por mano experta. A diferencia de otra voz brillante muy bella, la de Jussi Bjoerling, una nota de calor mediterráneo adornaba este timbre, dándole ese matiz humano personalísimo que le emparienta con Gigli, y cuyo disfrute ya pertenece a la experiencia de cada oyente. Recientemente, uno de nuestros mayores conocedores, Joaquín Martín de Sagarmínaga, publicó un artículo vindicatorio del tenor modenés que describía las sensaciones que le transmitió este timbre:

“La voz soleada de Luciano Pavarotti es como un bálsamo. Apacigua los ánimos, es medicina no prescrita. De hecho, hay enfermos de medio mundo que le escribían cartas agradecidas, como él mismo ha referido en alguna ocasión. Con esa voz, Pavarotti ha hecho cosas filosóficamente imposibles, como rebajar hasta límites casi nulos la tensión entre la realidad y el deseo. Casi sobra la palabra casi. Lo comprobé en Viena, en una Tosca suya con la Kabaivanska de nula decepción pese a la altitud impracticable de las expectativas. ¡Y yo que creía que sólo Celibidache podía lograr algo así! En su canto, Pavarotti ha hecho valer siempre la excelencia del timbre. Desde su muy lejano debut de Reggio Emilia, en 1961, con La Bohème, éste y no otro ha sido su principal valor de cambio. Lo cual es comprensible, ya que tiene un sello de los que sólo se estampan en la voz de un cantante cada bastantes lustros, y el próximo de la lista aún puede que llegue con retraso. Dicho timbre era la garantía de una organización vocal en extremo saludable, y también algo así como su anunciador.” (2)

En efecto, si bien el timbre era el sello del cantante, la organización vocal correspondía a los cánones, basándose en dos pilares fundamentales: Uno, la conexión entre el registro de pecho (do2-mi3) y el superior mediante la cobertura del sonido desde el misterioso passaggio (fa3-sol3); Segundo, la respiración diafragmática.

El sombreado (o cobertura) del sonido se realiza en el paladar y permite conducirlo hacia la máscara (los resonadores frontales) donde se enriquece y adquiere proyección. Ésta es la técnica impuesta por la propia naturaleza, pues a partir del fa3, los tenores no podrían cantar sin evitar que se abriera la voz de forma antimusical y dañina (3). Resultaban de esta corrección fonadora la homogeneidad total entre registros, y la ligereza, claridad y brillo de la emisión. El timbre además poseía squillo, esa rara cualidad punzante que permite que las voces traspasen orquestas y corran por el teatro con la facilidad de una trompeta. En este caso, más de una cualidad metálica (al estilo de Corelli o Merli), hay cierta coincidencia en hablar de un squillo cristalino.
Coronaba este instrumento un registro agudo óptimo, su otra carta de presentación, donde las cualidades tímbricas se magnificaban, adquiriendo su máximo volumen, esplendor y riqueza de armónicos, una belleza en suma que muy pocos tenores en la historia han poseído y menos dosificada con esa facilidad insultante. Facilidad que es producto de la unión de las excepcionales cualidades naturales y la técnica de proyección más ortodoxa. (4)

Estas cualidades “físicas” del timbre estaban sustentadas en un control sobresaliente de la respiración diafragmática, con amplios y sobre todo bien administrados fiati; la continuidad y regularidad del suministro de aire hacían innecesaria cualquier intervención de la garganta, que permancía abierta y relajada. Pavarotti sostiene que adquirió su técnica respiratoria definitiva de Joan Sutherland en 1965.

Es evidente que el timbre es algo natural, y por tanto no cabe otorgar mérito al cantante por él. Pero también es algo probado que un bello timbre puede contaminarse debido a la mala emisión, y que en el caso de Pavarotti hablamos de una voz pura, “sin gangas” ni apenas vicios. A veces aparecían sonidos abiertos en el centro, quizá buscando efectos expresivos imitados de di Stefano, o graves exagerados, pero en general siempre cuidó la cobertura del sonido en la zona alta, como elogió Rodolfo Celletti, y en estos años la ausencia de sonidos espurios (guturales o nasales) era casi absoluta. La cobertura del sonido y la buena práctica emisora del aire son por tanto las bases de la pureza de emisión pavarottiana.

