26/11/09

Noches de Ópera: "Roberto Devereux" y la soprano absoluta


Recientemente una inquieta forera me llamó la atención sobre la existencia de este libro: "The Assoluta Voice in Opera", de Geoffrey S. Riggs (McFarland and Company, 2003) Se trata de un estudio sobre un tipo de voz que dominó la creación operística del primer romanticismo: la de soprano dramática de agilidad. Riggs se centra en el período de 1797 a 1847 y dedica nueve capítulos a otros tantos papeles (1) que considera que reúnen las máximas exigencias de la cuerda: escritura de agilidad muy elaborada, extensión mínima desde el si agudo al sib grave y carácter heroico, incluyendo el del acompañamiento. Entre los analizados en profundidad destaca por la dificultad extrema la protagonista de "Roberto Devereux" de Donizetti. La creadora del papel, Giuseppina Ronzi de Begnis (1800-1853) alternaba en su repertorio papeles como Norma y Bolena con el Romeo de Bellini, lo cual nos recuerda el origen de la soprano sfogato como extensión de la tesitura superior de la contralto. Esto explica la diabólica contraposición de ambos extremos de la que hace uso el papel. Tras la retirada de Maria Callas puede decirse que se perdió la posibilidad de asignarlo a una voz que reuniera todas las condiciones necesarias, sobre todo en lo relativo al registro inferior. Sin embargo Leyla Gencer fue capaz de iniciar la recuperación de la ópera para el repertorio, secundada inmediatamente por Beverly Sills y Montserrat Caballé, quien posiblemente fue quien más acercó a una interpretación sin fisuras. Debutó en el papel en 1965 y entre los registros que se conservan de su Elisabetta destaca el de esta función del Liceo de Barcelona de 1968. En el ápice absoluto de sus facultades Caballé exhibe un timbre de belleza casi paradisíaca, iridiscente, tornasolado y capaz incluso de producir squillo en la zona aguda, algo que no siempre fue una de sus características. Contradiciendo el tópico (tantas otras veces confirmado) su dicción es nítida incluso en tesituras incómodas, pero particularmente en los recitativos y en los enfáticos pasajes de canto declamatorio que constituyen el núcleo dramático de la ópera. El personaje creado adquiere una dimensión trágica, igualmente admirable en la cantinela elegíaca - su especialidad- la explosión dramática (donde se supera a sí misma) y los pasajes de agilidad: es decir, lo que se entiende que define a la soprano absoluta. Entramos en detalles a continuación siguiendo la guía de Riggs, aunque en su caso la interpretación que analiza es la de 1977 en Aix-en-Provence (conservada en vídeo).

Con la voz fría, su primer recitativo le plantea algún problema y se escuchan inflexiones de una glotis rebelde ("Ma d'altra colpa"). Sin embargo la temible frase "O quanta non sarebbe la mia vendetta" está magníficamente expuesta, con solidez en ambos extremos. Esta escritura es arquetípica de la soprano dramática belcantista y se reconoce en una versión aun más extrema en el recitativo de Abigaille ("Sdegno fatale"). La cavatina "L'amor suo mi fe'beata" por el contrario exige la máxima pureza para expresar la nostalgia de la felicidad pasada. Caballé asombra por la finura con que liga el inicio de "Le delizie della vita" en un hilo de voz angelical y extático. En la repetición de esta frase, reproduce con nitidez (un nuevo tópico desmentido) los tres trinos previstos en alturas desiguales. La cadencia es pura filigrana, con un sib agudo en un irreal pianissimo. La cabaletta "Ah! Ritorna qual ti spero" marca el límite superior de la tesitura del papel con seis ataques escritos al do agudo. Se ha señalado la equivalencia entre esta página y la correspondiente de Norma. Los agudos suenan fáciles y timbrados, tanto los pichettati como los desplegados, las escalas y volatas surgen con pasmosa precisión y en los adornos del da capo son sobrios pero sugieren perfectamente esa ilusión renovada de Elisabetta en la fidelidad de Roberto. En esta escena, en definitiva, Caballé canta con el virtuosismo de una soprano de agilidad pero sin derivar en lo caprichoso. Se sostiene el interés en la escena (recitativo) con Devereux: al comienzo el tono mantiene cierta compostura, pero al rememorar los días felices ("Allora i giorni miei scorrean soavi") se torna evocador (finísimo filado en "O rimembranza"). En este clima se inicia un cantabile ("Un tenero core") que nuevamente expresa el lado amoroso de la Reina mediante un canto ensoñador en una tesitura elevada ("Un sogno, un amore"). Al no responder Devereux a las demandas de Elisabetta, ésta se enerva y lanza "Un lampo, un lampo orribile", que es el primer solo de coloratura heroica. La escritura es elaborada y rítmicamente agitadísima e incide en la zona de los primeros agudos. Esto penaliza a las voces de lírico ligera, pero en este caso el timbre se mantiene punzante y pleno.

La vocalità dramática de la Reina se desarrolla plenamente en el segundo Acto, el más temible para la soprano. En la escena inicial se exige el primer descenso al grave dentro de un tono declamatorio ("Ho mille furie in petto"). Ésta era la zona menos sólida de la voz de Caballé, pero en 1968 de alguna forma accedía a ella sin caer en el registro de pecho puro (2). En el solemne larghetto con Nottingham (un nasal Cappuccilli) la soprano busca de forma algo forzada la densidad que exige esta tesitura, hecha a medida de Ronzi de Begnis. La segunda sección ("Taci: pietade o grazia") alterna los descensos al do con nueva coloratura di forza en la zona de paso al agudo: Caballé resuelve esta escritura di sbalzo sin desigualdades y corona el dúo con un magnífico agudo.
La escena de la condena es seguramente el punto de mayor valor de la ópera - una obra maestra - y la de mayores dificultades para la soprano. Entra Roberto y es recibido con un nuevo recitativo de gran aresividad ("Ecco l'indegno"): sigue la explosión de furia de "Un perfido, un vile, un mentitore", página de agilidad de clara inspiración rossiniana. Caballé ataca las notas agudas con bravura pero las escalas descendentes quizá sean un poco ligeras y hubieran precisado ser marcadas con más nitidez. A continuación Elisabetta lanza un Largo majestuoso ("Alma infida, ingrato core") que hace el uso más exigente del registro inferior, descendiendo al do y aun al si natural y el sib graves (dos veces). Escuchamos una realización magistral de la imposible frase "dal tremendo ottavo Enrico": tras un espléndido sib agudo el descenso de dos octavas al sib grave es seguro y sonoro. Caballé llega aun más lejos en la doliente "scender vivo nel sepolcro, tu dovevi, o traditor": la acentuación hondamente patética, el uso del rubato, la dicción mordiente del texto, todo unido a un legato estupendo, son una sublimación musical de los sentimientos de un personaje que, aun desgarrándose por el dolor y la rabia, no puede dejar de ser áulico. Un mundo de estilización que sólo se abre a los grandes intérpretes del Belcanto. Una vez incorporados al trío Nottingham y Essex, la línea vocal de la soprano culmina con un heroico do agudo: Caballé sobrevuela con pasmosa belleza el conjunto, además sobre una orquesta cada vez más sonora.
En la escena posterior se muestra menos contenida en sus imprecaciones, con unos “Parla!” un tanto abiertos. Al leer la condena además se dejan oír varios golpes de glotis (un vicio en el que incurrirá cada vez más a lo largo de su carrera). Sin embargo en “Va, va la morte” la tormenta de energía liberada está bajo control. La tesitura se centra en el pasaje (hasta trece veces se canta la agudo) y de nuevo la capacidad para dominar el conjunto se pone de manifiesto hasta la arrogante nota final (sib agudo).

Como señala Riggs, hay que admirar la sabiduría de Donizetti para caracterizar a un personaje de sentimientos patéticos (el amor reprimido y la venganza) que conserva su majestuosa terribilità pública. La extrema dificultad de la escritura tiene un sentido dramático: es un punto en el que la furia de Isabel ya no tiene retorno. En consecuencia, en la escena final las dificultades se moderan ligeramente, como se modera la expresión dramática. Así, en el recitativo “E Sara in questi orribili momento”) la Reina se muestra dispuesta a perdonar (“Il foco è spento del mio furor...) y finalmente renuncia a su propia felicidad. El solo “Vivi, ingrato” es una bellísima efusión lírica, una especie de catarsis. Quizá por cansancio, Caballé está por debajo de lo esperado en un aria donde la pureza vocal debe ser máxima. Además de usar el portamento con arrastre ("a-lei") roza el primer "m'abbandona" y al atacar el filado de "sospirar" resulta un poco imprecisa. En "Ah! si celi questo pianto" hay un par de inflexiones glóticas. Los graves en el centro de la memorable "ah! non sia chi dica in terra: la regina d'Inghilterra" suenan forzados. Al situarse la línea vocal en una zona más elevada la cantante se acomoda y por fin da la medida de su clase (dos filados sobre sendos síes agudos que son puro cristal). Llega la noticia de que no ha podido evitarse la muerte de Essex y de nuevo la desesperanza toma forma musical. En la cabaletta final se recupera la escritura con alternancia de registros, continuas subidas di forza al agudo y nerviosos pasajes de coloratura al final de cada estrofa ("ei solo perdono"). Las frases de este Maestoso tienen una amplitud tremenda: en el da capo, "Dov'era il mio trono s'innalza una tomba... In quella discendo... fu schiusa per me" se pide en un solo aliento (en total siete compases: Caballé hace pausas). El dominio de las asperezas es imponente y la única fractura seria se escucha tras el primer si4 en ff ("conceder potrà") al abrirse el sonido del ataque a "volgetevi a Dio". Por si fuera poco, se trata de una doble cabaletta; Isabel exclama: "Non regno, non vivo" y se repite la música con distinto texto. Este esquema exige del intérprete que introduzca variaciones en la repetición,algo no sólo destinado al lucimiento sino a la acentuación de las nuevas palabras. Aparte de la estupenda media voz con que la ataca, Caballé ignora este procedimiento pero se muestra aun más segura que en la primera secuencia y corona como se merece una de las grandes actuaciones de su carrera (para no quitarnos el buen sabor de boca, ignoraremos los horribles gimoteos durante la coda orquestal). En ese momento, en la fructífera competición establecida con Sutherland, Gencer y Sills, Caballé demostraba poseer las mayores cualidades (vocales, musicales y dramáticas) para ser considerada la sucesora de María Callas. Así de simple.


El resto del reparto sólo estuvo parcialmente a la altura de las circunstancias. En 1968 ya no era de recibo seguir cantando Donizetti como Bernabé Martí. La voz era sólida y amplia y el agudo más que desahogado, pero su emisión nasal y estentórea tenía poco que ver con el belcanto. Su interpretación está instalada en el rango forte durante casi toda la partitura, la recitación brilla por su ausencia y el legato es precario (compárese con Caballé durante su duetto). Sólo en "Come un spirto angelico" es capaz de buenas intenciones pasajeras (quizá el ejemplo de la consorte) pero basta que comience la cabaletta "Bagnato il sen" para que retornen los modos pedestres y el fraseo sin intención.

El Nottingham de Cappuccilli es una gran oportunidad perdida. Aunque inmejorablemente dotado de una voz bellísima y capaz de cantar con morbidezza, aquí se le percibe ya la tendencia a ensanchar y engrosar el registro medio. Resulta que la emisión aparece aquejada de un tono algo estentóreo (ausente en la función de 1964 con Gencer) y los agudos son grandes pero sin squillo (bien que la tesitura del papel no sea evidentemente la de un barítono puro). El canto es pesante y sin la elegancia debida a un personaje de esta clase. Escúchese el monótono mezzoforte de "Forse in quel cor sensibile": cuando la melodía debería ser alada y poética ("Che mai nel cor degli angeli") resulta en cambio plúmbea. Por otro lado las escenas del juicio y el Palacio de Nottingham le dan oportunidades de mostrar su gusto por una truculencia expresiva de tintes más bien veristas (si bien vocalmente debía de tener su impacto). La puesta al día de las voces graves del melodrama, una cuestión siempre pendiente.

Bianca Berini fue una favorita del Liceu en razón de su bella voz de mezzo, caudalosa y fácil en el agudo, pero también capaz de cantar con cierto recogimiento, buen sentido del legato y pianissimi timbrados (lo cual se aprecia en "All'afflitto è dolce il pianto"). Sin embargo su temperamento hacía que tendiera hacia un canto desplegado de forma algo ostentosa (aunque menos que en el caso de Cappuccilli) y un dramatismo más propio de una Amneris, además de impersonal.

Cillario, como siempre, acompaña a la diva con mimo pero no concierta al resto del reparto, que va a su aire. Sonido suficiente excepto al comienzo.

Elisabetta MONTSERRAT CABALLÉ
Roberto BERNABÉ MARTÍ
Notthingham PIERO CAPPUCCILLI
Sara BIANCA BERINI

Orquesta y Coros del Teatro del Liceo
CARLO FELICE CILLARIO
9-11-1968 (?)

Disfrutadlo.

(1) Medea, Armida, Rezia, Anna Bolena, Norma, Gemma di Vergy, Elisabetta (de "Roberto Devereux"), Abigaille y Lady MacBeth.
(2) Posteriormente, en cambio, Caballé caerá en la trampa del abuso de la resonancia de pecho, que realmente nunca dominó. El resultado fue que en menos de diez años el milagroso edificio vocal ya mostraba signos de deterioro: grave abierto y gutural, pérdida de la transparencia del timbre en el agudo (que se tornó duro) y sonidos oscilantes en el paso.