Apoyado en esta solvencia de alientos, Pavarotti desplegaba un legato intachable, de una fluidez y precisión instrumental. Para el canto espianato, la melodía silábica y tendida (es decir, sin profución de adornos ni saltos interválicos grandes) del belcanto, además es imprescindible el matiz dinámico y la capacidad para colorear el timbre. Medias voces canónicas, quizá algo tendentes a clarear, se alternaban con filados y sfumature de belleza agobiante. La culminación de este magisterio era la messa di voce, el doble regulador para pasar del piano al forte y de vuelta al piano, un recurso tan valioso para el fraseo como espectacular de por sí. Más de una vez fue necesario que cantara bajo las órdenes de una inteligencia musical superior para que explotase todas sus capacidades en el apartado de las dinámicas.
El extremo contrario, el canto de agilidad, no era la especialidad del tenor, si bien demostró ser normalmente cuidadoso en la ejecución de las colorature, que nunca ensució con aspiraciones o golpes de glotis. Un experto como Gonzalo Badenes ha lamentado que Pavarotti no cantara papeles de tenor contraltino rossiniano, aunque el desarrollo de la voz durante estos años parece desmentir tal aseveración. Por otro lado, conviene señalar que la ejecución de trinos era más bien sustituida por un vibrato remarcado, seria carencia en este repertorio.

Esta fluidez, esta limpieza canora, redundaba en una dicción excelente, clara e incisiva, pues nunca buscó ensanchamientos artificiosos del centro, lo que le separó de la mayoría de los tenores carusianos de la anterior generación (y la suya). En la zona alta la cobertura del sonido ya citada equivale a redondeado de las vocales, sonando necesariamente la ‘a’ casi como una ‘o’, la ‘i’ como ‘ü’, la ‘e’ como la ‘eu’ francesa, etc, pero no las alteraba por comodidad. Las consonantes eran apuntadas con extremo cuidado, y apenas acariciaban las vocales. Estos hechos desmienten la inspiración juvenil en la dicción de di Stefano, siempre tendente a abrir las vocales y exagerar las consonantes. Por otro lado, la pronunciación italiana era intachable, sin rastro de los localismos que perjudicaron la dicción de Bergonzi, por ejemplo.

En resumen, por características del timbre y escuela de canto, estamos ante una voz emparentada con los tenori di grazia del S. XIX, y más en concreto con las voces argénteas de los Rubini, Nourrit, etc. Un tenor contraltino (lo que no equivale a ligero) que incorporó la emisión en la máscara en vez del mixto, permitiéndole cantar a plena voz las elevadas tesituras del belcanto. (5)

Podemos concluir que Pavarotti no es sólo un privilegiado por la naturaleza con un bello timbre (6) sino un cantante de la mejor escuela, plenamente entroncado con la gran tradición. No en vano, tras las primeras enseñanzas de Arrigo Pola, fundamentales para aprender la cobertura del pasaggio,fue Ettore Campogalliani quien completó su formación. De las clases de Campogalliani salieron Renata Tebaldi, Carlo Bergonzi, Mirella Freni y Renata Scotto.


El cantante y el actor


En su artículo “La pugna entre la voz y el arte” (7) Gonzalo Badenes ve a Pavarotti como un ejemplo equidistante entre Tito Schipa (aprovechamiento de una voz limitada) y di Stefano (despilfarro de una voz extraordinaria): “(…) Una voz excepcional, por calidad y extensión, dotada de un técnica en general correcta, pero guiada por una inteligencia musical un poco inmadura”. Se sintetiza así una conocida polémica sobre el cantante Luciano Pavarotti. No es que se deba dar crédito a esa especie propalada (a raíz de un comentario de Vittorio Gassmann) hace unos años sobre su analfabetismo musical: ¿Cómo iba entonces a hacer esa carrera? ¿Cómo iban a trabajar con un tenor lego los grandes directores de foso en los 60, cuando era un desconocido? ¿No habría naufragado a la primera en momentos complejos como el Acto I de La Bohème? No obstante, se ha reconocido cierta dificultad para aprender nuevos papeles, tarea para la que fue siempre imprescindible la ayuda de Magiera. Sin duda su formación fue básica, cuestión que suplió con un instinto sobresaliente. No fue Pavarotti una excepción en la habitual falta de rigor de los tenores italianos en la traducción de las partituras, siempre algo aproximada. Ello se debe a que ha sido un músico intuitivo antes que analítico, aunque no deja de sorprender el buen criterio y la moderación con que dosificaba sus medios desde muy joven; en una palabra, el estilo, independiente de los excesos habituales en los 50 y 60. El fraseo era espontáneo, fácil, pero siempre subordinado a la corrección canora, y se adaptaba con flexibilidad a los acentos del tenor belcantista: lo amoroso, lo doloroso, lo esperanzado, mas también lo noble e imperioso. En pocas palabras, el idealismo juvenil del héroe romántico quedaría totalmente retratado en el canto de Pavarotti a falta de los matices melancólicos e íntimos, que siempre estuvieron más alejados de sus coordenadas interpretativas. Esta dificultad para la introversión tiene su raíz en la mayor virtud del canto de Pavarotti, su espontaneidad, y la naturaleza expansiva y extrovertida de su arte. Ahí residía la limitación del intérprete, que necesitó la guía de una autoridad musical mayor para profundizar tanto en la partitura como en la caracterización vocal de sus personajes. (Por fortuna, esto sucedió bastantes veces) En estos años la lejanía, no sólo vocal, respecto del mundo de tensión sensual y pasiones enconadas del verismo era enorme (Rodolfo y Pinkerton los llevaba Pavarotti al terreno del tardorromanticismo) pero podemos explicar esta superficialidad musical y la falta de interiorización recordando el influjo de los intérpretes veristas, desde luego de Gigli y Caruso, pero muy en particular de Giuseppe di Stefano. En efecto, Pippo fue el paradigma del canto franco y comunicativo, volcado hacia el exterior, en el que los matices dinámicos, cuando no ignorados, no eran el fruto del análisis musical, sino un ejercicio de hedonismo y de seducción. Seducción y arrebato, aun a costa de la musicalidad o de la higiene vocal, fueron las divisas de di Stefano y han llegado ha representar para muchos el alfa y el omega del canto a la italiana, cuando no son más que aspectos parciales del mismo. Di Stefano fue menos inteligente que Gigli y, víctima de su propia sugestión, supeditó todo al deseo de fascinar. Pavarotti escapó a los efectos más destructivos de esa concepción sensual del canto, en parte por su propia estructura vocal, en parte por las buenas orientaciones de repertorio, pero en su arte subsistió una tendencia a la expresión cordial y expansiva, que comunicaba una ingenua joie de vivre, genuina pero ligeramente epidérmica.

Esto en cuanto a lo canoro. Pavarotti nunca fue un buen actor. De acuerdo con su estilo precarusiano, su interés se concentraba en la actuación vocal, algo por lo demás lógico en su repertorio natural de los 60 y primeros 70, el melodrama romántico (8). No obstante, leyendo las críticas de aquellos años, no encontramos reproches a su trabajo sobre el escenario. Con su peso aún bajo control, y en plena juventud, sus movimientos escénicos aún no estaban limitados y era plenamente participativo. Sin embargo, hay que recordar que en los 60 aún no había llegado ese predominio de lo visual sobre lo canoro que asola hoy el panorama operístico, y a un cantante se le juzgaba sobre todo por lo que era capaz de hacer con su voz. (Al menos en los países de tradición italiana) En palabras de Rodolfo Celletti: “¿Qué importa que el Rodolfo que tengo ante mis ojos tenga en realidad el físico de Colline? Nada más imprecar al “vecchio cabinetto ingannatore” nadie se fija ya en su complexión”. Sólo en lo que salía de su garganta.



(1) Leone Magiera nos cuenta que vocalizando llegaba a un “brillante mi bemol4”
(2) Boletín Diverdi del mes de Diciembre.
(3) Es la emisión que los italianos llaman con “gola aperta e suono coperto”. Hay que hacer notar que la apertura de la garganta permite el descenso de la laringe, lo que añade metal al timbre.
(4) y (5) Es totalmente falsa, por tanto, la creencia extendida entre unos pocos aficionados anglosajones despistados (se puede leer de todo en Internet) de que recurriera al falsettone en el agudo, algo que también se dijo de Kraus. Ambos cantantes compartieron un mismo concepto de fonación elevada, en la que la proyección predomina frente a la resonancia, aunque el caso del tenor canario fue aún más radical. El registro superior “enmascarado” nada tiene que ver con el falsettone. Es posible que la costumbre de escuchar a tenores de centros gruesos (a veces inflados) y oscuros, con tendencia a abrir el agudo, haya llevado a esta confusión. Pavarotti y Kraus representan la antítesis de ese modelo vocal, y en palabras de Rodolfo Celletti pueden describirse como tenores de timbres precarusianos y estilo antiverista.
(6) Imagen a la que él mismo, con su característica tendencia a la exageración, ha contribuido: “Dios besó mi garganta”
(7) Ritmo, Junio de 1987. Artículo bien planteado pero confuso en determinados aspectos, incluso en la redacción de ciertos pasajes. No obstante, hay conclusiones interesantes.
(8) “En realidad el gesticular en las piezas cerradas de la ópera italiana es nueve veces de cada diez una ocurrencia de registas idiotas o de intérpretes que quieren distraer al público de sus deficiencias como actores vocales” (Rodolfo Celletti)




Audiciones:

Pasamos a escuchar una selección de los recitales grabados entre 1968 y 1973, testimonio de una etapa oro de su voz.