15/11/09

Grandes Cantantes del pasado: Helge Rosvaenge


Vida y carrera

El tenor danés Helge Anton Rosenvinge Hansen nació en Copenhage en 1897. Tras licenciarse en Químicas estudia canto en su ciudad natal y en Berlín, aunque fue en hasta cierto punto autodidacta. Debuta como Don José en Neustrelitz (1924). Durante esa década actúa en teatros por toda Alemania: en 1929 lo contrata la Ópera del Estado de Berlín y en 1930 la Ópera del Estado de Viena, desarrollando su actividad más intensa en la capital austriaca (también en los teatros de la Volksoper y an der Wien). Sus apariciones en teatros europeos fueron más escasas, destacando las del Covent Garden (1938), Roma (1941) y París (1941). Desde 1932 aparece habitualmente en el Festival de Salzburgo como Tamino y Hüon. En 1934 y 1936 interviene en Bayreuth como Parsifal (su único papel de Wagner) bajo la dirección de Richard Strauss. Sin embargo son los papeles verdianos los que sostienen su fama: Riccardo, Alvaro, Manrico, Arrigo y Radamès. Junto a directores como Fritz Busch y su amigo Leo Blech y cantantes como Heinrich Schlusnus, se le considera uno de los responsables de la "Verdi Renaissance" que condujo a un acontecimiento histórico en la temporada 1931-32: por vez primera, se representan en Alemania más óperas de Verdi que de Wagner. Esta fidelidad absoluta a los teatros germanos durante la dictadura de Hitler suscitó la acusación de simpatías nazis, forzando un retiro temporal tras la guerra durante el cual ejerció como químico en España. Sus allegados siempre han sostenido que, al contrario, era un hombre apolítico y no fue consciente de hasta qué punto su actividad artística podía ser interpretada como adhesión al régimen. Después de la S.G.M. siguió cantando sobre todo en Viena y Berlín Este: concede su recital de despedida en la Musikvereinsaal en 1959. Murió en Múnich.

La voz, el cantante.

Rosvaenge tuvo una de esas voces que en cierta forma constituyen en sí mismas una categoría, ya que en el S. XX hubo pocas de similares características. Es posible, sin embargo, encontrar en su árbol genealógico tenores como Lèon Escalaïs o Leo Slezak, lo cual nos dirige al S. XIX y al tenor dramático anterior al verismo y al drama musical. En primer habría que destacar la claridad del timbre, según Gualerzi "schiettamente tenorile" pero de cierta palidez. A continuación sobresalía la enorme extensión, puesto que incluso tocaba el re sobreagudo. El sector superior era extraordinariamente robusto y enérgico entre el sol y el si natural, con una cualidad "cortante" (según calificó John Steane) que distingue al verdadero tenor dramático. No eran extrañas las inflexiones nasales en la zona de pasaje, lo cual podía redundar en sonidos fijos o duros, típicamente nórdicos, que se alternaban con otros dotados de genuino squillo a la italiana. El colorido limitado y estas durezas permiten opinar que no se trataba de una voz bella. Otro rasgo que lo emparentaba con Slezak era el predominio de las llamadas resonancias de cabeza desde el do4 hacia arriba, lo que le permitía cantar estas notas con brillo y morbidez de tenor lírico, pero sin resabios falsetísticos (seguía siendo voz plena, timbrada y punzante) Contrariamente a lo habitual en otras voces de estirpe decimónica (por ejemplo, Lauri-Volpi, con quien compartía la facilidad del agudo) sus registros central e inferior tenían una firmeza y una densidad notables, lo cual le permitió afrontar el enfático fraseo central de los papeles veristas. Rosvaenge en definitiva fue dueño de una emisión que pese a los defectos apuntados le permitió soldar sus registros con homogeneidad y cantar medias voces timbradas en cualquier altura, incluyendo pianissimi donde nuevamente la "voz de cabeza" se fundía con la de pecho según la técnica antigua. Esta organización vocal encontró reflejo en el intérprete, inclinado hacia la expresión heroica, a veces un tanto altisonante, pero también capaz del recogimiento lírico y los pasajes ensimismados. Su principal afinidad fue el tenor romántico, desde Florestán y Max hasta Calaf, situándose Verdi en el centro de su repertorio. Su poderío en el agudo y la flexibilidad de la emisión le permitieron acercarse al tenor heroico de agilidad (Hüon de Burdeos en "Oberon"): un tipo de voz capaz de combinar escritura virtuosa y dramatismo expresivo del que se pueden encontrar herederos como Arrigo y Manrico. Naturalmente, según los usos de la época, todos sus papeles los cantó en alemán; su dicción agresivamente nítida enfatizaba los sonidos más metálicos del idioma, poniendo en riesgo en ocasiones el legato. Esta circunstancia aún juega en contra de su apreciación por el oyente actual. Todas sus virtudes son particularmente perceptibles en las grabaciones de los años treinta, mientras que en los cuarenta se acentuó el toque nasal. Aunque en los cincuenta mantuvo un instrumento de excepcional solidez, la tendencia a cantar "duro" se hizo excesiva y las dinámicas suaves se deslizaron hacia el falsete.

Audiciones

R. escribió en su autobiografía que nunca se había sentido cómodo en el estudio de grabación, puesto que el micrófono le inspiraba incluso cierto temor: "Soy un hombre de teatro y sólo existe un medio en el que doy lo mejor de mí mismo: ante una audiencia real". Por suerte a pesar de esta actitud grabó profusamente durante sus mejores años, ya en la era de los registros eléctricos. Quizá sus grabaciones más accesibles al aficionado medio sean aquéllas en las que el alemán es el idioma original. Una de las más célebres es el aria de Tamino perteneciente al registro de "Die Zauberflöte" dirigido por Thomas Beecham en 1938. Una voz de este tipo hace justicia al tenor lírico heroico concebido por Mozart. Sin embargo hay algo de artificioso en la interpretación, como si estuviera planificada sin continuidad, rompiendo así la fluidez natural de la página. Cada frase parece encerrada en sí misma, algo de lo que quizá se pueda culpar a la continua repetición del diseño basado en ataque inicial forte, alguno ciertamente duro, seguido de diminuendo (apreciable desde "Das Bildnis ist bezaubernd schön") También se percibe cierto distanciamiento expresivo. Siguiendo la evolución del tenor alemán, llegamos a "Fidelio" y "Der Freischütz". Florestán fue uno de los papeles más importantes de su carrera y lo que conocemos de su creación no tiene igual ni antes ni después de él. Jürgen Kersting ("Los grandes cantantes") elogió su temprana grabación de la escena y aria como uno de sus mayores logros. El comienzo del recitativo estremece: un sol agudo ("Gott!") tremendo, cuyo ataque brusco y fulgurante sugiere de inmediato un estado de profunda angustia. Prosigue tenso, nervioso, hasta la explosión del la agudo de "Gottes Will". La amplitud heroica de esta voz queda demostrada en la última frase, desplegándose sobre las vocalizaciones de "Leiden" para recogerse a continuación y así enlazar con el Adagio cantabile. En éste se evita cuidadosamente la tentación de convertirlo en un aria al uso por medio de los contrastes a media voz, sostenida admirablemente, que crean el carácter perfecto de soliloquio. Además la acentuación alcanza un patetismo conmovedor: hay que atender al matiz sobre "Tagen", el contenido tono lloroso de "Willig duld' ich alle Schmerzen" o la dulzura de "Süßer, Trost in meinem Herzen". El golpe maestro definitivo llega en la sección final. R. responde a la melodía del oboe en una alucinada mezzavoce ("En un estado de exaltación similar a la locura pero manteniéndose tranquilo en su aspecto exterior", indica Beethoven) que se funde felizmente con el timbre del instrumento de madera. Esta extática media voz, más bien un susurro de media voz, se alterna con pasajes en que apenas desplegada se vuelve recoger de nuevo, creando una sensación raras veces escuchada en un disco. A continuación el cantante se desencadena completamente. No importa lo arduo de la escritura, que además de tocar el la y el sib incide una y otra vez sobre el sol; no hay una nota en la que Rosvaenge no mantenga un sonido timbradísimo, en particular los enérgicos ataques al sib ("himmlische Reich"). Compárese con los problemas que a todo un Jon Vickers le daba este pasaje. Compuesta tomando como modelo esta escena, la de Max destaca por la tesitura de tintes baritonales, que el tenor domina sin problemas. La fluidez que se echaba de menos en el aria de Tamino abunda en "Durch die Wälder", cuyo color popular y sentimental se capta mediante una línea de canto recogida y de sencilla emotividad donde brilla la ligereza que podía alcanzar su emisión (a pesar de que la tesitura invita a lo contrario). Desafortunadamente la grabación incluye el corte de la primera sección asociada a Samiel. El Allegro final en do menor es un escollo insalvable para los tenores ligeros que se han atrevido con el papel, pero para R. las dificultades no existen. La irrupción del modo mayor, al nombrar a Dios ("Gott"), no puede imaginarse mejor resuelto con un enorme la agudo. En la coda también las repeticiones de la frase "Mich faßt Verzweiflung, foltert Spott!" muestran no sólo facilidad insultante, sino articulación y dicción magistrales, puesto que algunos además de desgañitarse parecen vérselas con un trabalenguas. Cierra con un suficiente descenso al do grave opcional. Muy diferente de este baritenore es Hüon de Burdeos, un verdadero papel dramático de agilidad. Su famoso solo "Seit früh'ster Jugend im Kampf und Streit" exige una voz potente capaz de reproducir escalas y vocalizaciones de carácter heroico. Estas agilidades las afronta R. con nitidez y timbre siempre squillante, destacando la escala sobre "Sieg", que muestra un dominio del aliento magistral al adelgazar primero la columna de aire en las notas breves y hacerlo crecer de nuevo en el agudo. Como contraste, en la sección central exhibe el mismo magisterio con un legato finísimo y una emisión de cabeza de singular morbidez que le permite cantar un pianissimo timbrado sobre "Liebe" en una tesitura prohibitiva. Nueva exhibición de bravura en el cierre, culminado con un fulmíneo la agudo. Menos conocida, pero igualmente hermosa, es la plegaria a las fuerzas de la Naturaleza "Du, der diese Prüfung schickt", aquí servida con una media voz bellísima que se torna incluso más acariciadora al nombrar a Rezia ("Schon' o schon' die teure Frau"), prácticamente un susurro en la invocación final ("teure"). Ambos números pertenecen a una retransmisión (en vivo) de la radio berlinesa del lejano 1937. A imagen de Hüon compone Glinka el papel de tenor de "Una Vida por el Zar", que tiene una escena de extraordinaria dificultad: R. supera los continuos ascensos al agudo con facilidad irrisoria y bravura genuina. También aquí hay una sección intermedia de canto ligado en una tesitura temible (escúchese el intervalo de 2:58). Espectacular escala brillantemente coronada al final con ayuda de un pequeño golpe de glotis.

Este tipo de tenor virtuoso se afirmó en la creación operística del segundo cuarto del S. XIX, convirtiéndose en el tenor prototípico de la "Grand Opéra", en particular en las obras del músico más influyente de aquellos años: Giacomo Meyerbeer ("Robert le diable", "Les Huguenots", "Le prophète"). De la citada en segundo lugar, escuchamos el aria de Raoul de Nangis. En esos años sólo Lauri-Volpi podía hacer frente a la tesitura del papel y captar su estilo "caballeresco" como se escucha aquí. La finura de la cadencia merece una escucha detenida. Aunque en años posteriores la escritura para tenor se alejó de las agilidades, consideradas como un elemento extraño a la verdad dramática, también es la influencia de Meyerbeer la que se percibe en dos personajes verdianos particularmente conflictivos. Rosvaenge frecuentó "Il Trovatore" e "I Vespri Siciliani" durante su carrera, existiendo registros completos de ambas óperas. A pesar de que el sib con que concluye "Giorno di pianto" está ligeramente calado, es una interpretación modélica desde el punto del carácter y la vocalità que exige este personaje. Basta escuchar el patetismo y la nitidez metálica de las frases ascendentes al final de cada estrofa ("Il cor piagato tutto perdè!"). Sobre la frase "La morte è men crudel" inserta un si agudo, éste sí, squillante y amplio. En cuanto a Manrico, además de la ópera íntegra se conserva una grabación anterior de su aria y cabaletta. En "Ah, sì, ben mio" de nuevo se aprecian las virtudes expresivas de su media voz y el control de los crescendi y diminuendi de la melodía. A pesar de la agresividad que podía tener su instrumento, el éxito en retratar un Trovador poético es indiscutible. Los grandes intervalos parecen no ofrecerle ninguna dificultad: en el segundo interpola el sib tradicional pero sin la nota de apoyo que también es norma. Apunta los trinos, pero son ciertamente guturales. Menos afortunada es la cadencia que desoye el reflexivo cierre del autor. En la "Pira" seguramente podría haber cantado con más corrección las semicorcheas, pero merece la pena escuchar los does monumentales. Se añade la grabación de la ópera completa, pues reproduce con más atención las citadas notas breves, que tienen un toque glótico. Aquí se escucha la stretta completa y los does son incluso mejores. El tempo escogido es un poco lento y en la scena previa (con la Leonora de Maria Reining) R. resulta un poco histriónico en sus órdenes a Ruiz. También escuchamos el dúo con Azucena, una interesante Inger Karén. El fraseo de Manrico es amplio y perentorio. Aunque de nuevo se percibe cierta dureza atribuible tanto al idioma como al timbre, los contrastes ("Quando arresta", "Mentre un grido") son eficaces. En la cabaletta de nuevo el tempo resulta lento. Como muestra del altísimo nivel del canto verdiano en Alemania durante el período de entreguerras, también se selecciona el final de la ópera desde "Parlar non vuoi", que el tenor danés canta con absoluta facilidad y fidelidad al legato incluso en las imprecaciones más desatadas. Reining canta con la belleza de una cantante de gran escuela, pero la tesitura del papel resulta incómoda para su voz lírica. Al lado del terceto que conocemos, el Conde de Hans H. Nissen, de voz un tanto oscura para el papel. Un Manrico tan completo como éste, hecha la salvedad del idioma, resulta difícil encontrarlo; en años posteriores sólo viene a la mente el de Jussi Björling. De nuevo se trata de una interpretación en vivo para la radio (en este caso, la de Stuttgart) de 1936.

Metidos de lleno en el principal repertorio del intérprete, Radamès era otro papel compuesto a su medida. Sorprende el tono ensoñador de la frase "Se quel guerrier io fossi", repondiendo en realidad a la introducción de las cuerdas. Con la misma poética, ha de irrumpir la exaltación belicosa tras las llamadas de los metales. R. canta el aria de forma ejemplar, sin percibirse dificultad motivada por las frases ("Celeste Aida") que recorren una octava entera entre el fa del primer espacio y el fa agudo. Respeta además las indicaciones dinámicas puntuales ("dolce" y pp en "Serto di luce") y los crescendi y diminuendi. En el "Il tuo bel cielo" seguramente no oigamos un sempre dolcissimo, pero la sección animando un poco culmina con verdadero entusiasmo. Regulador ("Ah" >) atendido para introducir el da capo, que exhibe el mismo rigor. Respeta además el ppp parlante. La versión ofrece uno de los acercamientos más afortunados a la conclusión, con atención de las continuas indicaciones que aparecen tras el estupendo sib de "Ergerti un trono": pppp, ppp, pp, diminuendo y el célebre morendo final, esa vuelta de tuerca verdiana al ensimismado lirismo de estos últimos compases (tantas veces convertidos en declamación estentórea). En esta nota de nuevo aparece el registro de cabeza puro, siempre dulcísimo y timbrado. Y de nuevo Rosvaenge nos devuelve a tiempos antiguos: los del tenor heroico capaz de la expresión amorosa púdica. Procedente de una selección de la ópera, escuchamos a nuestro tenor compañado del joven Hans Hotter (un sibilino Amonasro a pesar de la voz tremebunda) y de Hilde Scheppan (Aida): es el terceto del tercer acto, superado con facilidad, aunque con ataques al la agudo menos prolongados de lo esperable. Además de admiración, causa sorpresa la siguiente interpretación de "De'miei bollenti spiriti", puesto que de nuevo la emisión muelle le consiente el abandono lírico. Además la acentuación es idónea (el segundo "dell'amor"), el uso del rubato espléndido, se respetan los signos dinámicos y las subidas a la zona alta son ligeras, líricas. Y es el mismo tenor que realiza la más heroica "O mio rimorso" que se conozca (una rareza para la época). Las semicorcheas no está reproducidas con nitidez, pero el brío y la feroz nobleza del acento no son mejorables. Impresionante sib antes de la stretta, que canta completa y con un adorno antes del gran do agudo final. Demasiado para el personaje y la situación, pero como canto es inconmensurable. Si bien grabó el papel completo, tiene más interés escuchar esta temprana "La donna è mobile", ligera y elegante. El recorrido verdiano culmina con Otello, papel que debió hacer suyo en su madurez pero que se limitó a interpretar para la radio. Los fragmentos de mayor interés conservados son el duetto con Maria Reining y "Niun mi tema". Es posible que en los primeros compases de "Già nella notte" se perciba la intención de oscurecer el timbre, pero esto se hace sin comprometer la básica emisión sul fiato, la única que permite las modulaciones de la línea de canto ("Se dopo l'ira inmensa"). Merece la pena atender a dos pasajes donde la mayor parte de Moros se desgañitan: la messa di voce aplicada a "Per la tua pietà" y el piano en "E tu m'amavi". Tampoco pasará inadvertida la absorta media voz de "Già la pleiade ardente". Es de suponer que su resolución de los repetidos lab3 en piano sobre "Venere splende" no convencerá a todos, pues además surge la duda de su viabilidad en un teatro. Sin embargo, la inquietud por respetar la intención de Verdi es de aplaudir y, falsete o no, el sonido obtenido es musical. La muerte de Otelo refuerza dos convicciones que a estas alturas ya deberían ser firmes. La primera, que R. fue uno de esos casos rarísimos de tenore assoluto, el capaz de lo más lírico y lo más dramático; del canto virtuoso y el declamatorio. La segunda: que fue un grandísimo intérprete. Las primeras frases están vaciadas del énfasis estentóreo que han explotado tantos tenores. Por otro lado no se aprecia ningún esfuerzo para asumir la tesitura casi baritonal. Nuevamente la intución genial de responder al color sugerido por la maderas: "E tu, come sei pallida!" a flor de labios. Suavísimo ataque de "Pia criatura". El patetismo del canto se redobla con la contención de "Ah, morta". Ningún recurso extra musical en el momento de su suicidio y agonía. Es sólo el canto mostrando sus infinitas posibilidades expresivas en la ópera a la que suele acusarse de haber liquidado el canto italiano. Y es un tenor danés que canta en alemán quien nos lo tiene que recordar. Desconocemos las razones por las que esta lección se olvidó tras la S.G.M..

Por último, una selección que le muestra en cometidos menos asociados a su carrera. No existen muestras del Parsifal de Helge Rosvaenge, pero sí del que podría haber sido uno de sus mejores papeles: Lohengrin. Su "In fernem Land" tiene sentido narrativo y nobleza, pero no la imaginación con que Völker enriquecía las sobrias dinámicas consignadas por Wagner (por no hablar de otras versiones en italiano). Recordamos el papel con el que debutó con un "Aria de la flor" que comienza ensimismada (atención a la suavidad del primer ataque) y concluye con un canto de mediterránea efusividad. La fidelidad de Rosvaenge al repertorio italiano no excluyó las óperas de la "Nuova Scuola". Su Canio fue famoso y en "Un tal gioco, credetemi" muestra las claves del repertorio: atención a la palabra (la nitidez de su dicción es absoluta), administración inteligente del énfasis (es notable como pasa de la ironía a la agresividad, algo que se aprecia a pesar del idioma) y un espesor vocal más que suficiente para sostener la pesada escritura sobre el centro y el paso, verdadera tortura de estos papeles ("Ma se Nedda sul serio" y frases sucesivas). Como en los mejores cantantes italianos de las décadas anteriores, este verismo es admirable por la fusión del viejo estilo (el introvertido comienzo, con un fa agudo emitido a media voz) con el desmelenamiento propio del nuevo: en las exclamaciones "Ridi, Pagliaccio" incorpora sollozos perfectamente fundidos en la poderosa línea vocal. Con Calaf acaba la saga del tenor heroico italiano. En el squillo trompetero de su zona aguda reconocemos el tipo de voz para el que Puccini pensó el papel (al margen de que tuviera que corregir el ataque al si agudo, en principio algo caído). No podían faltar dos de sus más míticas grabaciones, que son tan opuestas como es posible imaginar: la canción de Chapelau de "Le Postillon de Lonjumeau" y "Der Feuerreiter". El idioma no le sienta muy bien a la ligera pieza de Adam y al principio hay algún sonido fijo, pero en la repetición se escucha un prodigioso re sobreagudo atacado con precisión incomparable. Esta nota tiene el reconocible color de la resonancia "de cabeza", pero perfectamente integrada en la columna de aire de manera que hay squillo y no se producen problemas en la frase descendente posterior. Soberbio el do que corona la coda. Dentro de la monumental edición de la "Sociedad Hugo Wolf", que incluyó a los mejores cantantes de Lied de entreguerras, Walter Legge seleccionó al artista danés para "Der Feuerreiter". La elección demostró ser una intuición genial, pues se trata de una canción que explota al límite su talento para el estilo declamatorio. Los susurros, las exclamaciones, la excitación frenética, todo está traducido con la intensidad casi expresionista que exige la página. Una interpretación, como se ha señalado repetidamente, de una modernidad visionaria.

Disfrutadlo.

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01/11/09

Recital de Elīna Garanča en Sevilla


Para cumplir con la difícil papeleta de sustituir el recital previsto de Edita Gruberová, el Teatro de la Maestranza ha traído a una de las cantantes que más rápidamente se han situado en primera línea durante la última década, la mezzo letona Elīna Garanča. A pesar de la desconfianza que suelen inspirarme los nombres tan respaldados por la publicidad de las discográficas, lo escuchado hasta ahora en disco me pareció del suficiente interés para hacer el viaje.

- Mozart: Non so più ("Le Nozze di Figaro") y Parto, parto ("La Clemenza di Tito")
- Schumann: Frauenliebe und-leben
- Falla: "Siete Canciones Populares"
- Saint-Saëns: Mon coeur s'ouvre à ta voix ("Samson et Dalïla")
- Bizet: Habanera y Seguidilla ("Carmen")
- Chapí: Romanza de Socorro ("El Barquillero") y Carceleras ("Las Hijas del Zebedeo")

En primer lugar hay que hablar del programa elegido, pues no deja de ser un tanto incoherente; está bien que para presentarse ante un público uno quiera mostrar toda su versatilidad, pero pasar de Mozart al Lied y Falla, continuar con dos arias de ópera francesa y por último romanzas de Zarzuela parece un collage más bien difícil de ensamblar. Para remate, dos propinas tan desconcertantes como "Granada" y "Marechiare" (con un bonito trino de adorno). Parece haberse establecido entre las nuevas generaciones de cantantes esta costumbre de alternar repertorios casi antitéticos, como si fuera una declaración de principios contra la especialización.

La voz de Garanča corresponde a la de una mezzo aguda, de indudables amplitud y solidez, pero en esencia lírica. El timbre es muy bello aunque no personalísimo o inconfundible. La técnica de emisión es muy buena y esto es algo que ya la distingue de la mayor parte de cantantes que se presentan ante el público en la actualidad. El control de las dinámicas en cualquier altura es casi pleno y no fuerza nunca, lo que redunda en que el timbre mantiene su morbidezza en todo momento. Sólo se percibe alguna impureza en ciertos ataques con inflexiones guturales y en una dicción un tanto borrosa. El color es de mezzo sin trucos, el agudo amplio y fácil, capaz de llenar la sala pero sin squillo, y el grave bien resuelto y soldado al centro. Es decir, no estamos ante la típica soprano corta que se hace pasar por mezzo creándose un registro grave mediante resonancias espurias.

Además se trata de una intérprete que gana mucho en vivo, pues mostró una variedad de registros sobresaliente, pasando del recogimiento de la primera parte (Lieder y Mozart) a la extroversión de la segunda (Falla y sobre todo la Zarzuela). Frente a la monotonía de su último disco dedicado al belcanto romántico, el recital se caracterizó por la variedad de acentuaciones, la propiedad con que se adaptó al carácter de cada pieza y la capacidad para alternar lo íntimo con lo extrovertido, lo melancólico y lo exultante, lo culto y lo popular, lo camerístico y lo teatral.

Su timbre juvenil conviene a los papeles en travesti de adolescente, complementándolo con un canto nervioso, inquieto, ágil. Estuvo más cómoda en "Non so più" que en "Parto, parto", cuya sección final contiene vocalizaciones donde la voz perdió presencia, como si destimbrara para afrontarlas. Este defecto también se apreciaba en los pasajes floridos del citado disco. Es una cuestión técnica que podría solucionar manteniendo el apoyo correcto.

El bellísimo ciclo de Schumann recibió una interpretación sensible e inteligente. No se trataba simplemente de una cantante de ópera haciendo Lied: G. sabe bien lo que tiene entre manos y lo mostró a través de la contención de los medios y la expresión justa. El ciclo alcanzó en "Nun hast du mir ersten Schmerz getan" una atmósfera de intimidad muy meritoria.

En las Canciones Populares de Falla la falta de nitidez de su dicción se manifestó con más relevancia, pues apenas se le entendían palabras sueltas. Cantar bien con una dicción nítida es cosa de maestros: Garanča canta bien, muy bien de hecho, pero en este apartado tiene algo que mejorar. Sin embargo cada pieza gozó de sorprendente adecuación de estilo, destacando la genuina gracia de la "Jota". La última, la desgarrada "Polo", quizá le resulte demasiado grave .

Las únicas arias de ópera de las egunda parte cumplieron la expectativa que tuve en la primera: la de que siempre había una reserva de voz que se guardaba para el momento en que fuera necesaria. El inicio del aria de Dalila fue un poco extraño, empezando por el tempo presuroso, poco adecuado para un fragmento de ese abandono sensual. La voz recorrió con suficiencia la tesitura grave (en realidad de contralto) del aria y se desplegó en toda su belleza en la franja aguda. Incluyó en la conclusión la puntatura habitual (tomada de la particella de Sansón) pero tomándola en un bello piano; eso sí, con un portamento, toda una nota de apoyo, demasiado ostensible. Estuvo refinada en la ejecución de las canciones de Carmen, salvo por la manía de alterar las ligaduras en la Habanera, haciendo portamenti que luego la obligaban a tomar aire a destiempo. Se nota la cercanía de las exitosas funciones londinenses en la intención teatral del acento. Menos convincente los "Tra la la" de las Seguidillas.

En las romanzas de zarzuela estuvo magnífica, incluso mejorando su dicción. Es de verdad sorprendente la chispa, la gracia y la intención que les da, con una implicación emocional insólita en un cantante extranjero. En "Cuando está tan hondo" además hubo detalles canto de escuela, como un agudo regulado de forte a piano fácilmente. Más dudosos los trinos, acusadoramente glóticos, al final de "Al pensar en el dueño de mis amores".

Además ser una mujer muy guapa, sabe estar en el escenario y acompañar el canto con una gestualidad económica pero atrayente.

Por último, una reflexión sobre el cambio de repertorio que Garanča supuestamente va a realizar hacia papeles de más peso, lo que viene a significar Verdi. Quizá sería conveniente que fuera progresivo y sin precipitación, puesto que a pesar de su solidez ésta es una voz lírica. Tampoco parece que esta nueva orientación sea una excusa para dejar sin corregir los problemas en las vocalizaciones: hay que recordar que también personajes como Azucena y Éboli tienen pasajes de agilidad. La técnica correcta es válida para todos los repertorios.

Charles Spencer es un estupendo acompañante: sostiene y arropa, pero también distingue planos e intensidades. En la primera parte interpretó un luminoso Adagio en si menor de Mozart.

Lo peor de la noche el otro acompañamiento (el de las toses) durante "Frauenliebe und-leben", liderado desde patio de butacas por una destacada solista.

Muy disfrutable.

13/10/09

Los Peores (VII): Louis Quilico


El interés en determinadas grabaciones privadas de funciones operísticas suele centrarse en uno o dos de los intérpretes principales, pero naturalmente es también deseable que el resto del reparto tenga cierto nivel. Por ello el coleccionista tiene motivos para desesperarse con numerosos registros, provenientes de teatros norteamericanos la mayoría, que incluyen un indeseado regalo sorpresa: la presencia de Mr. Louis Quilico.

Quilico ciertamente tenía voz de barítono, potente dicen las crónicas, pero basada en una emisión desaseada y grosera. Desconocedor de los mínimos rudimentos del canto a pesar de haber estudiado incluso con Stracciari, producía sonidos de los que suelen llamarse "cerrados": gruesos y estentóreos pero sin timbre verdadero, ya que estaban colocados en pleno esófago. Eran por tanto más propios de un ventrílocuo que de un cantante de ópera. El timbre era de una monotonía insufrible, perfectamente mate y áspero de arriba abajo. Hablar de algo parecido a la media voz es ciencia ficción. No se puede negar que era un instrumento extenso, pero el registro agudo era típicamente fibroso y duro, como por desgracia ha terminado aceptándose entre las voces graves. La dicción, para colmo, además de pésima tenía el inconfundible dejo gutural de los borrachos (al efecto, escúchese el recitativo "Alzati, la tuo figlio" del aria de "Un Ballo in maschera" que hay en Youtube) El intérprete, como si no hubiese pasado el tiempo, era fiel a todos los recursos veristas en boga durante los años cincuenta: sollozos, declamados, gruñidos y por supuesto el famoso birignao nasal, que como es sabido caracteriza siempre a los villanos (al igual que las miradas aviesas o las carcajadas satánicas). Nuestro hombre era en definitiva una síntesis de la peor fonación anglosajona y la escuela italiana más declinante.