El primer disco en solitario importante con la Decca fue un recital acompañado – de forma insípida – por Edgard Downes en 1968. En el programa, arias de Donizetti y el primer Verdi, la mayor parte de óperas que nunca llegó a cantar en vivo, aunque todas eran apropiadas para un tenor lírico. Preguntado por su compositor favorito, Pavarotti ha contestado: “A mi voz le gusta Donizetti”. La respuesta parece requerir la siguiente continuación: “Pero yo prefiero Puccini y Verdi”. Es de lamentar que Lucianone no tuviera la inquietud de profundizar en el corpus donizettiano y prefiriera adentrarse en el llamado gran repertorio romántico. El compositor de Bérgamo fue en cierta forma el padre del tenor lírico moderno, y casi todos sus papeles para esta cuerda son adecuados para una voz de las características de la de Pavarotti. En su mayoría son tenores cuya escritura no ejerce gran peso sobre el centro, incidiendo especialmente sobre el paso y permitiendo lucidos ascensos al agudo. Más sencilla, por tanto, que la virtuosa escritura florida rossiniana o la elevadísima tesitura de Bellini, pensada para el canto mixto en la zona aguda. Recordemos que papeles como Edgardo fueron caballo de batalla de Gilbert Duprez, inventor del do de pecho, que cambió para siempre la emisión del sonido en la zona aguda, a partir de entonces centrada en buscar la robustez metálica precisa para superar las orquestas cada vez más grandes (que finalmente se consiguió a través del pasaje, que enlaza el registro de pecho y el de cabeza de una forma que tiene poco que ver con lo que hacía Duprez)
La Favorita ha sido una ópera que Pavarotti frecuentó poco y con fortuna esquiva (como comprobaremos) Papel de tesitura extremadamente aguda, da ocasiones de lucimiento y la música que canta es muy bella, hasta el punto de gozar del respeto de Richard Wagner. Fernando canta en el último acto una de las arias más famosas del repertorio, “Favorita del re?... Spirto gentil”. Es ésta una de las mejores grabaciones del tenor desde el punto de vista vocal, a pesar una tendencia a abrir ligeramente el sonido, común a todo el disco, quizá producto de una imitación inconsciente de di Stefano. Contagiado por la pesadez de Downes (basta escuchar el solo de flauta) al resultado le falta un punto de vitalidad, aunque permite escuchar amplias frases apoyadas en un fiato inagotable. Toda la interpretación está adornada de espectaculares filados, como en el recitativo: “Del core amante”. En el aria, ejemplo de canto espianato bellamente ligado, mantiene sin embargo un mezzoforte algo monótono. Enlaza el “Ahimé” con el da capo admirablemente y culmina con un glorioso do agudo, atacado con una precisión pasmosa, diríamos que instrumental. La cadencia, no demasiado refinada, incluye un si natural agudo expandido con generosidad y valentía, y un nuevo filado – hasta el exceso – en “Larve d’amor”.
Las arias de Don Sebastiano e Il Duca d’Alba, son dos favoritas de los tenores desde que las grabó Enrico Caruso, a pesar de que estas óperas sigan siendo dos completas desconocidas. Ambas interpretaciones están lastradas por un tempo algo lento. En “Deserto in terra”, hay alardes de fiato como “Ah! Che nol poss’io”, el paso por el agudo al comienzo del da capo o el brillante do agudo en “Fin la speranza”. En la cadencia canta un nuevo do agudo algo claro, pero el do#4 es espectacular.
“Angelo casto e bel”, con un recitativo que debe algo al de Edgardo, quizá exija un tenor más robusto que Pavarotti en ese momento. En cierta forma, se limita a ligar larguísimas frases sin preocuparse de mucho más. Además, hay dudas en la emisión de los agudos, que aparecen apremiantes, incluso algún sonido sobre el paso no suena liberado (“Di questa cara il core”) Mejor el si bemol con el que concluye la página.