Quilico pisó el MET ya siendo veterano, sólo tras la marcha de Rudolph Bing en 1972, pero se mantuvo como artista de la casa hasta 1995 alcanzando casi las trescientas actuaciones. A modo de mentís y escarnio lanzados contra todo lo que queramos reprocharle, el hecho es que conservó su vozarrón en buena forma durante más tiempo que la mayoría de cantantes que se molestaban en cantar bien. Su repertorio incluyó todos los grandes papeles de barítono italiano que en décadas anteriores habían cantado gentes como Warren o MacNeil. De esta forma desaparecía (¿para siempre?) la verdadera imagen del barítono verdiano, heredando los sucesores de Quilico (entre ellos, su propio hijo Gino) su incompetencia técnica mientras además se perdían incluso sus pocas cualidades naturales. Puede que algunos aún ni hayan notado la diferencia.

02/10/09

Carlo Maria Giulini y Johannes Brahms (I)


Carlo Maria Giulini no quiso documentar en disco su relación con ningún otro compositor como en el caso de Johannes Brahms. Dos integrales sinfónicas separadas casi treinta años, grabaciones de las Sinfonías Primera, Segunda y Cuarta, tres registros de las "Variaciones Haydn" y los Conciertos para piano y violín, además del "Réquiem Alemán" y las Oberturas.

A principios de los sesenta, llegado a su primera madurez creativa, Giulini firmó uno de los grandes trabajos de su vida. Esta integral sinfónica con la Philharmonia Orchestra demostró una afinidad extraordinaria con el mundo expresivo y sonoro de Brahms. Esta cercanía se basó primeramente en el sonido extraído de la magnífica orquesta británica, que reproducía el complejo entramado polifónico basándose en el predominio de las voces intermedias, sobre un bajo sólido pero no redundante, que siempre identificó a Giulini. El tapiz así creado, de colorido otoñal, cálido y sin asomo de exhibicionismo, es como un reflejo de la introversión brahmsiana. El director de Barletta comprende que los metales en la orquesta de Brahms son una prolongación de las maderas, no un bloque que oponer a la cuerda en el estilo romántico tardío. También la percusión muestra este equilibrio raíz clásica, puesto que aunque presente, se reservan sus intervenciones más contundentes para subrayar los verdaderos clímax, pero sin ser nunca explosivas.

Naturalmente con estos mimbres no se podía esperar un cataclisma en el "Un poco sostenuto" de la Primera, ni una explosión de exuberancia en el Finale de la Segunda o el "Allegro con brio" de la Tercera ya que Giulini es fiel ante todo al equilibrio (de nuevo esta palabra): el discurso respira y las transiciones se suceden sin impulsivos usos del rubato o arrebatos de inspiración más o menos auténticos.

La Primera se expone con toda su tensión entre romanticismo y racionalidad, en el caso de Giulini inclinándose por ésta. El arranque "Un poco sostenuto" no es el estallido demoníaco de otras visiones de la obra, sino una verdadera introducción a un mundo de demonios personales, de sombras, de lucha a nivel espiritual. Inmediatamente se percibe el interés en equilibrar la dramática línea de los violines (tantas veces abrumadora) con el inquietante bajo de la percusión y los contrapuntos de metales y maderas. La sección central (00:45) destaca por la insistente presencia del bajo y conduce con una magnífica transición (percusión desde 1:44) al ff de 2:04, poderoso pero sin estridencias. En el Allegro los intrincados temas tienen acompañamientos nerviosos, concisos, secos. Las líneas ascendentes y descentes de las distintas voces se contraponen con brío mostrando la arquitectura vertical y a su vez narrando, asegurando el discurso. Giulini no exacerba los contrastes y así el tema lírico (04:58) aporta una luz trémula, apenas entrevista. Especial atención, ya en el desarrollo, merece la temible sombra (8:44) que la cuerda grave extiende para introducir el crescendo sobre el motivo beethoveniano de cuatro notas que desencadena la formidable ripresa, sostenida por los implacables timbales. Un momento de reposo se alcanza en la coda, cuando (13:33) los violines van poco a poco evolucionando hacia la luz ambigua del do mayor de la coda.

Timbres cálidos, llenos de sombreados, enuncian el comienzo del Andante sostenuto. El oboe canta su bellísima melodía con sencillez pero elocuentes variaciones de intensidad. Giulini sugiere el balanceo en la cuerda grave y los violines despliegan su gran frase lírica sin énfasis alguno. En la sección intermedia las maderas conversan con claridad camerística. En 4:39 tenemos un momento de rara serenidad y belleza. El canto preside la ripresa de la melodía del oboe por parte de trompa y violín solistas.

El entendimiento por parte de la batuta del tempo del Allegretto brahmsiano es completo. También en la perfecta transición de 1:04 (nótese como varía el diseño del bajo). De nuevo hay que admirar el equilibrio de voces del famoso Trío (por ejemplo, las trompetas de 3:00).

El Finale es el movimiento que asume más abiertamente el heroísmo beethoveniano, siempre un heroísmo del espíritu, y no sólo por la obvia cita de la Novena. La introducción, con predominio de sombras, deja paso a una amplia transición (2:39) que evoca extensiones indeterminadas, espacios abiertos; trompas y flautas expresan con su canto un profundo sentimiento de la Naturaleza, romántico por antonomasia. El tema coral del Allegro non troppo se expone con lirismo por la cuerda grave. Seguidamente el despliegue y desarrollo del mismo muestra la misma claridad polifónica que ya conocemos, con una cuerda vibrante y robusta (como ejemplo, la intervención fugada de 11:51). La recapitulación del motivo de las trompas es grandiosa (12:50), con intervenciones de los violonchelos de expresividad insólita y un enorme crescendo apoyado en los latidos de los timbales. La preparación del final (16:01) de nuevo sugiere la vastedad alpina, que según parece inspiró a Brahms, con frases telúricas del bajo que casi parecen encarnar la voz de la Naturaleza (16:24). Un accelerando impresionantemente controlado lleva hasta el retorno triunfal del himno de los trombones (que se expone sin ralentizaciones melodramáticas). Una potente coda remata este viaje hacia la luz.

Próximamente, la Segunda.

28/09/09

Noches de Ópera: "Il Trovatore" con Maria Callas


Nápoles
27 de enero de 1951

LEONORA - MARIA CALLAS
MANRICO - GIOCOMO LAURI-VOLPI
AZUCENA - CLOE ELMO
CONTE DI LUNA - PAOLO SILVERI
FERRANDO - ITALO TAJO
INES - TERESA DE ROSA
RUIZ - LUCIANO DELLA PERGOLA
UN VECCHIO ZINGARO -GERARDO GAUDIOSO
UN MESSO - GIANNI AVOLANTI

ORCHESTRA AND CORO DEL TEATRO SAN CARLO DI NAPOLI
TULLIO SERAFIN

La presente función preserva a una joven (veintisiete años) Maria Callas en el ápice de su forma y cantando uno de sus mejores papeles. La intérprete se muestra arrolladora, con ese fraseo capaz de electrizar sólo con un recitativo ("Al vincitor supremo serto") y dueña de todos los recursos canoros necesarios para cantar el Verdi temprano. Esto es particularmente cierto en los abandonos líricos y el canto florido. Así en "D'amor sull'ali rosee", impresionan los trinos, los signos expresivos y las notas de embellicimiento (admirables el dolce y la impecable escala descendente en "Conforta"), todo integrado en una línea de canto que sigue fielmente las indicaciones verdianas de crescendo y diminuendo. La página concluye con un extático hilo de voz tras una perfecta cadencia. En numerosos pasajes Callas crea esta ilusión de un timbre bello y evocador a pesar de que su voz por lo general no fue grata. Naturalmente otro de sus puntos fuertes es la escena del "Miserere", expuesta con una rotundidad que aún espera rival, pero también revelando la intención de los silencios que irrumpen entrecortando las últimas frases. En cuanto a los pasajes de coloratura, más que la precisión, el logro de Callas como siempre es el carácter de sus agilidades, potentes y timbradas. Sólo se le puede reprochar el exhibicionismo de algunos momentos, como el cierre de "Tacea la notte placida", en plena voz y en la octava alta, de forma poco apropiada para este nocturno (aparte de que la última nota es más bien fea). Por otro lado en su aria hay un do agudo que dispara de forma casi escandalosa, lo cual lo desconecta del carácter elegíaco de la página. Los registros medio e inferior ya tienen el típico entubamiento esofágico que tanto se le ha criticado (por ejemplo al comienzo de la cavatina) pero de momento el equilibrio entre registros estaba bajo control.

Igualmente polémica fue la voz de Giacomo Lauri-Volpi, otro cantante que trajo al S. XX el viejo estilo belcantista. Con cincuenta y nueve años, alguien podría tener la tentación de hablar de "las ruinas de Lauri-Volpi", pero siendo justos podemos decir que lo que se escucha es más bien la estructura de una voz, la técnica, desaparecido el resto de elementos que la debieron constituir años atrás. Aún admirablemente firme, pero sólo la estructura. El timbre como poco causa extrañeza, áspero, nasal y previsiblemente desgastadísimo. Los agudos siguen estando allí (sube al reb al final del primer acto), pero suenan estentóreos y planos, como parece el destino los tenores de agudos trompeteros. Al final de la "Pira" él público se divide entre las peticiones de bises y los buhs. Por otro lado musicalmente sigue fiel a sus antiguos vicios: su Trovador quiere ser un héroe adolescente, pero acentúa de forma amanerada, además de incurrir a menudo en el falsete al cantar piano (delito del que a tantos acusó sin razón). Tampoco faltan sus habituales descuadres. A su favor, la fuerza de algunos pasajes donde se vislumbra lo que debió de ser este cantante.

Cloe Elmo fue una cantante extraordinaria que no desarrolló la carrera que merecía. Aquí ya muestra un registro agudo un poco justo, de hecho evita varias puntature: por ejemplo el sib del "Sei vendicata, o madre". Sin embargo el timbre, casi de contralto, es perfecto para Azucena: profundo y cálido en el grave (nunca abierto) con una soldadura admirable entre registros y una emisión mórbida y ligera. Elmo cantaba al viejo estilo, sin el fraseo analítico del intérprete moderno (como testimonia la comparación con Callas): se basaba sobre todo en una conmovedora tendencia al canto legato, la acentuación emotiva y sencilla del recitado (por ejemplo "Io la seguia piangendo", "fermarsi e benedirmi") y la dulzura de la media voz para sugerir recogimiento o ternura. Raras veces se han escuchado con posterioridad las nostálgicas cantinelas de "Giorni poveri vivea" o "Ai nostri monti" con tales humanidad y belleza. Aún menos habitual ha sido la ausencia total de exageraciones o recursos de mal gusto en "Condotta ell'era in ceppi ".

En cuanto a Paoli Silveri , sin duda se perciben en su emisión los rasgos de la decadencia de la cuerda con respecto a los grandes barítonos de los años 20, pero también hay que reconocerle que en el contexto de los 50 era un gran profesional. Los agudos están timbrados, en el "Balen" se esfuerza por ofrecer una media voz plausible y acentúa con vigor sin caer en el ladrido.

Italo Tajo fue un experto en estos papeles de carácter. Como Ferrando pone en juego las mismas virtudes que hacían de él un Banquo o un Sparafucile insuperable: por encima de todas, el saber recitare cantando, anteponiendo la variedad de acentos y claroscuros al mero despliegue vocal en el que han caído voces posteriores de más fuste. Además reproduce con rara corrección y ligereza las notas breves y saltos interválicos de su racconto, tantas veces pésimamente ejecutados.

La toma, como todas las del Teatro San Carlos, es menos que aceptable, con una orquesta demasiado cercana. Tullio Serafin, mentor de Callas, favorece las variaciones y el rubato en el fraseo de sus cantantes, lo cual es de agradecer.






06/09/09

Sehnsucht. ¿Nostalgia del buen canto?



El pasado mes de mayo se editó este recital de uno de los cantantes más apoyados últimamente por las discográficas, que básicamente explotan su imagen de modelo publicitario. Pero tampoco nos vamos a poner maximalistas: Jonas Kaufmann tiene efectivamente materia vocal para ser cantante de ópera y no le faltan personalidad y arrojo. Algunas de las cosas que ya le conocía me parecieron interesantes, pero también eran audibles problemas que el tiempo no ha hecho más que confirmar y agravar, puesto que una vez inmerso en una carrera exitosa es muy difícil replantearse ciertas cosas. Y sin embargo debería, ya que la mala técnica deja sólo la opción de cantar con el "capital" y en unos años éste se acaba y no queda nada, por recordar la famosa sentencia de Rubini. Porque la técnica vocal de Kaufmann es mala o por lo menos tiene demasiados vicios de los considerados capitales. Los dos primeros cortes del disco nos ponen en el peor de los casos. Auxiliado por Abbado, el tenor alemán intenta plegarse con buenas intenciones a los recovecos belcantistas de "In fernem Land" y "Mein lieber Schwan" pero lo que se escucha en vez de medias voces o filados (pianissimi) verdaderos es un sonido lleno de aire, destimbrado, a menudo engolado y las más de las veces falsetístico, desvaído, carente de vibración, sin valor estético. K. pasa con cierta habilidad de esta emisión a la voz plena, pero la colocación gutural de ésta, ventrílocua, opaca, apenas reconocible como de tenor, crea un contraste, una fractura irresoluble e inaceptable en un cantante de ópera. Si mal está en el primer número, el comienzo de su despedida ronda el esperpento, entendido como imagen deforme de lo que debería ser el canto. Mejoran las cosas cuando se pide la voz desplegada, pero los repetidos ataques al la agudo suenan fibrosos y sin brillo, bien que aún parezcan firmes y grandes. Tampoco hay mucho que elogiar en el aria de Tamino, en la que de entrada ni siquiera reproduce con nitidez las pequeñas notas de adorno en "mein Herz" (tampoco lo hace cuando vuelven a aparecer en el da capo). La escena posterior resulta curiosa para un recital de arias, pero la ejecución de "Wie stark ist nicht dein Zauberton" es válida. Como válidas son las arias de las óperas de Schubert, aunque la tesitura de la última sección de "In tiefbewegter Brust" manifieste serios problemas de colocación. La gran escena de Florestán, papel que canceló hace relativamente poco en el Real, posiblemente sea lo mejor del disco (si dejamos a un lado el curioso intento de reforzar el sol agudo de "Gott!" desde un pianissimo que resulta más bien digno de un disco de pop). Aquí recuerda más que nunca las sonoridades ingratas de Jon Vickers, cuando la voz de éste se había tornado aun más leñosa y áspera en su madurez. Hay arrojo en la última sección del aria y en general se le nota cómodo. Realmente es complicado buscar entre los cantantes actuales más de uno que pueda comparársele en esta escena. En el "Winterstürme" de Siegmund, papel que aún no ha debutado, resulta impersonal, anodino y pobre de matices, algo de lo que se puede culpar a Abbado como se comentará. Parsifal sí lo ha cantado en escena y la tesitura del papel, muy central, le permite ensanchar y desplegar con todo su espesor su timbre. Una interpretación eficaz en el caso de "Amfortas! Die Wunde", dotada de robustez y cierta fuerza expresiva, pero que tampoco resultará reveladora.