Aunque muestran un esplendor vocal indudable, escucharemos versiones más interesantes de las arias de Lucia di Lammermoor, Luisa Miller, MacBeth y Un ballo in maschera. En cambio la de I due Foscari, la poética “Dal più remoto esilio” con ese sugestivo solo de clarinete, es bellísima. Expresión trémula en el recitativo, y luminoso saludo a la Serenísima: “Regina dell’onde”. Algunos graves algo exagerados, contrastan con la facilidad del registro agudo. La cadencia es una nueva muestra magistral de legato, deslizándose la voz con una naturalidad asombrosa hasta el si bemol agudo (“Quasi spariam per me”)

En 1969, el título “Primo Tenore”, se grabó una antología de arias bajo, la mayoría de ellas fuera de su repertorio de entonces. Colaboraron en la tarea Leone Magiera y Nicola Rescigno. Magiera era por aquellos años el marido de Mirella Freni y fue para ambos más que un acompañante, en el caso de Pavarotti indispensable para preparar nuevos papeles (1) desde su mismísimo debut profesional en La Bohème.
Quintaesencia del aria de tenor, “Cielo e mar” de La Gioconda, recibe una interpretación magistral, al borde de lo insuperable (una de las muchas que nos ha dejado de esta página) Bellas sfumature (2) en las primeras frases, que trasmiten todo el anhelo del príncipe marinero. Fascinante el brillo de “Vi conquide, o sogni d’or”, aunque se echa de menos un diminuendo al final de la frase. Quizá habría convenido mayor mesura en el grave (“Coll’anelito nel cor, Vieni, o donna…”) pero no hay cambios de resonancia objetables. En cambio se acerca a la perfección el ataque al si bemol agudo sobre “Bacio”, timbradísimo y resplandeciente. Es la voz del héroe romántico la que se escucha en los últimos compases (“Sì, dell’amor!) Nuevo ascenso – radiante – al si bemol mediante el portamento que la tradición ha impuesto.
"A te, o cara”, el aria de salida de Arturo de I Puritani, es ejemplo de lo apuntado sobre la suprema estilización de la escritura belliniana. Alta y muy ornamentada, para la voz de Pavarotti suponía una exploración de sus límites. Curiosamente, los ataques al la bemol clarean, sin terminar de campanear. La segunda sección muestra un fulgurante ataque al do# agudo, squillante y cuajado de armónicos, que lo revisten de un esmalte único que era marca de la casa. Bellos filados al final de cada estrofa, y un nuevo agudo, algo fuera de lugar, en la segunda. Las frases del concertante conclusivo exhiben un fiato excepcional (“A tanto amor!”) Le acompaña la ligera Elvira de Arleen Auger.
Capricho de tenores desde que la grabara Gigli, “Io conosco un giardino” de la opereta Maristella de Petrucci, es ideal para un tenor lírico de canto extrovertido. Una interpretación a la que sólo se le podría haber pedir un filado sobre “L’estate e il verno in fior”, para ser el acabóse. De nuevo, algún sonido poco natural en el grave (“Io ti porto a quel nido, e t’offro un bel cuscino”) Arrebatador el fraseo de “Di piummerelle d’oro e di baci t’infioro la bocca” y un si bemol agudo soleado como una mañana de verano para concluir.

El verismo (en el que no encuadramos al Puccini de Bohéme o Butterfly) es un género que fue un tanto ajeno a los modos de Pavarotti, pero era inevitable que se acercara a él ocasionalmente al menos en disco. L’Arlesiana de Ciléa representa la vertiente más refinada de la Giovane Scuola y “È la solita storia” es la única página de esta ópera que sigue en el repertorio. La melancolía era un mundo expresivo un tanto alejado del intérprete Pavarotti, que ve esta página como una evocación lírica. En “Anch’io vorrei dormir così” no encontramos el terciopelo de un di Stefano, pero está acariciador en “Vorrei poter tutto scordar”, aunque debería haber llegado al pianissimo. Cautiva la mezzavoce de “Il dolce sembiante”. Como curiosidad, hacemos notar que es la única grabación disponible donde canta el texto correcto de la segunda estrofa, pues en todos los registros tomados en vivo lo mezcla con la primera. No canta el si natural que Beniamino Gigli sugirió al autor y que le habría otorgado algo más de emoción al final, notablemente ayuno de auténtico desgarro.
Con las escenas de Il Trovatore y Guglielmo Tell, entramos en terreno de la leyenda, tal es el estatus que estas grabaciones han alcanzado con los años. Arnoldo es un papel evidentemente ajeno a la vocalidad de Pavarotti, pues principalmente por su duración, con las condiciones de afinación, orquestas y teatros del S.XX en adelante, sólo está al alcance de un tenor heroico. Años después lo grabaría íntegramente, pero con razón se abstuvo de cantarlo en vivo. “O muto asil del pianto” sí es un aria que pide un tenor lírico robusto, pues la escritura es eminentemente central con ascensos al agudo. Nada que ver con los demás personajes rossinianos de esta cuerda, ya sean contraltinos o baritenores. Comprobamos la limpieza con que supera los saltos de octava (sfogato podría ser otra forma de caracterizar a Arnoldo) y la difícil sección central (“Invan egli non m’de più, Fuggir quel tetto io bramo!”) La voz campanea libremente en un momento donde se enlazan las dos vocales más difíciles (“Che caro un dì-un dì mi fu”) y casi podemos percibir que su garganta se abre como si fuera un cañón en las últimas frases (“Oggi fatal”) y el si natural de la cadencia. Sobresaliente el regulador de mezzoforte a pianissimo para concluir. La cabaletta “Corriam, voliam!” impone exigencias casi imposibles de resolver, por lo que se suele abreviar cuando se representa la ópera. Al respetar la repetición, se ha de cantar do agudo hasta siete veces, en dos de ellas apenas rozándolo (“E Guglielmo non morrà!”) Esta versión aúna nobleza de fraseo y bravura (“Il sentier additarvi saprò!”), que es la esencia de un papel heroico pero profundamente ligado al belcanto italiano. Hay un par de cortes en la stretta donde los do4 suenan un poco apremiantes, pero es pasmosa la firmeza del último, sostenido espectacularmente durante varios compases (“All’armi!”) Ignoramos cuántas tomas fueron necesarias para realizar la grabación, pero el resultado es casi insuperable.
La Escena de Manrico raya a similar altura. Pavarotti interpretaba al personaje, de acuerdo con las características de su voz, como un descendiente de Edgardo. Conviene aclarar que siempre se ha enfrentado a los papeles de esa forma, sin buscar una voz que no tenía; simplemente dando lo mejor de su patrimonio vocal y técnico, fuera o no suficiente. Eso habla de honestidad vocal. Seguía así los pasos de Jussi Björling y Carlo Bergonzi en el conflictivo papel del Trovador, poniendo de relevancia sus raíces belcantistas que aún están en equilibrio con el indudable empuje que exige. Es evidente que un tenor lírico puro encontrará dificultades con muchas partes de la partitura, aunque el hecho de que percibamos como ligero el instrumento de Pavarotti en esta página tiene que ver también con la costumbre de escuchar a los Corelli, Tucker o Filippeschi. Muy bello el recitativo, con diminuendo para cerrar. El aria, a un tempo más lento de lo debido, parece algo falta de robustez, pero es un buen acercamiento elegíaco, con acentos delicados (“Fra quelle estremi aneliti”). No emite los trinos, más bien suelta ligeramente el vibrato, tampoco brilla especialmente el agudo interpolado (con nota de apoyo) y en la cadencia tiene algo de prisa. La cabaletta recibe una interpretación noble, con esa dicción modélica, firme pero nada enfática. En los calderones tradicionales se permite exhibir fiato. En el debe, que se come semicorcheas en todos los grupos que son característicos de la página. Soberbio el do agudo de la repetición, pletórico de squillo, uno de los mejores que grabó. En la stretta ataca con dispendio los nuevos does del cierre, sostenidos hasta el último acorde de la orquesta, algo que forma parte de las grandes proezas de la ópera grabada.

En 1973 se publicó “The World’s Favourite Tenor Arias” con grabaciones realizadas de forma paralela a la serie de óperas con los Bonynge. Disco, por cierto, premiado por la Academie Nationale du Disque Lyrique parisina y muy apreciado por Rodolfo Celletti, quien elogia especialmente los ejemplos de Aida y Carmen.
El Ernesto de Don Pasquale no estimuló al divo, que nunca llegó a cantarlo en vivo. Es de lamentar, pues podría haber sido la alternativa espontánea al exquisito retrato de Alfredo Kraus. Aún peor es que sólo grabara la Serenata, olvidándose de “Cercherò lontana terra”. Sin embargo, podemos disfrutar de esta radiante y encantadora lectura de ‘Com’è gentil’, donde el legato del cantante se acerca a la perfección con una naturalidad tal que apenas nos damos cuenta de que está cantando. Un violonchelo con voz de tenor que se desliza por las notas acariciándolas. Bellas medias voces, en particular “Del rio le murmure”. Muy gracioso en la queja “Mira, crudel, mi vuoi veder morir?”, resaltando el aspecto cómico de la situación, que es una farsa pero también una declaración de amor. Es anecdótico, pero el portamento que usa para subir al agudo al final de cada parte (“No, no potraai”) nos recuerda a los cantantes de rancheras. Pocos tenores han rivalizado con el Pavarotti de aquellos años en belleza del registro agudo, aquí resplandeciente.