Claudio Abbado ha dirigido en los últimos años varios de estos recitales, suponiendo que para darles prestigio en casos como éste, cuando su interés vocal es escaso. Esta vez se ha reunido a la Mahler Chamber Orchestra, de la que además es creador e inspirador. El director italiano consigue un sonido bellísimo de su formación, en particular en el final de "Parsifal", pero parece conformarse con la contemplación este logro. En el fragmento de "Die Walküre" su obsesión por crear texturas refinadas y camerísticas resulta en un acompañamiento increíblemente magro y pálido, como si la famosa broma de Karl Böhm sobre quitarle la grasa a Wagner hubiese terminado en anorexia nerviosa. Era inevitable que el cantante se contagiase de tanta falta de vigor. La introducción a la escena de "Fidelio" muestra al fin algún interés en expresar algo, incluyendo matices relevantes de las maderas. Merece la pena destacarse que Abbado hace suyos los criterios filológicos en "Die Zauberflöte", mostrando la orquesta la misma seguridad que cuando luce el sonido tradicional romántico. Sin embargo, que los cantantes recuperen la añorada técnica clásica parece más tarea de ciencia ficción que de historicismo.

La ficha del disco: http://www.operadisc.com/recitals.php?rec=13

Agradecemos al forero Sharpless el haber proporcionado la oportunidad de escucharlo a pesar de todo

28/08/09

La discografía de Rigoletto (IX): Los grandes en la sombra (1)

Después del deseable - para todos - paréntesis, retomamos el tema para fijarnos en una serie de intérpretes de "Rigoletto" que por distintas razones no alcanzaron el debido reconocimiento.

La genealogía del barítono made in U.S.A. - raza hoy extinta - se remonta a los años treinta, cuando dos nombres comenzaban a aparecer asiduamente en el MET: Lawrence Tibbett y Robert Weede. Sobre Tibbett ya nos extendimos merecidamente y es sin duda el más famoso de los dos, mientras sobre Weede (1903-1972) ha caído el olvido. Nacido en Baltimore, dio sus primeros pasos profesionales en compañías de provincias americanas y la radio de Nueva York. Ganó el Caruso Memorial Price, lo que le permitió estudiar en Milán. Cantó en el MET entre 1936 y 1945, pero el teatro donde desarrolló su carrera de forma estable fue el War Memorial de San Francisco. También actuó en musicales y operetas. Su voz, ciertamente más modesta que la de Tibbett, no era particularmente agradable, aunque sí bien emitida y sólida, dotada de agudos firmes y timbrados pero también capaz de adelgazarse de forma modélica. Su dicción, aunque delataba ocasionalmente sus orígenes, era bastante buena. De uno de sus principales papeles, Rigoletto, nos ha quedado un testimonio valioso:

Metropolitan Opera House
31 de enero de 1942

Rigoletto...............Robert Weede
Gilda...................Hilde Reggiani
Duque de Mantua..........Bruno Landi
Maddalena...............Bruna Castagna
Sparafucile.............Nicola Moscona
Monterone...............Lansing Hatfield
Borsa...................Alessio De Paolis
Marullo.................George Cehanovsky
Conde de Ceprano...........Wilfred Engelman
Condesa de Ceprano........Maxine Stellman
Giovanna................Helen Olheim
Paje....................Edith Herlick

Orchestra & Chorus of the Metropolitan Opera
Director: Ettore Panizza

Weede parece acentuar intencionadamente los colores menos agraciados (nasales y guturales) de su timbre en algunos pasajes - "Fa ch'io rida", "Sì, vendetta", "Solo per me l'infamia" - como si quisiera retratar la deformidad del personaje. Sin embargo también sabe emitir medias voces ligeras y timbradas para expresar sus sentimientos más nobles y sinceros: a pesar de la imprecisión rítmica es conmovedor su ataque a "Deh, non parlare", mientras en "Piangi fanciulla" llega incluso a crear la ilusión de una voz bella a través de la morbidez y dulzura del legato. En cuanto a los monólogos, está particularmente inspirado en "Pari siamo", mostrando todos los claroscuros expresivos tantas veces ignorados. Weede no era un barítono dramático como Tibbett, pero la amplitud del fraseo y la agresividad del acento sí son genuinamente dramáticos. En cuanto a la "Invectiva" su arrojo es efectivo, destacando la firmeza del agudo. En "Miei signori" hay cierta tendencia al mezzoforte, pero existe un patetismo sincero (como en la escena final) En definitiva, un verdadero Rigoletto.

Esta grabación esconde un segundo artista de gran talla aun más olvidado si cabe, pues el tenor Bruno Landi (1905-1968) pertenece a esa generación de cantantes italianos (1) a la que la Segunda Guerra Mundial impidió desarrollar su carrera como habría correspondido a sus capacidades. Durante sus años como artista del MET, desempeñó sobre todo papeles de tenor lírico ligero: Nemorino, Almaviva y Ernesto, pero también Rodolfo y este Duque de Mantua. Landi es en realidad uno de los últimos ejemplos de tenore di grazia, una clasificación que tiene que ver más bien con un estilo de canto: el que se escucha en la elegancia y el virtuosismo con que afronta sobre todo las páginas "frívolas" del Duque. Su "La donna è mobile" está cincelada con una elegancia y una ironía despreocupada que no se han escuchado en los últimos tiempos ni siquiera a Kraus (siempre más arrogante) y los pianissimi en "accento" nos devuelven de pronto al mundo de los virtuosos como Fleta, Koslovski o de Lucia (una lástima el portamento para tomar el si agudo en la cadencia). El mismo preciosismo se escucha en "Bella figlia dell'amore" ("Le mie pene consolar"). Sin embargo también es un intérprete moderno que diseña un personaje impulsivo: escúchese el recitativo "Ella mi fu rapita", incisivo, de fraseo amplio, o como alterna frases impetuosas en la Ballata y la Canzona. Es en las páginas "serias" donde mejor se refleja esa afortunada fusión entre canto di grazia a la antigua y la agresiva escuela posterior a Caruso. Su ataque a media voz de "Parmi veder" cautiva por la dulzura y estupendo legato y en "È il sol dell'anima" el uso del rubato y los reguladores son de verdadera escuela belcantista, pero en ambos casos impacta también el brío del acento, igualado por el brillo y plenitud con que domina la tesitura. Escuchándolo uno se da cuenta de hasta qué punto "lírico ligero" se ha convertido en una matrícula de la que se han apropiado tenores ligeros puros (a los que un papel como el Duque termina poniendo en su sitio). Landi no poseía una voz atractiva ni espectacular, pero técnicamente su Duque no tiene fisuras (el único pero es el reb de "Addio, addio") y en cuanto a estilo es de los más completos que se pueden escuchar.

Con Reggiani no hay sorpresas y es la típica Gilda ligera aunque su timbre penetrante le da algo de carácter en "Tutte le feste". En "Caro nome" en cambio resulta metálico y posiblemente crecido de afinación. Moscona hace un personaje válido (pero su fa grave en el primer Acto es inenarrable)

En cuanto a Panizza, la toma evidentemente no nos deja apreciar del todo su labor orquestal, electrizante como siempre aunque por momentos algo pasada de volumen. Lo que sí resplandece es el cuidado con que estimula la fantasía de sus cantantes, permitiéndoles usar el rubato y las medias voces. Su acompañamiento en "Parmi veder" y "È il sol dell'anima" es una lección para la mayor parte de directores italianos sucesivos sobre lo que ha de ser el concertador de melodrama. Por encima de todo, un director de voces.

La grabación tiene varios cortes breves pero inoportunos, aunque se deja escuchar.



Metropolitan Opera House
22 de junio de 1972

Rigoletto - Matteo Manuguerra
Gilda - Joan Sutherland
Duca - Luciano Pavarotti
Sparafucile - Ruggiero Raimondi
Maddalena - Joann Grillo
Monterone - Edmond Karlsrud
Giovanna - Carlotta Ordassy
Marullo - Russell Christopher
Borsa - Leo Goeke

Orchestra & Chorus of the Metropolitan Opera
Director: Richard Bonynge

Durante los años 70 Rigoletto tuvo a Milnes y Cappuccilli como intérpretes más famosos. Matteo Manuguerra (1924-1998) no tuvo ni los medios suntuosos de Cappuccilli ni la zona aguda de Milnes, pero a cambio no caía en sus exhibiciones gratuitas y ante todo estaba pendiente de hacer un personaje. A poca distancia de la grabación Decca de la ópera, se representó en el MET una serie de funciones donde Milnes dejó constancia de su vacuo bufón, además con notables problemas vocales que el estudio disimularía. Un Rigoletto creíble sólo se escuchó en el segundo reparto, en la voz de un Manuguerra ya veterano (aunque debutó profesionalmente en 1962) Con una voz de barítono lírico, discreta y un poco nasal pero bien emitida, demostró que el personaje está en los matices, no en las explosiones coléricas ni en el disparo de agudos. Este Rigoletto es un ser herido y vulnerable, lleno de tristeza, como se escucha en el estupendo "Pari siamo", incluso en frases que suelen acentuarse con sarcasmo ("Questo padrone mio"). Manuguerra por tanto se decanta por el patetismo en sus monólogos y las efusiones líricas en los dúos con Gilda (aquí sin cortes en "Veglia, o donna"), habiendo sido quizá el último intérprete capaz de cantar las medias voces y pianissimi de la partitura (la cantinela de "Piangi, fanciulla" a partir del segundo verso, los signos de cresc. y dimin. en "Pari siamo") No pretende pasar por barítono heroico en la "Invectiva", que es más bien la expresión de un ser acorralado hasta el extremo, y en "Miei signori, perdono" - muy bien cantado - se acentúa esta perspectiva ("Tutto al mondo"). Un Rigoletto completo a pesar de que en algún momento se percibe falta de expansión y amplitud ("Ah! Moria" o "Dio! sii ringraziato")

Sobre la magnífica interpretación de Pavarotti ya se habló hace un año. Sólo se puede añadir que habría sido una buena oportunidad para que Bonynge hubiese estimulado a Pavarotti a profundizar en las raíces belcantistas del papel, inclinándose más por su faceta de tenore di grazia (para empezar, incluyendo las cadencias). Como Duque arrogante y spavaldo es un verdadero fenómeno (el "Addio, addio" resulta estrepitoso) pero un pequeño contraste habría supuesto la perfección.

Joan Sutherland aún estaba en una forma estupenda y sólo se percibe alguna tensión en la exigentísima tesitura de "Quanto affetto! Quali cure!", en cualquier caso cantado con legato de alta escuela y un timbre argénteo y angelical. Se constata que la veladura del registro central quedaba más exagerada en el registro de estudio de 1971, percibiéndose aquí una dicción más nítida de lo que el tópico ha hecho creer. También su implicación es muy superior y en particular resulta mucho más conseguido el retrato del personaje. En "Caro nome" hay frases ("Ah! Fin l'ultimo sospir") que no sólo desprenden inocencia juvenil, sino un íntimo sentimiento de ensoñación amorosa: en definitiva, lo que exige la página. El virtuosismo además sigue siendo asombroso, esta vez los portamenti no escritos son más discretos, al cadencia de facilidad irreal y los trinos magníficos, en especial el último, con el que sale de escena, roba el aliento por su belleza. En "Tutte le feste" los arcos de melodía ("Amor mi protestò") se acentúan con verdadero estilo y carácter verdianos, recogiendo la voz tras el forte. En el debe, la insistencia en las puntature del Cuarteto y el Trío del tercer Acto, parte de la herencia más antimusical de la ópera y por otro lado sin la facilidad de años atrás. En cambio el mib de la "Vendetta" es un estupendo remate a una interpretación excitante por parte de ambos artistas.

Raimondi nunca fue reconocible como timbre de bajo, pero al menos cantaba mórbido y sin estridencias. La dirección de Bonynge es vibrante y llena de cantabilidad, aunque un poco uniforme (excepto acompañando a su señora esposa).

(1) Otros nombres que vienen a la cabeza: Giovanni Malipiero, Carlo Tagliabue o Cloë Elmo.


20/07/09

Grandes cantantes del pasado: Nazzareno de Angelis



Vida y carrera

Nació en 1881 en L'Aquila (1) y desde muy pronto cantó como niño soprano en la Capilla Sixtina Vaticana, al igual que muchos otros cantantes de la época. El cambio de voz de la adolescencia lo sitúa en una franja intermedia entre barítono y bajo, estudiando ambos repertorios con Faberi en la Academia de Santa Cecilia hasta la elección definitiva de su cuerda. El debut escénico llega en 1903 con "Linda di Chamounix" en L'Aquila. Realiza sus primeras apariciones en teatros de provincias con óperas como "Norma", "Ernani" o "La Favorita". En 1905 debuta en el extranjero durante una gira por Holanda. Su primera actuación en La Scala data de 1907 (Alvise), llegando a ser uno de los pilares de la casa durante dieciocho temporadas. También en Milán se produce su debut wagneriano como Marke bajo la dirección de Toscanini. Con el tiempo los papeles de Wagner (siempre cantados en italiano) llegarán a ocupar en su repertorio un espacio mayor que los de Verdi, representando un caso excepcional. En el teatro lombardo alternará "Lohengrin", "Aida", "La Vestale", "I Vespri Siciliani", "Medea", "La Valchiria" o "Don Carlo", destacando también el estreno de "L'Amore dei tre re". Sus únicas apariciones en EE.UU. acaecieron en Chicago (1910) con papeles secundarios, no cuajando su carrera allí. Es de suponer que esto tampoco favoreciera que las compañías discográficas se fijaran más en él. El Colón lo recibe en 1911 con "Don Carlo" y "Mefistofele". La fama a nivel nacional llega en 1911 al cantar "Mefistofele" en el Costanzi de Roma; todos los teatros italianos le solicitan este papel y con él obtiene un gran éxito en el Liceu en 1913. En 1915 el Teatro Quirino de Roma presencia la exhumación del Mosè de Rossini, con un reparto que incluyó a Giannina Russ, Adele Ponzano, Luigi Pieroni y Alessandro Dolci. Es una ocasión histórica y otro de los mayores triunfos de su carrera. Hasta 1925 le acompañó el papel por toda Italia y Sudamérica, incluyendo un éxito colosal en La Scala. Su carrera se prolonga limitando las apariciones anuales a unas veinte desde 1927 y la despedida de los escenarios llega en Roma (Termas de Caracalla) con "Mefistofele" (1939). Existe la evidencia de algunos recitales durante los años cuarenta. Se dedica a la enseñanza en Milán y Roma (donde toma como pupilo a Paolo Silveri). Muere en 1962 en la capital italiana.

La voz, el cantante.

Escuchar en vivo la voz de Nazzareno de Angelis debía de ser una experiencia física y metafísica inolvidable. Un comentarista anotaba en 1926: "Su voz tormentosa y tonante parece una exhalación surgida de las fauces de una gran máscara griega; una vez ha entrado en escena no encuentra ya el descanso ni puede contener el ardor de su soberbio y cruel temperamento; semejante a un lujurioso, su propia sangre lo atormenta; se estremece y tiembla de repente, como un león que se sacude los flancos con su cola, y desde sus grandes pulmones de bronce lanza contra la platea, de golpe, notas enormes y luminosas que corren como bólidos incandescentes."(2) Giacomo Lauri-Volpi habla de una voz "impetuosa, fulgurante, febril" que establecía una "tensión casi enfermiza en el aire durante todo el espectáculo, como si existiese una corriente eléctrica entre cantante y público" (3) . El instrumento se caracterizaba por una extensión trascendente, desde el fa grave hasta un sol agudo tan fácil y squillante como el de un barítono. El timbre, más allá de volumen o espesor, estaba dotado de una amplitud heroica, siempre lleno, sonoro y compacto. Tenía además dos características poco habituales en un bajo: un personal vibrato rápido y un color ciertamente claro. No existía en su fonación ningún tipo de resonancia espuria para engrosar el centro ni oscurecer el grave, que poseía una plenitud y densidad genuinas. La homogeneidad entre registros y la extensión eran síntomas inequívocos de una emisión canónica, que no conocía durezas en ninguna circunstancia, sostenida sobre el aliento y lanzada vertiginosamente hacia la máscara. Esto, además de proporcionarle una longevidad vocal incomparable, le consentía también la regulación del volumen en cualquier tesitura, incluso la más comprometida. Medias voces y filados timbradísimos se alternaban fácilmente con la emisión plena sin brecha audible, permitiendo así que el intachable legato se completara con toda la gama de claroscuros. En de Angelis - como en Stracciari, Galeffi o Pertile - coincidían el poderío vocal más espectacular con una técnica inquebrantable, lo cual equivale a hablar de un tipo de cantante que casi desapareció tras la segunda posguerra: el dramático capaz de hacer verdadero belcanto. Ambos extremos, el heroico y el lírico, también le pertenecían como intérprete. Poseía como pocos el sentido sacro del canto y era capaz de expresar el profundo patetismo de los personajes más graves, ya fueran padres venerables o reyes y sacerdotes imponentes. En esta franja se movió como Mosè, Felipe II, Fiesco, Zaccaria, Marke, Gurnemanz o incluso el papel de Bassbariton por antonomasia, Wotan ("Das Rheingold" y "Die Walküre"). Sin embargo también sabía dar rienda suelta a un temperamento exuberante para recrear un Mefistófeles (Boito) lleno de ironía y fuerza salvaje, tan magistral como debió de ser su Hagen o el caricaturesco Don Basilio. La dicción del cantante era de extrema nitidez incluso en aquellos pasajes donde podía morder el sonido, aclararlo o sombrearlo a voluntad para introducir un matiz grotesco, brutal u cómico. Aun en ciertos momentos donde podía exagerar, el legato nunca llegaba a quebrarse. Al contrario que el único bajo de la época que le hizo sombra, Fiodor Shaliapin, de Angelis nunca se extravió fuera de los límites del canto puro. Por último, a pesar de ser según parece un hombre de trato difícil, su personalidad en el escenario era magnética y arrasadora, como testimonian numerosas declaraciones de sus compañeros ("Su presencia era única. Nunca me he encontrado nada igual ni creo que lo haga" - Francesco Merli)

Audiciones.

Los registros acústicos (Fonotipia) captaron la voz de A. con poca fidelidad, resaltando excesivamente la claridad y el vibrato del timbre. Entre los mismos escuchamos "Ave Signor!" ("Mefistofele") e "Infelice, e tu credevi" ("Ernani"), datados en torno a 1905 y con acompañamiento de piano. Con todo se percibe la frescura del joven cantante, el timbre fuerte y squillante, pero el intérprete aún no está completo, quizá debido a la escasa familiaridad con el medio (recordemos que el sistema de grabación acústico era bastante incómodo). Sin embargo frases como las que abren el aria de Silva ("sì bel giglio immacolato!... ") cordiales y humanísimas, ya anuncian a un cantante de rara comunicatividad.

Mefistofele fue la única ópera que grabó completa (1932) lo cual es lógico pues cantó el papel en al menos quinientas ocasiones (algunas fuentes llegan a hablar de 897 funciones). Sin embargo en este registro el artista, aún en forma tras casi treinta años de carrera, se mostró demasiado histriónico. Por ello son del máximo interés los registros anteriores de "Ave Signor!" y "Ecco il mondo" (1909). Destaca ésta última por la agresividad, la mordiente dicción del texto ("Fiera, vile, sottile"), siempre cantando desde luego, que tiene contrastes de insólita ironía en "Che ad ogn'ora si divora" e "il paradiso", emitidas en alevosa media voz. La grabación posterior ofrece su perfil más exagerado, pero algunas frases son de una sorna infalible ("Fola vana è a lei Satana, Riso e scherno e' a lei l'inferno") y el fa agudo conclusivo aún es envidiable. En la llamada Aria del fischio se repiten las muecas vocales, pero siempre perfectamente dominadas como esos "No" casi gruñidos. Atención al poderío de "V'è sul Sol".

En la misma línea de personajes satánicos, este registro de la Canción de Kaspar ("Der Freischütz") es una curiosidad, ya que no llegó a cantar el papel en vivo. De A. tiene algo que decir hasta en la sección central, mientras los saltos al agudo, tantas veces ladrados por barítonos alemanes, aquí son nítidos y de una energía salvaje.

El único - por desgracia - testimonio de su Wagner es un fragmento del "Adiós" de Wotan. El dominio de la elevada tesitura es inatacable. Comienza la página vibrante y emotivo, ofreciendo un personaje de emociones humanas pero a escala divina, lejos de otras concepciones hieráticas o metafísicas. En cuanto a "Quest'occhi fulgidi ognor" (que es "Der Augen leuchtendes Paar") en un pianissimo inefable, difícilmente puede concebirse una línea de canto más mórbida y ligada. Además la acentuación ("von holden Lippen dir floss") alcanza alturas de lacerante expresividad. Sólo se lamenta que no grabara la escena hasta el final.





Una nueva muestra de la fascinación cómica que podía ejercer se escucha en su Calunnia. La vieja escuela resplandece en las primeras frases, donde alterna voz plena y media voz, los pequeños efectos de color sobre las palabras clave siempre integrados en el canto: "venticello", "gentile", "Piano, piano" o "sottovoce" emitidas suavemente, el "terra" con el grave exagerado o la ese líquida en "sibilando". Además existe una teatralidad en la acentuación que raras veces se encuentra en ninguna grabación de estudio, menos aun en las antiguas. La caricatura del charlatán y su mezquindad es despiadada (escúchese especialmente desde 3:00). Hay que entender las pausas en las frases largas ("Come un colpo di cannone" y "Sotto il pubblico flagello per gran sorte va a crepar") como un hábito de aquellos años, aparte de la evidente ganancia de comodidad. Se remata la página con un sol agudo fácil y timbrado.

Entramos en un bloque verdiano con el aria de Silva ("Ernani") en una grabación de 1909 que supera al anterior en todos los aspectos (ya el primer ataque a media voz lo demuestra) pero aun no alcanza el nivel excelso de Ezio Pinza. No existen muchos registros del racconto de Ferrando comparables al presente, sobre todo en lo referente a la ejecución de las apoyaturas y grupetti que, al perderse la emisión ligera y en punta clásica, han sido generalmente vociferadas por los bajos de posguerra. En cuanto al aria de Fiesco, destaca por una sobriedad de acentos ("Il lacerato spirito") con pasajes de genuino patetismo (la primera "Prega Maria per me") . Debe señalarse el soberbio filado en "Disonore". De Angelis lideró el legendario (4) "Don Carlo" scalígero de 1912, pero esta ópera aún no había superado las reticencias del público italiano por lo que no fue un papel que pudo frecuentar. Se muestra un poco lastimero en el inicio, acercándose quizá con esos efectos naturalistas al proceso de absorción del Verdi maduro por el verismo. A continuación la gravedad y melancolía de "Io la rivedo ancor" es ideal, pero empaña el resultado una repetición del "Amor per me non ha" ilógicamente extrovertida, puesto que estamos en el planteamiento de la escena. Tampoco es convincente el cierre del recitativo, con un "languenti" pesado y poco elegante. Es en el cantabile "Dormirò sol" donde encuentra el tono justo, con una media voz estupenda y mayor sobriedad (aunque no falten respiraciones inoportunas y las notas breves sean problemáticas). El cierre de nuevo resulta verista, ya con sollozos que poco tienen que ver con el personaje. Sin duda Tancredi Pasero, quien le sucedió en La Scala, supo encontrar mejor el carácter de esta página en su legendario registro. Del poderío que aún poseía tras 25 años de carrera nos da una noción la arenga de Zaccaria "Sperate, o figli", en especial en "Freno al timor! v'affidid'Iddio l'eterna aita", con una curiosa y enérgica escala ascendente. El descenso al grave con que concluye la página ("Fidando in Lui perì?") asombra por la pureza y vibración, similares a las de un instrumento de cuerda. En "Tu, sul labbro" Verdi recuperó la escritura belcantista pura. Tras el recitativo, que dice con la acostumbrada autoridad, el cantante ataca la Preghiera a media voz, con una nítida y aun más dulce appoggiatura en "veggenti". Una muestra de la fantasía con que creaban las frases los grandes cantantes de esa época es "parla or tu col labbro mio! E di canti a te sacrati", que en este caso cambia a "col labro (pausa) Dio!", filando el final y enlazándolo con portamento a la efusiva melodía posterior. Una maravillosa "traición" a lo escrito.

Con "Mosè" se sintetizaron aun más las afinidades del artista con los personajes sacerdotales. El dominio absoluto de la emisión permite que en una sola frase se pueda retratar un personaje por medio de los claroscuros. Así escuchamos la solemnidad inicial ("Dal tuo stellato soglio") y a continuación un conmovedor patetismo en la media voz de "Signor, ti volgi a noi". Se transmite así que en esta exclamación ya no habla el soberbio líder de los hebreos, sino Moisés el hombre, que suplica y sufre. Sin embargo la obra maestra discográfica del bajo abruzo es la gran escena "Eterno! immenso! incomprensibil Dio!". Su invocación (recitativo) inicial transmite una autoridad bíblica, con una voz que esculpe en mármol las palabras. A continuación adopta un tono sumiso lleno de patetismo ("e 'l popol tuo / Colmi di benefizi") con medias voces y ppp de dulzura inefable. Con un nuevo contraste magistral, sus exclamaciones finales ("E dell'Egitto a nuova meraviglia / Il lume che sparì rendi alle ciglia") tienen un acento profético, de verdadero iluminado. El cantabile, una de las mayores inspiraciones de Rossini, resplandece en su interpretación como una música tan sublime como cualquiera que se pueda citar. Se recuerda así aquella máxima según la cual es Rossini el compositor que más sufre con interpretaciones de técnica mediocre; son por tanto sólo los verdaderos maestros quienes pueden hacerle justicia. De Angelis sostiene la maravillosa melodía en un pianissimo timbrado y acariciador, con un legato que envidiaría cualquier instrumento, reproduciendo las vocalizaciones no sólo estupendamente, sino con una hondura expresiva emocionante. Uno puede creer que no es posible que un bajo cante más suavemente, hasta que demuestra lo contrario acercando el hilo de voz a la frontera del silencio (pero siempre manteniendo color y vibración) en "stupende" o "tua". Ejemplo de una técnica capaz de integrar la resonancia de cabeza en la emisión sin rotura ni merma algunas. Como remate a una interpretación trascendente, emite un trino di grazia ligeramente gutural, pero nítido como es difícil escuchar a un bajo.

Celeste man placata!
Chi è mai che non comprende
A prove sì stupende
La somma tua bontà?


En palabras de Rodolfo Celletti, "uno de los discos más bellos jamás grabados".


Disfrutadlo.

(1) Según la página de Mike Richter, coincidiendo con "Unvergängliche Stimmen; Kleines Sängerlexikon - A concise Biographical Dictionary of Singers" de Karl J. Jutsch, Leo Riemens y Harry Earl Jones (1969). En "Le grandi voci" (1964) y "Grandi voci alla Scala" (1991) se cita Roma.
(2) Barilli en el "Sorcio del violino". Citado por Eugenio Gara en "Le grandi voci" .

(3) "Voci parallele" (1955)
(4) Entre otros, cantaron Carlo Galeffi y Bernardo de Muro.