Otra ópera que la Decca pudo haber recuperado con la pareja Pavarotti-Sutherland fue Martha de Flotow, de la que escuchamos la inevitable “M’apparì”. Cautivadores el lirismo del fraseo y esa morbidezza en la emisión, que nos mima los oídos. Liga con gusto “È strazia il cor” con el da capo. Si sobre las palabras “Ansioso a lei volò” en la primera parte la inflexión era de ternura, aquí cambia completamente y se hace enérgica. Encontramos un squillante la natural y un si bemol impecable (sobre las vocales más difíciles, las cerradas “u” e “i”) para concluir.

En esta “E lucevan le stelle” planea la sombra de Giuseppe di Stefano. Las primeras frases en sotto voce, tienen un magnetismo especial al que puede no ser ajeno la abertura de la emisión. El cantante se recrea en los pasajes líricos, absoluto dominador de las medias voces sobre el passaggio (“O dolci baci, o languide carezze”) y sigue de cerca al modelo en el filado de “Disciogliea dai veli”. Nuevos sonidos abiertos no empañan un ascenso valiente al la natural, mientras se percibe la búsqueda de sonidos espurios en la peligrosa frase del final. El mundo de agresiva sensualidad de Tosca estaba apartado de la vocalidad y los modos del modenés, aunque unos años después el papel de Cavaradossi adquiriría una importancia grande en su carrera.

Aida aún tardaría 10 años en aparecer en el repertorio de Pavarotti, y es evidente que en 1971 la voz era ligera para el papel de Radamès, lo cual se percibe en varios momentos de “Celeste Aida”, aria que incide particularmente en la octava grave. La claridad de la dicción y las vibraciones argénteas del timbre le permiten superar el heroico recitativo. Lleva con inteligencia el aria a su terreno, ofreciendo una interpretación ensoñadora, “eseguita a regola d’arte”, según Celletti. Como Bergonzi, se ayuda de pequeños portamenti para asegurar la cobertura del sonido en los finales de verso (do3-fa3) Bella sfumatura sobre “Luce e fior”, con un pequeño rallentando de efecto mágico, y muy bien ligado el da capo. La voz pierde metal en los ascensos al si bemol agudo, en particular el segundo, como resultado de la incomodidad del canto en la zona media-grave. No obstante, magnífico cierre, atacando el luminoso sib – sin el fiato extra habitual – en forte y dejando morir el sonido poco a poco. Es decir, muy cerca de lo pedido por Verdi. Añadió así su nombre a la pequeña lista de tenores que han logrado esta proeza: Corelli, Bergonzi o Roswaenge.

Aparte de “La Fille du régiment”, sólo hay dos registros del tenor de Módena cantando en francés, pues la Manon de Massenet estuvo en su repertorio en la versión italiana. Don José (Carmen) es un personaje ajeno a su arte desde cualquier punto de vista, con la excepción del Aria de la Flor, que es una página de línea belcantista. Podemos decir que muy pocos tenores le han hecho justicia como en esta grabación, porque además la discreta pronunciación francesa pasa a un segundo plano. Exquisita media voz al comienzo, que está escrito sobre el paso, lo cual hace que tantos tenores patinen desde la primera nota. La expresión es ensimismada y férvida, nada que ver con el extemporáneo verismo de ciertos intérpretes. Delicadísimo adorno en “Je te voyer”, tras pasar por el la bemol agudo. En este caso no respeta la indicación de apianar el si bemol3, aquí soleado y generoso. Trémula conclusión, adornada además con la sfumatura que practica sobre el “Je t’aime”.
En la gran aria de Faust aun raya a más alto en todos los aspectos, resultando uno de sus registros más deslumbrantes. La voz es una caricia de terciopelo en el recitativo, magnífico el crescendo de “Je sens l'amour s'emparer de mon être!” y fraseado con fervor (“à tes pieds me voici!”). De nuevo embruja la fluidez con que liga las frases de “Salut! Demeure”, embellecida con varias sfumature (“Que de richesse en cette pauvreté!”) Los acentos son más viriles en la sección central (“Enveloppant som âme?”) con cierto cambio de color en el difícil salto de “Tu fis avec amour” (si2-la3). Es destacable la modulación en “C’est là!”, de nuevo hacia acentuaciones más íntimas. En el da capo, escuchamos a un Faust casi transfigurado por el amor (“Salut! Salut!”) y en pleno éxtasis al atacar el do agudo, simplemente uno de los más bellos y redondos jamás grabados. Bellas frases para terminar con un curioso trémolo en el diminuendo del cierre.

Disfrutadlo: es oro puro.

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(1) Leone Magiera conoció a Luciano Pavarotti en 1955, cuando éste acudió a pedirle su opinión sobre las posibilidades que tenía de dedicarse profesionalmente a la música. Tras acompañarle en la escena de Edgardo, Magiera, impresionado, le animó: “Amigo, manda los seguros al diablo y hazte tenor”
(2) Breve diminuendo el que el sonido se difumina, normalmente al final de frase.







1 AÑO DE BARRA LIBRE: ACTUALIZACIONES DE DESCARGAS

Se cumple un año de la apertura de este espacio. Aprovecho para agradecer a todos cuantos se han pasado por aquí su interés.
Esta semana procuraré actualizar la mayor parte de los enlaces publicados para celebrar este primer año de vida.
Especial Pedro Lavirgen: http://www.megaupload.com/?d=OJA6IQ0N
Baladas de Brahms por Benedetti-Michelangeli: http://www.megaupload.com/?d=RPFA2XDU
La Bohème de Karajan: http://www.megaupload.com/?d=GNZN5QH2 y http://www.megaupload.com/?d=HEBJGD31
Audiciones de Pavarotti (1961-1967): http://www.megaupload.com/?d=WM2YRP4Y y
http://www.megaupload.com/?d=V9FYFDJG
Pour mon âme por Pavarotti: http://www.megaupload.com/?d=6FB2Y60F
Rusalka y Thaïs por Fleming: http://www.megaupload.com/?d=ABQ8IN5K

Tenores de los 60:
http://www.megaupload.com/?d=OA0CRWC6 (Bergonzi y Corelli)
http://www.megaupload.com/?d=2S993GEW (Raimondi y di Stefano)
http://www.megaupload.com/?d=9PCTXPJM (Tucker y Vickers)
http://www.megaupload.com/?d=PN4YL7J9 (Gedda y del Monaco: incluso el "Esultate!" que faltaba en el enlace original)




Un saludos a todos.

6/2/07

50 años de la muerte del Maestrissimo

"Toscanini dirige una obra no sólo como dice la partitura, sino como el compositor la había imaginado, aunque su mano hubiera fallado al escribir lo que estaba tan claro en su mente" (Giacomo Puccini)
El pasado 16 de enero se conmemoraron los 50 años de la desaparición de Arturo Toscanini. Convertida en leyenda, su figura empieza a superar las encontradas querellas entre partidarios y detractores.
La continua revisión de su enorme legado discográfico - la práctica totalidad de sus conciertos era grabada - hace ya imposible sostener las tradicionales acusaciones de inhumanidad y baja calidad artística de sus interpretaciones (si no es con evidentes mala fe y obcecación). La polémica entre interpretación subjetiva y la fidelidad al texto se ha suavizado, y hoy Toscanini nos parece un director mucho más personal que la mayoría de los actuales, y sus enfoques tan válidos como los de Furtwängler. Los reproches de sus rivales germanos, quizá irritados por la prominencia de aquel pequeño italiano, o las boutades de Celibidache ("Una fábrica de notas"), han quedado reducidas a lo anecdótico.
Personalmente, he superado recientemente mis prejucios hacia Toscanini (inculcados por las lecturas de ciertos papones de la crítica nacional) y disfruto mucho de su estilo urgente, inexorable y enérgico.
Escuchemos esta extraordinaria versión de la 9ª Sinfonía en mi menor de Antonín Dvorák. Lo fragoroso del discurso (no faltan pequeñas pifias) no impide apreciar la arquitectura de la obra, que en manos de Toscanini adquiere una solidez y un rigor brahmsianos. Especialmente apasionantes las codas de los tiempos primero y cuarto, donde el genio del Maestro se manifiesta con una fiereza telúrica.
Acompañan a esta "Sinfonía del Nuevo Mundo" una intensa "Manfred" de Schumann y el "Passo a sei" de Guglielmo Tell.
Grabación del 24 de enero de 1953.
Disfrutadla.