13/06/09

Los Peores (VI): Kathleen Battle


Para no cometer una injusticia (y de paso ahorrarle algo de trabajo al Sr. Quint) se ha de reconocer que este caso es una excepción dentro de la presente serie. Al contrario que los señores que nos han visitado hasta ahora, Kathleen Battle cantaba como debe cantar un profesional. Su formación musical era intachable, algo común a toda una generación de cantantes norteamericanos que se afirmó durante los años 80 (Chris Merritt, June Anderson, Frederica von Stade, Lella Cuberli o Samuel Ramey) Battle tenía también una voz razonablemente bien emitida, sabía cantar legato y su dicción era buena en varios idiomas. El principal problema se refería tanto a la cantidad como a la calidad de su voz. Es famosa la anécdota en la que una cantante retirada del MET comentaba que valía menos que un eructo de Marilyn Horne. No se puede negar que el timbre al menos tenía un color agradable: una vaporosa y dulce vocecita de soubrette, monótonamente igual y empalagosa en toda la tesitura. Al margen de las características propias de este tipo de soprano, la extensión era limitada y casi sonaba como un chillido (strillo) por encima del do agudo (como se aprecia en los vídeos, tenía que buscar espacio en la boca enseñando cómicamente los dientes y su mandíbula se descontrolaba). Pero en realidad lo que siempre ha producido más hilaridad es que había algo indescriptiblemente cursi en esa voz pequeñita, fina e aniñada. Ms. Battle se tomaba a sí misma y a su voz demasiado en serio, cayendo continuamente en una afectación que bordeaba el ridículo. No bastándole los papeles de soubrette (Zerlina, Despina) se presentó como soprano lírica de coloratura, donde su fraseo resultaba aun más risible. Además, aparte de la calidad del registro agudo, su coloratura no era precisamente exacta y el fiato no muy amplio. Con ella, Adina y Rosina eran más heroínas de musical que de melodrama del Diecinueve. Absurdo. Lo peor llega, sin embargo, cuando además de escucharla, uno tiene que verla actuar con su pose de diva y su gesticulación amanerada. Ni siquiera el hecho de que fuera agraciada ayuda un poco.

Battle a pesar de todo desarrolló una importantísima carrera documentada extensamente por las discográficas, quienes incluso hicieron de ella una estrella. Pasó, y sigue pasando, como un modelo de soprano de agilidad para el público del MET, siempre dispuesto a aplaudir el producto bien presentado y a no aprender absolutamente nada de los grandes cantantes que han pasado por ese teatro.

Sin embargo, todo se acabó en 1994 cuando se peleó con su amigo Jimmy Levine y fue vetada por la dirección del MET, desapareciendo de la escena internacional. La diva, a pesar de su voz acaramelada e infantil, era famosa por su insoportable temperamento y su agresividad hacia los demás. Una vez más habría que recordar otro famoso chascarrillo sobre las soubrettes y las víboras.

07/06/09

Perlas falsas en Sevilla


Los Pescadores de Perlas
Roberto Alagna, Nadir
Nathalie Manfrino, Leïla
Marc Barrard, Zurga
Nicolas Courjal, Nourabad

Pedro Halffter
Real Orquesta Sinfónica de Sevilla
Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza
(Versión de concierto)
6 de junio de 2009


Cuando Roberto Alagna apareció en la escena internacional, a mediados de los noventa, se estableció rápidamente como el primer tenor lírico en los repertorios italiano y francés. Recuerdo que enseguida me llamó la atención su primer recital grabado para la Emi. Poseedor de una voz extensa, robusta y hermosa, Alagna fue además uno de los últimos tenores en mostrar una técnica por lo menos solvente. Sin embargo, siguiendo el ejemplo de su idolatrado Luciano Pavarotti, pronto se inclinó por incorporar papeles de mayor peso, tanto verdianos como veristas y decidió dirigir su carrera según criterios más publicitarios que musicales. Los problemas comenzaron al estar desprovisto de la seguridad técnica de Pavarotti, ya que su pasaje entre registros en realidad no estaba completamente resuelto. El agudo, al principio amplio y timbrado, empezó a sonar forzado y abierto; el estupendo instrumento, cada vez más engolado y desigual. Durante los últimos años, además de errática, su carrera ha tomado un rumbo incluso hilarante con el abandono de La Scala en plena "Aida" o su estrafalario concierto del Real.

Con esos antecedentes, se cumplieron los peores presagios. A pesar de su afinidad por los papeles franceses, Alagna siempre fue un tenor alla italiana, caracterizado por una expresividad exuberante y un poco superficial. Los únicos rasgos del antiguo estilo francés (Thill, Ansseau, d'Arkor, Villabella) que ha exhibido Alagna son la dicción nítida y la pronunciación genuina (bien que a veces exagerada en ciertas consonantes guturales y la nasalidad de las vocales) Aun con estos presupuestos, se puede cantar Nadir siempre que la técnica y la voz respondan. Lamentablemente el declive de Alagna es más que notorio: la voz sigue teniendo atractivo en el franja central, pero en el resto de la tesitura apenas es ya reconocible. Se ha instalado un tono engolado en el timbre que le impide correr libremente por el teatro y se hace más fuerte al intentar cualquier modulación. Se percibio así al comienzo de "Au fond du temple saint" o "Ton coeur n'a pas compris le mien". En el citado dúo con Zurga, probó primero a emitir los agudos en piano, quedando el sonido mate; en la segunda parte optó por el forte, pero sin obtener mejoras audibles. El descalabro llegó en el aria, que cantó de principio a fin en un falsete sin valor estético alguno. En el repertorio francés fue tradición el empleo de la esquiva voz mixta para obtener el sonido dulce e irreal que exige este hermoso nocturno; desaparecida esta técnica, hay que elegir entre el falsete o la emisión de los agudos en voz plena. Alagna evidentemente ya no está para sostener esta tesitura sino desgarrándose en el peor estilo verista. Una vez elegido el falsete, hay que decir que los puede haber peores o mejores, según la técnica con que se refuerce. En su caso fue irregular, desprovisto de firmeza, por momentos inaudible, heterogéneo. Durante el inexplicable bis del aria, incluso desafinó en el da capo; impresentable para un profesional, en suma. El resto de la ópera, de dificultad asumible, la recorrió con un monótono mezzoforte, en la más anónima rutina, excepto por sus absurdos paseos entrando y saliendo del escenario.

Nathalie Manfrino empezó floja (reprodujo realmente mal la bellísima escala descendente con que acaba el concertante del primer Acto) pero ella sí canta como una profesional seria. Tuvo problemas para conectar el registro superior, por momentos abierto, pero mostró inteligencia al regular los ataques desde el mezzoforte al forte. Finalmente el agudo llegó a adquirir plenitud y brillo, destacando a través de la orquesta y el resto del reparto (con la excepción del que remata del dúo con Zurga, que fue más bien chillado). Además Manfrino sabe recoger la emisión en timbrados pianissimi (en el dúo con Nadir y el da capo de su aria) La voz tiene un color lírico agradable y ciertamente acentuó con gusto, dejando muy en evidencia a sus compañeros. Si en principio suscita cierta hilaridad la presencia de Manfrino, pues al ser cuñada de Alagna puede suponerse que éste la impone en el reparto, en justicia demostró que debe ser ella la que con el tiempo tenga que colocar a su famoso pariente.

Zurga y Nourabad fueron servidos por cantantes gruesos, con la acostumbrada técnica incompleta de las voces graves actuales. Mientras canten en el registro central, todo marcha sin sobresaltos: pero el fraseo es inerte, la pobreza de claroscuros apenas hace justicia a la melodía, no hay caracterización. Cada vez que Barrard tenía que atacar un agudo, dejaba ver una muestra un poco cómica de su escasa preparación, pues doblaba las rodillas y hacía una especie de movimiento de levantador de pesas.

Halffter dirigió muy bien los pasajes con instrumental reducido (las "reminiscencias" del motivo de Leïla) pero en cuanto había que movilizar los tutti, la orquesta sonó deslabazada y sin dirección: no puede ser de otra forma cuando la cuerda no tiene cuerpo ni mordiente. Sólo quedaban los metales a todo volumen y una lentitud extraña en varios pasajes, aunque en general respetó a los cantantes. De éstos, salvo la soprano, obviamente no extrajo nada valioso. Por último, añadir que se optó por la versión breve del final de la ópera, que amputa un pasaje donde Zurga es asesinado por la multitud enfurecida.

El coro se lució con un sonido amplio y compacto, que aprovechando la estupenda acústica llenó la sala. Resultó quizá algo exagerado en el forte, lo cual dio lugar a puntuales asperezas del agudo.

La función obtuvo un gran éxito, realmente excesivo y un poco provinciano en su unanimidad, aunque no tanto como para merecer el bis indicado en "Je crois entendre" (que suponemos pactado con Halffter). El público, huérfano de las referencias apropiadas, paga y aplaude. Sin embargo hay que decir que cuando uno tiene la oportunidad de escuchar a una soprano que canta correctamente debería tener el criterio preciso para darse cuenta de que algo no funciona con el tenor, por mucho que éste sea una estrella. Mención especial merece la claque del paraíso, que seguramente se pegaría una buena cena a la salud de M'sieur Alagna. Sitios no faltan en Sevilla.


Alain Vanzo canta "Je Crois entendre encore"
Beniamino Gigli canta "Mi par di udir ancora"
Nicolai Gedda canta "Je Crois entendre encore"
Alfredo Kraus canta "Je crois entendre encore"

11/05/09

"Jenůfa" en Málaga (10 de mayo de 2009)



Crece la atención de los teatros españoles hacia las óperas de Leoš Janáček y siguen confirmándose las buenas condiciones actuales - escénicas, vocales - para representarlas.

La ficha técnica de la representación.

La producción del Teatro Moravo-Silesio de Ostrava, como no podría ser de otra forma, es tradicional y presenta en toda su sencillez el aspecto nacionalista, incluso pintoresco, de la ópera. Recordando que el título de la obra teatral de Gabriela Preissová era Její pastorkyňa, "Su hijastra", la acción refuerza el papel central de la Sacristana, una figura ominosa en el primer Acto y desgarradora y trágica en los siguientes. Hubo algunos detalles fantasmagóricos en el segundo Acto que no parecieron tener demasiado sentido.

Fue una buena función, a pesar de que Elena Prokina no llega a hacerle justicia al papel titular. Su voz corresponde a una soprano lírica y resulta muy exigida por una escritura característicamente ardua: el agudo se abrió en los pasajes más dramáticos, falto por tanto de metal para sobrepasar la orquesta. Sin embargo el mayor problema de su emisión se presenta en el registro medio, apagado y falto de sonoridad hasta el punto de que podría hablarse de agujero en esa tesitura, lo cual sorprende en una cantante que aún es joven. Inevitablemente el fraseo en esa zona se resintió, perdiéndose incluso bajo un acompañamiento moderado. El papel también pide cantar a media voz en muchos momentos de singular recogimiento (la oración del segundo acto), pero éstos perdieron su expresividad debido a la tendencia de la media voz de Prokina a quedarse "atrás" (atrapada en la garganta). De nuevo estamos ante una cantante con buenas intenciones a la que los problemas técnicos impiden realizarlas.

El punto fuerte de la noche fue la Sacristana de Agnes Zwierko, con una voz de mezzo robusta, acerada y quizá algo cavernosa en el grave, que sin embargo mostró matices suficientes para suscitar empatía y que el tremendo personaje no se convirtiera sólamente en un mostruo. Su actuación fue autoritaria, pero con ofreciendo claroscuros vocales que transmitían la evolución del personaje a través de sus monólogos. Impresionante en la escena donde decide matar al bebé de Jenůfa y estremecedora su exclamación "Jako by sem smrt načuhovala!" (al final del Acto II): amplia, penetrante, terrible. Al final de la representación el reparto (que le cedió el último lugar para los saludos) y el público reconocieron su estupendo trabajo. Zwierko ya fue apreciada en este papel en La Scala.

Los tenores encargados de Laca (Michael Hendrick) y Števa (Miroslav Dvorský) exhibieron la acostumbada técnica diletante a la que se ha resignado el público, convencido de que la emisión de agudos feos y durísimos es sinónimo de veracidad dramática. Las voces de ambos muestran la típica robustez del timbre engrosado y gutural, que en un teatro de pequeñas dimensiones puede ser válida pero siempre vulgar y de valor estético escaso. Las frases de Števa en el dúo con Jenůfa ("Eres la más bonita de todas", Acto I) que piden el timbre brillante y juvenil del tenor romántico, fueron despachadas por Dvorský con sonidos inclasificables como musicales, más bien pertenecientes a la fauna propia de la granja. Hendrick se mostró un poco más sensible y seguro hasta el final, aunque tampoco su súplica "Incluso eso soportaré por ti" fue digna de producir la catarsis conclusiva, la entrega de Jenůfa al amor verdadero, que tan bien retrata el acompañamiento orquestal.

El resto del reparto cumplió con afinidad hacia el idioma y el estilo de canto dialogado que el autor implantó en ésta, su primera obra maestra (sobre todo en lo que concierne al hipnótico y desolado segundo acto). Oliver von Dohnányi guió con nervio la narración, extrayendo de la orquesta el sonido áspero y ácido que se asocia a Janáček, pero coloreado y modulado cuando fue necesario. La cuerda quedó algo falta de fuerza en la conclusión, aplastada por los metales. Muy buena actuación del Coro, vigoroso y chispeante en los números populares.

Sólo hubo que lamentar que se hicieran pausas largas entre actos, lo cual extendió la recita hasta las 23:15, y el patio de butacas medio vacío (entradas a 120 euros).

03/05/09

La Creación según Haydn


Aunque normalmente esta casa no conmemora los centenarios, se hace una excepción para recordar que el 31 de mayo de 1809 moría Franz Joseph Haydn en Viena. La razón es un reciente retorno por mi parte a la obra de Haydn tras años de cierto alejamiento. Quizá cegado por el magnetismo del pathos beethoveniano durante mis primeros pasos en la música clásica, ha tenido que pasar mucho tiempo para cambiar mi percepción del estilo Clásico. Donde antes creía ver superficialidad y ornamento, ahora encuentro equilibrio, gracia y la clase de disfrute que sólo existe en el juego, concebido éste como la más alta actividad del intelecto.

Junto a los Cuartetos de Mozart y las Sinfonías de Haydn, ha sido el Oratorio "La Creación" una de las obras que han protagonizado mi particular reconciliación durante el último año.

Compuesta entre 1796 y 1798, por tanto un período insólitamente largo, "La Creación" permanece como una de las grandes obras musicales de la Ilustración, junto a "Die Zauberflöte", la Sinfonía "Coral" y la "Missa Solemnis". También posiblemente sea la más grande afirmación del genio de Haydn, por fin libre de servidumbres.

La obra se divide en tres partes que celebran la creación de la Naturaleza inanimada, la fauna y flora y la del ser humano. El libreto fue eleborado por el Barón von Swieten (activo intelectual austriaco y futuro protector de Beethoven) a partir de un extenso poema de un cierto Thomas Linley Sr., que anteriormente había rechazado Händel. La riqueza del lenguaje es inagotable, haciendo uso del estilo Sinfónico vienés pero también de giros barroquizantes (empezando por la estructura de recitativos y arias) y anticipando el gusto Romántico por la relación entre Naturaleza y hombre. La narración está a cargo de tres Arcángeles: Rafael (bajo), Gabriel (soprano) y Uriel (tenor), apareciendo Adán y Eva en la última sección.

Para abrir el Oratorio Haydn escribió un elaborado Preludio, "La Representación del Caos". Escrito en do menor, describe los primeros tiempos del Génesis, cuando todo era oscuridad y desorden sobre la tierra, con una escritura de armonías suspendidas que evita las cadencias en los finales de frase. Von Swieten sugirió la progresiva transición hacia la Luz, primero con recitativo del bajo (aún en do menor) y luego con una intervención del coro. Desde el ppp inicial, se produce el cambio a do mayor ("Licht") un glorioso fff que suscitaba aplausos del público en época de Haydn.

Así se inicia la secuencia bíblica, que alterna arias de inagotable riqueza melódica y coros de grandiosa inspiración barroca (Haydn había escuchado los oratorios de Händel durante sus visitas a Inglaterra)

La versión que escuchamos data del Festival de Salzburgo de 1965, cuando según su costumbre, Herbert von Karajan ponía a punto una grabación de "Die Schöpfung" con una serie de interpretaciones en vivo. Es sabido que el registro para la DG se completaría años después con la colaboración parcial de Fritz Wunderlich, muerto en 1966.

Karajan, contando con un sonido grandioso de la Filamónica de Viena, no desdeña la verticalidad en su dirección, pues el contrapunto está bien presente, como se escucha en los potentes Coros que rematan cada Parte. La belleza de la orquesta destaca en el Nº 12, retrato musical de una salida de Sol, quizá el pasaje donde la inspiración de Haydn alcanza su apogeo. Por otro lado sus tempi son nerviosos, teatrales, descriptivos (escúchese el Nº 21); las dinámicas variadas y expresivas, también por parte del coro (ejemplo de esto es el crescendo del Nº 19) En cuanto a la concertación de sus cantantes, como casi siempre es magistral, destacando el trabajo en los recitativos, cuya variedad de acentos y sfumature los exponen en todo su valor.

Esto es particularmente cierto en el caso de Wunderlich, extático y radiante en su primera intervención, con una voz fresca, timbradísima, de belleza seráfica. Aunque su primera aria le resulta incómoda por la tesitura grave, cautiva en el recitativo del Nº 12, de una dulzura inefable ("Mit leisem Gang") al describir el paso de la Luna. Igualmente magistral es su aria "Mit Würd' und Hoheit angetan" (Nº 24), donde la pureza de la emisión es irreprochable. Merece la pena detenerse en la frase "und Wonne zu", rematada con un crescendo magnífico. El Nº 29 hace desear que Haydn hubiese compuesto más música para Uriel. Una acuarela orquestal delicada y panteísta preludia un recitativo que el tenor alemán cincela con voz celestial.

Por su parte Kim Borg lleva con éxito el mayor peso de los recitativos de la obra. La voz es un poco áspera pero siendo un bajo neto su control de la tesitura aguda es notable. En "Rollend in schaumenden Wellen" reproduce con gracia las vocalizaciones de este curioso número, que comienza como un aria di tempesta en re menor (describe la creación del mar) y termina plácidamente en re mayor (con el solista a media voz). En el Nº 16 acentúa con gravedad el pasaje donde se cita a Dios en el recitativo accompagnato, mientras es vivaz en el Nº 21, correspondiendo el buen humor con que Haydn emplea onomatopeyas musicales (ya habían aparecido en las tormentas del Nº 3) al referirse el texto al león y otros animales. Borg además se atreve a cantar el re1 tradicional ("Am Boden das Gewürm")

Gundula Janowitz está en un repertorio ideal para exhibir la pureza angelical de su timbre, particularmente cuando podía evitar los ataques fuertes al agudo (en el Nº 5 salen algo tirantes) Su acentuación, desapasionada, virginal, se adapta perfectamente al estado de inocencia primigenia de "Auf starkem Fittige schwinget sich der Adler stolz" (Nº 15, la creación de las aves). En este caso la dulzura de frases como "Un Liebe girrt" o "Ihr reizunder" resulta insuperable. En el Nº 18, un Terceto que rompe la sucesión de arias, iguala a Wunderlich por la sencillez y candor con que sirve la melodía. La misma pureza clásica emana de su intervención como Eva en el dúo "Von deiner Güt, o Herr und Gott ", donde su voz se eleva con la pureza del cristal. Música que por muy conocida no deja de ser sublime, alada, venida de un mundo mejor.

En este caso Adán es Hermann Prey, que casi iguala el resultado de Dietrich Fischer-Dieskau en la edición de estudio por la suavidad y flexibilidad de su línea vocal, estupendamente ligada y matizada. Es costumbre emplear un barítono para Adán a fin de distinguirlo de la solemnidad del bajo que canta Rafael.



Sólo queda desearos que la disfrutéis.


20/04/09

Grandes cantantes del pasado: Giuseppe Danise

A fin de ofrecer algo totalmente contrario a "Los peores", iniciamos un repaso a una serie de cantantes cuyos nombres ya son sólo familares para unos pocos aficionados a las grandes voces. Empezamos con uno que ya ha pasado por esta casa a propósito de su Rigoletto.


Vida y carrera:

Nacido en Nápoles en 1883, desarrolló sus estudios en el Conservatorio local, donde adquirió una sólida formación en la escuela decimonónica de canto. Su debut se produjo en 1906 en el Teatro Bellini de la ciudad, interpretando Alfio en Cavalleria Rusticana. Es un símbolo del momento histórico que vivió la generación de Danise, enfrentada a las óperas de la Giovane Scuola y al nuevo estilo de canto que introdujeron Caruso, Burzio y, en la cuerda baritonal, Titta Ruffo. Hasta 1912 su carrera transcurrió en compañías de provincias, siguiendo entonces los pasos de Battistini por Rusia durante tres años. Varias actuaciones posteriores en Palermo y Torino lo trajeron al primer plano. Participa como Amonasro en la primera Aida (1913) de la Arena de Verona (junto a Giovanni Zenatello) Se suceden las actuaciones por Italia, Uruguay, Argentina y Brasil, hasta la triunfal acogida en La Scala de su actuación en La Battaglia di Legnano (Rolando). Llega el debut en el MET en 1921, la última temporada de Amato. Canta ininterrumpidamente hasta 1932, año del primer Simon Boccanegra de Lawrence Tibbett. Además de los grandes papeles verdianos y belcantistas, participa en el estreno neoyorkino de Andrea Chénier junto a Muzio y Gigli, o la Thaïs protagonizada por Jeritza. El retorno a Italia tras la carrera americana es igualmente exitoso al principio, pero en 1933 su Conte di Luna es protestado en La Scala. Apenas canta 40 funciones más: se retira con Barnaba y Germont en Río de Janeiro. En 1935 se traslada a Nueva York, donde abre una escuela de canto que le permite vivir cómodamente y en la que era reverenciado y muy temido como maestro. entre sus alumnos destaca Regina Resnik, a quien hizo cambiar de cuerda desde soprano a mezzo. Tras un sonado divorcio de la bailarina Ines Rognoni, se casó con la joven Bidú Sayao en 1946. Murió el 9 de enero de 1963.

La voz, el cantante:

La voz de Danise, de barítono dramático verdiano, amplia y extensa, poseía una igualdad entre registros absoluta, y una enorme rotundidad tanto en el grave como el agudo, éste último perfectamente enmascarado. El timbre era más oscuro y robusto que el de un Stracciari o un de Luca, pero también algo monocromático, menos pulido y rico en matices, en definitiva, menos estilizado que el de aquéllos. Una voz de "resonancias claustrales", en palabras de Lauri-Volpi, quien también escribió acerca de la "austera solemnidad" de su canto. Sin embargo su maestría técnica le permitía adelgazar y aligerar la emisión hasta las medias voces más acariciadoras, aplicadas con un buen gusto y una intención ejemplares. Como cantante decimonónico, Danise fue un valedor de la emisión relajada, los sonidos campaneantes, el canto ligado, los contrastes piano-forte para recrear el soliloquio, el respeto a la melodía aliado a la dicción nitidísima. Estas líneas maestras las aplicó no sólo al repertorio romántico, sino al verista, en particular a Scarpia y Gerard. De esta forma se convirtió en baluarte de la escuela clásica frente a los envites de la nueva, más visceral y musculada. Las interpretaciones de Danise descansaban sobre un fraseo infalible aunque a veces algo menos matizado de lo que sus posibilidades le habrían permitido, adhiriéndose a fórmulas expresivas altisonantes y algo sentenciosas (lo que tampoco perdió la oportunidad de añadir Lauri-Volpi (1))

Audiciones:

Algo de lo mencionado se percibe en los registros eléctricos de Brunswick (posteriores a 1925) propuestos, cuando la voz se había oscurecido, adquiriendo un toque gutural. Muy diferente es la grabación acústica de Rigoletto realizada por HMV en 1917, que por problemas técnicos nos ha llegado con el papel del bufón repartido entre Danise y Ernesto Badini (Borghi-Zerni fue Gilda y Broccardi el Duque) Este registro emerge como la mejor interpretación del barítono napolitano y según Celletti “el Rigoletto más completo que se puede escuchar en disco” (Le grande voci) Hagamos un ejercicio para superar el sonido de la época y repasemos una vez más la construcción del personaje a través de los inatacables recursos canoros. En el monólogo del Acto I consigue emitir sonidos casi tenoriles al imitar al Duca (“Fa ch’io rida, buffone!”) y nadie ha expresado el súbito cambio de expresión, de la ira a la introversión, en las medias voces de “Il pianto”, “Ma in altr’uomo qui mi cangio”. Esta es la clave del personaje, al que Verdi exige cantar a flor de labios mayor parte de la ópera. Rigoletto no se expresa con la ampulosidad de Carlo (La Forza): no es el coloso iracundo (y algo vociferante) que dejaron grabado Bastianini o Merrill. En la escena con los cortesanos, lamentablemente incompleta, fascina la firmeza del “Cortigiani”, con poderosos ascensos al sol agudo (adornos incluidos que no desentonan). Pero lo insuperable llega en el cantabile, donde la voz se pliega al canto patético (“Ah! Ebben, io piango”, “Tu taci”, con un bello regulador) Aquí las posibilidades expresivas de la messa di voce son explotadas con singular genio: “Tutto al mondo tal figlia è per me” o los “Pietà” del cierre. Esta forma de exponer el alma herida del personaje lo convierte en portavoz del humanismo verdiano, heredado sin duda de Hugo. A Verdi le atraía el contraste entre la terrible cara pública del Bufón y la intensidad de sus emociones. Un Rigoletto podrido por dentro, una caricatura del mal como el guiñol aspaventoso pintado por Gobbi, no le habría inspirado una música como “Deh, non parlare al misero” (que no se conserva en este caso) o “Veglia, o donna”. El canto tendido, inapelable, de un legato casi instrumental, en los dúos con Gilda de nuevo transfiguran al personaje (por ejemplo, el ataque de “Piangi, fanciulla”, tras un expresivo portamento que puede sonar excesivo, pero que hay valorar en su contexto) Merece destacarse también el “Un vindice avrai”, con una messa di voce increíble (de la que tomó nota sin duda Cornell MacNeil) así como el squillante la bemol con que acaba la cabaletta.

Del resto de las grabaciones que escuchamos, posteriores y algunas de la era eléctrica, merecen destacarse “O de’verd’anni miei”, de acentos áulicos y fraseo grandioso, o sobte todas ellas el inmarcesible “Eri tu”, doliente, con ese recogimiento en “Che compensi in tal guisa” ligado al emocionante “Dell’amico tuo primo la fé”. La variedad de matices que se escucha desde “O dolcezze perdute” lo convierte en un logro similar a las mejores páginas de Rigoletto, a pesar de los adornos de las últimas frases, bellos pero fuera de lugar. En Danise no había lugar para la vulgarización verista: su Gerard transpira nobleza y no hay nada caricaturesco en el Tonio del Prólogo (recortado y con un portamento ostensible para ascender al reluciente la bemol agudo) Las grabaciones más recientes, “Di Provenza il mar” y “Avant de quitter ces lieux”, muestran la misma categoría vocal (quizá el timbre suene un poco pesante y grueso) pero contienen menos claroscuros, percibiéndose limitada la capacidad de regular el volumen en tesituras elevadas. A la larga evidencian unos modos algo expeditivos.

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(1) "Voci parallele", Edizioni Bongiovanni, 1977

17/04/09

Can't help lovin' Showboat




Estrenada en 1927, "Showboat" supuso una completa renovación de la Comedia Musical americana. El hecho de que su asunto tuviera matices sociales y trágicos y su ambicioso arco temporal eran más que suficientes para separarla de los trabajos - operetas y follies - que habían dominado el género en Broadway. Básandose en una novela de Edna Ferner, Oscar Hammerstein II preparó el libreto para que Jerome Kern compusiera una música de un encanto enorme, cuajada de melodías perdurables, picante, graciosa y nostálgica.
Como curiosidad se menciona que la letra de "Bill" fue escrita por P. G. Wodehouse en 1917.

En 1932 se grabó una selección de rara autenticidad - intervino parte del reparto original del estreno. El "Ol' man river" de Robeson, con su timbre negro de bajo, es legendario y los demás cantantes se muestran dúctiles y melifluos, chispeantes, comunicativos. La orquesta se reunió para el registro, sin que tengamos más datos.

1. Overture
2. Ol´man river
3. Bill
4. Can´t help lovin dat man
5. You are love
6. Make believe
7. Whay do I love you?
8. Finale

James Melton, tenor (5 y 6), Paul Robeson, bajo (2), Olga Albani, soprano (7), Helen Morgan, soprano (4), Frank Munn, tenor (7). Director: Victor Young.

http://www.megaupload.com/?d=ILHPQVJH

Que la disfrutéis.